viernes, 29 de enero de 2016

Fabricando una LORICA HAMATA


Ciudadanos recreacionistas cubiertos con la LORICA HAMATA reglamentaria hasta tiempos de Augusto, cuando
empezó a difundirse la LORICA SEGMENTATA

Bajorrelieve del altar de
Domicio Enobarbo que
muestra un EQVES vestido
con una cota de malla 
Aunque muchos suelen asociar la LORICA SEGMENTATA con el legionario romano, la verdad es que antes de que este tipo de armadura se crease ya se usaba desde hacía siglos una camisa de malla que, según Marco Terencio Varrón, había sido inventada por los celtas o, al menos, fue de quienes los romanos la copiaron. La loriga al uso entre las tropas romanas no se diferenciaba apenas de las que se usaban en la Edad Media en lo tocante a los métodos seguidos para fabricarlas, si bien su costo no debía ser tan elevado como las medievales gracias a la prolífica y bien organizada industria militar creada a lo largo de todo el Imperio, lo que facilitaba la fabricación en masa de todo el armamento necesario, desde escudos o cascos a lanzas, espadas, etc. Con todo, no era una armadura barata ya que, según Polibio, en tiempos de las Guerras Púnicas era usada solo por los ciudadanos con unas rentas superiores a los diez mil dracmas, mientras que el resto se conformaba con pequeñas placas de bronce que apenas cubrían la parte superior del torso y denominadas KARDIOPHYLAX, o sea, protectores del corazón. Pero bueno, sobre estas mínimas protecciones pectorales ya hablaremos detenidamente en mejor ocasión.

Representación medieval del THORACOMACHVS
basada en una obra anónima del siglo IV d.C.
titulada DE REBVS BELLICIS
La cosa es que no fue hasta el 123 a.C. cuando el tribuno de la plebe Gaio Sempronio Graco dictó una ley según la cual el equipo y las armas para el ejército serían distribuidos desde aquel momento a cargo del erario público, por lo que la norma de que cada cual se pagaba lo suyo quedaba abolida y, por ende, se pudo llegar a un grado de uniformidad adecuado. Esto supuso además enviar al baúl de los recuerdos a los birriosos KARDIOPHYLAX, que fueron relegados al olvido en favor de las mucho más resistentes y eficaces lorigas de anillas. Esto obligó también a equipar al personal con una prenda que protegiera el cuerpo de los roces producidos por el metal ya que la túnica no estaba preparada para ello. Se trataba del THORACOMACHVS, un jubón acolchado fabricado con lino relleno de lana, o sea, lo que más tarde se denominó como SVBARMALIS, pero desprovisto de las PTERIGES que más tarde se pusieron de moda. Esta prenda, que como está mandado es motivo de apasionados debates acerca de su forma y tal, al parecer se cubría a su vez con una camisa de cuero engrasado para impedir que se mojara ya que, de ser así, el acolchado de lana haría eterno el secado de dicha prenda. Bueno, con este pequeño introito supongo que vuecedes ya se habrán puesto en situación, así que vayamos al grano.

LA OBTENCIÓN DE LA MATERIA PRIMA


Restos de LORICA HAMATA que se conservan en
el Museum Carnuntium, en Austria
Por desgracia, los restos de cotas de malla que han llegado a nuestros días son escasos y, para colmo, convertidos en una masa informe a consecuencia del óxido. Ello ha obligado a tener que llevar a cabo multitud de pruebas y experimentos para poder dar con las claves de la manufactura de estas armaduras. El más relevante quizás haya sido el proceso de elaboración del alambre necesario para la fabricación de las anillas ya que, por razones obvias, proveer a un ejército tan numeroso de cotas formadas por miles de pequeños aros de hierro conllevaba una técnica que facilitase la obtención de miles y miles de metros de alambre. Para hacernos una idea, una de estas lorigas requería la friolera de unos 750 metros del mismo, lo que no es moco de pavo y más si tenemos en cuenta que la tecnología de la época no daba para muchas filigranas. 


