viernes, 29 de marzo de 2019

Seppuku, mitos y ritos


El medido y cuidadoso ritual para que un probo ciudadano se destripara por
sí mismo requería el visto bueno de un inspector que comprobaba que todo
estaba en orden incluyendo hasta las medidas del tatami
Hace cosa de dos años y medio (carajo, como pasa el tiempo y bla, bla, bla...) se publicó un artículo acerca de los orígenes del seppuku o hara-kiri, como prefieran. Ya saben, esa sangrienta, desagradable y extremadamente dolorosa forma de suicidio ritual ideada por lo probos nipones que querían ante todo mantener su honra impoluta y, si era necesario, palmarla por defenderla. El cine, como está mandado, se ha encargado de propalar una imagen en cierto modo poética y con elevadas dosis de estoicismo en las que el suicida se enfrenta a su propia inmolación con una indiferencia similar a la que solemos mostrar cuando leemos las esquelas en el ABC. Como si la cosa no fuera con él, el samurai de turno echa mano al tantō que le han presentado para cometer el suicidio y, sin dudarlo ni un instante, se lo mete por la barriga intentando que en ningún momento pueda parecer que semejante experiencia le desagrada lo más mínimo. El breve ceremonial concluye cuando su asistente le cercena de un certero tajo el cuello para abreviar el trámite ya que, aunque pueda parecer lo contrario, en el acto del suicidio no se contemplaba tener que sufrir de una forma tan espantosa, sino simplemente matarse conforme a unas reglas. De ahí que se considerase necesario abreviar al máximo hasta el extremo, según veremos en su momento, de que se cortaba la cabeza del suicida antes incluso de que llegara a clavarse el tantō en el abdomen. 

Ilustración de mediados del siglo XVIII que muestra
a un samurai a punto de cometer seppuku. En vista
de que, tal como podemos apreciar, se ha despojado
de su armadura, se supone que ha sido derrotado en
batalla y prefiere palmarla antes de verse humillado
Por otro lado, lo que inicialmente era una mera forma de darse matarile sin más historias acabó convertido en un compendio de rituales de una complejidad abrumadora en la que cada movimiento, cada posición e incluso la indumentaria estaban sujetos a unas reglas de protocolo que, para colmo, podían hacer caer en desgracia al que por desidia o simple desconocimiento no las cumpliera literalmente a rajatabla. Y cuando decimos rajatabla nos referimos a cumplirlas hasta el más mínimo precepto. Pero, a pesar de que la imagen que nos ha llegado es, como ya hemos comentado anteriormente, la de un ritual metódico cargado de simbología y en el que los presentes debían guardar en todo momento el hieratismo de una puñetera esfinge, lo cierto es que en modo alguno todos los samurai aceptaban de buen grado eso de abrirse en canal, ni tampoco que se enfrentasen a su propia extinción sin que se les moviera un músculo de la cara. Más aún, el instinto de supervivencia llegó a pesar más que el lavado de cerebro del bushido inculcado desde críos a los miembros de los clanes samurai. Pero bueno, no conviene alargar más esta introducción porque el tema da para mucho y conforme avancemos podremos comprobar que, como en todo, los tópicos y los mitos que han llegado a nosotros han ocultado en muchos casos la realidad del suicidio ritual japonés.

Como ya se comentó en su momento, el seppuku surgió como una mera forma de suicidarse por dos motivos principales: uno, relacionado con la milicia, podía estar relacionado con una derrota o bien para impedir caer en manos del enemigo. La otra, digamos de tipo político, cuando por algún motivo un samurai caía en desgracia de alguien de un rango superior, ya fuese otro samurai investido de más autoridad, un daimio o incluso un shōgun. Sin embargo, lo que empezó como una forma de auto-inmolación voluntaria se convirtió también en una forma de condena a muerte en la que, por consideración al rango del reo, se contemplaba la opción de que se matase él mismo para conservar la honra. Solo en el caso de que el delito fuese por algo verdaderamente grave como asesinatos injustificados, traiciones de las gordas, ser un incendiario (en un país donde todas las casas eran de madera y papel ir de pirómano no era nada recomendable), o practicar el bandolerismo el condenado era decapitado como un criminal más.


