viernes, 5 de octubre de 2012

Mitos y leyendas: El campo de batalla






Como ya creo haber comentado alguna vez, la gente suele tener un concepto un tanto erróneo de la guerra medieval, envuelta por lo general en un halo de caballerosidad, honor y valentía. En las entradas dedicadas a las heridas de guerra ( y parte y cuya lectura recomiendo para mejor comprensión de esta entrada), ya se explicaron con detalle los devastadores efectos que producían las armas del medioevo, pero el tema de esta entrada va más bien orientado hacia qué se veía, oía y sentía en los campos de batalla de la época.




El cine, como siempre, ha dado una imagen generalmente errónea de la extremada violencia y ferocidad que se desplegaba en estos combates. Últimamente, cuando lo gore parece que ya no da tanto repeluco a los productores y directores de cine, se han acercado algo más a la realidad. Pero sigue habiendo un detalle que no refleja la verdadera crudeza del momento, y es que da la impresión de que los que caen en batalla es porque han muerto de forma instantánea. Nada más alejado de la realidad. En los combates medievales no se moría con rapidez, sino más bien lo contrario. Ese es el tema de la entrada de hoy, así que entremos en detalles. 


1. El concepto de "fuera de combate" tiende a verse bajo el prisma de la guerra moderna. Es de todos sabido que desde hace menos de un siglo es cuando de verdad se han preocupado los mandos militares de procurar ayuda médica a los heridos. De esa época para atrás, los físicos y cirujanos eran aún más temibles que las armas enemigas, y en la Edad Media algo reservado solo a personajes de elevado rango y sin apenas conocimientos eficaces. De ahí que causar heridos sera más rentable hoy día por los problemas de tipo logístico, sanitario y psicológico que conlleva. Sin embargo, en la Edad Media la muerte era algo tan asumido que ver a alguien berreando de dolor no alteraba el pulso a nadie. Baste como ejemplo el hecho de que la gente acudía en masa a presenciar, como si de una verbena se tratase, las cruentas ejecuciones de la época, espectáculo éste que haría desmayarse de la impresión a la mayoría de la gente moderna. 

Por ello, en aquellos tiempos se procuraba dejar fuera de combate al enemigo simplemente para que no pudiera seguir luchando antes que para causar quebraderos de cabeza a los mandos del adversario. Solo la vida de personas de calidad tenía valor tanto en cuanto podía obtenerse un rescate por ellos. La de los peones u hombres de armas sin medios económicos no valía nada. 



2. Las heridas producidas por las armas medievales rara vez causaban una muerte instantánea o breve. Sólo una severa hemorragia que desangraba al herido en un par de minutos, una herida en el corazón o en alguna zona de la cabeza que afectase al cerebro podía aliviar de sus miserias al personal. Pero las demás consistían en fracturas óseas, desgarros musculares o heridas punzantes en zonas en las que podías tardar horas o días en morir. Puede que algunos o bastantes de ellos se desmayasen al recibir la herida por el shock traumático pero, al cabo de pocos minutos, recobraban el conocimiento invadidos de un dolor insoportable. La adrenalina que segrega el cuerpo humano cuando se ve en situaciones de peligro le ha ayudado a recuperarse, pero solo para verse abrumado de dolor. ¿Y cómo se mide el dolor? Simplemente comparando. Veamos algunos ejemplos para hacernos a la idea:

Si una simple aguja hipodérmica no hace dar un respingo, y más de una vez nos deja el culo dolorido un día entero, ¿qué sensación produciría verse con 30 cm. de palo rematado en un hierro de forma piramidal metido durante horas y horas en el cuerpo, y que si intentamos sacarlo o simplemente nos movemos se nos nubla de vista de dolor?

Si un coscorrón contra la puerta del mueble de cocina que siempre nos dejamos abierta nos hace dar un berrido y nos produce un chichón que nos fastidia un par de días, ¿qué se sentirá cuando se recibe un mazazo en la cabeza que en vez de dejarnos en el sitio, gracias a la protección del yelmo ha impedido que se nos salgan los sesos por las orejas?

