lunes, 23 de mayo de 2011

Expugnación castral I. La mina y la contramina


Sí, ya sé que suena raro, como a diarrea masiva o vómito intenso. Expugnación castral. Da un poco de asco, lo reconozco. Pero así es como se debe denominar la técnica o ciencia  que estudiaba la forma de entrar en una fortificación.
Desde que a un grupo de humanos se les ocurrió protegerse tras un simple parapeto, a otro grupo de humanos a los que los primeros les caían fatal ya se empezó a urdir la forma de entrar por las buenas o por las malas. Lógicamente, con el paso de los siglos las fortificaciones fueron perfeccionándose y, con ello, las técnicas adecuadas para poder batirlas. Es evidente que para tratar el tema en profundidad haría falta un blog monográfico sobre el tema, incluyendo hasta las trompetas de Jericó. Pero el fin de este abarca un período de la historia menos extenso, así que comenzaremos a partir de la Edad Media.
En todo caso, como casi todo lo concerniente de nuestra civilización occidental, los orígenes de esta ciencia se remonta a la antigua Grecia. Fue un macedonio llamado Demetrio, hijo de Antígono Monoftalmos, uno de los diadocos del gran Alejandro, el que desarrolló lo que se podría llamar una técnica específica para la expugnación de fortificaciones y ciudades amuralladas. Tanto fue así que se ganó el sobrenombre de Poliorcetes, "el expugnador de ciudades", y a su ciencia se la llamó poliorcética, palabro que también sonará a chino a más de uno.
Los asedios no solo podían llevarse a cabo por tierra, sino también por agua, estos últimos, como es evidente, en fortificaciones o ciudadelas ubicadas en istmos o a las orillas de ríos navegables. Por citar un par de ejemplos que, a bote pronto, me vienen a la memoria, tenemos el cerco a Sevilla en el que, aprovechando el caudaloso Guadalquivir, se usaron galeras para hostigar desde ellas tanto a la ciudad como al castillo de Triana. O el de Algeciras, en tiempos de Alfonso XI, que fue batida tanto por mar como por tierra.
Pero los asedios no solo consistían en cercar castillos o ciudades, sino también en prevenir ataques de tropas en auxilio de los sitiados, así como cortar sus líneas de comunicaciones, abastecimiento o escape, e igualmente asegurar las rutas de abastecimiento propias. Hay que considerar que los asedios no eran cosa de dos días, y que el ejército sitiador precisaba de provisiones, bastimentos, así como de municiones ya en la época moderna.
Bueno, tras esta breve introducción, vamos al grano...

El origen del minado como técnica de expugnación castral es antiquísimo. De hecho, ni siquiera se conoce quien tuvo la idea. Pero lo que si está claro es que al que se le ocurrió sentó las bases para una de los métodos usados durante más tiempo para abrir brecha en una fortificación, ya que se ha estado empleando hasta fechas tan cercanas como la Primera Guerra Mundial. Básicamente, no es más que una galería subterránea excavada hasta la base de los cimientos de una muralla o una torre tras lo cual, se apilaba en dicho lugar una buena cantidad de madera que, al arder, destruía el entibado que sustentaba la galería, provocando el derrumbamiento de ese tramo de muralla o de la torre en cuestión.

A la izquierda tenemos un plano en sección de una mina convencional. Como se ve, los sitiadores han perforado el suelo hasta una profundidad a la que calculan estarán los cimientos de la muralla. Una vez hecho, bastaba con ir avanzando en línea recta hasta dar con dichos cimientos, entibarlo todo y, posteriormente, quemarlo y provocar el derrumbe.
Obviamente, no era un trabajo nada fácil. La mina se cavaba a pico y pala, en unas condiciones bastante penosas, sin renovación de aire, apenas alumbrados por lucernas, y expuestos a que un derrumbe repentino de la galería sepultase vivos a los operarios. Por otro lado, si el castillo disponía de foso, la cosa se complicaba ya que había que hacerla aún más profunda, y si encima el foso era inundable, más aún por las filtraciones de agua que se producían, más el riesgo añadido de un derrumbamiento más probable.
Aparte de eso, había que iniciar la perforación lo más disimuladamente posible a fin de que los sitiados no tuviesen conocimiento de ello e iniciasen una contramina. Por ello, además, debían detener la cava por la noche ya que, en el silencio nocturno, el ruido podía delatarlos y alertar a los sitiados de que algo se cocía bajo tierra. Con todo, la mina fue durante siglos uno de los medios más socorridos para quebrar la resistencia de una fortificación sin exponer las tropas a un asalto de dudoso éxito o tener que esperar semanas o meses hasta rendir a la guarnición por hambre o sed, o las dos cosas. Una vez abierta la brecha, una tromba de asaltantes casi por sorpresa solía ser suficiente para dar a entender a los defensores que todo estaba perdido.