Los probos estudiosos de estos enjundiosos temas llevaron a cabo en los años 70 una serie de pruebas para ver si era factible la fabricación del alambre mediante forja, pero llegaron a la conclusión de que no debía ser posible ya que se invirtieron más de dos horas en fabricar un cachito de alambre que apenas daba para tres anillas, por lo que la elaboración de una loriga supondría años y años. Una vez desechada esa opción solo quedaba la más lógica, el trefilado. Esta técnica, aún vigente, consiste simplemente en ir pasando el material por una serie de agujeros practicados en una matriz. Dichos orificios se ven reducidos progresivamente de diámetro hasta que se llega al más pequeño, que tendrá el deseado para el producto final. En la foto superior vemos una de estas matrices, la cual se conserva en el Burg Museum de Atena, Alemania. Como vemos, consta de una serie de orificios de diferentes tamaños dentro de una acanaladura cuya finalidad era seguramente contener algún tipo de lubricante para facilitar el trefilado.


A la derecha podemos observar una reconstrucción del utensilio en cuestión, que tiene una longitud de 20 centímetros por 3 de anchura. A esa longitud habría que añadirle la de un vástago que permitiera colocar la pieza en un tocón de madera o un yunque para inmovilizarla ya que, según se pudo constatar en las pruebas realizadas, la tracción necesaria para efectuar el trefilado era muy elevada, tanto que la fuerza de un hombre normal no serviría para fabricar alambre de hierro, sino solo de cobre o bronce por ser estos materiales más blandos. Por ese motivo, la tracción debía llevarse a cabo mediante algún tipo de tenazas unidas a un torno o juego de poleas que permitiera trabajar con la regularidad necesaria, así como con un rendimiento adecuado considerando la enorme cantidad de metros necesarios para la fabricación de una sola cota. El diámetro de los orificios disminuye un 10% de uno a otro, y la angulación de los conos de introducción debe ser la adecuada para que no cepillen el material, la cual no debe ser inferior a los 50º ni superior a 2º.


Así pues, la base de partida era confeccionar una lámina de metal de donde se extraían finas tiras cortadas con un cortafríos. Este proceso daba pie a unos bordes biselados por la acción del corte, por lo que había que repasar estas tiras antes de comenzar el trefilado. Una vez obtenido el alambre con el diámetro adecuado se procedía a enrollarlo en un mandril para que todas las anillas tuvieran el mismo diámetro y, finalmente, se cortaban y perforaban para poder imbricarlas unas con otras. No obstante, se pudo observar que las lorigas romanas estaban compuestas también por anillas de una sola pieza, como las arandelas que usamos actualmente. Siguiendo la proporción habitual de 1 a 4 (véase figura de la izquierda), esto suponía que para unir cinco anillas solo se necesitaba una remachada, lo que abreviaba notablemente el trabajo de montaje. Bueno, abreviarlo es un decir ya que el tiempo medio para la fabricación de una loriga oscilaba por los 30 días nada menos. Con todo, el tiempo requerido iba en función del tamaño de las anillas, que podía oscilar entre 10 ó 12 mm. y 6 mm., y a veces incluso menos. Es evidente que una loriga fabricada con anillas de apenas 6 mm. debía ser un trabajo de chinos, si bien el resultado final sería una cota mucho más tupida y, por ello, más resistente.