El legendario Asano Takumi-no-Naki intentando escabechar a Kira Kozuke-
no-Suke, jefe de protocolo del shōgun Tokunawa Tsunayoshi. El avenate fue
por algo tan simple como indicarle una indumentaria errónea para mofarse de
Asano, que por cierto no logró matar a Kira. Por ello, el shōgun le ordenó
cometer seppuku. Los 47 samurai que estaban a su servicio se convirtieron en
rōnin, los cuales se vengaron en la persona de Kira dando lugar a la épica
historia de los 47 rōnin de la que hasta se han hecho películas y todo 
De hecho, a partir del siglo XVII, con la llegada del Periodo Tokugawa empezaron a ser más frecuentes los suicidios por orden directa de daimio o del shōgun que por cuestiones derivadas de la milicia o por ver afectado el honor personal o del clan. El motivo, por lo general, era la desconfianza patológica que los shōgun albergaban contra la nobleza formada por unos 60 daimio que, de eso estaba seguro, aprovecharían la más mínima oportunidad para levantarse en armas y derrocarlo. De ahí que, para garantizar su lealtad, los daimio no pudieran vivir más de un año seguido en sus posesiones para que no tuvieran tiempo de tramar ninguna alevosía. Además, mientras permanecían en sus dominios tenían que dejar a su familia en Edo, en aquella época la capital del Japón, a modo de rehenes. Esta conducta pretendía además, con proverbial astucia nipona, que los daimio se vieran sometidos a unos gastos enormes para mantener tanto sus posesiones como el tren de vida que su familia debía mantener en Edo conforme a su rango, por lo que apenas les quedaba para reclutar rōnin con los que iniciar la enésima revuelta. Está de más decir que al más mínimo atisbo de sospecha la sentencia era expeditiva: el shōgun ordenaba al daimio Fulano a cometer seppuku sí o sí, y si te pones chulo o te niegas convierto en sushi a toda tu familia además de que tu nombre quedará deshonrado por los siglos de los siglos. Obviamente solo quedaba una opción: rajarse la barriga. 


Suicidio de Asano, daimio de Akō, en abril de 1701. Sentados vemos a los
inspectores que debían presenciar el seppuku, y en primer término a dos de
sus samurai que están a punto de irse al paro junto a sus 45 colegas
Está de más decir que una gente con la mentalidad de los nipones no se limitaban a enviar un "guasa" avisando al infractor que tenía que suicidarse y que para comprobar que había cumplido la orden mandase un selfie destripándose. El suicidio de un samurai debía llevarse a cabo conforme a un complejo ritual en el que se cuidaba hasta el más mínimo detalle y se trataba al aspirante a difunto con la mayor consideración, con todo tipo de miramientos para que su honor permaneciera impoluto. Los esquemas de valores de esta gente concebían que un samurai, fuera cual fuera su rango, pudiera iniciar una guerra civil o desobedecer a un superior, pero eso no era en sí un acto deshonroso. Merecía la muerte por ello, pero había actuado de forma honesta consigo mismo, ergo era un sujeto honorable, y como tal tenía derecho a una muerte digna y solemne. 


Patio del castillo de Himeji destinado a los suicidios. La piedra que se ve
aflorando del suelo era el lugar donde debía colocarse el condenado
El suicidio podía tener lugar en cualquier parte, bien en el propio castillo del infractor, en el de su señor feudal o, como ocurrió a partir de la segunda mitad del Periodo Tokugawa (1600-1868), en templos budistas. Donde estaba totalmente vetado practicar un seppuku era en los templos sintoístas. Recordemos que mientras el budismo veía la muerte como un acto de liberación, el sintoísmo consideraba todo contacto con los difuntos como algo repulsivo y cuya presencia contaminaba el lugar donde se encontrasen. En el caso de los castillos de los daimio se llegó incluso a construir dependencias dedicadas con el único fin de poder cometer seppuku en ellas. En algunos se derribaban una vez concluido el ritual, pero en otros eran zonas permanentes que durante siglos fueron testigos de multitud de destripamientos. Dentro del complejo protocolo, había que tener en cuenta que si el suicidio se llevaba a cabo en el castillo del samurai condenado, no podría efectuarlo mirando hacia el este, lugar por donde sale el sol, ni hacia el norte porque sería una falta de respeto al emperador. Así mismo, si la ceremonia tenía lugar fuera del castillo debía colocarse de espaldas al mismo, y si era en un patio interior dando igualmente la espalda al recinto principal. Como vemos, el tema era más complicado que el manual de instrucciones de un mando a distancia (¿hay alguien que sepa para qué carajo sirven todos los botones?). Solo cuando por la distribución del edificio no quedara más remedio era cuando se toleraba posicionarse de forma contraria a las normas si bien eso tenía que hacerse con el visto bueno del kenshi o inspector, un emisario enviado por el daimio o el shōgun que era el encargado de supervisar que todos los elementos del ritual cumplían las normas. Vamos, que algo tan hispano como darle a uno el avenate y colgarse de una viga del corral, como que no. Para esta gente sería una falta de respeto y una deshonra hacia sí mismos y hacia su familia, que quedaría marcada para siempre.

