lunes, 26 de enero de 2015

Tópicos sobre las cargas de caballería




Hay bastantes tópicos extendidos entre los ciudadanos interesados en cuestiones equino-militares que no se molestan en profundizar en el conocimiento del tema, y que radican por lo general en una serie de estereotipos que, como suele pasar casi siempre, han sido propalados por la literatura o el cine. Este último medio, el cual siempre he considerado como un nefasto propalador de camelos en vez de una eficaz herramienta para divulgar conocimientos a la par que solaz y entretenimiento al personal, ha buscado ante todo la vistosidad del espectáculo antes que el rigor histórico, y de ahí precisamente la creación de esa serie de tópicos que siguen pululando por las mentes de las "personas humanas" que gustan de estos temas.

Los cuadros de picas junto con las mangas de arcabuceros
acabaron con el reinado de la caballería. Como demostraron
los Tercios españoles, una infantería disciplinada
solo podía ser derrotada por la infantería
Como es de todos sabido, la caballería se instituyó como el arma decisiva durante la Baja Edad Media. La evolución del jinete hacia un caballero pesadamente armado y adiestrado ex-profeso para combatir a caballo- según vimos en la entrada dedicada al origen de esta fuerza militar- se convirtió en algo tan devastadoramente eficaz que nada era capaz de hacerle frente. Ello se debía, más que a la potencia en sí de los poderosos bridones y a la destreza de sus jinetes, a la falta de profesionalidad de la infantería de la época. Estos infantes, guerreros de circunstancias que combatían como milicianos conforme a las leyes de la época, eran simples labriegos y campesinos que eran llamados a la guerra por sus señores y que acudían a la misma mal armados y con escasa o ninguna preparación. Si nos ponemos en el lugar de uno de estos milicianos, no hace falta hacer un gran esfuerzo imaginativo para intuir lo que debían sentir al verse venir sobre ellos cien o doscientos caballos enormes cargando estribo contra estribo y cabalgados por profesionales de la guerra provistos de un armamento defensivo y una destreza en su oficio a años luz de la que tenían ellos. Obviamente, salvo que la carga se dirigiera contra mesnadas nutridas por mercenarios o milicianos muy disciplinados y con un nivel de entrenamiento adecuado, el empuje de los caballos coraza desbarataría a la infantería en un periquete y saldrían echando leches del campo del honor como si vieran aparecer en casa un domingo por la mañana al cuñado acompañado de toda la prole incluyendo a su mamá y al chucho adoptado por aquello de la solidaridad con los animalitos. Terrorífico, ¿no?

El mosquete provisto de una larga bayoneta convirtió al
piquero y al arcabucero en un solo hombre
Bien, como ya sabemos, el Renacimiento trajo consigo la profesionalización de los ejércitos y, con ello, el comienzo del declive de la caballería como arma definitiva, retornando la infantería a su antiguo papel de reina de los campos de batalla. Pero el punto de inflexión llegó a partir del siglo XVIII, cuando las batallas las reñían ejércitos de miles de hombres, y los estrategas ya no podían basar el éxito de la jornada en un movimiento fulgurante de sus tropas y sanseacabó. Antes al contrario, las batallas se convirtieron en verdaderas partidas de ajedrez que duraban horas y horas y en las que un error a la hora de mover una determinada unidad en el tablero podía costar muy caro. Y en ese maremagno de tropas distribuidas en una extensión de terreno enorme estaba la gloriosa y gallarda caballería la cual, muy a pesar suyo, ya no tenía el protagonismo de antaño a pesar de que se suele pensar lo contrario. Así pues,¿cómo y bajo qué premisas se decidía llevar a cabo una carga? A ello vamos...

Coraceros españoles
Ante todo, conviene diferenciar entre los distintos tipo de unidades de caballería: caballería ligera, formada por húsares armados con sable y tercerola y empleada sobre todo para misiones de exploración, enlace, hostigamiento o persecución del enemigo en retirada; dragones, que eran jinetes que valían para combatir tanto a caballo como a pie, siendo enviados donde las circunstancias lo requirieran y provistos de un armamento similar al de los húsares; y la caballería pesada o caballería de línea, heredera directa del concepto de la caballería medieval, formada por unidades de coraceros y armados con espada y una o dos pistolas de arzón, de forma similar a los añejos reitres de finales del siglo XVI y el primer cuarto del XVII. La caballería de línea era obviamente la que llevaban el mayor peso de las acciones contra los cuadros de infantería enemiga, si bien no como se suele imaginar. 



