miércoles, 18 de noviembre de 2015

Ser buzo en la Edad Media y no palmarla en el intento


Bajorrelieve datado hacia el 880 a.C. que muestra al
rey asirio Asurbanipal II buceando con la ayuda de una
vejiga llena de aire
Desde los tiempos más remotos, la ávida ambición humana por controlar todos los medios de la Naturaleza nos ha llevado a devanarnos el magín para lograr volar como buitres y nadar como pescadillas. Lo primero no fue complicado. Bastaba lanzarse desde lo alto de una torre para gozar del inmenso placer que produce la sensación de volar si bien era una experiencia un tanto breve. Duraba solo los escasos segundos que se tardaba en estamparse uno contra el suelo pero, a pesar de todo, los genios de todos los tiempos no pararon hasta inventar el avión. Sin embargo, lo de controlar el tema acuático resultó más complejo aunque no lo parezca. ¿Que no? Pues diría que sí. Observen vuecedes que hemos sido capaces de llegar a la Luna, que está la hostia de lejos, pero aún no podemos podido llegar al fondo de las Fosas Marianas, que tienen diez mil metros de nada, por lo que colijo que nuestra faceta anfibia es más enjundiosa que la aérea.

Miniatura medieval que muestra a Alejandro Magno
sumergido en una campana de cristal durante el asedio
de Tiro, según el relato de Quinto Curcio Rufo
Desde tiempos de los griegos, ya se empezó a echar en falta algún medio para poder pasearse por el fondo de mares y ríos sin sentir al cabo de dos minutos la angustiosa necesidad de respirar, así que alguien se percató de que si uno se metía en el agua con un balde, vasija o similar en la cabeza, el aire que contenía impedía que el agua entrase en el mismo, pudiendo mantenerse con el oxígeno que contenía. No obstante, la duración de esa reserva de aire duraba menos que una subvención en manos de un político, y aún debieron pasar siglos antes de que el concepto de campana de buceo fuera viable. De hecho, aunque ya en tiempos de los griegos parece ser que usaban ese ingenio los pescadores de esponjas, no fue hasta 1531 cuando Guillermo de Lorena diseñó un chisme razonablemente válido, si bien con muchas limitaciones.

Campana de buceo de Guillermo de Lorena. En teoría, el
buzo recurriría a la campana solo para retomar aire,

prosiguiendo a continuación con su trabajo acuático
Pero lo que al parecer obsesionaba un poco a los genios medievales era la escafandra autónoma, o sea, algo que permitiera zambullirse en el agua sin la necesidad de tener que pasearse con la cabeza metida en un balde. ¿Que por qué ese interés? Pues básicamente para poder recuperar los cargamentos de los pecios, que valían sus buenos dineros como para dejarlos para siempre en compañía de los pececillos ya que el uso bélico de estos inventos aún carecía de sentido. Veamos pues algunos de los medios que idearon estos probos ciudadanos lo que, además, nos permitirá ver la curiosa semejanza con los modernos trajes de neopreno que usan actualmente los submarinistas porque, como siempre digo, en realidad está casi todo inventado. Bueno, al grano...

Diversos tratadistas de finales de la Edad Media ya se preocuparon de legarnos sus ideas que, aunque poco prácticas en realidad por las razones que ahora se expondrán, no dejaban de marcar el inicio de lo que, con el paso del tiempo, sería la escafandra autónoma o incluso el chaleco salvavidas. Estos últimos deberían haber gozado en teoría de gran popularidad entre los torpes de turno que, equipados con estos flotadores, podrían cruzar ríos sin irse al fondo como una piedra. La ilustración de al lado nos muestra dos ejemplos: a la izquierda tenemos un diseño de von Eyb que muestra el clásico rosco, mientras que a la derecha aparece un caballero armado de punta en blanco con un flotador que iba abrochado a la espalda. En ambos casos, el usuario debía mantenerlos inflados mediante la boquilla ya que, obviamente, el cuero cosido con que estaban fabricados no los haría completamente estancos.

A la derecha podemos ver diversos tipos de flotadores según von Eyb. En primer lugar tenemos unas curiosas botas inflables con su correspondiente boquilla. La correa que se ve en el tobillo podría servir para añadir algún tipo de contrapeso o plataforma que permitiera andar en plan Jesucristo sobre las aguas, si bien dudo mucho que fuese posible mantener el equilibrio. A continuación aparecen tres flotadores, dos de ellos similares a los actuales salvavidas y el otro en forma de vejigas.

A la izquierda vemos la apariencia de uno de estos flotadores, concretamente el de la derecha de la lámina anterior, colocado en el cuerpo. Quedaría sujeto como su fuese un braguero con las partes inflables a la espalda y sobre el vientre, y la verdad es que tiene pinta de ser un artilugio bastante cómodo si no fuera por el inconveniente de tener que andar soplando para no hundirse. No obstante, mejor eso que irse para siempre al fondo, digo yo. Con todo, colijo que la pérdida de aire no sería alarmante sino más bien escasa, teniendo que recurrir a la boquilla de vez en cuando ya que esos flotadores estarían fabricados de forma similar a las actuales botas de vino, o sea, embreados por dentro y sellando de ese modo las costuras. Para lograr una estanqueidad más efectiva, supongo que también encerarían el fino bramante con el que coserían el cuero, y finalmente se recubriría toda la superficie exterior del invento con abundante grasa animal para aislarlo aún más. En fin, si algún manitas se anima a fabricar uno que no se prive. Si sobrevive a la experiencia que nos informe y tal.

