miércoles, 4 de noviembre de 2015

Yelmos y corazas de asedio


Zapadores austriacos dándole al pico durante las guerras napoleónicas. Como se puede apreciar, van
protegidos por yelmos y corazas.

Hace unos meses se publicó una entrada dedicada al origen de las trincheras cuya lectura recomiendo antes de proseguir ya que el tema que tocaremos hoy está íntimamente relacionado con la misma. Sírvanse vuecedes pinchar aquí, y mientras leen me serviré una copita de Oporto. Mmm... ¿o mejor de Canasta? Bueno, ya veré. Mientras tanto vayan leyendo, vayan...

Grabado que muestra un asedio a una plaza fuerte. En el
mismo se aprecian las trincheras de aproximación.
Bien, continuemos. Como habrán visto, el oficio de zapador se convirtió en algo primordial en los ejércitos a raíz de la aparición de las fortificaciones pirobalísticas. Mientras que el minado medieval solo requería hombres duchos en la cava, para lo cual valía cualquier campesino, así como la presencia de alguien razonablemente diestro en el arte del entibado de túneles y demás, a partir de la proliferación de los fuertes de traza italiana se hicieron imprescindibles los zapadores. Recordemos que el minado medieval era uno más de los muchos métodos de expugnación castral de la época y cuyo uso era bastante limitado, mientras que la cava de trincheras era imprescindible para la aproximación a los fuertes surgidos durante el Renacimiento si no se quería ver aniquilado al ejército sitiador antes siquiera de recibir la primera paga.

El enano corso cuando aún no se había
autocoronado. Tras él aparecen unos
zapadores, uno de los cuales va protegido
por un yelmo y una coraza.
Así pues, el zapador pasó de ser un paleto fortachón a un profesional cualificado y especializado en cavar trincheras, minas, o en fabricar terraplenes, parapetos, etc., todo ello destinado a permitir al ejército sitiador aproximar tanto su infantería como sus bocas de fuego a las murallas enemigas. Obviamente, su labor era arriesgada ya que se veían expuestos al fuego procedente de la plaza sitiada contando solo con la protección de los cestones que iban llenando con la tierra procedente de la cava de la trinchera y, por ello, eran el blanco predilecto de los tiradores enemigos. Liquidar a los zapadores era la mejor forma de retrasar el avance de las trincheras de aproximación y, por la misma razón, para ganar tiempo por si llegaba ayuda amiga que obligase a levantar el cerco a los sitiadores. Por ello, desde que este tipo de tropas empezó a formar parte de los ejércitos regulares quedó bien claro que, o les daban medios para protegerse del fuego enemigo, o causarían baja definitiva en los roles de sus regimientos. Y ya no hablamos de un ciudadano rural incansable en el manejo de la azada, sino de sujetos adiestrados en todo tipo de excavaciones, fortificaciones de circunstancias, etc.

Peto de asedio con su
marca de bala
No se calentaron mucho la cabeza a la hora de diseñar dichas protecciones. Simplemente se limitaron a fabricar réplicas de determinados modelos medievales pero mucho más gruesos y pesados, capaces de detener sin problemas la bala de un arcabuz y, más tarde, de un mosquete. De hecho, en muchos ejemplares de los que se conservan se ven claramente el disparo de prueba realizado antes de darlo por bueno. Esas marcas de bala eran para el zapador la prueba de que no lo aliñarían a las primeras de cambio, lo cual no dejaría de aportar algo de serenidad a unos hombres sometidos a algo tan estresante como darle al pico y la pala mientras el enemigo les disparaba impunemente desde la seguridad de las murallas. Veamos algunos ejemplos bastante ilustrativos...




