jueves, 19 de septiembre de 2013

6 curiosidades curiosas sobre los elefantes de guerra






El elefante, como todo el mundo sabe, es un animalito enorme, sumamente fuerte y, llegado el caso, con bastante mala leche. En los tiempos antiguos, cuando en Europa no se sabía ni que existían esos paquidermos, el terror que inspiraban cuando los ejércitos los veían por vez primera debía ser similar al que sentiría un guerrero medieval a la vista de un carro de combate moderno. A los romanos se les encogió violentamente el ombligo cuando vieron ante sí los elefantes de guerra de los cartagineses, y hasta a los fieros macedonios que seguían a Alejandro hasta los confines del mundo sintieron como los testículos les trepaban velozmente a la garganta cuando los elefantes del rey Poro, allá en la India, les hicieron frente.

Porque, como cabe suponer, el elefante no le teme a nada, y sus trompazos eran suficiente para mandar a hacer puñetas a todo aquel que estuviera cerca de la peculiar nariz de estos bichos. Su eficacia debía ser notable ya que incluso los romanos organizaron unidades de elefantes de guerra, y si los romanos los adoptaron por algo sería.

Bueno, veamos algunas curiosidades curiosas sobre el aspecto bélico de estos bichos:


Elefante indio degustando el
aperitivo de mediodía
Curiosidad 1: Aunque se piense lo contrario, los elefantes preferidos para la guerra eran los indios ya que su carácter era más combativo y valeroso que sus congéneres africanos. Conviene aclarar que los elefantes africanos conocidos en aquellos tiempos eran una variedad de bosque, más pequeños que los de sabana. La altura de un elefante indio llegaba a los 3 metros, mientras que sus parientes africanos apenas alcanzaban los 2,5 metros. En cuanto a su poderío físico basta señalar que podían transportar con la trompa nada menos que 500 kilos, o sea, lo que pesa un toro de lidia bien hermoso. Ya podemos imaginar lo que supondría un trompazo de uno de estos adorables animalitos cuando estaban cabreados.






Curiosa ilustración del Speculum
Humanæ Salvationis en la que
vemos el peculiar concepto que se
tenía en la Edad Media de
estos animales
Curiosidad 2: Como es evidente, un elefante come una bestialidad. Unos 200 kilos de forraje al día son precisos para tenerlos contentitos. De ahí que no fuesen capturados para ser adiestrados hasta que no se les calculaba una edad de 20 años, ya que más jóvenes eran aún inservibles y, obviamente, mantener a un bicho así era bastante caro como para tenerlo sin hacer nada. La edad óptima y a la que se obtenía mejor rendimiento de estos animales era alrededor de los 40 años, cuando alcanzaban su plenitud física y todo su poder. Una vez capturados, se les dejaba atados junto a otros elefantes ya domesticados para que fueran perdiendo la agresividad. Cuando permitían que un hombre se aupara sobre su lomo ya se le daba por amansado. Por cierto que los elefantes de sabana nunca fueron usados para la guerra ya que eran y son indomables.



Legionarios romanos bastante preocupados ante la
inquietante presencia de los elefantes de Aníbal
Curiosidad 3: Una de las ventajas que ofrecía el uso de los elefantes consistía en que no solo los hombres les tenía pánico, sino que los caballos también les inspiraban un miedo atroz, por lo que la caballería que tenía que enfrentarse contra los paquidermos solía salir echando leches del campo de batalla por mucho que sus jinetes se empeñaran en hacerles combatir, si bien me temo que dichos jinetes no se esforzaban demasiado ya que tenían la excusa perfecta para largarse de allí: "Lo siento, jefe, el caballo es un cobardica. Mándelo ejecutar por cagueta".






Cota de placas para un elefante de guerra indio
Curiosidad 4: A fin de protegerlos y, a la par, convertirlos en verdaderas armas ofensivas, se les proveía de corazas a base de láminas metálicas o bien de enormes coberturas acolchadas a modo de gigantescos perpuntes, testeras y grebas, en las cuales se podían fijar enormes petos. Para lo segundo, las testeras llevaban cuernos metálicos, y en las trompas les colocaban cadenas con bolas o argollas para que al agitarlas se convirtieran en descomunales manguales. En cuanto a los colmillos, se cubrían con unas puntiagudas fundas de hierro o bronce que los convertían en terroríficas armas capaces de clavar, demoler o levantar cualquier cosa que se pusiera en su camino.



Dos naracas. La de abajo es especialmente efectiva para cortar
vasos sanguíneos y producir grandes hemorragias
Curiosidad 5: Era bastante complicado abatir a estas fieras. Las flechas convencionales prácticamente no les hacían efecto, y se tiene constancia de elefantes que sobrevivieron con más de 80 proyectiles clavados en el cuerpo. Así pues, algunos ejércitos adiestraban tropas específicamente para luchar contra los elefantes, usando armas muy contundentes como hachas o grandes machetes para intentar cortarles los tendones de las patas o las trompas. Incluso se diseñaron armas específicas contra ellos, como la naraca, una flecha creada por los hindúes y fabricada enteramente de hierro a la que se le podía unir una carga incendiaria que, al introducirse en el cuerpo, era bastante efectiva. Otro método para, sino matarlos al menos espantarlos, era arrojar ante ellos vasijas de barro llenas de brea ardiendo que, al romperse, esparcían el pegajoso líquido en todas direcciones.




El rey Pirro, inventor de las victorias pírricas
Curiosidad 6: Lo que más irritaba a un elefante de guerra, aunque parezca un tanto ridículo, es el chillido que dan los gorrinos cuando sienten dolor o miedo. En dos batallas fueron usados con tal fin. Una de ellas fue en la batalla de Maleventum, en la que se enfrentaron los romanos contra las tropas de Épiro al mando del rey Pirro. La otra fue en Megara, cuyos habitantes pusieron en fuga a los elefantes de Antípatro. En ambos casos y para que berrearan a base de bien se les untó con alquitrán y se les prendió fuego, por lo que los desdichados gorrinos dieron tales alaridos que los elefantes dieron media vuelta y se pusieron en fuga. Igual es que eran muy sensibles y no soportaban contemplar tal crueldad, quien sabe...

Bueno, con esto termino por hoy.

Hale, he dicho...

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