lunes, 1 de abril de 2019

Ritual del seppuku. Tipos de cortes


Suicidio de Ōishi Yoshio, karo o consejero de Asano Yakumi-no-Naki, el daimio de Akō que, como vimos en la entrada
anterior, dio lugar a la épica historia de los 47 rōnin. En la ilustración vemos como Oishi se dispone a hundir el tantō en
la barriga en presencia del kenshi y su ayudante, mientras el kaishaku espera el momento de decapitarlo. 

Bien, dilectos lectores, tras haber visto con detalle toda la parafernalia que rodeaba los preliminares de los suicidios rituales con que los probos ciudadanos nipones se daban boleta de este perro mundo, hoy toca empezar a estudiar el momento decisivo, la culminación del avenate, la inmolación unipersonal, o sea, el suicidio en sí mismo. Como hemos ido viendo cada vez que se ha tratado este tema, el seppuku fue evolucionando desde sus orígenes para, de ser una mera forma de inmolación para evitar caer preso, impedir una deshonra o como una expiación por su incompetencia, a ser una forma de ejecución que, por recaer sobre un samurai, se les permitía darse muerte por su propia mano para palmarla de una forma honorable. Del mismo modo hemos ido viendo que no fue hasta el advenimiento del Período Tokugawa en el siglo XVII cuando se empezó a ritualizar el suicidio y a envolverlo en un complejo protocolo que, a medida que fueron pasando los años, se fue complicando cada vez más. 

Antes de que se dictaran normas para llevar a cabo
un complejo ritual, el seppuku se podía cometer
de manera, digamos, más informal, usando tanto
la katana como el wakizashi o el tantō, y el acto
podía tener lugar en cualquier sitio
De hecho, incluso empezaron a aparecer textos o manuales acerca de como llevar a cabo el suicidio con todas la pautas de comportamiento de los que debían tomar parte en el mismo. A principios de 1700 aparecieron dos obras tituladas "Seppuku kaishaku no shidai" ("Sobre el corte de estómago y la decapitación") y "Seppuku mokuroku" ("Principales puntos para el corte de estómago"). En 1772, el samurai Yamaoka Shunmei creó una obra acerca de la tradición en el ritual suicida titulada "Kara-kiri kō" ("Reflexión sobre el corte de estómago"). La creación y divulgación de este tipo de obras perduró hasta tiempos tan próximos como el siglo XIX con "Jijin-roku" ("Relaciones de suicidios con espada") y "Seppuku kutetsu" ("Reglas para el corte de estómago"), escritas en 1840 por Kudō Yukihiro y Usami Tomoharu respectivamente, o una obra anónima datada hacia 1830 y titulada "Kaishiku no shikijō" ("Métodos de decapitación"). Como vemos, no se tomaban a coña estas cuestiones y, a pesar de que el seppuku quedó abolido como método de ejecución en 1873, no faltaron quienes optaron por esta forma de suicidarse en épocas posteriores. Además de los consabidos suicidios cometidos por militares durante y después de la Segunda Guerra Mundial para expiar sus derrotas o su incompetencia, no faltaron personajes que también eligieron esa desagradable forma de matarse hasta tiempos bastante recientes. 

Imagen bastante desagradable del cuerpo decapitado de uno de los
conjurados. A la derecha aparece la cabeza de Morita, y en el centro la de
Mishima, la cual podemos ver en el detalle una vez limpia de sangre
Por lo general, se considera que el último en cometer seppuku fue el controvertido escritor Yukio Mishima, uno de los autores más influyentes del siglo XX e incluso propuesto para el Premio Nobel que intentó un absurdo golpe de estado el 25 de noviembre de 1970 para devolver al emperador sus prerrogativas anteriores a la guerra. Como ya sabemos, y el que no lo sepa puede consultarlo en la red porque hay información sobrada sobre ese luctuoso hecho, acabó cometiendo seppuku en el despacho del comandante Masuda, en el cuartel de Ichigaya de la Fuerza de Autodefensa del Japón ubicado en Tokio. Al ver que nadie le hacía puñetero caso y que nadie estaba por la labor de meterse a golpista se cabreó y se suicidó, habiendo nombrado previamente como kaishaku a Masakatsu Morita, uno de sus discípulos. Morita no fue capaz de rematar a Mishima después de tres intentos fallidos, por lo que también se cabreó y se rajó la barriga. Finalmente, fue otro de los conjurados, Hiroyasu Koga, el que finiquitó a ambos. Fue procesado por ello porque en el Japón moderno ya no estaba bien visto asistir a suicidas, pero solo le cayeron cuatro años que no llegó a cumplir por completo por portarse bien y no dar mucho la murga en la trena.  

