miércoles, 30 de diciembre de 2015

Acciones de guerra: Cubriendo la brecha 1ª parte


Fotograma de la conocida e inexacta cinta "El Reino de los Cielos", de Ridley Scott, plagada de tal cantidad de errores
históricos y anacronismos que dan náuseas, como ya detallé en su momento. En todo caso, la brecha abierta en la muralla de la Ciudad Santa por los fundíbulos de Salah ad-Din y el feroz combate que tiene lugar en la misma quedó bastante creíble, las cosas como son

Bueno, tras el breve paréntesis inocentil, volvamos a temas más serios.

Desde los remotos tiempos en que un grupo de seres humanos decidió encerrarse tras un muro mientras que otro grupo de semejantes intentaba cruzar dicho muro, la obsesión de los primeros era impedir que el muro se rompiera mientras que, por otro lado, los que estaban fuera no paraban de urdir métodos para mandar el dichoso muro al garete.  Como los visitantes comprobaron que, no solo los recibían con el morro más torcido que un político visitado en su despacho por miembros de la UDEF sino que, además, los que vivían tras el muro los chuleaban bonitamente y los ponían a caldo cuestionando la decencia de sus madres y el honor de sus padres tachándolos de cornudos y consentidores de mancebías, pues quedó claro que solo había una forma de entrar por las malas: o lanzar escalas contra la muralla o abrir una brecha en la misma.

La ilustración superior es una buena muestra
de los intensos debates que tenían lugar
cuando los atacantes lograban abrir una
brecha en la muralla
A lo largo de diversas entradas dedicadas a la tormentaria hemos ido estudiando las máquinas e ingenios utilizados por los visitantes para poder acceder al interior de los recintos fortificados sin necesidad de llamar al timbre. Hablamos de las máquinas de batir, como arietes y trépanos, o las de lanzamiento: fundíbulos, manganas u onagros y, ya en tiempos más modernos, bombardas y demás piezas de artillería sin olvidar el minado de las murallas mediante minas de fuego o bien explosivas. La cuestión era, como vemos, abrir una brecha para, a través de ella, invadir el recinto asediado y explicar al enemigo que eso de dejarlos esperando durante semanas o meses ante la puerta sin hacerles puñetero caso estaba muy feo, por lo que se tomaban cumplida venganza masacrando con saña bíblica a la guarnición, la población e incluso el mandamás si este no aceptaba pagar un rescate por su asquerosa vida apoquinando cantidad de monedas de oro de buena ley.



Si los atacantes lograban vencer a los defensores, el
destino de los habitantes de una plaza era inexorable:
muerte y destrucción + IVA
A la vista de este panorama, es probable que, desde siempre, muchos lectores hayan dado por hecho que el momento decisivo de un asedio era el colapso de la muralla, y que todo se decidía en el instante en que el enemigo entraba en tromba por la brecha abierta en la misma: si la guarnición lograba rechazarlos, se ganaba tiempo o incluso se vencía a los sitiadores; pero si estos conseguían arrollar a los defensores, se acabó lo que se daba. El final de la historia sería adornar la muralla con los despojos de los vencidos y sus cabezas hincadas en lanzas ensangrentadas para gozo y regocijo de toda la volatería carroñera de la comarca, que veía como un inesperado festín los libraba por unos días de su dieta de cadáver de vaca o cabra pútrida con guarnición de gusanos y cacas de moscas verdes.

Sin embargo, si el comandante de la plaza asediada era un sujeto competente y no un cuñado puesto a dedo para que no diese más la murga, había diversos medios para impedir que, tras el colapso de la muralla, los atacantes pudieran entrar en el recinto y masacrar a su sabor al personal. ¿Qué cuáles eran esos medios? Pues de eso va esta entrada. Al grano pues.

Si algo quedaba bastante claro al comienzo de un asedio era por dónde intentaría el enemigo abrir la brecha ya que apuntaría sus ingenios contra un determinado sector de la muralla, o bien iniciaría una mina que podría ser rápidamente localizada mediante contraminas o con pozos de escucha. Solo en caso de llevar a cabo un asalto a viva fuerza era imprevisible el lugar donde se iniciaría el ataque, si bien en este caso no se trataba de cerrar una brecha, sino de contener el empuje de los asaltantes. Así pues, una vez intuidas o sabidas las intenciones del enemigo, el comandante de la guarnición no debía quedarse cruzado de brazos a la espera de una ayuda que igual no llegaba a tiempo, sino ponerse en movimiento para preparar el lugar donde el enemigo intentaría abrir la brecha a fin de ponerles las cosas lo más complicadas posibles antes de que se pudieran mear en su calaveras.