Bien, creo que con esta introducción podemos hacernos una idea de cómo las gastaba el personal, así que sin más demora vayamos al grano dando cuenta en primer lugar de los personajes que intervenían en el ritual, que no eran pocos por cierto.

El kenshi
  
Sentados frente al suicida vemos al kenshi principal y a su secundario. El
hecho de estar sentados en un taburete y no de rodillas o con las piernas
cruzadas denota su importancia ya que solo los señores de elevado rango,
los generales durante la batalla o los enviados del shōgun podían usar usarlos
El kenshi era el inspector que debía controlar absolutamente todo lo concerniente al ritual desde que el shōgun ordenaba que uno de sus vasallos debía suicidarse. Una vez que la sentencia estaba decidida, un funcionario del gobierno informaba al designado por el shōgun para desempeñar esa misión, lo cual le era comunicado de noche porque se consideraba que las malas noticias no debían contaminar las horas matinales. Al mismo tiempo, se notificaba al rusui-yaku, la persona que tenía bajo custodia al reo, que tal día el kenshi acudiría a su castillo o casa para comunicar la sentencia. A su vez, el custodio informaba al azuraki-nin, el vigilante o carcelero, la noticia. Por lo general, este cargo era asumido por personajes de elevado rango, señores feudales muy cercanos al shōgun. Pero que nadie piense que el kenshi iba él solo a dar cuenta de la sentencia. Antes al contrario, se hacía acompañar de un séquito nutrido por un juez supremo o metsuke, así como de un kenshi auxiliar que a su vez era acompañado por un juez decano más otros dos jueces de rango inferior y una escolta de entre cuatro y seis guardias. Dependiendo del estatus social del condenado los componentes del séquito serían de un rango similar pero, en todo caso, debían ser recibidos con todos los honores tanto en cuanto eran emisarios enviados directamente por el shōgun


El kenshi lee al condenado la sentencia
Y para que todo estuviera preparado, antes de la llegada del kenshi el inspector auxiliar se personaba en el lugar donde el reo estaba bajo custodia para llevar a cabo una inspección preliminar en la que comprobaría el lugar donde se tendría lugar el seppuku, hacer incluso un gráfico con su distribución, orientación y medidas y, además, una lista de las personas que estarían presentes en el acto. Durante esa visita, el vigilante que custodiaba al reo le consultaba quién ejercería de kaiskaku, el asistente que cortaría el cuello del condenado para evitarle una desagradable agonía, pero de este personaje hablaremos más adelante. En el caso de que fuese propuesto alguien próximo al reo o incluso un familiar, el inspector se entrevistaba con él para asegurarse de que cumpliría al pie de la letra el ritual, y se informaría de su habilidad en el manejo de la espada. Solo cuando la inspección concluía de forma satisfactoria era cuando hacía acto de presencia el kenshi con el resto del séquito, los cuales eran recibidos por el custodio, generalmente el daimio a cuyo servicio estaba el condenado, acompañado de su consejero o karo y sus principales servidores haciendo todos una profunda reverencia. Tras lo saludos protocolarios, el séquito era conducido a una sala de espera mientras que el kenshi se dirigía directamente al condenado para leerle la sentencia: 

-Por la presente, declaro el mandato supremo del shōgun. Considerando los cargos que acusan a Fulanito de Tal de haber cometido tal delito, en este acto se le condena a cometer seppuku

Naturalmente, el afectado debía recibir la noticia como si fuera el parte meteorológico del mes que viene, en una actitud respetuosa y sin mostrar la más mínima turbación ya que eso haría caer sobre él la deshonra más deshonrosa. Una vez oída la sentencia, se limitaba a agradecer el honor que recibía por permitírsele suicidarse de una forma honorable. A partir de ese momento, el reo debía prepararse para morir.