Sin embargo, como hemos dicho, Mishima no fue el último en cometer seppuku, como se suele creer. El que ostenta el dudoso honor de haberse desparramado las tripas, y encima con el mérito añadido de no haber contado con asistente que le aliviase su agonía con un certero tajo en el cuello, fue Isao Inokuma, un celebrado judoka que ganó la medalla de oro de su categoría en las Olimpiadas de Tokio de 1965. Tras muchos años vinculado al mundo del deporte compaginando estas actividades con una empresa de construcción fundada por él, la Tokai Kensetsu, debido a los graves problemas de tipo económico por los que estaba pasando optó por largarse de este mundo cuando contaba ya con 63 años el 29 de septiembre de 2001, dejando a sus acreedores con un palmo de narices y al resto del personal preguntándose si no habría sido mejor meter la cabeza en el horno. No obstante, al menos tuvo la decencia de quitarse la vida en vez de hacer como los ladrones de la "sagrada familia", que han robado miles de millones y se van a ir de rositas riéndose de todos los españoles. Así pues, como vemos, eso de abrirse en canal no es en modo alguno cosa del medioevo, sino que permanece vigente en la mentalidad japonesa aunque ahora se haya puesto de moda eso de perderse en el bosque de Aokigahara para palmarla rodeado de paz, sosiego y del canto de los pajaritos.

Bien, en lo tocante al ritual, como ya hemos dicho este era prácticamente inexistente hasta el comienzo del Período Tokugawa. Anteriormente, el que por cualquier motivo deseara poner término a su existencia no necesitaba más que algo que cortase y una barriga donde cortar. No había normas sobre dónde ni cómo llevar a cabo el suicidio, ni tampoco era necesario contar con la ayuda de un asistente. Más aún, ni siquiera se había establecido de forma oficial de qué forma debía abrirse el vientre si bien, al parecer, eso de mostrar las entrañas tenía su contenido simbólico ya que con ello se pretendía mostrar al resto del planeta que nada impuro albergaba en su interior. Esta gente, como otras muchas culturas, creían que el alma se alojaba en el estómago, así que nada mejor que enseñar lo bonito que lo tenía para dejar claro que era un sujeto decente y honorable. Por otro lado, el estoicismo y la indiferencia ante el trance supremo no solo dignificaba el proceso, sino que enaltecía la reputación del suicida aunque este ya no estuviera en el mundo para que le organizaran un homenaje.

Así pues, para poder destriparse de forma que todo el contenido de la cavidad abdominal pudiera ser mostrado al respetable se debía efectuar un jūmonji, que consistía en dos cortes sucesivos. El primero se efectuaba horizontalmente de izquierda a derecha justo por debajo del ombligo para, a continuación, extraer la hoja y hacer otro corte, esta vez en sentido vertical de arriba abajo hasta la ingle tal como vemos en la figura A. Una variante del jūmonji consistía en iniciar el corte vertical más arriba, desde el plexo solar. Como es evidente, cuando más grandes fueran los cortes y más se hiciera uno la puñeta a sí mismo más celebrado era el suicidio por la familia, amigos y demás parientes y afectos, especialmente los cuñados. Un hombre capaz de hacerse semejante burrada sin que se le moviera un músculo de la jeta era considerado, además de honorable, un tipo extremadamente valeroso. 