Si la infantería no podía cerrar filas o flaqueaba y era
desbordada, la caballería se introducía entre sus filas
a sablear a su sabor al personal. El paso siguiente sería
intentar reagruparse o, en caso contrario, la desbandada
Salvo contadas ocasiones en que una carga improvisada o lanzada al comienzo de la batalla era decisiva, el empleo táctico de estas unidades estaba supeditado a una preparación artillera previa. Sí, aunque suene un poco raro, ya en el siglo XVIII se tenía claro que la caballería pesada no podía intervenir si la infantería no había sido "ablandada" a base de cañonazos que abrieran huecos entre sus filas y desorganizase los cuadros. Era en ese momento cuando, aprovechando el desconcierto y el caos entre los enemigos, se ordenaba cargar a las unidades de coraceros que, previamente apercibidos y que aguardaban la orden en formación, podían acabar de romper la línea de la infantería enemiga atacando de flanco preferentemente. La idea era pues hacer uso de la caballería para rematar lo que previamente había iniciado la artillería o bien, si las circunstancias lo aconsejaban, aprovechar el cansancio de los enemigos tras un largo combate contra la infantería propia para, del mismo modo, dar el empujón final que les obligase a batirse en retirada. Otra opción consistía, según opinaba Wellington, en usar la caballería como una especie de "infantería rápida" que aprovechase el desconcierto o el cansancio enemigo para ocupar sus posiciones mientras que la infantería propia avanzaba para ser ellos los que, finalmente, los expulsaran o aniquilaran. 

Hay que tener en cuenta que en cuanto el enemigo se percatase de que la caballería maniobraba para iniciar una carga, obviamente dirigirían sus recursos contra ellos en forma de disparos de artillería -con balas, granadas o bien con botes de metralla-, lanzando a su propia caballería mediante una contracarga y, naturalmente, un nutrido fuego de fusilería que también hacía estragos entre los jinetes que avanzaban a pecho descubierto y que no podrían ofender al enemigo hasta llegar al contacto. Pero hasta que ese momento llegase muchos caballos volverían de vacío a las líneas de partida, y hablamos de verdaderas escabechinas a veces. Un ejemplo bastante gráfico lo tenemos en la imagen de la derecha, que muestra la famosa coraza del carabinero Antoine Favreau, cuya caja torácica sufrió ciertos desperfectos en Waterloo cuando una bala de cañón puso a prueba la resistencia de la elegante coraza de latón que cubría su cuerpo.  


Aunque esta es la imagen que suele aparecer en las mentes
del personal, la realidad era un poco diferente. Un aspecto
que también influía en lo tocante a la velocidad era el
estado del terreno, que podía obligar a actuar con más
parsimonia si no querían verse enterrados en fango o en
el fondo de una zanja o un arroyo 
Precisamente este estado de indefensión durante el avance era ya motivo de controversia en su época. Así, mientras unos decían que había que cargar con la mayor velocidad posible precisamente para estar el menor tiempo posible bajo fuego enemigo, otros apostaban por mantener el orden de la formación ya que, de lo contrario, se perdía su mayor baza: la potencia de la masa. En todo caso, lo habitual era avanzar al trote o con un galope sostenido ya que, como es obvio, todos los caballos no eran capaces de correr a la misma velocidad a galope tendido, así que era preferible ir más despacio sin perder la formación aún a costa de sufrir un mayor número de bajas. El galope se reservaba para el tramo final, que no solía ser mayor de 50 o 70 metros, o para cuando el enemigo optaba por salir en desbandada y poder así arrollarlos. 


