domingo, 24 de julio de 2011

Las Órdenes Militares I: El Temple I

Ya va siendo hora de hablar un poco sobre las órdenes militares, ¿no? El papel llevado a cabo por estos monjes guerreros fue de una importancia capital, no sólo en lo referente a la conquista y establecimiento de un estado cristiano en Tierra Santa, sino en la reconquista de la Península de manos de los musulmanes.
Aunque la idea, por llamarlo de alguna forma, de crear una milicia religiosa destinada a defender los Santos Lugares y los peregrinos nació a raíz de la Cruzadas, tanto en España como en Portugal, estando como estaban ocupadas por los árabes, dieron lugar a la creación de órdenes autóctonas que no tuvieron nada que envidiar en poder ni riquezas a las más conocidas: el Temple y el Hospital. Su fanatismo y su valor temerario, así como su monolítica fe y su desmedida fiereza en el combate, los hizo unos adversarios temibles. Acumularon inmensas riquezas en pago a los servicios que prestaron a los monarcas de su tiempo, gozaron de influencia en las curias reales, las rentas de sus tenencias los hicieron más ricos que la nobleza, y su independencia jurídica les permitió poco menos que establecer estados dentro del estado.
Sus encomiendas, prioratos, vicarías y bailiatos albergaban enormes extensiones de las mejores tierras de labor. Controlaban castillos, villas, multitud de vasallos... Eran dueños de molinos y de ganados. Y contaban con lo más importante en aquella época turbulenta: las mejores tropas del mundo conocido, hombres procedentes de la alta y la baja nobleza educados y adiestrados desde niños para ser combatientes profesionales, los cuales prestaban una obediencia ciega a sus maestres, cuya palabra era para ellos la única ley.
Comencemos pues a estudiar las más relevantes. Hay que tener en cuenta que, aunque las órdenes autóctonas fueron por lo general las preferidas por los nobles peninsulares, las foráneas también gozaron de gran predicamento y poder. Y aunque órdenes como las de Santiago o Calatrava estuvieron muy extendidas e involucradas en todo el proceso de la reconquista, es innegable que, para cualquier profano, la que más le suena es la Orden del Temple. Su fulgurante ascenso y su dramática caída, su halo misterioso y, sobre todo, la de chorradas que se han contado sobre ella últimamente en novelitas con ínfulas de rigurosas o películas que saben que con solo mentar al Temple tiene asegurada una buena taquilla, han hecho que los templarios sean sin duda los más conocidos.
Así pues, comenzaremos esta nueva serie de entradas con los controvertidos milites Dei porque, además, estuvieron muy vinculados tanto con la corona de Portugal, así como con la de Castilla y la de Aragón. Vamos al tema...

La bibliografía sobre la Orden del Temple es extensísima. Por ello no redundaré demasiado en los orígenes de la Orden, ya que hay editadas multitud de obras donde se estudia con profundidad el tema. Pero entiendo que es necesario hablar, aunque de forma muy resumida, un poco sobre ello a fin de poner en antecedentes al personal que desconozca el cómo y el cuándo de la génesis de la Orden en Tierra Santa.


Jerusalén cayó en manos de los cruzados el 15 de julio de 1099 tras una masacre que ha perdurado en la memoria del tiempo. La Gesta francorum da cuenta del hecho con singular crudeza: ”... la carnicería fue tan grande que nuestros hombres andaban con la sangre a la altura de sus tobillos...”. Unos años más tarde, concretamente en 1118, un caballero francés que había combatido bajo el estandarte de Godofredo de Bouillón, duque de Lorena, llamado Hugo de Payns o Payens se presentó junto a ocho compañeros ante el rey Balduino II, sobrino de Godofredo, el cual sólo había aceptado el título de Protector del Santo Sepulcro cuando le fue ofrecida la corona de Jerusalén alegando que se negaba a portar una corona de oro donde Cristo la había soportado de espinas. Hugo de Payns ofreció al monarca sus servicios para proteger a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa de las agresiones de bandidos y árabes deseosos de tomarse venganza. Balduino, que quizás tuviera algún grado de parentesco con Hugo, no tuvo el más mínimo inconveniente en aceptar la oferta. Como cuartel les concedió unas dependencias de su palacio, ubicado sobre los restos del antiguo templo de Salomón destruido en el año 70 d.C. por las tropas de Tito Flavio Vespasiano. Así nació la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo del Templo de Salomón (Pauperes Commilitones Christi Templique Solomonici), más conocidos como caballeros del Templo (Temple en francés) o simplemente templarios, los cuales fueron de momento reconocidos por el Patriarca de Jerusalén, y  les dio como regla la de la orden agustina.