Conviene aclarar un pequeño detalle que es desconocido para la mayoría de los occidentales, y es que los nipones efectúan los cortes al revés que nosotros. Me explico. En el gráfico de la izquierda tenemos una sección del tronco a la altura del abdomen. Según podemos ver en la figura A, cuando acuchillamos a algún malvado clavamos la hoja hasta el fondo para, a continuación, tirar de ella en la dirección que sea produciendo con ello un corte tras lo cual se extrae la hoja del cuerpo. Estos orientales lo hacían justo al revés, o sea, tal como aparece en la figura B: cortaban mientras clavaban, por lo que cuando el cuchillo llegaba hasta la profundidad deseada ya había abierto la herida. Por otro lado, los suicidas tenían por norma que el corte horizontal, que siempre era el que se hacía primero, no fuera tan profundo como para romper la cavidad abdominal y producir una evisceración antes de que tuviera tiempo de hacerse el segundo corte.

Aclarado este sutil detalle, prosigamos. El jūmonji tenía sus variantes, como no podía ser menos, y al parecer buscando siempre una herida más tremebunda y aparatosa, como pretendiendo con ello demostrar que se tenían más arrestos que nadie. En este caso hablamos de dos formas distintas de efectuar estos dos cortes. Una de ellas era el kagi-jūmonji (fig. A), que consistía en efectuar un corte, como siempre de izquierda a derecha, en sentido oblicuo descendente en dirección hacia la ingle. A continuación se giraba la hoja y se hacía otro corte, en este caso horizontal, siguiendo la misma trayectoria hacia la izquierda. La otra variante, llamada migi-jūmonji que podemos ver en la figura B, era aún más terrorífica ya que se iniciaba el corte de la manera tradicional pero con una diferencia: se hacía un primer corte poco profundo de izquierda a derecha y, una vez llegado al lado derecho del abdomen, se giraba la hoja dentro de la herida y se volvía al punto de inicio, donde nuevamente se giraba para efectuar otro corte, en este caso en dirección ascendente hacia la tetilla izquierda. En fin, el desparramamiento visceral sería apoteósico.

Sin embargo, el corte más habitual y, de hecho, el que la mayoría piensa que es el, digamos, reglamentario, era el ichimonji, consistente en un único tajo horizontal como el que vemos en la figura A del gráfico inferior. El ichimonji se convirtió en la forma habitual de cometer seppuku a partir del Periodo Tokugawa, pero anteriormente era de forma mayoritaria el resultado de un jūmonji  fallido por quedar el suicida sin fuerzas para completar el segundo corte vertical. Debemos tener en cuenta que si el primer corte era lo bastante profundo como para interesar la aorta abdominal, marcada con una flecha en el gráfico de la izquierda, la tremenda hemorragia interna que se producía provocaba un shock hipovolémico casi instantáneo, o sea, que palmaba sin más demora. 

No obstante, el ichimonji como tal tuvo un curioso origen en el suicidio de Yakushiji Yoichi, conocido con el apodo de Motokazu. En 1504, este probo samurai tan creativo se cargó al jefe del clan Hosokawa  por una disputa acerca de una herencia, por lo que fue condenado a cometer seppuku y confinado en Ichingen-in, un templo budista mandado construir por él en Kioto. Al parecer, las sílabas "ichi" y "kazu" que aparecen tanto en su nombre como en su apodo, así como en el nombre del templo, se leen en japonés como "uno", y se representa con una único trazo horizontal. Así pues, para diferenciarse del resto de los suicidas el ingenioso samurai  dijo antes de palmarla: 

- Todos sabéis que tengo cariño por las líneas rectas. Mi nombre es Yakushiji Yoichi, aunque algunos me llaman Motokazu, y el nombre de mi templo es Ichingen-in por lo que cortaré mi estómago con una sola línea

Y fue una pena que el tal Yoichi no patentara el corte, porque fue el que se generalizó de forma mayoritaria y la familia se habría forrado con los derechos de autor. No obstante, surgió una variante que podemos ver en la figura B, consistente en que el corte era en diagonal ascendente hacia el lado derecho. Al parecer, este corte era consecuencia de dar un fuerte tirón hacia ese lado, lo que por la posición natural de la mano derecha con la que el suicida se ayudaba forzaba esa dirección. Debemos tener en cuenta que la mano que empuñaba y dirigía el corte era siempre la izquierda, y la derecha se limitaba a sujetar la empuñadura y ayudar. En todo caso, este corte en diagonal no se consideraba como un error o una forma indecorosa de rajarse la barriga, o sea, que los que palmaban así podían morirse tranquilos que su honra quedaría impoluta. 