Si un corte abriendo una paletilla de oferta del Carrefour a más de uno le hace desmayarse porque no puede ver la sangre, ¿qué pasará si se ve con una mano amputada o un tajo de varios centímetros de profundidad en un brazo o una pierna?

Si un cólico nos deja hechos puré del dolor de barriga, ¿cómo debe dejarlo a uno la pica de una alabarda que le ha perforado el estómago o el hígado?

Y por añadir uno más: si de una pesadilla nos despertamos bañados en sudor, jadeando y presa del pánico, ¿cómo se sentiría un hombre que, al recobrar el conocimiento, se despierta abrumado de dolor, bañado en sangre que no sabe si es suya y bajo los cuerpos de varios heridos o muertos que lo asfixian con su peso?

Un panorama desolador, ¿verdad?



3. El fragor de la batalla. Siempre se habla del fragor de la batalla con cierto matiz, digamos, heroico o poético. Pero ese fragor no solo era producido por el ruido de las armas, sino los alaridos de cientos o miles de hombres heridos que saben que nadie les prestará ayuda, dominados por un pánico indefinible al verse en esa situación, sin poder escapar de la escabechina, pisoteado por sus propios compañeros de armas que no se dan ni cuenta de donde pisan y por los caballos del enemigo. No hay sanitarios, ni camilleros, ni nadie les inyectará morfina para aliviarles el dolor. No les espera ningún hospital con médicos cualificados que detendrán la hemorragia, ni les harán una transfusión de sangre, ni les darán analgésicos ni antibióticos. Saben que si salen vivos de la batalla les espera una lucha a muerte con las infecciones y con el tétanos. ¿Cómo gritan o, mejor dicho, aúllan hombres en esa circunstancia? Imaginemos el aforo de un campo de fútbol pequeño en el que, en vez de gritar "gooool" dan berridos de dolor. Y a eso, añadir el de los caballos heridos, enloquecidos de miedo y dando carreras con las tripas colgando.

Muy poco heroico, y aún menos poético, ¿no?



4. La batalla ha terminado. Ese momento se suele representar o imaginar bajo un silencio sepulcral. Pero de sepulcral nada, porque los que estaban berreando durante la batalla siguen haciéndolo tras la misma ya que siguen vivos. La sed les devora, y más si están heridos en el estómago. Las fracturas y desgarros musculares les han producido unas inflamaciones bestiales, cuyo dolor se ve aumentado porque el yelmo o la cota de malla ajustada al cuerpo se clava en la zona afectada. Y si uno es del bando perdedor, encima se verá con el inquietante panorama de un señor que se pasea entre los heridos y los remata de un mazazo o clavándole una pica  en el cuello. En cierto modo es un alivio para el herido de gravedad, pero nadie quiere dejar este mundo tirado en el barro, rodeado de sangre, vísceras, orines y excrementos y gritos, así que berrea aún más pidiendo misericordia. Pero el problema no solo consistía en el señor que remataba heridos como quien apiola conejos, sino también los expoliadores. Tanto las tropas vencedoras como los lugareños cercanos se apresuraban a despojar de sus armas y ropas tanto a muertos como heridos. A estos últimos les guardaban las mismas consideraciones que a los cadáveres, o sea, ninguna, así que ya podemos imaginar lo que padecería un hombre con una pierna rota mientras le quitaban las botas a tirones, u otro con la clavícula destrozada de un mazazo, con el cuello y el hombro inflamados como una pelota de fútbol, al que le despojan del perpunte y la lóriga obligándole a levantar el brazo.

No es la típica muerte cinematográfica en la que el chico le pide a su compañero del alma que le diga a Fulanita que la ama con locura antes de diñarla apaciblemente con la mirada perdida en la nada. 