Los medios para lograr detener el avance de los asaltantes eran variados y efectivos y, salvo que la guarnición se rajase, podían ser lo suficientemente persuasivos como para hacer desistir a los enemigos y obligarlos a levantar el cerco y largarse enhoramala de vuelta a su territorio. Empezando por una simple barricada formada por carros, toneles y demás objetos pesados, el método más básico pero no por ello menos efectivo lo podemos ver a la derecha, y no era otra cosa que cavar una zanja vertiendo la tierra procedente de la zapa hacia dentro, formando un talud de la misma forma que hacían las legiones romanas cuando cavaban el foso que rodeaba el campamento. Dicha zanja podría ser complementada con estacas, abrojos, STIMVLI o, en definitiva, cualquier cosa que entorpeciera el avance de los enemigos. Tras el talud se apostarían tanto los miembros de la guarnición como los civiles que se sumasen a la defensa para contenerlos, pero con el añadido de que, en este caso, podían además hostigar a los atacantes por la zaga disparándoles desde los adarves de la muralla que acababan de derribar. De ese modo, atrapados entre dos fuegos, serían una presa relativamente fácil siempre y cuando no se esperasen algo así. No obstante, conviene tener en cuenta que, a la hora de sitiar ciudades, el enemigo podía haber infiltrado en su interior espías que los informasen no solo de los puntos débiles de sus defensas, sino de las medidas tomadas por el comandante de la guarnición para repeler posibles ataques.


Las estacadas eran en realidad un medio muy antiguo para aumentar el poder disuasorio de los fosos. Los mismos romanos ya eran expertos en ello, y añadían a sus defensas lo que podríamos considerar como los abuelos de los caballos de frisia. Hablamos de los TRIBVLVS LIGNEVS, o sea, abrojos de madera formados con las SVDIS, las características estacas que eran portadas por cada legionario a razón de dos unidades por cabeza y con las que formaban empalizadas, barreras y defensas como estos TRIBVLVS LIGNEVS que podemos ver en la imagen de la izquierda. En ella podemos ver tanto una SVDIS como un TRIBVLVS, que estaba formado por tres SVDIS unidas por los rebajes centrales y atadas entre sí. Una barrera formada por decenas de estas estacas con el añadido de zarzas o cualquier tipo de maleza espinosa era suficiente para cerrar literalmente el paso a una tromba de atacantes que, cegados por la furia del combate, tenían complicado ponerse de acuerdo para intentar eliminarlas ordenadamente mientras los defensores los hostigaban a base de virotes, flechas, piedras y demás porquerías nocivas para la salud.


Una simple pila de troncos con las ramas afiladas en el
fondo de una zanja y con una empalizada tras el talud
era un sistema defensivos muy eficaz y que se podía
preparar en muy poco tiempo
La variedad de estacadas y barreras era enorme. Simples troncos o ramas gruesas con las ramas menores cortadas al bies y amontonadas a modo de fajinas ya eran un obstáculo complicado de vencer, y más por peones cuyas defensas corporales se solían limitar a un yelmo y un escudo. Pasar a través de un obstáculo como el que vemos a la derecha garantizaba cortes, rasguños, desollones e incluso dolorosos esguinces en tobillos y rodillas si uno pisaba donde no debía, cosa que no era nada difícil si pensamos que los atacantes debían estar más pendientes de esquivar los proyectiles que les enviaban los defensores si no querían ser escabechados allí mismo. La única forma de poder cruzar una zanja así sería arrojando encima zarzos o pasarelas.


Y si se fabricaban caballos de frisia las cosas se podían poner aún más complicadas para los atacantes porque eran unas estructuras bastante pesadas como para moverlas con facilidad, y más teniendo detrás de decenas o cientos de compañeros empujando hacia adelante sin saber si había obstáculos ante ellos y de qué tipo eran. Los caballos de frisia, que originariamente estaban concebidos para defender a la infantería de las cargas de caballería, eran perfectamente válidos para formar una barrera sumamente eficaz contra cualquier tipo de enemigo, y más si tenemos en cuenta que solían unirse unos a otros mediante cadenas, o bien fijarlos al suelo con piquetas o estacas como se aprecia en el detalle de la foto superior, correspondiente a caballos de frisia usados durante la Guerra de Secesión americana. Como vemos, el invento ha sido asaz longevo, lo que dice mucho de su eficacia (en realidad aún se usan).


Pero si el comandante pensaba que la zanja y la estacada podían no ser suficientes a la vista de la superioridad numérica de los asaltantes o por percatarse o saber que disponían de medios para abrirse paso en la brecha, podía optar por medios defensivos más sólidos. A la derecha vemos una empalizada construida con gruesos troncos obtenidos de las vigas y jácenas de las viviendas de la población, requisadas para ello y para lo que supongo nadie pondría pegas ya que mejor era dormir una temporada sin techo que acabar vilmente apiolado por el enemigo. Estas sólidas barreras podían estar precedidas por fosos o zanjas como las que hemos visto antes para aumentar aún más su efectividad, y para facilitar el hostigamiento al enemigo se abrían en la misma las suficientes aspilleras como para permitir que los ballesteros de la guarnición convirtiesen en acericos a los asaltantes. Obviamente, si hablamos de la época en que la artillería era la protagonista de los asedios, a los virotes habría que añadir las pelotas y bolaños que disparaban los truenos de mano, ribadoquines, esmeriles, etc. y que podrían causar gran mortandad entre los enemigos.