El kaishaku

El kaishaku era el asistente encargado de ayudar al condenado a palmarla sufriendo lo imprescindible, e incluso a veces nada según veremos en su momento. En origen, cuando el suicidio solo solía tener lugar cuando, mottu proprio, un samurai decidía matarse para lavar su honor, el kaishaku era un amigo o un familiar que se prestaba a ello. La tradición hizo que, finalmente, durante el shōgunato de Tokugawa Ietsuna (1651-1680) se estableciera formalmente la figura del asistente como parte del ritual del seppuku. Según la mentalidad de estos asiáticos el hecho de sufrir a consecuencia del suicidio carecía de sentido. Para ellos, lo importante era el hecho de quitarse la vida por su propia voluntad como un acto de expiación o bien como consecuencia de una condena a muerte, lo que no era óbice para que se viera deshonrado siendo decapitado como un vulgar delincuente. 


El kaishaku aguarda a que el suicida termine de escribir un breve poema
o mensaje de despedida
Por otro lado, ya fuera designado por el kenshi o por el reo, el kaishaku no podía negarse a cumplir la misión de asistir al suicida, considerándose como una gran deshonra renunciar a formar parte del ritual. Pero que nadie piense que con descargar un contundente tajo en el pescuezo del aspirante a phantasma ya había cumplido, porque el asistente debía reunir una serie de cualidades además de ejercer una labor de vigilancia hacia el condenado durante los preliminares al acto en sí del seppuku. En primer lugar y ante todo debía ser un hombre especialmente diestro en el manejo de la espada. Y no porque cercenar un cuello fuera algo especialmente complicado para un samurai, sino por cómo debía efectuar el golpe. Un kaishaku no debía cortar la cabeza sin más ya que eso supondría una mera decapitación, lo que sería deshonroso para el reo, sino llevar a cabo una compleja técnica que consistía en cercenar el cuello dejando sin cortar una porción de piel de la parte delantera, o sea, de la garganta, de forma que la cabeza quedara colgando hacia adelante como si hiciera una postrera inclinación o reverencia. Ese golpe, denominado como "retener la cabeza", requería de una muy depurada técnica que solo se lograba con un entrenamiento que consistía en cortar las mitades inferiores de las hojas situadas en las ramas más bajas de los árboles para adquirir la puntería y el temple necesarios que permitieran controlar la fuerza que requería cortar un cuello humano. No obstante, si el kaishaku fallaba y cortaba la cabeza no suponía una deshonra en sí mismo, pero sí quedaba cuestionada su destreza y su reputación como esgrimista. 


Ha llegado la hora de la verdad. El suicida se descubre el torso y se dispone
a morir mientras el kaishaku, con la espada dispuesta, espera el momento
decisivo en que deberá descargar el golpe final sobre su cuello
Y en lo tocante a su cometido de vigilar al reo, era más importante de lo que parece ya que, aunque la imagen que tenemos de los suicidas japoneses es de un estoicismo absoluto, muchos se rebelaban ante la perspectiva de rajarse en canal, y en más de una ocasión intentaron arrebatar la espada a alguno de los presentes para escapar. De ahí que, por lo general, todos los asistentes portaran el wakizashi en vez del tachi o la katana, y el mismo asistente aseguraba sus armas con un cordón para impedir que les fueran arrebatadas. 

Por otro lado, para prevenir sorpresas de última hora, el kaishaku observaba constantemente los ojos y los pies del reo ya que, en función de la postura que adoptaba o de las miradas nerviosas que dirigía a todas partes en busca de una salida podía deducir que intentaría escapar de la muerte. En todo caso, y en función del coraje o de la aparente debilidad del suicida, era el asistente el que, salvo haber pactado de forma previa con el reo el momento en que descargaría el golpe, debía actuar para impedir que el ritual se incumpliera. Por último, señalar que como asistente del reo no solo tenía como misión ayudarle a bien morir, sino a proporcionarle cualquier detalle que precisara antes de la ceremonia o incluso hacerle menos penoso el trance previo desviando su atención ante lo que se avecinaba. Del resto de su proceder hablaremos en la parte que se dedicará al ritual en sí.