Pero no terminaba aquí el extenso surtido de tajos suicidas, porque siempre había quien quería rizar el rizo y ser el más guay destripándose bonitamente. Había otras ingeniosas variantes tanto en sentido vertical como horizontal. En la figura A tenemos el hachimonji, llevado a cabo por primera vez por un tal Kasuya Muneaki y que consistía en dos cortes verticales, uno a cada lado del cuerpo, que convergían hacia el esternón. Ambos cortes formaban el ideograma para el número 8 (ハ), que en japonés se pronuncia hachi. No sabemos por qué Muneaki optó por esta forma. Igual es que tenía ocho cuñados que lo traían por la calle de la amargura y no los soportaba más, vete a saber... El de la figura B era el llamado sanmonji, y consistía en al menos tres cortes horizontales sucesivos, habiendo incluso quien alcanzó los cuatro, que por lo visto era ya digno de que los presentes le hicieran la ola. El suicidio más bestial que se conoce salvo escuchar éxitos de Los Chunguitos hasta que te estalle el cerebelo lo protagonizó durante los años 60 del siglo XIX un samurai muy joven, de apenas 20 años, que tras practicar un hachimonji se hizo a continuación dos cortes verticales, rematando la faena y a sí mismo hundiéndose la hoja en el pecho. Al parecer el aplauso fue memorable, y aunque el respetable clamaba por un "bis" le fue imposible repetir la hazaña.

Dama samurai a punto de acabar sus días.
Obsérvese el fajín rojo con que se sujeta las rodillas,
así como el kaiken del detalle superior
Para concluir con este ilustrativo y cortante tema no debemos dejar de mencionar a las señoras que, como ya podrán suponer, también se suicidaban si bien en estos casos los motivos solían diferir de los hombres. La causa más habitual era evitar caer prisioneras cuando los enemigos tomaban por asalto el castillo de su marido o señor, prefiriendo palmarla antes que verse deshonradas. También podía darse el caso de haber hecho algo que motivase el enojo de su cónyuge, su señor feudal o la esposa/concubina del mismo. En fin, como siempre, temas relacionados con alguna falta en muchos casos posiblemente ridícula bajo nuestro punto de vista occidental, pero imperdonable bajo el estricto código de reglas y normas del Japón. Solo había una diferencia esencial respecto al seppuku masculino, y es que las mujeres no se abrían el vientre, acto que además de ser un poco asquerosillo sería impropio de una dama. Así pues, se finiquitaban cortándose elegantemente el cuello por el lado izquierdo. Un corte en una carótida, arteria situada casi a flor de piel, bastaba para aliñar a la suicida en escasos segundos a causa de la hemorragia, no precisando por ello la intervención de un kaishaku. Para impedir que su cuerpo quedara en una posición indecorosa tenían la precaución de atarse las rodillas con un fajín de forma que cualquier convulsión o espasmo previos a la muerte las dejara despatarradas sobre el tatami. El suicidio lo solían cometer con un kaiken, un pequeño cuchillo de unos 20 cm. de longitud total que toda mujer samurai llevaba oculto en su kimono para defensa personal. Su aspecto envainado era como un simple palo plano, estando desprovisto de tsuba o cualquier otro aditamento que molestara para extraerlo o que delatara su presencia. Por cierto que, debido a un error de traducción por parte de los british (Dios maldiga a Nelson) que formaron parte de las primeras misiones diplomáticas en el Japón a partir de la segunda mitad del siglo XIX, dieron al suicidio femenino el nombre de jigai, que ciertamente significa suicidio en japonés, pero que en sí no se debe interpretar como sinónimo de seppuku. O sea, que una mujer samurai que se quitaba la vida cometía seppuku, no jigai, aunque no se abriese el vientre. 

