sábado, 30 de enero de 2016

Bricolaje armero: Hachas de combate egipcias 1


Si hacemos caso de las representaciones artísticas que han
llegado a nuestros días, los egipcios daban estopa con
saña bíblica. La imagen pertenece a una película cuasi
desconocida en España. Se trata de un film polaco del año
1966. Si pueden hacerse con ella, no lo duden, es una obra
maestra. Se titula "Faraón"
Mediten vuecedes unos instantes y reconozcan que les resultaría enormemente gratificante despertar la envidia más feroz entre sus colegas con los que comparten su afición por la historia y las armas. Así mismo, reconozcan que darían cualquier cosa por ver a sus cuñados espumear de odio, anonadados ante vuestra incuestionable habilidad manual. Finamente, reconozcan que les molaría una bestialidad poder adornar la chimenea del salón- si es que la parienta no se pone de uñas por ello- con una fastuosa hacha como las que blandieron las tropas del gran Ramsés, y más ahora que está tan de moda todo lo egipcio, que hasta venden dibujitos en papiro donde aparecen faraones de juerga con los dioses para adornar el pasillo o el recibidor de casa. ¿Ya lo han reconocido? Bien, en ese caso dispónganse vuecedes a tomar nota de como elaborar algunas de las tipologías usadas por los ejércitos del Alto, Bajo, Mediano y del Entresuelo Egipto. Son tan fáciles de fabricar que hasta un político podría terminarlas con un éxito razonable, así que empecemos:

Hachas sumerias. La superior es de la Edad de Bronce
mientras que la inferior es de cobre, con unos cinco
mil años a cuestas nada menos.
Eso de apiolar enemigos abriéndoles la cabeza como si fuera un melón maduro es más antiguo que rascarse. Sumerios, hititas y egipcios diseñaron hace más de cuarenta siglos, que ya son siglos, diversas tipologías de hachas a cual más mortífera, y más si tenemos en cuenta que, en aquellos tiempos, los elementos de defensa pasiva solían limitarse a un escudo fabricado con piel de antílope y/o mimbre y algún tocado de tela gruesa o piel para la cabeza. De hecho, y eso está más que comprobado a la vista de las numerosísimas representaciones artísticas con que los faraones egipcios demostraban a propios y extraños que habían derrotado gallardamente a sus enemigos, se puede decir que estos ciudadanos combatían prácticamente en cueros, lo que los hacía especialmente vulnerables a unas arma como las hachas, que aún siendo de cobre o bronce en aquellos tiempos, eran más que suficientes para producir escalofriantes heridas. En realidad, las hachas sumerias se asemejaban más al pico de un martillo de guerra medieval, previendo que algún enemigo se hubiese agenciado algo más efectivo que su cráneo para proteger el cerebro, pero estas son demasiado complejas para una sesión de bricolaje ya que se trata de piezas obtenidas mediante fundición, como se puede ver en la foto superior. Obviamente, estas hachas eran mucho más efectivas gracias a su cubo de enmangue y, aunque ya aparecen en la Estela de los Buitres (c. 2450 a.C.) en manos de los primeros monarcas sumerios, los egipcios prefirieron su tradicional sistema de montaje mediante vástagos ensamblados en una ranura del mango, mucho más débiles pero también mucho menos complicados de fabricar. Ojo, que el hacha sumeria era capaz de ejercer una fuerza de 106 kilos por cm², que no es cosa baladí.


La primera que vamos a estudiar es una tipología propia del Reino Medio (c. 2050-1750 a.C.) que actualmente se denominan como Tipo D por la forma de su hoja, obviamente similar a una de esas letras en mayúsculas. Era un arma básica pero que, bien fabricada, era capaz de desguazar a mogollón de hititas, nubios o incluso semitas. Los ingredientes para construir una de estas hachas son fáciles de conseguir y aún más fáciles de trabajar: un simple palo para el mango, una chapa de latón de unos 5 mm. de grueso para la hoja, un cacho tela de lino crudo para envolver la empuñadura (vale otra tela basta, como la arpillera, pero los egipcios usaban lino) y, finalmente, unas tiras de fina badana de unos 2 ó 3 mm. de ancho. Se pueden comprar en cualquier taller de guarnicionería o talabartería.


