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| Grupo de rescatadores british (Dios maldiga a Nelson) equipados con respiradores autónomos Proto y Draeger. Estos probos ángeles de la guarda subterráneos salvaron mogollón de vidas, y poca gente lo sabe |
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Imagen, posiblemente una pose, de un zapador provisto de respirador intentando rescatar a un cuñado medio muerto. No obstante, no se alejaría mucho de la realidad |
La guerra de minas no solo era asquerosilla, sino también asfixiante. Esta faceta de la vida de los topos bípedos es bastante desconocida porque, por lo general, cuando alguien muestra interés sobre este tema buscan fotos de la detonación de la mina de Beaumont-Hamel o del cráter de Lochnagar, y poco más. En resumen, suelen limitar sus conocimientos a que los bandos en liza se dedicaban a cavar túneles, petarlos de explosivos y volar por los aires a los enemigos. Sin embargo, sobre la vida de los zapadores planeaba una amenaza tanto o más tenebrosa que verse enterrado por un derrumbe: quedarse sin aire, para lo cual no tenía que colapsar el entibado ni que el enemigo volase una contramina que echase abajo la galería. Simplemente, el aire respirable se terminaba y solo quedaba monóxido de carbono y/o metano, substancias ambas menos recomendables que subir al Everest sin oxígeno y fumando Celtas cortos. Y la cosa es que, obviamente, los efectos nocivos de estas substancias eran ya sobradamente conocidos porque se daban en la minería industrial, donde las galerías estaban a una profundidad aún mayor y se abrían paso a golpe de barreno porque ahí no se preocupaban de alarmar a nadie ya que no había enemigos al otro lado. Sin embargo, parece como si los militares pensaran que la cosa no iba con ellos hasta que empezaron a ver como el personal se veía afectado de forma dramática. Pongámonos pues en situación con el correspondiente
INTROITO
Observen la foto de la izquierda. Se trata de una galería de ataque de una mina gabacha (Dios maldiga al enano corso) en el sector S de Butte de Vauquois, una colina coronada por un simpático pueblecito que fue desintegrado literalmente como consecuencia de ser el escenario de la que seguramente fue la guerra de minas más espeluznante del conflicto. Gabachos y tedescos se dieron estopa con saña bíblica durante toda la guerra, detonándose nada menos que 519 minas y cavándose 22 km. de galerías. La que ven en la foto tiene, como se ve, una acusada inclinación, una longitud de 120 metros y el final de la misma está a 36 metros de profundidad, profundidad que fue superada por la contramina tedesca en cuanto detectaron la de la foto. Bien, si en una estación de metro moderna, con sistemas de extracción y renovación de aire a lo bestia y sin esas estrecheces se nota el ambiente pesado, y cuando es hora punta aún más, imaginen cómo sería la calidad del aire en esa tumba, donde el aire viaja hasta el fondo por la tubería que ven arriba a la izquierda. Y hablamos de un aire enviado por un compresor de hace más de un siglo, ojo...
