sábado, 11 de febrero de 2012

Acciones de guerra: La cabalgada




Al hilo de la entrada de ayer, en la que se habló del apellido, vimos que ésta acción era la consecuencia de una cabalgada, una expedición punitiva contra territorio enemigo cuyo fin no era otro que "correr la tierra et fazer daño", que dicho de forma que todos nos entendamos no era otra cosa que robar a destajo, hacer prisioneros y dejar convertido en unos zorros todo lo que les pillaba de paso. Los andalusíes llamaban al-gära a este tipo de acción, término que, castellanizado, es la algara que todos conocemos.



Básicamente, las cabalgadas las llevaban a cabo huestes reducidas, tanto a caballo como a pie, nutridas por hombres muy diestros en la guerra. Su objetivo era infiltrarse en territorio enemigo lo más discretamente posible al mando de un adalid que, siendo perfecto conocedor del territorio por el que se moverían, guiaba a su gente por los vericuetos más ocultos a fin de caer como raposas sobre poblaciones o alquerías, saquear a su sabor y salir de allí a toda velocidad antes de que el enemigo organizase un apellido. Aunque por su fugaz e inopinada forma de actuar se pueda pensar que estas expediciones apenas contaban con un mínimo de organización, nada es más alejado de la realidad. Antes al contrario, se preparaban minuciosamente, se enviaban espías a descubrir tierra que facilitaban informes muy precisos sobre cuales eran los mejores objetivos, la posible resistencia que encontrarían, donde encontrar agua, cuales eran los mejores lugares para ocultarse y, en definitiva, cualquier detalle que garantizase al máximo el éxito de la empresa. Y no ya por el hecho de volver vivos, sino además cargados de botín ya que las cabalgadas, en muchos casos, se puede decir que eran el medio de vida de muchos señores fronterizos que no dudaban en levantar gente de armas para tales fines. Por otro lado, como ya se comentó en la entrada referente al apellido, las cabalgadas estaban reglamentadas cuidadosamente, y no solo en lo tocante al reparto del botín, sino incluso en los castigos o multas con que se castigaban a los que infringían las normas.

Dicho esto a modo de introito, vayamos por partes...


Ante todo, conviene aclarar que, dependiendo de los objetivos a batir, había dos tipos de cabalgadas, las concejeras y las encubiertas. Las primeras, como ya se puede suponer, estaban formadas por tropas de un concejo, o sea, contaban con más efectivos y se paseaban por territorio enemigo como si de un pequeño ejército se tratase. Al ser más numerosos, obviamente les resultaba más difícil ocultarse. Pero por la misma razón podían picar más alto, y abalanzarse contra objetivos de más entidad sin temor a verse superados por los componentes del apellido organizado a toda prisa por los enemigos. Las encubiertas, como su nombre indica, se llevaban a cabo de forma sinuosa, con pocos efectivos, y con la intención de sorprender a los enemigos, saquear todo lo posible y retornar a territorio amigo cuanto antes, so pena de verse perseguidos y muertos. Hay que tener en cuenta que los apellidadores no solían tener el más mínimo miramiento con los cabalgadores tanto en cuanto los consideraban simples bandidos, no fuerzas regulares a los que se les daba cuartel.



Los repartos del botín eran llevados a cabo por los quadrelleros (del latín bajo quadrillario), que además tenían el cometido de llevar un meticuloso inventario de todo lo que iba cayendo en las ávidas manos de los cabalgadores, así como una relación de los componentes de la mesnada. Obviamente, este cargo no lo ostentaba cualquiera, ya que se prestaba a montones de trapicheos y prevaricaciones, empezando por modificar los inventarios en beneficio propio. Así, si se sorprendía a un quadrellero "...que furto o  enganno fiziere pechel, asi como ladron; si provado fuere, sea pregonado que jamas non tenga oficio de concejo". 



En cuanto a los castigos que se infligían a los que contravenían las normas, en las Siete Partidas tenemos un extensísimo catálogo de los mismos en función de la falta cometida. Es de lo más amplio, y contempla desde el hurto o la traición al asesinato de camaradas. Todos estos delitos estaban severamente castigados, y debían ser juzgados y sentenciados de forma inexorable por el adalid el cual, como ya vimos, era la única autoridad competente e inapelable en ese momento. Por no alargarme mucho en este tema, comentar que la pena por asesinato era bastante draconiana: "E quien en la hueste o en el real matare a otro, metanle vivo so el muerto, e entrerrelos asi a entramos". O sea, consistía en enterrar vivo al homicida encima del cadáver de la víctima. Chungo, ¿no? Sin embargo, también se tenían en cuenta las indemnizaciones a percibir en caso de heridas en combate, las cuales son minuciosamente detalladas en función de si son punzantes, contusas, con pérdida de miembros, ojos, o incluso la muerte. En definitiva, como vemos, no se dejaba nada al azar: la cabalgada se planificaba hasta el más mínimo detalle, el adalid al mando era, además de caudillo militar juez de cualquier crimen o disputa entre los componentes de la mesnada, y se llevaba a cabo el reparto del botín en base al meticuloso inventario realizado por el quadrellero. Con todo, y como ya vimos ocurría tras un apellido, el retorno victorioso de una cabalgada también podía suponer un pleito inacabable con las demandas de los componentes de la misma, aduciendo cada cual sus derechos en función de su rango, fueros, etc., etc.

Bien, esto era una cabalgada. Como cabe suponer, dejaban bastante irritados a los que eran esquilmados por las mismas los cuales, tras el apellido organizado a toda prisa, se dedicaban a rumiar como llevar a cabo una cumplida venganza en la que, además de devolverles la visita, se intentaba recuperar lo robado, caso de que el apellido hubiese resultado fallido, o robar al enemigo lo mismo o más que les robaron a ellos. En ese caso hablamos de las represalias, pero eso lo dejamos para la próxima entrada.

Así pues, he dicho, hale...