sábado, 28 de abril de 2012

Gladiadores III. El tracio



Este tipo de gladiador hizo su aparición en tiempos de Lucio Cornelio Sila. Principalmente, sus oponentes eran los mirmillonis debido a que estos, con un armamento similar al de los legionarios, representaban así la lucha entre el imperio contra uno de sus enemigos, el pueblo tracio. Su equipo y armamento podemos verlo en la ilustración de la izquierda. 

Aparte de la habitual manica y las ocreae, para protegerse usa un escudo similar al de los legionarios, pero mucho más pequeño. Este escudo, llamado parmula, estaba fabricado con madera, y era bastante ligero. Se empuñaba en la manija situada tras el umbo de bronce o hierro que aparece en el centro del mismo.  Como arma ofensiva, porta una sica, una espada corta de origen tracio con la hoja curvada en un ángulo más o menos cerrado. Su forma de hoz la hacía especialmente contundente a la hora de golpear de filo al adversario y, aunque no era adecuada para dar estocadas, al estar el peso de la hoja concentrado en la punta por su peculiar morfología, podía clavar la misma como si de un pico se tratase. 

Sin embargo, lo más peculiar del equipo del tracio era su yelmo. Como vemos en la ilustración, era una pesada pieza de bronce de entre 3 y 7 kilos de peso aproximadamente. Va provisto de una gran ala que protege los hombros y la nuca del gladiador, así como de una máscara provista de dos ocularia que, a su vez, van cerradas por dos discos removibles con nueve orificios cada uno, lo que permitía una visibilidad bastante aceptable, así como una buena renovación de aire. Este yelmo, fabricado en una sola pieza, llevaba todo el contorno del ala rebordeado para resistir mejor los golpes de filo, e iba rematado por lo más característico del mismo: un crestón del que emergía una cabeza de grifo, un animal mitológico consistente en cuerpo de león y cabeza de águila. Como cabe suponer, la protección que proporcionaba este yelmo era extraordinaria si bien su enorme peso se volvía en contra de su portador al cabo de pocos minutos. Los que los usaban debían tener un cuello de toro para soportar semejante peso de forma cotidiana.

Aunque, como se ha dicho, el adversario habitual del tracio era el mirmillo, también podía ser enfrentado al hoplómaco, un gladiador armado con lanza y espada o puñal. El pequeño escudo del tracio le obligaba a hilar muy fino a la hora de defenderse de los golpes de sus adversarios, especialmente los lanzazos que le dirigía el hoplómaco. Cuando se enfrentaba con este tipo de gladiador, solían colocar el escudo horizontal a la altura de la cara. Si el lanzazo iba dirigido al cuerpo, bajaba el escudo con fuerza para procurar partir con el canto del mismo el asta de la lanza. Si por el contrario apuntaba al cuello, le resultaba más fácil desviar la moharra hacia arriba, haciéndola resbalar por la superficie del escudo. En ese momento, el tracio aprovechaba el avance de su adversario para sacar la sica e intentar producirle un corte en la pierna o el abdomen que, si no dejaba fuera de combate a su enemigo, al menos le produciría una severa hemorragia que lo debilitaría al cabo de pocos minutos. Hay que concretar que estas sicas estaban afiladas como navajas barberas por su parte interna, por lo que los cortes que producían eran bastante efectivos. Si acertaba al contrincante en el cuello, podía incluso decapitarlo de un tajo. 

Otra forma de herir era aprovechando la curvatura de la sica que empuñaba. Cuando combatía contra los mirmillonis, si en algún instante forcejeaban escudo contra escudo, el tracio sacaba la mano por encima del suyo tal como vemos en el dibujo de la izquierda y, describiendo un arco, hería con la punta de su arma en la espalda de su enemigo, produciendo una herida incisa e incluso un desgarro al retirar la hoja de la sica. Tampoco lo dejaba fuera de combate, pero tras varias heridas así la hemorragia sería tan determinante que lo obligaría a darse por vencido y a levantar el pulgar pidiendo clemencia. 

Bueno, ya proseguiremos con más gladiadores.

Hale, he dicho...






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