miércoles, 9 de diciembre de 2015

Curiosidades: ¿Cómo se apuntaba un cañón?


Artillero apuntando a ojo
Bueno, como ya anticipé en su momento, hoy vamos a estudiar los sutiles medios de que se valían nuestros ancestros para apuntar sus cañones y, en un alarde tecnológico, acertar como Dios manda y mandar al puñetero infierno a los enemigos y sus fortificaciones. Antes de continuar, convendría sugerir a los probos ciudadanos que tuvieron la honra de servir a la Patria y al Rey en la gloriosa Arma de Artillería que mejor se dediquen a hacer un sudoku de esos porque, obviamente, lo que hablaremos hoy será cosa sabida para ellos... supongo. En fin, vamos al grano.

En los albores de la artillería, los maestros artilleros no tenían otro medio para apuntar sus armas que alinear el cañón con el objetivo, ayudándose bien con los manguitos que reforzaban la caña o bien con la joya, un rudimentario punto de mira colocado sobre el último manguito de la pieza tal como podemos ver en la ilustración de la izquierda. Las distancias y alcances efectivos de aquellas primeras piezas no requerían muchas florituras, y acertar a un paño de muralla a cien o doscientos metros era bastante fácil. De hecho, en muchas ocasiones los artilleros recurrían a un método aún más básico que alinear el cañón con el blanco, y no era otro que apuntarlo observando a través del ánima del mismo una vez removida la recámara.

Mortero según el Libro de Armamentos del Emperador
Maximiliano I (Innsbruck, 1502)
Sin embargo, en el instante en que las altivas murallas fueron disminuyendo su altura y las bocas de fuego debían emplazarse cada vez más lejos, ya no era tan fácil atinar en el objetivo designado, por lo que los sesudos matemáticos e ingenieros de la época encontraron en este belicoso asunto tema para estrujarse el cerebro y dar con una forma eficaz para apuntar los cañones sin tener que recurrir por norma al clásico sistema de disparar y corregir el tiro tantas veces como fuese preciso hasta acertar finalmente. Por otro lado, la aparición de armas de tiro curvo, o sea, los morteros y, más tarde, los obuses, obligó a desarrollar un sistema eficiente de puntería ya que, en este caso, no solo se trataba de acertar a una muralla, sino también a blancos situados en muchas ocasiones incluso fuera del alcance visual del artillero. 

Así pues, para poder calcular adecuadamente el grado de inclinación de una pieza de artillería hacía falta, en primer lugar, conocer la distancia a la que se encontraba el objetivo. Para obtener este dato sin tener que ir hasta las posiciones enemigas a tomar un punto de referencia y ser escabechado allí mismo, un holandés por nombre Regnier Gemma, apodado El Frisio, desarrolló hacia 1533 un método de triangulación sumamente eficaz con la ayuda de un chisme como el que vemos en el grabado de la izquierda. Con un instrumento de triangulación como ese y los conocimientos necesarios de trigonometría, un maestro artillero cualificado era capaz de saber con una precisión total la distancia a la que se encontraba el objetivo a batir.

Pero el conocimiento de la distancia no servía de nada si no se sabía qué grado de inclinación había que darle a la pieza ya que, en estos casos, no se trataba de tirar punto en blanco, o sea, el alcance máximo del cañón en tiro tenso, lo que se denomina como flecha. Para entendernos: un proyectil disparado por una determinada pieza tendrá una trayectoria tensa durante una distancia antes de que empiece a caer. Pongamos, por ejemplo, que una bombarda tiene una flecha de 500 metros, por lo que si el objetivo está a 750 habrá que darle una determinada inclinación para compensar esos 250 metros que el proyectil tendrá que recorrer mientras cae. De no hacerlo así, el tiro quedaría corto. Así pues, los maestros artilleros iban provistos de unas tablas como las que vemos a la derecha y en las que, dependiendo del arma y el calibre, se especificaba la carga adecuada y la inclinación del arma. Obviamente, no era lo mismo apuntar una bombarda que disparaba un bolaño de 150 kilos que un sacre que hacía lo propio con una pelota de hierro de un kilo, por lo que al dato de la distancia había que añadir los del calibre del arma y el peso del proyectil. Recordemos que estos cañones podían disparar diversos tipos de proyectiles como bolaños de piedra, pelotas de hierro o de hierro plomado, lo que quiere decir que para el mismo calibre y la misma arma el proyectil variaría de peso al tener diferentes densidades los materiales con que estaba fabricado.

Una vez consultada la tabla de tiro y sabiendo el ángulo que había que darle a la pieza, se recurría al cuadrante. Este chisme fue inventado hacia 1547 por Niccoló Fontana, más conocido como Tartaglia (Tartamudo), y lo podemos ver en el detalle del grabado de la izquierda, si bien los cuadrantes que veremos por norma tenían la escala en un semicírculo y no en un cuadrado. Bueno, pues cuadrante en mano, el artillero introducía y apoyaba en el ánima el extremo más largo del mismo y, gracias a la pequeña plomada de que iba provisto, ajustaba el cañón al ángulo deseado. Recordemos que entre 0º y 45º se cubrirán las distancias más largas y tensas, mientras que de 45º a 90º serán las más cortas y con mayor ángulo de caída. Así pues, el proceso completo sería el siguiente: 

1. Medir la distancia al objetivo con el instrumento de triangulación.

2. Consultando la tabla de tiro, saber el grado de inclinación para cubrir dicha distancia en función del arma que vamos a disparar y del peso del proyectil que cargaremos en la misma.

3. Con el cuadrante, dar a la pieza el ángulo de inclinación necesario. Ojo, previamente tendría que poner la pieza a 0º, ya que de lo contrario la graduación sería incorrecta. Para tal menester se valía del mismo cuadrante o de un nivel como el que vemos a la derecha.

Curiosa hacha que incluye un cuadrante de artillero y una
regla en la barreta de enmangue. Fue fabricada para el
duque Julio de Brunswick-Lüneburg hacia 1585. De ese
modo, cuando se acababa la pólvora se podía uno liar a
hachazos y santas pascuas
Y ya está. Obviamente, estas operaciones se llevaban a cabo con el arma ya cargada, por lo que solo restaba acercar el botafuego al oído del cañón y rezar algo breve para que no les estallase en plena jeta, cosa que, como ya sabemos, no era precisamente infrecuente. Y como colofón, un dato curioso. El término "punto en blanco" que se usa para designar lo que sería tirar con un ángulo de cero grados proviene de lo siguiente: muchos de los primeros cuadrantes llevaban la numeración del arco en números romanos por ser en aquella época más habituales que los árabes. El sistema numérico de los romanos no usaba el cero, por lo que dejaban ese espacio en blanco al grabar los números en la escala. Así pues, como para tirar con el cañón totalmente horizontal había que graduarlo con el cuadrante a 0º, de ahí lo de "punto en blanco", ya que en ese lugar de la escala no había ningún número. Curioso, ¿no?

Ah, y una cosa más. Este sistema permaneció cuasi invariable hasta la aparición de la telemetría óptica a principios del siglo XX, así que ya resultó provechoso. Bueno, me piro.

Hale, he dicho

Artilleros poniendo a tiro un cañón. El de la izquierda calcula la distancia al objetivo, mientras que el otro
le da a la pieza la inclinación necesaria para alcanzarlo