Y los que trabajan al final del túnel consumen más oxígeno que un ciudadano que pasea su chucho o lee apaciblemente las necrológicas en un banco del parque. Son primates que le dan al pico o a la pala como si les fuera la vida en ello, rellenan sacos para retirar los escombros o empujan carretillas llenas de creta. Como es lógico, jadean como galgos tras perseguir a una liebre durante hora y media, ergo su consumo de oxígeno es muy elevado, pero el oxígeno disponible es menos abundante del que hay en el parque donde el ciudadano lee necrológicas. Bien, pues para reponer ese oxígeno disponían de compresores como el de la foto de la derecha que, además, era el que suministraba aire para el funcionamiento de las perforadoras y martillos neumáticos. Se solían instalar a 9 metros de profundidad para preservarlos de un posible ataque de artillería, y el aire era canalizado por tuberías como las del párrafo anterior. Ojo, a mitad de camino no se reponía nada. El aire iba directamente al fondo de la galería. Así pues, imagínense picando piedra en un ambiente cargado, aspirando un aire que han expirado 833 veces tanto vuecé como sus cuñados, con una humedad pringosa que se pega al cuerpo sudoroso y lleno de tierra pegada al mismo, jadeando y resoplando, y todo ello sumado a una siniestra penumbra porque, precisamente por la escasez de oxígeno, los candiles solo alumbran con una llama mortecina. Por eso los tedescos, más previsores, se preocuparon de proporcionar luz eléctrica. Así, al menos, a todo lo dicho podían quitarle la siniestra penumbra. Menos da una piedra. Bien, con esto creo que ya se han hecho a la idea, de modo que
fin del INTROITO
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Explosión de metano en una mina de carbón neozelandesa en 2010. Se saldó con 29 muertos |
A pesar de todo, la mala calidad del aire no era el peor enemigo de los zapadores, y eso que la falta de oxígeno provocaba no pocos desmayos entre el personal. Lo verdaderamente chungo era la presencia de metano y/o monóxido de carbono, y estos no solo provocaban desmayos, sino un deceso rotundo si el afectado no era socorrido de inmediato porque, simplemente, sus pulmones se colapsaban por la ausencia- que no escasez- de oxígeno. De ahí a la hipoxia, y de la hipoxia a la parada cardio-respiratoria había un paso. Bueno, un pasito. Es una cuestión bastante chunga, la verdad, porque ambas substancias son indetectables. No avisan, no pasa nada que denote su presencia hasta que ves como tu primo lejano cae redondo y, al mismo tiempo, notas como se te nubla la vista antes de acompañar a tu primo al coma profundo y ni te enteras de que te has abierto la cabeza contra un pedrusco al caer al suelo. Son substancias gaseosas, insípidas, incoloras e inodoras (el olor del metano doméstico es un aditivo para detectar fugas, bien mercaptano o bien
tetrahidrotiofeno), y el metano lleva de regalo que es muy muy inflamable. Una bolsa de metano producida por una explosión puede provocar otra y llevarse por delante a los que pille por medio.
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Zapador british echándole alpiste al canario. A la derecha, un resucitador de pajaritos |
Bien, como es evidente, ambas porquerías no surgen por generación espontánea, sino que son consecuencia de las detonaciones subterráneas. Los mineros profesionales que servían en las unidades de zapadores ya sabían del tema, pero ni ellos mismos habían tenido constancia de semejantes acumulaciones. ¿Por qué? Po mu fási. Porque en las minas industriales, los barrenados eran ínfimos en comparación con las monstruosas cargas de las minas militares. Media docena de barrenos son una chispa de yesquero comparada con una cámara petada con varias toneladas de amonal, chedita o simple pólvora negra. La detonación consumía el oxígeno y dejaba de recuerdo una masa de monóxido de carbono o metano. Pero esa masa no se quedaba ahí, esperando la salida, sino que se filtraba por las grietas del terreno y podía aparecer a decenas de metros de distancia. Como podrán imaginar, la detonación de una mina que creaba un cráter a cielo abierto no producían este efecto ya que el monóxido de carbono y el metano se liberaban, pero bajo tierra no. Bajo tierra se quedaban encerrados esperando a sus víctimas. Y para prevenirlo, cada grupo de zapadores iba acompañado de un tenor emplumado (no se me subleven las hembristas por omitir a las sopranos emplumadas, porque entre las aves canoras solo cantan los machos). Los canarios, con sus mínimos pulmoncitos y su ritmo cardíaco de hasta 1.000 pulsaciones por minuto en situación de estrés, pues acusaban la presencia del metano o el monóxido de carbono antes que nadie. Estos adorables pajaritos, gracias a los cuales se salvaron muchas vidas de primates, eran muy queridos por sus colegas bípedos que, como ven en la foto de la derecha, hasta diseñaron cámaras de resurrección para ellos. Eran cajas metálicas herméticas provistas de una pequeña bombona de oxígeno, y lo normal era que se recuperasen en escasos minutos. Inciso: cada día que pasa estoy más convencido de que los primates somos una especie dañina a tope. No conformes con matarnos entre nosotros, añadimos a nuestras masacres a pobres animales que no tienen nada que ver con nuestros malos rollos y que han palmado por millones a lo largo de la historia. El día que nos extingamos, el planeta resoplará aliviado. No entiendo como Dios pudo crear a unos malos bichos como los humanos. Fin del inciso.