Y 5. Los que han podido sobrevivir. Bien porque sus heridas no eran excesivamente graves, bien porque su cuñado estaba allí y se lo echó a cuestas al terminar la masacre, ha podido volver al campamento vivo. Pero eso no es garantía de salir airoso del brete. La fiebre le funde hasta las uñas. Si está herido en el vientre y bebe sabe que es hombre muerto. La única atención que recibe es por parte de su cuñado que le lava la herida con un poco de vino caliente que ha podido robar, pero se le da fatal la costura y le produce un suplicio al coserle el tajo con una aguja de coser cuero y bramante encerado que le ha prestado el talabartero de la hueste. Como apósito ha recogido unas hierbas que, tras mascarlas, se las pone en la herida y se la venda con un trozo de camisa lleno de barro y sangre cuajada. Y lo peor es que no puede volver por su pie a casa, distante a varios días de camino, porque tiene un tajo en una pierna que, además, le ha partido en dos la tibia y el peroné. Y como los carros son propiedad de los nobles y caballeros que han acudido a la fiesta y solo son para transportar su impedimenta, pues salvo que el cuñado lo lleve a cuestas allí se queda, delirando bajo un vivac fabricado con unas ramas, tiritando de fiebre y loco de dolor. Y si volvía y sobrevivía, el panorama era verse como los tullidos de la ilustración de arriba, así que no sé qué era peor: si diñarla al instante o salir medio vivo.



En fin, como vemos, la realidad se aleja un poco de los conceptos que tenemos acerca de lo que sucedía en un campo de batalla medieval. Ojo, esto también es aplicable a épocas anteriores, lógicamente. En todo caso, no quiero decir con esto que las guerras modernas sean menos infernales, o que los heridos no sufran. Pero, al menos, tienen la tranquilidad de saber que, caso se ser alcanzados por el fuego enemigo, en cuestión de segundos un sanitario se hará cargo de ellos, será trasladado a retaguardia en minutos y se verá en un hospital apenas una hora después de haber caído herido, o incluso menos. De hecho, en Vietnam, el tiempo medio de evacuación desde el campo de batalla a un hospital rondaba apenas los 15 minutos. No quiere esto decir que ser herido sea agradable, pero el hecho de saber que contarás con ayuda en caso de serlo supone un apoyo psicológico notable. Nuestros ancestros no sabían siquiera lo que era eso, así que ya le echaban bemoles al tema, ¿no?

Bueno, pues ya está.

Hale, he dicho...

Recreación de un castillo paso a paso 3ª parte



Bueno, bueno... Ya hemos visto en las dos entradas anteriores el aspecto que tenía un patio de armas en su época floreciente y, tal como anuncié ayer, hoy tocaba la torre del homenaje. Juro por las barbas de mis ancestros, aunque ignoro si usaban barba, que esta recreación ha sido algo tremebundo. Y no ya por la detallitos y chorradas que conlleva, sino su simple composición. Me explico: como casi todos saben, las cámaras de estas torres son más bien de dimensiones modestitas. Hay excepciones, naturalmente, pero la mayoría son pequeñas. Eso conlleva que los angulares de las cámaras no den de sí lo necesario para abarcar el máximo posible y, además, cuando se hicieron estas fotos ni se me ocurría plantear este tipo de trabajo. Por otro lado, no ha sido posible recrear la del castillo de Monforte ya que su interior estaba dividido por una entreplanta de madera que, como se puede suponer, no existe. Así pues, las fotos que tengo están tomadas desde el piso inferior, siendo inútiles para mi propósito. Por lo tanto, he cambiado de castillo. Al fin y al cabo, cualquiera nos vale para este fin ya que su distribución interior es prácticamente idéntica en la mayoría de los casos. 