Según la leyenda, tras serles concedidas dichas dependencias, los nueve caballeros se dedicaron a excavar durante la friolera de ocho años en las entrañas de los cimientos del antiguo templo de Salomón hasta dar con algo – algunos afirman que la mismísima Arca de la Alianza - que fue lo que les permitió alcanzar tantísimo poder en tan corto espacio de tiempo. Obviamente, no hay la más mínima prueba de eso, y particularmente me inclino a pensar que esa leyenda forma parte de las muchísimas a las que ha dado lugar la controvertida Orden. Es absurdo pensar que el rey de Jerusalén les concediese una merced a cambio de unos servicios que le venían de perlas debido a su angustiosa situación, rodeado de enemigos deseosos de recuperar la ciudad santa, y que estos nueve caballeros se dedicasen a hacer de arqueólogos en vez de cumplir con los compromisos contraídos con el monarca. Es pues más sensato pensar que, durante ese tiempo, se dedicaron a actuar como una especie de policía de caminos, y que aprovecharían para ir ganando adeptos ya que para nueve caballeros, a los que habría que sumar un escudero y un par de criados (no necesariamente combatientes) por cada uno de ellos, el territorio a proteger era demasiado grande.

En cualquier caso, tras esos años iniciales en que no hay noticias de sus hechos, Hugo de Payns decidió emprender un viaje a Europa con tres fines, a saber:
Uno, buscar mecenazgo y donaciones que ayudaran a la subsistencia de la Orden. El concepto de monjes-soldados era nuevo en la época, y siendo en pureza una orden religiosa sólo podían sobrevivir como las demás, a base de las rentas derivadas de las donaciones hechas por la nobleza o la monarquía. Pero sus gastos eran obviamente muy superiores a los de una orden monástica más, ya que el equipamiento militar de la época y la compra y mantenimiento de caballos aptos para el combate hacían que sus necesidades económicas fuesen bastante cuantiosas.
Otro, buscar adeptos a su causa a fin de aumentar los efectivos disponibles para la enorme tarea encomendada. Hay que tener en cuenta que, hasta su expulsión de Tierra Santa tras la caída de San Juan de Acre, todos los que abrazaban la Orden eran destinados a Oriente salvo en la Península, donde la Reconquista era equiparable a una cruzada. Palestina era un agujero negro que engullía vorazmente cantidades ingentes de recursos, sobre todo humanos. El mantenimiento de Tierra Santa en manos cristianas era una empresa de proporciones gigantescas. Hablamos de un bastión rodeado de enemigos ávidos tanto de recuperar sus tierras como de tomarse cumplida venganza por las matanzas llevadas a cabo por los Cruzados, donde el clima era hostil, la población una enemiga implacable, y donde la necesidad de tropas eficaces era perentoria para el mantenimiento del territorio.


Y, finalmente, el reconocimiento de la Iglesia. Para ello, Hugo de Payns consiguió la convocatoria de un concilio que tuvo lugar el 13 de enero de 1128 en la ciudad francesa de Troyes, en el que ante una asamblea presidida por el papa Honorio II, Hugo expuso la necesidad de que la Iglesia reconociera oficialmente la Orden. La confección del reglamento de la misma fue confiada a Bernardo de Claraval (aunque hay quién dice que el texto ya fue traído de Tierra Santa y que Bernardo se limitó a supervisarlo, e incluso hoy día se cuestiona la presencia de éste en el concilio por estar enfermo), esta vez bajo la regla del cister, el cual fue leído y aprobado por el concilio.  El resultado fue una regla compuesta por 72 artículos donde, de forma minuciosa, se detallaba desde la obligación de asistir a los oficios religiosos a la ropa de cama, pasando por la alimentación que debían seguir o el corte de pelo que debían usar, o la prohibición absoluta de tener el más mínimo contacto con mujeres, teniendo vetado incluso besar a madres, hermanas o tías.
En todo caso, Esteban de la Ferté, Patriarca de Jerusalén, amplió la regla con 24 artículos más, y revisaría doce de los iniciales. El crecimiento de la Orden con el paso del tiempo obligó a la adición de más articulados a medida que su organización iba siendo más compleja, hasta el extremo de llegar nada menos que a 678.