Bueno, vale por hoy. Para la próxima, el ritual completo el cual deberán imprimir y encuadernar para obsequiárselo a un cuñado a ver si se anima. Está de más decir que vuecedes deberán ofrecerse amablemente para ejercer de kaishaku, pero olviden afilar la katana. Así tendrán que asestar varios golpes para darle boleta. Sí, mi maldad no conoce límites, lo sé...😁😁

Hale, he dicho

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14 comentarios:

dani dijo...

Yo que soy bastante apresivo para la sangre, a pesar de un incipiente mareo, no he podido parar de leer el artículo hasta acabarlo. No se me ocurre mejor felicitación. Y es que como decía Boccacio en el Decameron: "No hay asunto por desonesto que sea, del que no se pueda hablar con palabras honestas".
Lo de reclamar el bis ha sido de traca final jajajjaj

Josemi dijo...

Excelente como siempre!!

El tema del suicidio al fracasar en la 2ºGM acabo siendo un gran problema. A lo mejor lo habían hecho mal y merecían la muerte, pero claro, el novato que era su sucesor no lo iba a hacer mejor. De este modo, Japón perdió muchos oficiales experimentados.

¡¡Cuantas veces en su vida se habría tenido que suicidar Churchill!!

Amo del castillo dijo...

Bueno, Sr. Dani, la sangre sobre el papel es menos roja. Si hubiera tenido que ver las cosas que he visto yo lo habría tenido chungo, así que esto es peccata minuta. En todo caso, cierto es que el derroche de hematíes de estos orientales era un poco excesivo, las cosas como son. En fin, me alegra saber que le ha resultado de interés.

Un saludo y gracias por su comentario

Amo del castillo dijo...

En una guerra siempre se pierden buenos oficiales y soldados, Sr. Josemi, bien porque simplemente los matan o porque se matan. Recordemos que muchos japos se volaron los sesos o se reventaron con una granada de mano antes de rendirse a los yankees. Valorar si su inmolación tenía o no algún sentido o utilidad es cuasi un sofisma de difícil solución porque habría tal cantidad de opciones que sería como discutir el sexo de los ángeles. Y si Churchill se tendría que haber suicidado, imagine Chamberlain, que con su política de tolerancia lo único que consiguió fue darle alas a Hitler. En fin, estas cosas son endiabladamente complejas para juzgarlas sin estudiarlas muy a fondo, y posiblemente ni siquiera así se lograse alcanzar una verdad rotunda. De hecho, aún hoy se siguen discutiendo responsabilidades políticas y militares de hace 20 siglos sin que se haya logrado un consenso mínimo, así que imagine como será debatir sobre lo ocurrido hace menos de 80 años.

Un saludo y gracias por su comentario

PeDurán dijo...

Estupendo articulo , como siempre. Ahora comprendo , la escena del suicidio del oficial al mando de la película ----Cartas desde Iwo Jima----- se necesitaba un asistente...
La verdad , es que en este país nuestro , el tema este, de quitarse del medio por deshonra, si se llevara a cabo , seriamos unos 10.000.000 millones menos .
Un saludo. De Cáceres

Antonio dijo...

Interesante artículo aunque algo macabro. Cierto es que esta gente hacen cosas muy bellas, ya sabe: sus jardines, el ikebana, los bonsais, las catanas, los muebles artesanales son clavos y un montón de cosas más, pero me agobia tanta ceremonia, rito y protocolo. Tengo la impresión que con tanta complicación pierden el norte o sea, que el trabajo de hacer un florero o la ceremonia de destriparse es lo fundamental, no la meta y peor sabiendo que si no sigues las reglas, lo has hecho mal. Allá ellos con sus manías.

Ciñendome al tema, lo de suicidarse, hay por hay una serie de fotos de un oficial auto-despachándose cuando la guerra mundial y un soldado con fusil abreviaba los trámites al final. Es la versión sencilla de lo que usted cuenta aunque se podía haber simplificado más con una pistola en el cráneo y adiós mundo cruel, pero supongo que así no valía.

