miércoles, 22 de febrero de 2012

Las dagas de vela




La daga de mano izquierda tiene su origen hacia mediados del siglo XVI, cuando se puso de moda la esgrima de armas dobles, o sea, el uso combinado de espada con el de la daga en la mano izquierda para detener los golpes del enemigo y, llegado el caso, aprovechar algún fallo en su defensa para hundírsela en el cuerpo. Con todo, su verdadera expansión la conoció a partir del primer tercio del siglo XVII, creándose en España una versión propia de este tipo de dagas dotadas del peculiar guardamanos que les dio nombre. Debido a esta moda se generalizó la costumbre de fabricar las guarniciones de estas dagas a juego con el de la espada compañera, creándose piezas con unos acabados verdaderamente regios. Pero vayamos por partes...

Antes de nada, aclarar el origen de su denominación que, como muchos ya sabrán, no es otro que la morfología de su guardamanos, similar a una vela latina. Este aditamento ya supuso un avance notable en lo referente a la protección de la mano, ya que hasta ese momento las dagas sólo contaban con una cruceta similar a la de sus hermanas mayores para detener los tajos del enemigo, así como para impedir que la mano se escurriese hacia la hoja al clavar. En la ilustración inferior tenemos algunos ejemplares...




Como podemos ver, tienen una serie de elementos comunes independientemente de su acabado, más sobrio en la de la izquierda y mucho más elaborado en las otras dos, con los guardamanos primorosamente calados. Todas disponen de unos  amplios gavilanes acabados conforme al estilo del guardamanos. Así mismo, estos van provistos de un rebordeado destinado a impedir que la hoja del adversario resbale y pueda herir la mano. El empuñe de estas dagas permitía cubrirla por completo, quedando el pulgar apoyado en un rebaje ovoidal practicado en el recazo. En cuanto a sus largos gavilanes, su fin no era otro que, además de detener la hoja de la espada enemiga, trabarla entre estos y el guardamanos, con lo que podían, con un enérgico movimiento, partirla o incluso sacarla de la mano del contrincante. A ese movimiento se le llamaba "engavilanar".

En cuanto a las hojas, podían estar destinadas a cortar y punzar, o solo a ésto último. Pero como denominador común, todas solían ir provistas en el recazo de dos perforaciones, bien cerradas, bien abiertas, cuya finalidad era despuntar la hoja de la espada enemiga. Igualmente, iban provistas en el recazo y en el lomo del contrafilo de muescas también destinadas a partir, trabar o mellar la hoja del adversario. En la foto inferior podemos ver algunos tipos:



La primera es una hoja de doble filo y sección romboidal, muy adecuada tanto para cortar como para herir de punta. Su sección la dota de una rigidez ideal para perforar coletos o mallas. Al comienzo de la hoja podemos ver dos perforaciones cerradas y el recazo con los lomos estriados para engavilanar con más facilidad la hoja del enemigo. A estas estrías se las denominaba rejas.
La siguiente tiene un recazo similar a la anterior, pero la hoja termina en un aguzado verduguillo, por lo que solo es apta para clavar.
La tercera lleva en el recazo dos cuernos destinados a atrapar la hoja enemiga, lo que permitía partirla limpiamente dando un brusco giro a la muñeca. La hoja es también de verduguillo. 
La cuarta, con un recazo similar a las dos primeras, tiene la hoja con un filo y contrafilo en el último tercio de la misma. O sea, es una hoja que permite cortar y punzar. El lomo va enteramente estriado y lleva un vaceo perforado cuyo fin es simplemente decorativo.
Finalmente, en la quinta podemos ver un recazo especialmente elaborado provisto de rompepuntas y una hoja de verduguillo se sección cuadrangular, similar a la de los estiletes.

La longitud de estas hojas oscilaba entre los 25 y los 35 cm. aproximadamente, así que ya podemos imaginar sus efectos en caso de ser introducidos en el plexo solar del enemigo o en la garganta. Estas armas, en manos de los matasietes de la época que infestaban la vida nocturna de las ciudades, segaron cantidad de vidas en las constantes pendencias, reyertas y venganzas que tenían lugar amparadas en las tenebrosas calles de la época. Al parecer, era costumbre pavonar las puntas tanto de las espadas como de las dagas a fin de que, en la oscuridad, el adversario no las distinguiese, calculando así erróneamente la longitud de ambas armas y facilitando a su contrincante el finiquitarlo de una estocada o una puñalada.



En cuanto a su calidad, eran celebradas en toda Europa las hojas procedentes, no solo de Toledo, sino de las forjas de Vizcaya y Guipúzcoa, las cuales eran incluso a veces provistas de guarniciones al uso en los países donde eran compradas. Para hacernos una idea de su cotización, una hoja de daga normal costaba a finales del siglo XVII 5 reales, y una guarnición ordinaria 6, lo que nos da un total de 11 reales, que era lo que costaba una espada francesa y un real más cara que una fabricada en Génova. Obviamente, su precio se disparaba en caso de las guarniciones primorosamente cinceladas y las hojas con grabados como la que aparece en la foto de la izquierda, un magnífico ejemplar de casi medio metro de longitud elaborado en Toledo hacia 1675 por el maestro espadero Diego de Cuenca.

En lo tocante a las vainas, estas eran de cuero o iban provistas de brocal y contera metálicos. Solían ir fijadas a la espalda, inclinadas hacia el lado izquierdo a fin de facilitar el desenfunde con la mano de ese lado, o en el costado derecho, en posición casi horizontal para el mismo fin. Como se puede suponer, los acabados de las mismas eran acordes a la categoría del arma.

La daga de vela se extinguió con la espada ropera, consustancial a ella, a inicios del siglo XVIII, cuando se extendió un tipo de esgrima diferente, basado en armas mucho más ligeras que permitían lances más rápidos que los de las larguísimas roperas españolas, dotadas de hojas de más de un metro de longitud.

Bueno, ya está.

Hale, he dicho...