Pero, ¿cómo fabricar anillas de una sola pieza en aquellos tiempos? Los estudios llevados a cabo llegaron a una única conclusión: mediante troquelado. Este sistema, además, aceleraba enormemente la manufactura de anillas ya que se prescindía del enrollado, cortado, perforado y posterior remachado de las anillas convencionales. Por cierto que, curiosamente, en la Edad Media no se recurrió a este simple y eficaz método que podría haber abaratado en gran medida los astronómicos precios que alcanzaron las lorigas de aquella época. Bien, la cuestión es que en 1960, el profesor Leo Biek estudió a fondo las piezas obtenidas en Thorsberg, Dinamarca (foto superior), y entre las dos opciones posibles, fundición o troquelado, concluyó que el segundo método era el empleado tras pasarse tropocientas horas mirándolas a través de un microscopio y analizando la composición del material. Por otro lado, el hecho de que las piezas conservadas mostraran el diámetro interior limpio de manipulaciones de cualquier tipo mientras que en el exterior sí las había, indicaba que las anillas eran repasadas una ver fabricadas, y que el corte interior tan preciso, con una tolerancia de apenas ±0,6 mm., sólo podía obtenerse mediante troquelado.


Este proceso se llevaba a cabo en dos partes. Según Biek, primero se cortaba la parte interna para, a continuación, presentar la lámina de metal en el troquel y obtener el corte exterior. Sin embargo, yo me inclino más bien porque el proceso debía ser inverso, o sea, primero el corte externo y luego el interno ya que, de ese modo, se evitaba tener que centrar la pieza cuidadosamente antes de proceder al corte exterior, lo que resultaría complicado si no se trabajaba muy despacio. Sea como fuere, a la izquierda podemos ver el primer paso, que según el menda sería obtener una chapa circular. Para ello, hemos fabricado un troquel (A y A1) con el diámetro exterior de la anilla a fabricar. Colocamos la chapa B sobre el troquel y la cortamos con el botador C, cuyo diámetro será también igual al del troquel. No será preciso calentar la chapa ya que, al parecer, para grosores de 3 mm. o menos no hacía falta. Así pues, le damos un martillazo y ya tenemos el disco D de donde saldrá la anilla en el siguiente paso.


El cual podemos ver a la derecha. El disco obtenido antes lo introducimos en un nuevo troquel que, en este caso, tiene un orificio en el centro con el diámetro que deberá tener el interior de la anilla. Colocamos el disco en el troquel y procedemos a efectuar el corte con un botador que, en este caso, tendrá el mismo diámetro que el orificio central. El resultado será la anilla que vemos en la ilustración. Como es evidente, este proceso debía acelerar enormemente la manufactura de anillas, y más si se ponían a varios operarios a fabricarlas a tiempo completo que, en aquella época, era de sol a sol y sin derecho a salir a echar un cigarrito porque no se había puesto aún de moda tan nefasto vicio. No obstante, hablamos de la obtención de cientos y cientos de miles de anillas ya que una loriga consumía, como más de uno ya sabe, del orden de unas treinta o cuarenta mil, dependiendo del diámetro de las mismas y del tamaño del sujeto. Para fabricarlas se necesitaban unos seis meses de trabajo sin contar el imbricado, por lo que la producción anual de un operario- unas 75.000 unidades- solo daba para dos lorigas. Cabe pues suponer que en los grandes centros armeros creados por el Imperio debían tener cantidad de currantes dedicados a fabricar los millones de anillas necesarias para poder equipar a todo su ejército con estas lorigas. 

Bien, ya tenemos fabricadas las anillas, tanto las de una sola pieza como las que irán remachadas. Ya solo queda montar las lorigas mediante el proceso habitual descrito más arriba, con una proporción de 1 a 4. Para este trabajo serán necesarios operarios con una vista fastuosa ya que tendrán que imbricar anillas de 12, 9, 6 o incluso 3 mm. de diámetro (sí, eran mucho más pequeñas que las usadas en la Edad Media), utilizando unos remaches minúsculos para cerrar la anilla base. A partir de ahí, pasarán unas cuatro semanas hasta concluir el producto final, cuyas diferentes terminaciones podemos ver en la lámina inferior.