Pero si, como digo, estos se percataban de que el enemigo cavaba una mina, rápidamente se ponían a realizar la contramina correspondiente, que es lo que vemos en el plano de la derecha. Era algo tan simple como una mina para derrumbar la mina. O sea, hacían exactamente lo mismo que el enemigo, pero para lograr el efecto opuesto: provocar el derrumbamiento de la galería antes de que llegaran a la base de los cimientos. De ahí el extremar los sitiadores la cautela y el silencio, ya que era la única forma de localizarlos bajo tierra.
A veces, no acertaban a colocar la contramina por debajo, y se encontraban ambas galerías bajo tierra dando lugar a un horripilante cuerpo a cuerpo casi o totalmente a oscuras, sin distinguir a amigos de enemigos, y apuñalando a todo el que se tenía a mano. Esto de la contramina también fue idea de un griego, un tal Tryphon, un arquitecto de Alejandría que la puso en práctica para la defensa de Appolonia. El método para localizar la mina enemiga fue muy hábil: mandó hacer varias galerías hacia donde suponía estaba el adversario cavando la mina, y en cada túnel mandó poner vasijas de bronce que, por las vibraciones que producía la zapa enemiga, sonaban como un diapasón, delatando la situación de la misma. Listo el Tryphon, ¿eh?
La llegada de la pólvora facilitó un poco las cosas. Ya no era necesario quemar el entibado, operación que podía durar horas hasta que surtiese efecto. El primer intento de volar una mina con pólvora lo llevo a cabo en 1487 un genovés en el cerco a Seresavella, ocupada por las tropas de Luis XII de Francia. Pero por lo visto no tuvo éxito la cosa. Fue el español Pedro Navarro, que estaba presente en aquel intento fallido, el que perfeccionó la técnica y con ello logró en 1503 hacer volar por los aires las fortificaciones de Nápoles en manos de Francia, consiguiendo así expulsarlos del reino.

Muchas de las nuevas fortificaciones abaluartadas edificadas a partir del siglo XVI ya contaban con contraminas. O sea, no esperaban a que el enemigo iniciara el minado para ponerse manos a la obra, sino que las fabricaban a la par que el edificio, cubriendo todos los ángulos posibles por donde pudiera venir la cava adversaria. Para ello, se realizaban túneles subterráneos que partían desde el terraplén de los baluartes, y desde cada túnel salían diversos ramales en las direcciones que se consideraban más adecuadas. Al final de cada ramal se disponía una pequeña cámara de hornillo, o sea, donde se apilaba la pólvora que había de hacer reventar la mina enemiga si pasaba por encima. Para localizarlas también se hacían pozos de escucha a fin de localizar la dirección de la mina.
Otro método era abriendo galerías paralelas al camino cubierto, junto a la contraescarpa del foso, de la cual partían los diferentes ramales. No se hacían circunvalando todo el recinto, sino por tramos a fin de que, si el enemigo se hacía con ella, no tuviera así vía libre para invadir el foso por donde mejor le viniera, o las usara para minar la misma fortificación.
Terminar comentando que no se deben confundir minas y contraminas con caponeras, que me temo que más de uno y más de dos las tienen por la misma cosa, muchas veces por obra y gracia de los pésimos asesores de las películas que la gente suele tomar como artículo de fe.
El que quiera saber algo más, que pregunte. He dicho.