martes, 29 de abril de 2014

La infame matanza de Azincourt


Monumentos a los caídos en Azinourt
situado en las afueras de Maisoncelle
Cuando se menciona el nombre de la población francesa de Azincourt- o Agincourt, como vuecedes prefieran- lo habitual es que se venga a la mente la soberana paliza que los hijos de la brumosa Albión, bajo el mando del bravo Harry, le dieron a los gabachos el día de San Crispín de 1415. Los arqueros ingleses, aprovechando su posición elevada, aniquilaron literalmente a la que en aquel momento era la mejor caballería pesada de Europa aprovechando que las lluvias habían enfangado la vaguada por la que se desarrollaba la carga. Pero bueno, no vamos a hablar de la batalla, que más o menos nos la sabemos de memoria, sino de un luctuoso hecho que es por lo general menos conocido: la matanza de prisioneros franceses llevada a cabo tras la batalla por orden de Enrique V.



Enrique V
Es de todos sabido que, según los usos bélicos de la época, los nobles y caballeros siempre tenían la opción de rendirse y poner sus vidas en manos de un enemigo de su mismo estatus para, a cambio de un rescate, poder volver al terruño con la honra más inmaculada que una patena aunque, eso sí, con la faltriquera llena de aire y las tierras pignoradas para poder pagar su rescate. De ahí que, por lo general, el número de bajas entre los pertenecientes a estas clases sociales fuera mínimo, llevándose como siempre la peor parte los milicianos, peones y demás plebeyos. Pero a veces, había excepciones. Ya en 1302, el ejército gabacho de Felipe IV, el mismo que arrasó con los templarios, fue bonitamente barrido del campo de batalla por un ejército compuesto por simples milicianos flamencos en la nefasta jornada de Courtrai, en la que fueron escabechados todos los nobles y caballeros a los que pudieron echar el guante porque dichos milicianos, a los que les daba una higa eso del honor en combate, pasaron de rescates y demás cortesías bélicas y los aliñaron a golpe de goedendag, un básico y brutal pero sumamente eficaz artilugio propio de villanos al que ya se le dedicó una entrada en su día.

Sin embargo, lo de Azincourt fue bien distinto y, para mayor infamia, ordenado por un monarca contra guerreros que se rindieron dando por sentado que sus vidas serían respetadas. Veamos como ocurrió todo...

Los arqueros ingleses, los artífices de
la victoria inglesa
El ejército francés había vendido la piel del oso antes de matarlo. El condestable Charles d'Albret y el mariscal de Francia, Jean Le Maingre, dieron por sentado que el agotado ejército inglés que venía de pasarlas canutas durante el sitio de Harfleur, donde habían caído como moscas a causa de la disentería, serían presa fácil. Por ello, pensaron que bastaría una carga de su arrolladora caballería, compuesta por unos 8.000 jinetes entre nobles, caballeros y hombres de armas para finiquitar al inglés. Pero, como ya sabemos, la caballería fracasó estrepitosamente contra los 3.000 arqueros que los clavaron en el terreno con una candencia de unas 18.000 flechas por minuto, por lo que las desbandadas de jinetes fueron la tónica general en el escaso tiempo que duró la batalla que, según el cronista de turno, va desde apenas media hora hasta tres, incluyendo en ese tiempo los preliminares a la misma. Actualmente se da por cierto que comenzó a las 11 de la mañana y se alargó hasta aproximadamente las dos de la tarde.

En plena escabechina, un señor por nombre Isembart d'Agincourt aprovechó su conocimiento de la comarca al ser, como se puede suponer por su nombre, un hidalgo local. Junto a 600 peones, varios hombres de armas y tres nobles por nombre Robinet de Bournonville, Ralph de Gaucourt y Riflart de Clamasse avanzó por el lado derecho del campo inglés hasta el campamento de los mismos, el cual estaba guardado por los pajes y demás personal no combatiente como forrajeadores, criados, cocineros, etc. O sea, que estaban vendidos ante 600 gabachos muy cabreados por la soba que les estaban dando. En una rápida acción, mataron a los que pudieron y tomaron algo de botín para retornar a sus filas cuanto antes. Entre lo que pudieron pillar había una corona de Enrique -llevaba otra de mayor tamaño decorando su bacinete- y una espada de corte con la empuñadura llena de pedrería. Cuando llegó a oídos del Enrique la noticia, siendo como era un hombre de naturaleza un tanto iracunda, parece ser que se irritó bastante, lo cual era normal porque eso de atacar pajes y cocineros gordos estaba feo e iba contra las normas de la guerra.