Acabo haciendo constar que he tratado con muchos japoneses que salvo excepciones raras funcionaban como marcianos. Curiosamente, con los chinos es todo lo contrario. Una amiga estuvo en Japón por cosas de trabajo un buen montón de meses, una persona de mente abierta y simpática. Lo pasó fatal, harta del lugar y costumbres y hablando pestes del paisanaje con su vida estresada y desquiciados.

Amo del castillo dijo...

Sr. Durán, si en España practicasen la autolisis los sujetos sin honor la población solo se vería reducida en el número de políticos que nos parasitan. Ah, y los cuñados, naturalmente.

Un saludo y gracias por su comentario

Amo del castillo dijo...

En la entrada que se dedicó a los orígenes del hara-kiri aparece una foto de un oficial dándose matarile con un guripa detrás apuntándole a la cabeza, Sr. Antonio. Imagino que siendo un plebeyo no tendría la destreza necesaria para descabezarlo con la espada del mismo oficial. En todo caso, como ya he mencionado alguna vez en esta serie de entradas, pretender asimilar la mentalidad oriental con la nuestra es como querer mezclar agua con aceite, algo físicamente imposible. Debe ser algo genético más que cultural porque Japón está occidentalizado hasta las mismísimas trancas y siguen con sus mismas paranoias. En fin, lo dicho, allá ellos...

Un saludo y gracias por su comentario

Antonio dijo...

Gracias Sr. del Castillo por su respuesta. De la foto que cita me había olvidado, no se cual negligencia cometió el oficial, quizá que salió vivo de un combate y su regimiento no la palmó al completo. Eso sí, mucha exquisitez, mucho rito y tal pero fueron de lo más bestia y cruel en los países que conquistaron en la segunda guerra mundial. Los chinos y coreanos no se lo han perdonado y ellos ni mencionan estas cosas en su historia, ni les interesa. Pasan muy mucho. Y cuando alguien hace salvajadas terribles y documentadas y luego ni lo reconoce ni nada, pues ya sabemos con quien tratamos.

Otra es que el puñetero corrector me la ha jugado y ha salido un "hay" por un "ahí" y alguna faltilla más. Disculpas.

Y sí, coincido con Vd. debe ser algo genético porque mire que la mentalidad de los chinos o coreanos se las gasta, pero lo de esta gente es de premio mayor. Curiosamente, han logrado vender una imagen paradisíaca de su cultura e historia no muy real e incluso la de víctimas de la guerra que ellos mismos iniciaron y prolongaron.

Amo del castillo dijo...

En realidad, el problema de esta gente es que desde hacía siglos les habían inculcado a fuego el bushido, por lo que para ellos un vencido era un mierdecilla despreciable. Un guerrero solo tenía dos opciones: o ganar o palmar. Para ellos, que yankees, australianos o british se rindieran era algo inconcebible, y de ahí el trato inhumano que tuvieron que padecer en sus campos de concentración. Por otro lado, lo de China y Corea ya venía arrastrando desde hacía siglos, y para colmo tenían asumido que eran los "arios" de Oriente.

Por lo demás, colijo que la realidad no es que ellos hayan sabido vender su cultura, sino más bien se la hemos comprado mottu proprio. Su hermetismo secular fue desapareciendo a finales del siglo XIX, y los occidentales que llegaron allí no tardaron ni dos segundos en comunicar a América y Europa las excelencias de su cultura sin pararse a pensar que no era oro todo lo que relucía, y que tras sus meticulosos rituales, su exquisita cortesía y sus maneras aparente afables tenían una mala leche notable y un desmedido afán expansionista como demostraron en los años 30 en Manchuria, donde perpetraron las mayores infamias concebibles.

En cuanto al corrector no se preocupe, ya sabemos que funcionan peor que el cerebro de un político.

Un saludo y gracias por su comentario

Antonio dijo...