Ejemplares más básicos. El de la izquierda es inglés, de la primera mitad del
siglo XVII. Se aprecia perfectamente la marca de bala. El otro es alemán,
de la misma época que el anterior. Su peso es de 5,1 kg. a pesar de la
simpleza de su diseño, idéntico al de un bacinete.
De izquierda a derecha tenemos, en primer lugar, un yelmo de asedio de origen francés datado hacia la primera mitad del siglo XVII. Este ejemplar está claramente inspirado en los almetes saboyanos usados por los reitres de la época si bien su peso es muy superior: en este caso, nada menos que 9,34 kilos. Currar con ese mamotreto en la cabeza debía ser algo heroico, pero era la única solución para no verse con los sesos desparramados por el suelo. El siguiente ejemplar es un simple bacinete al que se le ha provisto de un grueso visor removible. Este yelmo, datado hacia la segunda mitad del siglo XVII, es aún más pesado que el anterior: 10,4 kilos, o sea, debía provocar unos dolores de cabeza fastuosos y, además, dificultaría enormemente la respiración a hombres que realizaban un constante esfuerzo físico. En tercer lugar aparece una borgoñota que ha sido provista de una pequeña máscara facial similar a las usadas por los húsares alados polacos, así como una chapa frontal para aumentar el grosor de las paredes del yelmo. Estos añadidos suponían alcanzar un peso de 10,43 kilos, y a todas luces se recurrió en este caso a una borgoñota convencional a la que se le sumaron los mencionados accesorios para su uso en las trincheras. Su datación es también del siglo XVII.




Detalle de la pieza anterior en el que se aprecia el burdo
acabado de la misma, los restos de pintura y, dentro del
círculo rojo, el relleno de crin
El ejemplar superior está basado en las borgoñotas al uso en el siglo XVII. Es de origen alemán, y alcanza un peso de 5,1 kilos, si bien se conservan ejemplares similares a este que llegaban a los 8,7 kg. La foto de la derecha nos permite ver claramente el interior del yelmo, así como su guarnición. Según podemos apreciar, tanto el casquete como las orejeras están forrados por una gruesa capa de cuero relleno de crin cuya finalidad era amortiguar los golpes producidos por las balas que impactasen en esas zonas. Obviamente, si le daban en plena jeta al zapador, adiós muy buenas. Por otro lado, el acabado de estos yelmos estaba muy lejos de los que se elaboraban a finales de la Edad Media y el Renacimiento. Antes al contrario, sus acabados eran muy burdos, y el pulido cuasi inexistente, detectándose señales de martillazos en la superficie de los mismos y en los remaches. Así mismo, se solían pintar de negro para ahorrarse el pulimentado y el mantenimiento del mismo y, de paso, impedir que el brillo de una superficie bruñida los delatase ante el enemigo.

En cuanto a las corazas, generalmente se limitaban solo al peto ya que, lógicamente, era la parte expuesta al enemigo. Por otro lado, su enorme peso ya las debía hacer bastante engorrosas como para añadirles el extra del espaldar. A la izquierda tenemos un ejemplo de origen alemán y una datación similar a los yelmos mostrados anteriormente. A la izquierda tenemos la vista anterior en la que se aprecia una marca de bala sobre la cruz blanca. El peto, al igual que los yelmos, estaba pintado de negro. A la derecha tenemos el reverso, donde se puede ver el grueso acolchado de que iba provisto. Así mismo, se ven las dos trinchas que permitían sujetarlo al cuerpo, las cuales están fabricadas de cuero con la zona de los hombros protegidas por cadenetas de hierro que servían para defender los hombros del zapador de los tajos de las espadas enemigas en caso de verse atacados por una salida de los enemigos.

El uso de este tipo de armamento defensivo fue bastante longevo. De hecho, a finales del siglo XIX aún seguían vigentes en las unidades de zapadores de Europa y, en cierto modo, las corazas usadas por las tropas alemanas durante la Primera Guerra Mundial no eran sino herederas de las usadas durante doscientos años en las labores de zapa llevadas a cabo en los asedios. A la derecha podemos ver un ejemplo tardío de esta combinación de yelmo y coraza, concretamente del ejército francés durante la Guerra de Crimea (1853-1856) si bien son los mismos que se usaban cincuenta años antes. El yelmo ya no es un modelo medieval reciclado, sino un diseño más moderno que proporcionaba una buena protección pero permitiendo un amplio campo visual. En cuanto a la coraza, no utilizaban un modelo diseñado ex-profeso para los zapadores, sino que es la misma usada por las unidades de coraceros pero pintada de negro para evitar destellos y con las cadenetas de los hombros sustituidas por simples correas de cuero. Estas corazas no podían detener una bala de mosquete a corta distancia, pero eran lo suficientemente resistentes para parar las que les disparaban a las distancias habituales en las que los zapadores se movían respecto a las murallas.

Bueno, con esto quedan explicadas estas curiosas tipologías que, seguramente, desconocían muchos de los que me leen.

Y como va siendo hora del yantar, pírome presto.

Hale, he dicho

Dibujo que muestra dos tipos de yelmos de asedio usados por los zapadores franceses durante el
asedio de Roma de 1849