Pero Hugo no se conformó con el mero reconocimiento por parte de la Santa Sede de la Orden creada por él. Antes al contrario, buscó hasta conseguirlo una independencia absoluta respecto a los obispos, los reyes y los nobles. Así, el 29 de marzo de 1139, el papa Inocencio II promulgó la bula Omne datum optimun, por la cual la Orden del Templo pasaba a depender única y exclusivamente del Vicario de Cristo. Dicho de forma que todos lo entiendan: Desde ese día, la Orden no tenía que dar cuenta de sus actos absolutamente a nadie más que al papa. Quedaban pues por encima de la autoridad real, del clero o de la nobleza. Por lo tanto, en los territorios bajo su dominio eran los amos absolutos, y si un rey o un obispo tenía algo que objetar debían dirigirse a la Santa Sede, donde el papa decidiría si la protesta era o no de recibo.
Pero la obtención de privilegios no terminó ahí. En 1144, el papa Celestino II promulga la bula Milites Templi, mediante la cual se ordenaba al clero de forma expresa el proteger a los caballeros de la Orden, así como la obligación de los fieles de contribuir a su causa mediante la realización anual de una colación. Y, finalmente, en 1145, Eugenio III promulga una bula más, la Militia Dei, por la cual se consolidaba la independencia de la Orden mediante la autorización para edificar sus propias iglesias, cementerios, recaudación de tributos e incluso disponer de sus propios capellanes miembros de la Orden.

En honor a la verdad, no deja de ser un tanto enigmático como, en menos de 30 años, lo que fue un ínfimo grupúsculo de nueve caballeros pasó a convertirse en la orden más poderosa del momento, dueños y señores de sus dominios al mismo nivel que los mismos monarcas, libres de injerencias por parte de obispos o nobles celosos de su poder, con tierras y posesiones que les proporcionaron riquezas inmensas. Es pues admisible que esa fulgurante ascensión diese lugar a tanta leyenda, ya que su rápida difusión tanto en Oriente como en Occidente era algo nunca visto hasta el momento, dejando atrás en poder y privilegios a sus eternos rivales, los hospitalarios.
¿Estaban en verdad en posesión de algún secreto que les permitió subir de forma tan vertiginosa? ¿O más bien supieron “venderse” como nadie a la hora de recabar mecenas a cambio de ayuda militar? Si nos atenemos a la lógica, deberemos pensar que más bien lo segundo. En pocos años, su ferocidad en el combate era legendaria. Los primeros en atacar y los últimos en retirarse, según una de sus máximas. O, como decía el cardenal Jaques de Vitry: "Leones en la guerra y corderos en el hogar; rudos caballeros en el campo de batalla, monjes piadosos en la capilla; temidos por los enemigos de Cristo, caritativos con sus amigos".

Con todo, hay cosas que dan pie a la reflexión. Me refiero a la captación de mecenas en la península donde, como se ha dicho, la Reconquista era equiparable a una cruzada, por lo que los miembros de la Orden no partían hacia Palestina, sino que se quedaban aquí a combatir al infiel. No deja pues de causar cierta extrañeza como fueron recibidos por monarcas de los reinos hispanos y aceptar sus servicios a cambio de cuantiosas donaciones cuando, en ese momento, los efectivos de la Orden en la península eran prácticamente inexistentes.  En el caso de Portugal, bien es cierto que la donación fue más bien mínima, acorde a la aportación de la Orden en ese momento, si bien pasados unos años la ayuda militar prestada por el Temple a la joven corona portuguesa los hizo merecedores de donaciones muchísimo más suntuosas. Finalizaré esta breve introducción con algunas concreciones sobre sus costumbres y forma de vida que, aunque muy conocidas por lo general, no dejarán de ser una ayuda a los profanos en la materia.