Y mientras que los gabachos le ponían el campamento patas arriba, un contingente del ejército enemigo que aún no había entrado en combate perteneciente a la tercera línea de batalla llevó a cabo un contra-ataque a la desesperada. Robert de Bar, conde de Marle, Waleran de Raineval, conde de Fauquembergues, y los señores de Louvroy y Chin junto a 600 hombres de armas a caballo iniciaron una carga contras las líneas inglesas. Marle y Raineval, que por cierto dejaron el pellejo en la intentona, se habían juramentado para dar muerte al mismo Enrique V. Según la Vita Henrici Quinti, esa postrera carga que acabó en desastre y con la muerte de sus dos caudillos fue el detonante para que Enrique decidiera finiquitar a los prisioneros franceses que, en aquel momento, estaban siendo recontados por sus captores. Según uno de los capellanes que acompañaban al ejército inglés, en aquel momento fue cuando el monarca ordenó que comenzara la matanza.

Sin embargo, parece ser que tanto el asalto del campamento como el desastroso contra-ataque encabezado por Marle y  Fauquembergues fueron más una excusa de tipo moral o una justificación ante sí mismo y su gente que las verdaderas razones por las que el rey inglés ordenó aquella brutal matanza. ¿Por qué pues se llevó a cabo?

Espada original de Enrique V depositada en la
abadía de Westminster
Enrique, a pesar de la brillante victoria que acababa de obtener, no las tenía todas consigo. Sus tropas estaban agotadas, mientras que los franceses, aunque derrotados, aún podían darle un sobresalto. Por otro lado, los prisioneros aun conservaban sus armas ya que, tanto en cuanto se habían rendido, se consideraba que su honor les impediría alguna treta. Pero eran cientos de ellos los que esperaban ser "catalogados" para saber quienes eran y calcular la cuantía de su rescate. Cuando el monarca ordenó comenzar la matanza sus mismos nobles se opusieron alegando que era un acto indigno de caballeros y le suplicaron que no cometiera semejante infamia contra los usos de la guerra. Pero Enrique fue inflexible. En vista de que ni uno solo de sus nobles accedió a ello, se encargó de la escabechina un squire(1) al mando de 200 arqueros, los cuales no tuvieron los escrúpulos de conciencia de sus señores tanto en cuanto les daba una higa que fuera una matanza nada honorable y, además, para eso les cortaban a ellos los dedos índice y corazón de la mano derecha cuando el enemigo les echaba el guante. 

Mêlée en plena batalla. El mazo que se ve al final
representa a Guillaume Martel, señor de Bacqueville y
portador de la "Oriflamme". Martel murió en combate
y la bandera sagrada desapareció en el campo de batalla 
La masacre fue un espectáculo dantesco ya que los franceses, que aún estaban cubiertos por sus armaduras, hicieron lo posible para defenderse. Por ello, y ya que era el rostro el único punto vulnerable ante las armas de sus verdugos, se ensañaron contra esa zona del cuerpo. Según Jean le Fevre, señor de Saint Rémy, que lo presenció todo, "sus cabezas y caras fueron despedazadas". Y los que tuvieron tiempo de bajarse el visor de sus bacinetes en un postrero intento de librarse de aquella infamante muerte fueron apuñalados a través de los ocularia de los mismos. La masacre tuvo lugar hacia media tarde y solo se libraron de ser asesinados vilmente muy pocos nobles de elevado rango, como los duques de Orleans y de Borbón. Aunque se desconoce el número exacto de víctimas, se cifra en unos mil los combatientes de linaje que fueron apiolados, lo cual arroja un número de bajas totales escalofriante ya que en la batalla habían entregado la cuchara unos 5.000 hombres más entre nobles y plebeyos. Curiosamente, nadie criticó a Enrique V por el crimen. Es incuestionable que los ingleses han sido y serán unos maestros en la propaganda ya que sus derrotas las han hecho pasar por victorias o han logrado que todo el mundo las olvide, y sus matanzas han sido siempre justificadas con los motivos más peregrinos, como el caso que nos ocupa. En esta ocasión, cargaron con el muerto los caballeros que asaltaron el campamento y el conde de Marle y su gente que, como era su obligación, intentaron cambiar el curso de la batalla aún estando ya perdida. Pero los hijos de Albión son así de listos, que carajo...

