jueves, 15 de diciembre de 2011

Frases hechas: Mandar a la porra

A la porra es donde te suelen enviar las personas finas. Otros te mandan a freír espárragos o incluso morcillas. Otros, más contundentes, se limitan a mandar al carajo a todo aquel que le resulta non grato. Sin embargo, ser enviado a la porra era un tema mucho más desagradable de lo que la gente imagina, ya que se trataba de un severo castigo que se imponía en el ejército romano. Hay otras versiones, una de ellas asegurando que era un castigo similar, pero llevado a cabo en los Tercios españoles. Sin embargo, me resulta más creíble la primera. En todo caso, lo que sí parece estar claro es que la cosa iba de castigos. Yo cuento esta, y que cada cual crea la que prefiera, porque me temo que el verdadero origen de la frase jamás lo sabremos.


Los centuriones, militares profesionales que se pasaban toda su vida sirviendo en el ejército salvo que se murieran antes de tiempo o quedaran tullidos, tenían la desagradable tendencia de imponer a sus subordinados una disciplina absolutamente férrea, cosa que lograban a base de castigos de todo tipo, incluyendo los físicos. Bien es verdad que también se dejaban sobornar por aquellos que tenían suficiente pecunio con tal de escaquearse del castigo pero, en general, eran bastante expeditivos. Su símbolo de mando, como vemos en la foto de la izquierda, era un bastón fabricado con una vara de parra que denominaban vitis, con el cual no dudaban un segundo en moler a palos a los perezosos, malsines, desaprovechados y a los que dormían en los laureles o no cumplían las órdenes con la debida diligencia. Este bastón retorcido, con el tiempo, fue sustituido por uno recto terminado en una bola, similares a los usados por los tambores mayores de los Tercios (puede que por ese detalle esté relacionada una versión con la otra, quién sabe...)

Bien, la cuestión es que el ejército romano tenía por norma, cada vez que se detenían a pernoctar durante las marchas, levantar un campamento en toda regla, con su empalizada, su foso y los contubernios perfectamente distribuidos alrededor del pretorio, el pabellón del legado que mandaba la legión de turno. Lo hacían, entre otras cosas, porque cuando estaban en territorio hostil era la única forma de poder descansar razonablemente tranquilos. Y mandar a la porra a un legionario era precisamente obligarlo a pasar la noche fuera del campamento, teniendo que permanecer junto al bastón que su centurión había clavado previamente en el suelo. Aunque parezca una chorrada, estar toda la noche al raso y rodeado de germanos ávidos de rebanarte el pescuezo no debía ser nada gratificante. Sólo al amanecer, el castigado podía volver al campamento para iniciar otra de las agotadoras marchas que solían llevar a cabo. Añadir como dato curioso que las etapas reglamentarias oscilaban entre los 25 y 30 km. diarios cargados con un equipo de más de 30 kilos. En caso de imponerse unas marchas forzadas, la distancia a recorrer llegaba a los 50 km., y se dieron casos de incluso 75 km. de una tacada. Ya quisiera yo ver a un maratoniano de hoy día quemado por estos hombres que, alimentados solamente a base de pan y cualquier cosa bañada en garum eran capaces de pasar semanas caminando diariamente semejantes distancias cargados como mulos y, encima, dispuestos en todo momento para el combate.

Hale, he dicho...