La torre del homenaje usada para esta recreación ha sido la del castillo de las Aguzaderas, en el término de Montellano (Sevilla), de la que dispongo de fotos medianamente aprovechables. Y digo medianamente porque hasta yo me maravillo de como con semejante engendro me ha salido una recreación tan molona. De entrada, tuve que recurrir a una de mis panorámicas Mc Gyver, de las que ya hable anteriormente, a fin de unir dos imágenes que dieran una visión más amplia del conjunto. Y para colmo, ambas fotos son de tamaños diferentes, tomadas en días diferentes y con una luz diferente. Todo un reto, vaya. Vean las fotitos, vean:






La de la derecha es continuación de la anterior, como ya se puede suponer. De hecho, se ven los escalones de la puerta de subida a la planta superior en el extremo izquierdo de la misma. Bueno, pues tras un apasionante rato en el que hice uso de mi amplia colección de juramentos y maldiciones, finalmente pude casarlas. He aquí el resultado del casorio:






Se corrigió la perspectiva de ambas para adecuarlas a una sola imagen, se igualó el color y se añadió un parche que se ve claramente en el ángulo superior derecho, que quedaba vacío. La parte blanca corresponde al nivel original del suelo, sobre el que empezaremos a trabajar. Los interiores de estas torres estaban enlucidos y encalados a fin de proporcionar más luminosidad en una estancia cuya única fuente de luz solía ser solo la puerta o, a lo sumo, alguna saetera tan estrecha que de poco servía. Su mobiliario era escaso, si bien todo un lujo en una época en que un criado no tenía en propiedad ni el jergón en el que dormía. La planta baja, que es la que representamos hoy, servía de despacho y salón al tenente del castillo de turno. Ahí atendía a sus asuntos, comía y se aburría como un galápago tras su sesión matinal de caza. Para más información sobre las diferentes tipologías de estas torres, sírvanse picar aquí, y así se enteran vuecedes de más cosas. 

En esta entrada no voy a ir poniendo el paso a paso porque serían más de 80 pasos, y esos son demasiados pasos, así que vamos del tirón al resultado final. Helo aquí:






Ha cambiado la cosa, ¿eh? Jejeje... Bueno, algunas explicaciones acerca de lo que vemos: el suelo está cubierto de paja, práctica habitual para aminorar la sensación de humedad y preservar del frío. En primer término vemos un enorme brasero de hierro y una pila de leña. Las chimeneas no son habituales en las torres del homenaje, así que recurrían a estos braseros que, como se puede suponer, llenaban la estancia de humo. De hecho, si observamos la bóveda, vemos que está totalmente ennegrecida de hollín. El mobiliario lo componen una mesa, un par de jamugas, un catrecillo, dos arcas y un tapiz moruno, arrebatado en una cabalgada a un moro rico que lo compró en las sederías de Granada. No vemos antorchas, que eso queda muy molón en las pelis, pero que es uno de tantos camelos. En las paredes y sobre la mesa tenemos candiles de aceite (o sebo, mucho más barato pero más apestoso), suficientes para alumbrar la estancia. En la pared del fondo vemos apoyadas algunas lanzas, un escudo bastante averiado y un broquel. El resto de la panoplia del tenente está en una de las arcas, donde su escudero las ha guardado bien engrasadas para prevenir el moho. La pequeña puerta del fondo conduce a la escalera que nos llevará a la cámara superior. Esta puerta, como todas y cada una del castillo, va provista en su interior de un alamud para, caso de ver invadida la torre por el enemigo, dificultar su acceso. De hecho, la ventana que vemos arriba era para, desde la escalera, hostigarlos en caso de ataque. Finalmente, al fondo a la izquierda tenemos una tinaja llena de agua. Esta torre carecía de aljibe en su interior, así que siempre tienen a mano una tinaja con agua fresca.

Al anochecer, el tenente sube a su alcoba, que veremos en la próxima entrada. Si está casado, pues se esparcirá en feliz coyunda con su mujercita y sino, pues a jorobarse. Pero bueno, lo que hay en la alcoba ya lo veremos, que tampoco conviene adelantarse.

Ahí dejo la foto final con su plugin reglamentario. Como hemos visto, poco tiene que ver esto con las áridas, huecas y desarrapadas torres que solemos visitar. Así pues, ya pueden decir que han visto la torre del homenaje de un castillo en plan túnel del tiempo.






Bueno, ya está bien por hoy.

Hale, he dicho...