Gracias por su respuesta. Tiene Vd. toda la razón los occidentales hemos comprado las apariencias sin más. En fin, ya se sabe de la afición de la gente por lo exótico y llamativo. Eso de decorar alguna habitación con estilo chino, japonés o turco estuvo de moda y todavía sigue. Asombra a las visitas. Ni le cuento lo del budismo zen y todo eso. De anécdota, hace tiempo quise saber más del Tibet, tan místico y misterioso, los lamas, la meditación y todo eso. La imagen que se despacha por aquí es irreal, antes que llegaran los chinos aquello no era ni de lejos un Edén, era un reino feudal como cualquier otro, con asesinatos en las alturas dirigentes (los lamas) e intrigas y conspiraciones. O sea lo habitual en cualquier parte donde haya Humanidad y Mujeridad (para quedar bien con la moda).

No se el por qué, pero me ha venido a la cabeza la imagen de aquellos que ingresaban a hacer carrera en el Ejército con muchos pajaritos en la cabeza e imágenes idealizadas y heroicas. La dura realidad los apeaba pronto del caballo blanco y la brillante espada era sustituida por un cubo y la mopa y la heroicas hazañas por horas de instrucción en orden cerrado. Y otras muchas cosas más ni gloriosas ni condecorables. Con estos mitos y leyendas orientales (o más cercanos, que también) me ocurre igual que a esos pardillos.

En el fondo es cuestión documentarse y pensar y dicho en términos militares: la cabeza está para algo más que llevar el gorro.

Amo del castillo dijo...

Es habitual, y en realidad propio de la curiosidad humana que nos ha ayudado a progresar en algunos casos (en otros más bien lo contrario), beber de fuentes ajenas para fundir o, al menos intentarlo, lo bueno de ellos con lo nuestro. Y de la misma forma que hoy día está de moda todo en plan zen con las viviendas sin apenas mobiliario y cosas así, le contaré una curiosa anécdota.

Hace ya muchos años, la autora de mis días se carteaba con una japonesa. En aquella época, cuando lo de internet no existía ni en las pelis de ciencia-ficción, había gente que publicaba anuncios por palabras en periódicos y revistas para cartearse e intercambiar fotos y cosas referentes a su país, ciudad, etc. La japonesa, que recuerdo se llamaba Mariko Kameda, nos dejó un día de piedra cuando nos mandó una foto familiar en el comedor de su casa y, fíjese que contradicción, en vez del tatami y la mesa baja vimos que usaba mobiliario estilo castellano. Cuando mi madre le respondió y le comentó la sorpresa que le causaba haber visto mobiliario español le respondió que en Japón había verdadera pasión por todo lo referente a España, y que estaba muy de moda ese tipo de muebles. O sea, que mientras aquí quitamos los muebles de toda la vida para sentarnos en el puñetero suelo, ellos quitaban los cojines para poner sillas españolas. Mas aún: ya sabe la afición que sienten por el flamenco, y cuando en 1972 se trasladó la Feria de Abril del Prado de San Sebastián al barrio de Los Remedios se organizó un concurso a lo bestia de sevillanas (bailadas, no cantadas) en el que participaron miles de mujeres. ¿Sabe quién lo gano? Una japonesa. Se lió parda, pero el jurado fue inflexible porque lo cierto es que le echó la pata a las nativas. Sería como si un campeonato de kendo lo gana un lepero, vaya...

En fin, como vemos todo es cuestión de curiosidad y de probar cosas distintas, a lo que se une la innata obsesión occidental por considerar lo oriental como más guay. ¿Recuerda los famosos libros de Lobsang Rampa que pusieron de moda el tema de los lamas y tal, que se vendían como rosquillas y que al final resultaron ser obra de un electricista inglés en paro? Pues eso...

Un saludo

Álvaro dijo...

Estimado señor Amo ¿qué ha pasado con la continuación de estas entradas? me ha dejado usted con todas las ganas de terminarla.

Amo del castillo dijo...

Sr. Álvaro, ya debería saber que mi metodología è mobile qual piuma al vento, pero descuide que no la tengo en el olvido. Queda la correspondiente al ritual en sí. Caerá en breve, no se preocupe.

Un saludo y gracias por su interés