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Rescatista provisto de un respirador Proto es descendido por un pozo, camino de la galería colapsada por el gas |
Así pues, estas concentraciones de gas apresadas en lo que los Aliados llamaban camouflets, fueron la principal causa de muertos en la guerra de minas. Sí, más que las provocadas por detonaciones o derrumbes. ¿Que qué es un camouflet? Pues un espacio hueco que quedaba en el subsuelo cuando se detonaba una contramina, o incluso cavidades cercanas a la superficie que quedaban cerradas al explotar una mina normal. El gas podía incluso romper la pared de roca si bajaba la presión atmosférica- lo que facilitaba su expansión-, invadiendo una galería y liquidando al personal, que ni le daba tiempo de ver que el canario ya había palmado. Y si era metano y se filtraba por las grietas, la llama de un candil o un fósforo al encender un cigarrillo podía provocar una explosión gorda y no dejar títere con cabeza. La cuestión, en resumen, es que la detonación de la carga principal quemaba todo el oxígeno que había en la zona, y lo que quedaba era el puñetero monóxido de carbono y/o el metano producto de la explosión. En ese momento era cuando los equipos de rescatadores tenían que actuar a toda leche para sacar de allí con vida a sus compañeros y al canario, que no tenía culpa de las putadas que se hacían entre primates, pobrecitos...
Lo peor de todo es que los militares no se dieron cuenta de los efectos secundarios de las explosiones nada más empezar la fiesta, y eso que los ingenieros de minas que nutrían las unidades de zapadores ya sabían de qué iba la cosa, pero, como hemos comentado, no imaginaron el alcance que tendría en una guerra subterránea. De hecho, antes de que el problema empezase a ser un verdadero problema y de ponerse a criar canarios a cascoporro, no era raro que los mismos compañeros del ciudadano desmayado también palmasen porque intentaban ayudarlo pensando que era un simple desmayo producido por el cansancio o cualquier cosa de poca gravedad. Así, en vez de sacarlo a rastras a toda leche, pues lo incorporaban le echaban agüita en la jeta mugrosa y le daban palmaditas para reanimarlo. Pero el fulano ya estaba reanimado contándole su vida a San Pedro, y a los pocos minutos llegaban sus compadres sin comprender aún qué había pasado. Y buena prueba de que el puñetero gas no perdonaba lo tenemos en uno de los mayores siniestros registrados en el conflicto, cuando 18 zapadores british entregaron la cuchara a causa de un vacío creado precisamente por una explosión de metano en el sector de La Boisselle, que llenó la galería de monóxido de carbono. Cuando fueron a buscarlos, el equipo de rescatistas se encontró encima con un peculiar síntoma que no habían visto aún en las intoxicaciones provocadas por este gas, y en que los afectados se tornaban extremadamente violentos y totalmente inmanejables, llegando incluso a atacar a los rescatistas. No obstante, y a costa de jugarse la vida intentando sacar de allí a aquellos energúmenos monoxidados, pudieron llevar a varios de ellos a la superficie. En la foto de la derecha podemos ver a un rescatista llevando a cabo maniobras de reanimación. Está equipado con un respirador autónomo Proto, y junto al monoxidado se puede ver la caja que contiene el equipo de resucitación Novita, fabricado por la Siebe Gorman & Co. Ltd. Al canario imagino que ya le habían dado el alta.
Bueno, ya saben lo que pasaba cuando no quedaba aire respirable en el interior de una mina asquerosa. La segunda parte la dedicaremos a los distintos aparatos que se diseñaron para que los rescatistas pudieran rescatar a los necesitados de ser rescatados. Eran unos verdaderos alardes para la época, les anticipo.
CVRATE VT VALEATIS BELLATORES MEVS
Hale, he dicho
PETRVS SANCHODICI DELETVS EST
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| Equipo de rescate civil de poco antes del inicio de la guerra. Todos llevan el respirador Proto, y en el suelo vemos, de izquierda a derecha, un respirador Leipzig alemán con su largo tubo y su fuelle, el resucitador Novita y el bendito canario, que los rescatistas también llevaban consigo para saber dónde empezaba la concentración de gas |
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