En lo tocante a los primeros diseños de escafandras autónomas, estos aparecen en el siglo XV en el Bellifortis de Kyeser y en Las Guerras Husitas, un anónimo de esa época. Este último lo podemos ver en primer lugar, equipado con un traje que cubre por completo al buzo el cual, como salta a la vista, está en pleno rescate de objetos procedentes de un pecio. Para respirar se vale de un tubo provisto al final del mismo de un pequeño flotador para impedir que se hunda y entre agua. El otro procede del Bellifortis, y nos muestra a un hombre caminando por el fondo equipado con una vejiga de la que toma el aire. Por su tamaño, no creo que de para más de una o dos aspiraciones, pero bueno...

Von Eyb también llevó a cabo varios diseños de escafandras. Uno de ellos, el primero de la izquierda, es básicamente el mismo de los husitas que vimos en el párrafo anterior. No obstante, en este vemos que lleva un gancho en el extremo de una soga, posiblemente para fijarse al fondo enganchándolo en cualquier sitio. Al lado aparecen dos botas, quizás lastradas. El dibujo de la derecha muestra a dos buzos, uno de ellos provisto de tres vejigas para respirar mientras que el otro, cubierto por un enorme casco, quizás esté basado en un campana de buceo. Conviene reparar en el lastre que lleva en la cintura, así como las cuerdas que unen el casco al cuerpo. Obviamente las aberturas para los ojos eran de cristal en ambos casos.

Talhoffer también plasmó alguna que otra idea al respecto, si bien queda claro que, en realidad, más bien lo que hacían era copiarse unos a otros o, en el mejor de los casos, comunicar la información a través del tiempo, porque ninguno de los mostrados hasta ahora se diferenciaban gran cosa entre ellos. El que vemos en primer lugar es similar a los ya vistos más arriba con la diferencia de que el tubo sale por delante como si fuera la trompa de un elefante. En cuanto al otro, aparece con una vejiga que, en este caso, toma el aire de la superficie.

En las obras de Talhoffer y Kyeser podemos ver no obstante sendas láminas que pueden inducir a error, y son las que vemos a la izquierda. En ambas aparecen dos buzos, uno desnudo y el otro con una escafrandra gafas incluidas que parecen querer tomar aire de una esponja. Creo que en esto se equivocaron ambos autores al pensar, si es que de verdad pretendían dar a entender que se podía respirar tomando el aire de una esponja, que era un método válido. La realidad, a mi entender, es que tuvieron noticia de que, según Plinio en su Historia Natural, en tiempos de los griegos estos buceaban llevando en la boca una esponja empapada en aceite, pero no para respirar. En realidad, tenía por objeto que, al soltar dicho aceite, crease, por así decirlo, una burbuja que refractaba la luz de forma que mejoraba la visibilidad bajo el agua, que como sabemos es bastante borrosa para el ojo humano.

En fin, como vemos no andaban muy descaminados estos sesudos ciudadanos que, al fin y al cabo, sentaron las bases para lo que siglos después fueron las escafandras que todos conocemos. Sin embargo, el sistema ese del tubo tenía un fallo de complicada solución, y no era otro que, a mayor longitud del mismo, más dióxido de carbono se queda acumulado en el interior, por lo que no pasaba mucho tiempo hasta que el buzo, en vez de tomar aire nuevo, respiraba lo que acababa de exhalar un momento antes con las consecuencias que ya podemos imaginar, porque eso de respirar CO2 no es nada aconsejable. Tuvo que ser Leonardo da Vinci el que dio con la tecla, creando lo que sin duda podemos considerar como el primer traje de buzo de la historia y, además, perfectamente viable. El invento apareció en su CODEX ATLANTICVS, y debió dejar epatado a más de uno. El italiano creó un sistema de dos tubos provistos de válvulas que permitían una renovación total del aire. Así, cuando el buzo aspiraba se cerraba la destinada a echar fuera el CO2 y se abría la que permitía la entrada de aire fresco, actuando al revés cuando expiraba. De ese modo, un hombre metido en esa escafandra podría pasarse en el agua tanto tiempo como resistiese. En un alarde de refinamiento, iba provisto hasta de un recipiente adecuado para hacer sus necesidades en caso de sobrevenirle un apretón despiadado o una poliuria masiva, ya que no era plan de fenecer ahogado en su propia caquita o su pipí. Las bolsas que cuelgan de ambos costados contienen arena para lastrar, mientras que en el interior llevaba un flotador para facilitar la ascensión. En el detalle de la derecha vemos su diseño para unas aletas que irían en las manos y que, como salta a la vista, son básicamente iguales a las que hoy día usamos en los pies. A la izquierda, un diseño de escafandra provisto de petos, supongo que para impedir que un tiburón o cualquier otro animalito especialmente agresivo le llevase la cabeza de un bocado. Era un puñetero genio el tipo este, lo juro.

Bueno, así se gestó el poder convertirnos en anfibios para pasar largo rato bajo el agua. Ah, lo olvidaba... Leonardo fue el primero que dejó claro que el invento tenía una finalidad bélica antes que la de rescatar pecios, asegurando que su escafandra era fabulosa para llegar sin ser visto bajo las naves de los enemigos, abrir boquetes en el casco y mandarlos a hacer puñetas al fondo del mar. Si el italiano este llega a tener a su disposición los medios actuales habría sido capaz de inventar hasta botijos a pedales que echen el agua de colores, fijo que sí.

En fin, dilectos lectores, espero que con este interesante tema puedan hundir en la miseria a esos cuñados que pretenden humillarnos contando curiosidades nada más salir un buzo en los documentales del National Geographic ese.

Hale, he dicho




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