Bueno, criaturas, con esto terminamos por hoy, que me he enrollado como una persiana. Dejaremos para la próxima entrada todo lo concerniente al ritual desde que el condenado recibía la sentencia hasta que lo mandaban a criar malvas.

Hale, he dicho

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6 curiosidades curiosas sobre las espadas japonesas

Ritual del seppuku. Tipos de cortes

Manual del buen suicida

14 comentarios:

dani dijo...

Magnífico artículo.
En su día (hace como dos décadas) leí Shogún, la novela en la que se basaba la teleserie famosa. Supongo que siendo un autor occidental no había entendido la verdadera forma de ser de los japoneses, pero los personajes parece que todos están deseando la muerte...........

Amo del castillo dijo...

Yo también leí la novela que, como suele pasar, era veinte veces mejor que la serie. No obstante, coincido con vuecé en que la trama se ve bajo la perspectiva de un occidental, y a pesar de las pugnas con los jesuitas y el inglés que no recuerdo como se llamaba todo giraba alrededor de como el Torunaga aquel lograba alcanzar el shogunato y como sus servidores estaban dispuestos a lo que fuera por ayudarlo a llegar al poder. En todo caso, el tocho aquel era entretenido, las cosas como son.

Un saludo y gracias por su comentario

dani dijo...

Entretenido no, lo siguiente jajajaja Del mismo autor leí otra novela situada en la llegada de los barcos negros a Japón. También era muy interesante y entretenida. Luego había otra sobre la primera guerra del Opio y ahí ya no, con esa no pude. Recientemente he vuelto a ver la serie y la verdad es que para la época está muyyyyyyyyyy bien, aunque se pierden muchísimos matices que se explican en al novela. Pero pasa con todas las series, que tienen que ahorrar en actores y personajes desaparecen jajajaja

Josemi dijo...

Excelente articulo. Me da la impresión de que hubo una evolución parecida al imperio romano, donde el suicidio ritual (cortarse las venas) paso de ser un acto voluntario a una condena "honorable" por parte del mandamás de turno.

Por otra lado, a veces mitificamos mucho a los japoneses. Si que es verdad que es una cultura muy suicida, a dia de hoy el numero de suicidios es altisimo y los japoneses se suicidan por todo, como por ejemplo, por haber suspendido selectividad (en vez de irse de fiesta como nosotros, que lo he visto).

Pero también los japoneses son humanos, y a muchos les fastidia morir. Hay por ahi un documental sobre los kamikazes en los que un superviviente cuenta como era algo "voluntario" entre comillas, era una presión social que hacia que acabaras en la academia de kamikazes mor que no podias decir que no sin quedar como un cobarde gallina capitan de las sardinas, y de todas formas, no te dejaban quedar como un cobarde y librarte.

Cuenta este señor japones, que era muy joven entonces, que solo les preguntaron una vez si querian ser kamikazes, dijeron "quien quiera abandonar ahora, que de un paso al frente". El y unos cuantos dieron un paso al frente, pero dijeron "bueno, estos chicos estan equivocados, les daremos otra oportunidad de servir al emperador", así que ni así pudo escapar. No me acuerdo que paso para que al final salvara la vida.

Por cierto, de las versiones de los 47 Ronin, me quedo con la de Robert de Niro :-D

Amo del castillo dijo...

Cierto, Sr. Dani. Para ser una serie con casi 40 años a cuestas no estaba nada mal. Al menos tuvieron el acierto de que todos los japos hablaban siempre en japonés, y no los doblaron en español con un pseudo-acento japonés, como hace con los personajes rusos, tedescos, etc.

Un saludo

Amo del castillo dijo...

Es absurdo pretender que un occidental entienda la mentalidad de un japonés, Sr. Josemi, del mismo modo que para ellos es incomprensible la nuestra. Por cierto, la peli de De Niro no iba de 47 ronin, sino de una especie de chorizos mercenarios.