El palo es facilísimo. Basta ir a un bazar chino, donde tienen mogollón de mangos para azadas y demás aperos agrícolas. Pero si queremos reproducir un mango como Amón manda, deberemos buscar un sauce, cuya madera era la que los egipcios usaban para elaborar las astas de sus armas. Se suelen ver en las orillas de los ríos pero si no tenemos sauces a mano pues otro arbolito nos será útil. Ojo con los del SEPRONA, que se la cogen con un papel de fumar. Para darle la forma adecuada a la parte inferior del mango tendremos que recurrir a una rama de proporciones adecuadas y cortarla por las líneas rojas que vemos en la figura de la derecha. De ese modo, cortando por el nacimiento de la rama, tendremos el ensanche necesario para que no se escape el hacha al golpear al amable cuñado que se ofrezca para llevar a cabo las pruebas de resistencia pertinentes. Una vez descortezada la rama y afinada su superficie con lija solo tendremos que abrir una ranura de la forma que vemos en el dibujo. Dicha ranura tendrá la misma longitud del ancho de la hoja y tal profundidad que los orificios de la misma queden justo por encima de dicha ranura. Para labrarla usaremos un formón o, caso de no tener uno, bastará un destornillador que iremos calentando al rojo para vaciar la madera. Ojo con no pasarnos de anchura porque, de ser así, la hoja bailará una vez colocada en su sitio.

Para la hoja nos bastará, armados con un destornillador, perpetrar un pequeño hurto con nocturnidad y alevosía en una consulta de un médico, un bufete de abogado o una notaría, establecimientos estos que aún suelen conservar las buenas formas y pasan de placas de metacrilato. Pero si tememos acabar en el trullo o, simplemente, vernos con la jeta partida por el dueño de la placa, pues la compramos. Tampoco valen tanto, carajo. El latón es un material blando muy fácil de modelar a golpe de sierra de calar con hoja para metales y rematar la faena con una lima. La forma de la hoja la tenemos a la izquierda, sobre un ejemplar original. Las dos orejas de los extremos son para mejorar la fijación. El mango lo tenemos a la derecha en sus dos perspectivas: con los orificios y la acanaladura. Una vez terminada la hoja y con los orificios para pasar las tiras de cuero perforados solo habrá que montarla en el mango. A partir de ahí tendremos que unir ambas partes con las tiras que, previamente, habremos empapado en agua para que al secarse se contraigan, proporcionando una sólida unión. 


Con eso quedaría terminado el trabajo. Como pueden ver, es menos complicado que rascarse el cogote, así que pueden dedicar un finde a elaborar esta maravillosa hacha aprovechando que la parienta se ha largado con los nenes a casa de la suegra. A la derecha podemos ver el aspecto que tendrían una vez terminadas: a la izquierda, con un mango de ferretería y a la derecha con uno fabricado por nosotros. Las tiras de lino para la empuñadura son optativas, pero creo que merecen la pena. Para fijarlas basta buscar en San Google como se hacen los nudos invisibles y aplicar el método con la tela. Luego se cubre con una capa de cola blanca muy diluida en agua, con lo que se fijará al mango y se impedirá que se deshaga. A partir de ahí solo nos resta, aprovechando la ausencia de la familia, comprar una arroba de cal viva, cavar una fosa en el jardín, llamar a nuestro cuñado más gorrón anunciándole que acabamos de recibir la remesa mensual del club de vinos para que no sospeche nada y, nada más hacer acto de presencia, probar el filo de nuestra nueva hacha en su indigno cráneo. Por cierto, no conviene afilarla demasiado ya que el bronce se mella con facilidad, y tampoco hace falta que corte como una navaja barbera, digo yo...

Bueno, mañana, más.

Hale, he dicho


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Podríamos incluso fabricar un carro de guerra, pero me temo que adquirir y mantener dos pencos sale pelín oneroso
en los tiempos que corren aunque sea para provocar envidias atroces entre familiares, amigos y demás parientes y afectos