La loriga obtenida será una pieza con mangas muy cortas o sin mangas que llegará hasta aproximadamente la mitad del muslo. Las destinadas a las unidades de caballería serán más cortas, un poco por debajo de la cintura. Veamos cada detalle:


Cipo que presenta un bajorre-
lieve en el que aparece un
herrero. Yorkshire Museum
Figura A: A fin de mejorar la protección de los hombros, zona especialmente vulnerable de cara a las armas de corte usadas por los pueblos iberos, germanos y de Asia Menor, se añadieron unas hombreras que podían ser de dos tipos: por un lado tenemos la presentada en esta figura y cuyo dorso podemos ver en D1. Esta tipología estaba copiada de los modelos usados por los celtas y era una especie de esclavina que, además, cubría la parte superior de los brazos. El contorno de la misma estaba rebordeado con cuero. La forma de abrochar estas hombreras eran varias: anillas unidas mediante cordeles, según vemos en la figura A, ganchos articulados dobles al uso celta que se prendían en unos discos fijados en la parte delantera tal como se aprecia en C1, o discos unidos mediante cordeles de la forma que aparece en C2. Todas estas piezas, elaboradas generalmente de bronce, solían estar decoradas con cincelados.

Figura B: En esta figura podemos ver unas hombreras fabricadas con lino, similares a las que empleaban los griegos y etruscos en sus LYNOTHORAX. Estas hombreras estaban fabricadas con varias capas de lino encolado que, además de ser ligeras, proporcionaban una protección bastante buena contra las armas de corte. Se unían mediante una tira de metal o del mismo material a unos discos interiores.

Figura C: Esta es la tipología más habitual, similar a la anterior pero fabricada con malla. El reverso de la misma lo podemos ver en D2. La unión entre ambas hombreras se ha presentado en este caso mediante una lámina de bronce con dos ranuras que encajan en sendos discos fijados a las mismas hombreras, si bien también usaban las que aparecen en C1 y C2.


Ilustración de Peter Connolly en la que se aprecian el
dorso y el reverso de una lorica hamata. Como podemos
ver, la parte trasera de las hombreras caía libre sobre la
espalda sin ningún tipo de fijación
Bien, con esto quedaría completado el trabajo. Ya solo dependía de su usuario llevar a cabo las labores de mantenimiento para que le durase muchos años o incluso toda su vida militar. Para ello bastaba con pulirla con arena cuando mostrase indicios de óxido y preservarla del mismo untándola con grasa animal. Las reparaciones de los daños derivados de la batalla serían llevados a cabo por los herreros que acompañaban a las legiones o que tenían sus talleres en los acantonamientos de las mismas. Como conclusión a esta entrada, señalas que, aunque por lo general se suele asociar el uso de este tipo de armadura con los tiempos anteriores al advenimiento de los césares, en realidad se mantuvieron operativas siempre en mayor o menor grado. Los motivos de ello eran básicamente dos: aunque la lorica segmentata era más ligera, unos 9 kilos, su rigidez estorbaba los movimientos de los legionarios durante el combate mientras que las cotas de malla, más flexibles, permitían más libertad aunque pesaban unos 6 kilos más y eran más vulnerables a las armas contundentes. Sin embargo, el peso se repartía mejor en el caso de la cota ya que, además de reposar sobre los hombros, parte de dicho peso se sustentaba en la cintura gracias al cinturón, cosa que no ocurría con la lorica segmentata, cuyos 9 kilos eran soportados exclusivamente por los hombros. En cualquier caso, buena prueba de que la loriga era preferida a pesar de su elevado costo y su compleja fabricación es que la segmentata fue siendo relegada en favor de la hamata, que perduró hasta el final del imperio.

Bueno, ya me he enrollado bastante por hoy. Espero que, tras leer esta entrada, se vayan vuecedes a sus piltras esta noche sabiendo una cosa más.

Hale, he dicho


Lucio Voreno y sus muchachos en plena fiesta armados con sus LORICÆ HAMATA. En algunos casos se añadían algunas hileras de anillas de bronce con meros fines decorativos, si bien parece ser que no era una costumbre habitual.