En fin, lo que hizo Enrique de Lancaster aquella nefasta jornada de San Crispín de 1415, estuvo muy, pero que muy feo, sangre de Cristo.

Algunas curiosidades curiosas

1. La señal a los arqueros para que diera comienzo la tormenta de miles y miles de flechas no la dio el rey Enrique, como se suele representar, sino sir Thomas Erpingham, el comandante de los arqueros. Cuando vio que estos estaban a la distancia adecuada, lanzó su bastón de mando al aire y gritó: "¡Nestroque!". Esa fue la señal para iniciar la escabechina. 

2. Arthur Machen, un escritor y periodista galés especializado en relatos de terror, publicó a comienzos de la Gran Guerra una serie de relatos con fines propagandísticos en los que los espectros de los arqueros que lucharon en Azincourt ayudaron a las tropas británicas durante la batalla de Mons en septiembre de 1914. Lo mejor de todo es que mogollón de gente se lo creyó a pie juntillas.

3. En Azincourt hubo de por medio algunas armas de fuego, si bien no se mostraron especialmente eficaces. Se sabe que, por ejemplo, en el bando inglés se produjo una sola baja como consecuencia de un disparo, concretamente un arquero que fue aliñado bonitamente por un trueno de mano.

4. Antoine, duque de Brabante, fue una preclara muestra de que la falta de puntualidad puede acarrear serios disgustos. Llegó cuando la batalla ya estaba a punto de comenzar, por lo que no tuvo tiempo de armarse y debía unirse a su gente, 800 caballeros y hombres de armas selectos situados en el ala derecha. Por ello, y ansioso de gloria y tal, no esperó y echó mano del escudo de un trompeta de su mesnada por lo que, al caer prisionero, no fue identificado como todo un personaje. Así pues, fue apiolado en la masacre final pensando que se trataba de un pelagatos cualquiera. 

5. La batalla fue bautizada por el mismo Enrique. Cuando se presentó ante él Mountjoye, el heraldo francés, para reconocer su victoria, le preguntó por el nombre de un castillo que se atisbaba a lo lejos. Mountjoye le respondió que se trataba del castillo de Azincourt, a lo que Enrique replicó: "Como todas las batallas, estas deben tomar su nombre de la fortaleza, villa o ciudad más cercana donde tuvieran lugar. Esta batalla, desde ahora y para siempre se llamará batalla de Azincourt". El castillo y la población aneja quedaban cerca del ala derecha del ejército francés cuando se desplegó para entrar en batalla.

Hale, he dicho...

1. El término inglés squire no solo se aplicaba en aquella época a los escuderos, sino también a los hombres pertenecientes a la baja nobleza rural. Es un título que no tiene traducción al español, pero sí una equivalencia que podría ser, en este caso, la de hidalgo o infanzón. Como las crónicas no especifican si el que fue puesto al mando de los arqueros era un escudero o un infanzón he preferido dejar el término en su lengua original si bien, a mi entender, debió ser un infanzón ya que un escudero era demasiado joven para semejante encargo- un adolescente o poco más- y, además, no tenían rango para mandar una tropa. 

Pertenecer a lo más granado de la nobleza no lo eximía a uno de ser escabechado en un barrizal asqueroso adobado
con sangre tanto de hombres como de caballos, así como de boñigas de sus carísimos y poderosos bridones mezcladas
con las tripas de los mismos de cuando los peones los abrían en canal metiéndose entre sus patas. Esta ilustración
es una preclara muestra de que la gallarda y gentil guerra medieval idealizada por todo el mundo era tanto o más
nauseabunda que las de nuestros días.


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