Su indumentaria era un hábito y capa blancos sobre los que ostentaban una cruz paté roja, mientras los escuderos y servants (de donde procede el grado de sargento) vestían de negro. Según el artículo XXI de la Regla, esta medida fue tomada a fin de evitar los escándalos que provocaron estos miembros sirvientes del Temple en Tierra Santa, que haciéndose pasar por caballeros por vestir de la misma forma que ellos, dieron lugar a confusiones que dejaban en mal lugar a la Orden. A tanto llegó la preocupación por este hecho que en el mencionado artículo se especifica que, en caso de no disponer de paño negro, se recurra a cualquier otro color, menos el blanco, incluyendo el más vil de todos: el pardo.
Siendo como eran una orden religiosa bajo la regla del cister, tenían hechos votos de pobreza, castidad y obediencia, añadiendo uno dedicado ex profeso a su condición militar por el que tenían la obligación de ser fieros en el combate contra los enemigos de Dios. Su vida en sus cuarteles-conventos era en todo similar a la de cualquier monje: debían asistir a los oficios religiosos, guardar silencio, no hacer gala de ropas vistosas, mantener en todo momento el recato y la dignidad propios de un clérigo, e incluso tenían la peculiaridad de que, en las comidas, cada escudilla era compartida por dos caballeros a fin de inculcar el espíritu de solidaridad y que ninguno comiese más que el otro (art. XI de la Regla). Para cualquier cuestión o solicitud debían dirigirse al maestre, el cual era, como un prior, libre de adoptar la solución que considerase más adecuada sin que su dictamen pudiera ser cuestionado en ningún momento.
Tenían la obligación de cuidar de sus hermanos enfermos, los cuales tenían dispensa de asistir a oficios, así como de disfrutar de una dieta adecuada para su pronta recuperación. La Orden proveía a cada caballero de tres caballos y un escudero, si bien estaban prohibidos los arreos lujosos o portar espuelas de oro o plata según era norma en la caballería de la época. Tampoco se les permitía practicar la cetrería o la caza, salvo la del león (art. XLVIII de la Regla) porque “...llegan sigilosamente, buscando a quién devorar.”
Curiosamente, se admitían a hombres casados (art. LV de la Regla) con la condición de que la mitad de su patrimonio pasaría a la Orden tras su muerte, si bien no les estaba permitido vivir junto a los hermanos célibes. No veían bien el admitir críos, como era común en las órdenes religiosas normales, pensando que, llegados a la edad adulta, podían no tener el arrojo necesario para arrostrar el combate, por lo que se recomendaba a los padres que, si querían que sus hijos formasen parte de la Orden, estos no fuesen confiados a la misma  hasta la edad en que pueda virilmente expulsar a los enemigos de Cristo de Tierra Santa (art. LXIII de la Regla).   
El lema de la Orden, extraído por Bernardo de Claraval del Cantar de los Cantares, sería “Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomine tuo ad Gloriam” ( No para nosotros, Señor, no para nosotros, sea para tu Nombre la Gloria ).
Su enseña, el Bausant (otros lo escriben Beauseant, Beaucéant, Beaucan, Baussant o Baucent. También era su grito de guerra), era una bandera blanca y negra. Sobre el origen del nombre, así como lo que representa el estandarte, hay multitud de teorías. Por no alargarme en éste tema, aporto dos sobre su etimología, a saber:
Según John J. Robinson, "...la palabra “beau” es generalmente conocida para designar belleza, pero es mucho más que esto. En francés medieval, significa un estado elevado, por lo que muchos traductores dan a esa palabra el significado de noble, glorioso o magnificente. Como grito de batalla, “Beau Seant” viene a ser pues “se noble” o “se glorioso”.
Otra teoría, plasmada por Michael Baigent y Robert Leigh en su libro “The Temple and the Lodge” dice que “Bausant” es una vulgarización del francés arcaico del término “vau cent”, que vendría a decir “valgo por cien”. En todo caso, su verdadero significado, como en otras tantas cosas referentes a la Orden, es un enigma, cosa por otro lado muy al uso en la Edad Media, en la que lemas o motes de arcano significado eran habituales, y que a veces pasaban de generación a generación sin que los sucesores tuvieran muchas veces idea del motivo de la ocurrencia de los antecesores. Jacques de Vitry  se limita a describirlo como “...vexilium bipartitum ex albo et nigro quod nominam Beaucent.”, que viene a decir “...estandarte partido en dos, blanco y negro, que llaman Beaucent”, sin dar más explicaciones al respecto, por lo que parece que ya en aquella época no se tenía claro el verdadero significado de la palabra.
Y en cuanto a los colores, lo mismo. Negro como el pecado de la vida mundana dejado atrás, blanco de la pureza adquirida. Negro como muerte y destrucción al infiel y blanco como símbolo de paz al fiel... En fin, que cada cual se quede con la que más le guste.


De la caída de la Orden ya hablaré con más detalle en otra entrada, así que acabaré esta diciendo que ya Clemente V, antes de morir en 1314, (la maldición lanzada desde la pira por Jacques de Molay hizo su efecto, lo cual contribuyó a aumentar la leyenda) absolvió a la Orden de sus supuestos delitos, y que, paradójicamente, si algún pecado cometieron los templarios fue crecer de forma desmesurada, hasta el extremo de ser los acreedores de varias testas coronadas, empezando por el taimado Felipe IV de Francia, verdadero promotor de la perdición del Temple, como es de todos sabido, con la complicidad cobarde de la Santa Sede y la  anuencia de muchos obispos y reyes que, como buitres, cayeron sobre los despojos de la hasta entonces todopoderosa Orden.
Solo en contados casos pudieron salir bien librados del proceso que se les abrió, y sus miembros salvados de caer en manos de la Inquisición y de ver su patrimonio expoliado. Uno de ellos fue precisamente el caso de Portugal, cuyo rey don Dinis impidió que los bienes de la Orden fueran a parar, contraviniendo las órdenes de Roma, a los hospitalarios, y preservándolos para los sucesores del Temple: La Orden de Cristo, que prosiguió con la obra iniciada por Hugo de Payns en el vecino país ayudando a la corona en la defensa de su territorio. Ya proseguiremos. De momento, he dicho.





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