A estas empalizadas se podían añadir torres como la que vemos a la izquierda. Este tipo de construcción, básico pero eficiente, permitía a los defensores proseguir la defensa como si estuvieran en una torre de piedra, apoyando a sus camaradas que combatían tras la empalizada. Solo eran vulnerables a la acción del fuego o, en todo caso, de la artillería si bien su escasa altura podía mantenerlas fuera del ángulo de tiro de las piezas enemigas por estar estas emplazadas a una cota inferior fuera del recinto y, además, por tener ante ellas la montaña de escombros producida al derrumbarse la muralla. Añadir una o más de estas torres a la empalizada podía ser lo bastante persuasivo como para que los asaltantes prefirieran dar media vuelta nada más cruzar la brecha. Debemos tener en cuenta que, en ese momento, la ventaja estaba del lado de los defensores ya que los atacantes, por muy numerosos que fueran, no podían hacer valer su superioridad numérica debido a que el espacio disponible para atacar era muy limitado.


Y a partir de aquí, dependiendo de los medios disponibles y de los conocimientos del comandante de la guarnición, todas las combinaciones de armas y obstáculos eran posibles. Un ejemplo lo tenemos a la izquierda, donde podemos ver como la muralla, llena de grietas, está a punto de colapsarse totalmente. Pero los defensores no han perdido el tiempo y han previsto un sofisticado sistema de barreras y obstáculos capaz de convencer al más pintado de que pasar por ahí sería bastante insalubre. En primer lugar hay un foso en cuyo fondo se ven estacas plantadas. Dicho foso está cubierto por una cubierta de cañizo para sorprender al enemigo. Los que pasen ilesos de ese primer obstáculo tendrán que escalar una empalizada para, a continuación, tener que cruzar por otro foso lleno de estacas tras el cual vemos una barrera móvil. Luego hay una empalizada más cubierta por numerosas tropas, y finalmente una barricada formada por toneles. Todo el conjunto de defensas está flanqueado por una empalizada tras la que vemos emplazadas seis bocas de fuego para aniquilar a los atacantes, si bien el que hizo el dibujo no tuvo en cuenta que ese fuego cruzado mataría además a los artilleros situados frente a ellos pero, bueno, un despiste tonto lo tiene cualquiera, ¿no? En cualquier caso, ya vemos lo que podía dar de sí la imaginación del personal para hacerle la pascua al enemigo.


Barreras formadas por troncos erizados de
petos sumamente puntiagudos. Trepar por ellas
sería similar a encaramarse por una tapia con
las bardas llenas de cascotes de cristal
No obstante, recordemos que, por lo general, en todos los asedios se solía intentar siempre alcanzar un acuerdo, bien en forma de capitulación honrosa, bien pagando un rescate para hacer que el enemigo se largase, o bien pactando treguas a la espera de recibir ayuda. Como es de todos sabido, según las normas de la época, si una ciudad o una fortaleza eran tomadas al asalto, los atacantes se veían libres de guardar todo tipo de consideración tanto con los defensores como con los civiles y podían actuar a su antojo con los vencidos, lo que solía tener como consecuencia el presenciar escenas muy desagradables y tal. En todo caso, el empecinamiento de una o ambas partes podía dar lugar a asedios largos y cruentos en los que tanto la valía de las tropas como la capacidad de sus jefes era determinante para alcanzar la derrota o la victoria. Sea como fuere, lo que sí creo que ha quedado patente es que abrir una brecha en las defensas de una fortificación no significaba necesariamente haber ganado la partida sino, en el mejor de los casos, obtener una prórroga que, en muchos casos, acababa en derrota para los atacantes si los defensores habían hecho los deberes como Dios manda.

En fin, con esto vale por hoy. La próxima entrada estará dedicada a este mismo tema, si bien nos trasladaremos a los tiempos en que las protagonistas de los asedios ya era la artillería.

Hale, he dicho

Continuación de la entrada pinchando aquí


Grabado de la "Historia de Carcassonne" de Viollet-le-Duc en el que vemos una empalizada construida para defender
la brecha abierta por los fundíbulos enemigos. La defensa de la misma se ve añadida con un fortín que dispone
incluso de un cadalso. Obviamente, vencer ese nuevo obstáculo no era precisamente fácil ya que trepar por una
montaña de escombros cuya salida era semejante ratonera debía ser bastante desmoralizador, supongo.