Un saludo

Josemi dijo...

Hombre, vamos a ver, lo de que haya peligro de que el tío a ultima hora le entre el canguelo y salga por patas, la verdad, lo entiendo perfectamente. Lo de que sea un amigo o familiar tuyo el que te finiquite y precisamente tenga que evitar eso por el honor y la tradición, ya es mas difícil de comprender :-D

Y claro que conozco la peli de De Niro, recuerdo ademas que la primera vez que la vi me quede ojiplatico. Me acabo de dar cuenta ademas que el malo es el "gorrion supremo" de juego de tronos.

Amo del castillo dijo...

Repito, Sr. Josemi, que en estos casos se trataba de una cuestión de mentalidad. A nosotros nos resulta inconcebible que un familiar nos corte el pescuezo, pero bajo nuestro punto de vista moderno. Recordemos que en la Edad Media las revueltas y guerras entre hermanos, padres e hijos y familiares eran cotidianas. Alfonso X no dudó en mandar estrangular a su hermano Fadrique, como ya se habló en su día, e Isabel de Castilla tampoco dudó en organizar una guerra civil contra su medio hermano Enrique IV de la misma forma que el Trastámara acabó con el rey don Pedro. La lista de alevosías y traiciones fratricidas y parricidas sería interminable, así que no se extrañe de la actitud de los japoneses ya que, al cabo, tampoco era tan distinta a la de los occidentales.

Un saludo y gracias por su comentario

JorgeL dijo...

El personaje occidental es el piloto (de barco, para los que se puedan confundir en la modernidad) John Blacthorne, al que en Japón dan el nombre de Anjin San (o señor Piloto, en esa bárbara lengua)
Por cierto tanto el Anjin como el Toranaga estan basados en personajes reales.
El marino esta basado en William Adams, un hijo de... Albión que fue el primer occidental elevado a la categoría de Samurai, Toranaga esta basado en Ieyasu Tokugawa, fundador de la dinastía de shogunes del mismo apellido y la dama Mariko en Gracia Hosokawa, dama cristiana de importante linaje samurai

Amo del castillo dijo...

Se agradece su aportación, Sr. Jorge. No recordaba que la novela estaba inspirada en personajes reales salvo Toranaga, que como bien dice inició el Periodo Tokugawa que duró hasta el siglo XIX.

Un saludo y gracias por su comentario

nathan hale smith patton dijo...

Porque era una falta de respeto hacia el norte y porque no hacia el este?

nathan hale smith patton dijo...

Siento que hay mucho choque cultural entre occidente y oriente sobre el suicidio por las visiones de las religiones que predominan en esas partes del mundo: como en Europa y America predomina el cristianismo el suicidio es visto como un pecado mortal ya que solo Dios puede quitar la vida ya ven como Dante decia que los suicidas terminaban en el infierno como arboles donde pajaros cavaban huecos para que sufrieran (como analogia de que renunciaron a sus cuerpos y como dice el articulo el budismo (religion que mayormente predomina en esos paises asiaticos) se ve mas como una liberacion la muerte en el budismo no se ve como el fin de la vida si no como un cambio de estado (se cree que buda perdonaba los suicidas ya que estos no tenian egoismo en su mente ya que renunciaban al materialismo de la vida banal y si lo hacian porque estaban con una enfermedad terminal el suicidio era aun mas permisible cosa que ni aqui en occidente no nos ponemos de acuerdo y hay mucha polemica por la eutanasia medica y el suicidio asistido)

nathan hale smith patton dijo...

Se salvo porque creo que en ultimo momento el zero donde viajaba le fallo el motor y termino cayendo al mar, los pocos voluntarios de kamikazes que "sobrevivieron" por no decir todos sobrevivieron porque a ultima hora el avion fallaba y terminaban cayendo antes de llegar a la linea de fuego donde el portaviones enemigo estaba

Amo del castillo dijo...

Básicamente todas las religiones consideran el suicidio como algo pecaminoso en mayor o menor grado tanto en cuanto se considera la vida como un regalo de la divinidad de turno. Que yo recuerde, sólo los cátaros lo aceptaban porque ellos creían que el cuerpo era una cárcel para el alma y del que había que librarse lo antes posible.

Un saludo