jueves, 29 de diciembre de 2011

Los puentes fortificados




A diario, ¿quién no cruza algún puente? Son tan comunes que los cruzamos sin darnos ni cuenta cuando vamos por carretera. Sin embargo, desde la Edad Media hacia atrás, los cursos fluviales eran verdadera barreras naturales que marcaban límites territoriales entre señoríos, alfoces o incluso naciones. Un río con un cauce medianamente ancho podía detener en seco a un ejército o, si transcurría por un barranco o una garganta, impedir el paso de vehículos de cualquier tipo.

Debido a ello, los escasos puentes disponibles eran a veces la llave de entrada a una ciudad o un territorio, motivo por el cual se fabricaban las defensas necesarias para impedir tanto el paso del enemigo como para controlar el trasiego de la gente que acudía a ferias, mercados o, simplemente, que tenían la necesidad de transitar por el mismo en ruta hacia su destino. Al ser una fortificación en toda regla, disponían de su guarnición, y su tenencia era concedida al arbitrio del señor del territorio donde se encontrase. Mientras hubiese paz, su misión no era otra que el cobro de pontazgos a los viandantes en función de las mercancías que acarreasen o los animales o ganados que uno llevase. En caso de guerra, se convertían en pequeños castillos cuya misión era impedir a toda costa el paso del ejército enemigo, para lo cual disponían de todo tipo de dispositivos defensivos, tales como matacanes, aspilleras, rastrillos, etc.

Este tipo de fortificación no es muy frecuente en España, y aún menos en Portugal, donde apenas hay dos o tres en todo el país. Sin embargo, su peculiar morfología y la importancia que tuvieron antaño los hace merecedores de una entrada para ellos solitos. Veamos su tipología...

Básicamente, podemos encontrar dos tipos: por un lado, antiguos puentes, generalmente romanos y fortificados durante la Edad Media (son la mayoría) y, por otro, construcciones ex novo que, obviamente, forman un conjunto más armónico al estar diseñados desde un primer momento para tal fin. En general, su defensa se basaba en una o dos torres, situadas bien en los extremos en caso de ser dos, o en el centro, sobre uno de los pilares, o en una de las orillas cuando se trataba solo de una. Estas torres, que actuaban además como puertas, solían fabricarse con una planta pentagonal en proa a fin de seguir el perfil de la tajamar del pilar sobre el que se asentaban. Esta peculiar morfología, que surgió allá por el siglo XIII, estaba encaminada a eliminar ángulos muertos en las torres de flanqueo o del homenaje de los castillos convencionales, si bien fueron las que habitualmente se usaron en los puentes por adaptarse mejor a la defensa y forma de los mismos. Por desgracia, muchas de ellas han desaparecido ya que, al seguir en uso estos puentes en tiempos modernos, hubo que adaptarlos a las necesidades del tráfico rodado y, por ello, tuvieron que ser demolidas. Veamos algunos ejemplos...


Aquí tenemos uno correspondiente al primer caso, o sea, un puente romano fortificado en la Edad Media. Se trata del puente de La Alcantarilla, situado en el término de Utrera (Sevilla), y que cruza sobre el río Salado. El puente data de la época de Augusto, y fue fortificado hacia el siglo XIV con dos torres, situadas una en cada extremo del mismo como se puede ver en ese grabado del siglo XVIII. En este caso, vemos como la torre de la derecha se convierte en la puerta de acceso al puente, mientras la otra, de mayores dimensiones, quedaba situada en un costado del mismo, en la otra orilla, y estaba destinada a aposento de su guarnición y el tenente, el cual cobraba 1.000 maravedises al año por sus servicios del Concejo hispalense. En este caso se trata de una fortificación exenta, alejada de cualquier núcleo urbano y creada para controlar el paso en una extensa comarca al ser el único puente disponible. Por desgracia, éste sigue en uso para el tráfico rodado, por lo que la torre-puerta desapareció en algún momento de principios del siglo XX para dar cabida a vehículos de gran tamaño. De la torre mayor apenas quedan algunos restos que pueden verse aquí.



Otro ejemplo, mucho más conocido que el anterior, es el puente de Alcántara (Toledo), lo cual no deja de ser una redundancia ya que, en árabe, al-qäntara significa precisamente "el puente". En este caso también hablamos de un puente romano fortificado en tiempos de Alfonso X que, además de controlar el paso por el profundo barranco por el que transcurre el Tajo, es la entrada a la ciudad, y estaba integrado a la cerca urbana, cuya puerta vemos tras la torre del puente. Ésta disponía de dos puertas, una a cada lado, y un rastrillo en el centro. Así mismo, como queda patente en la foto, contaba con todos los elementos defensivos para cerrar el paso al enemigo: almenado, aspilleras y un matacán sobre la puerta que mira al puente.



Y uno más, también de origen romano. Se trata del puente de Frías, en Burgos, destinado al cobro de pontazgos a los mercaderes y pastores trashumantes que se movían entre esa zona y La Rioja. En este caso, el puente está fortificado con una única torre de planta pentagonal en proa ubicada en el centro del mismo. Para su mejor defensa cuenta con dos plantas: una para alojamiento de la guarnición provista de aspilleras, y una azotea almenada desde la que se accede a los matacanes que defienden las dos puertas de que dispone la torre. Cabe suponer que estas puertas se cerraban con la puesta de sol, para no abrirse hasta el amanecer, como sucedía en las cercas urbanas. Así se evitaban sorpresas o que el contrabandista de turno, aprovechando la oscuridad, pasase de tapadillo más de lo que declaraba. En este caso, la fortificación del puente obedecía más al cobro del pontazgo que a detener una posible amenaza, destinándose el dinero obtenido en las constantes obras de mantenimiento que requería el puente como consecuencia de crecidas, etc.


En cuanto a los puentes de nueva planta, a la derecha podemos ver uno especialmente significativo a pesar de su ruinoso estado. Se trata del puente de Ayuda, edificado por orden del rey don Manuel I de Portugal en 1510 con el fin de impedir el paso a una hipotética invasión española por el Algarve. Este puente, situado cerca de Olivenza (Badajoz) era el único paso sobre el Guadiana desde Badajoz hasta la desembocadura de este río en Ayamonte. De ahí se puede deducir su vital importancia. Para su defensa contaba con una torre en la zona central del puente, de unos 380 metros de largo, que disponía de tres plantas en su interior para su guarnición. Fue volado por las tropas españolas durante la Guerra de Sucesión en 1709 y, tras pasar Olivenza al dominio español, aún no se ha llegado a un acuerdo por parte de los gobiernos de ambas naciones para su restauración, ya que los portugueses, que no reconocen aún la soberanía española sobre Olivenza, consideran como un reconocimiento tácito de dicha soberanía el colaborar en la reconstrucción del puente.

Con el fin de la Edad Media tuvieron su ocaso este tipo de fortificaciones. Para los ejércitos del Renacimiento, más numerosos y con más medios de tipo logístico que los medievales, los cursos fluviales fueron dejando de ser un obstáculo insalvable. Los ingenieros militares de la época, gente conocedora de su oficio y mucho más preparados de un adalid medieval, sabían como construir puentes de barcas en un breve espacio de tiempo y por el que podía cruzar todo el ejército con sus pertrechos, carros y trenes de artillería. Sin embargo, los pocos puentes fortificados que han llegado a nuestros días no dejan de resultar majestuosos, con sus altas torres cerrando el paso como símbolo del poder de los señoríos medievales.

Ya está. Hale, he dicho...