Carga en línea 
Por otro lado, es también inexacta la creencia de que los escuadrones atacaban por norma en masa, formando un amplio frente. En realidad, la distribución de las tropas sobre el campo de batalla estaba condicionada ante todo por el terreno, que podría permitir o no determinados despliegues. En caso de tener ante sí un espacio lo suficientemente amplio sí se cargaba formando líneas y estribo contra estribo, pero si el espacio disponible era inferior se podía optar por disponer los escuadrones de forma escalonada de forma que actuaran en oleadas consecutivas. Al ofrecer una línea más reducida se perdía poder de choque, pero se compensaba con cargas sucesivas, o bien los escuadrones que marchaban tras el que abría la formación se encargaban de intentar envolver al enemigo por los flancos mientras estos estaban ocupados en detener la carga central. En fin, tácticas había muchas, y cada comandante elegía la que podría convenirle en cada momento. Lo que sí debe quedar claro es que la caballería pesada no atacaba en plan masa enloquecida sin orden ni concierto como sale en las pelis porque, y eso se pudo comprobar en su día más de una vez, cargar así era totalmente inútil contra cuadros de infantería que iniciaban un devastador fuego de fusilería en cuanto los tuvieran a tiro. Un jinete aislado no tenía absolutamente nada que hacer contra las bayonetas que erizaban los cuadros de infantes y que se clavarían tanto en él como en su montura nada más llegar al contacto. 


Si la infantería era capaz de mantener las filas cerradas
y no se dejaba acojonar, tenía muchas posibilidades de
rechazar la carga incluso antes de llegar al contacto a
base de mantener una férrea disciplina de fuego
Y para poder mantener ese orden era necesario, como ya se comentó más arriba, avanzar siguiendo unos cánones previamente establecidos en lo referente a la cadencia del paso de los caballos. Esas cargas a galope tendido que tanto molan en las películas eran simplemente inviables ya que los caballos, por si alguien no ha caído en la cuenta, son unos animalitos que no solo se asustan cuando les disparan, sino que se cansan horrores cuando se les obliga a galopar con un ciudadano encima que pesa sus buenos 80 o 90 kilos incluyendo armas y silla. Así pues, la formación avanzaba al trote hasta que se encontraban a unos 200 metros de la línea enemiga. Sí, evidentemente caían muchos como consecuencia de los disparos de la artillería enemiga cuyas balas, rebotando sobre el suelo, se llevaban por delante a varios caballos de una tacada, pero nadie dijo que las cargas fuesen facilonas y gratas para nadie. Así pues, como digo, avanzaban en buen orden hasta que a unos 200 metros se ordenaba iniciar el galope el cual se mantenía hasta que, apenas a unos 50 metros, se ordenaba cargar. 


Toque de carga, comienza la fiesta
En ese momento es cuando se espoleaba a las monturas y se avanzaba a galope tendido extendiendo el brazo que portaba la espada, porque, y ese es otro tópico, mantener la espada con el brazo extendido un rato cansa una burrada. Y si no, prueben vuecedes a mantener apenas un kilo de peso en la mano durante dos o tres minutos y ya me dirán. Había que reservar las fuerzas para el momento supremo tanto en hombres como en caballos, y agotar a ambos antes de tiempo para que quedase la cosa bonita es el enésimo tópico chorra. Además, eso de que todo el escuadrón cargaba enfilando las espadas es otro camelo. De hecho, solo los componentes de la primera línea apuntaban con sus armas al enemigo. Las líneas que marchaban detrás las mantenían en posición vertical hasta el contacto. Por cierto que los húsares, que como se ha dicho iban armados con sables en vez de con espadas, en vez en enfilar los mismos hacia el enemigo los enarbolaban sobre sus cabezas ya que eran armas para herir de filo, por lo que tras el contacto lo que harían sería golpear a arriba abajo, y no herir de punta como un coracero armado con una espada.


Así pues, y resumiendo, las fases de una carga serían así: tras disponer a las tropas se ordenaba desenvainar la espada. Ojo, no se extraía sin más de la vaina, sino que se aseguraba a la muñeca mediante un fiador como el que vemos en la foto de la izquierda. El fiador era un cordón más o menos decorado provisto de un nudo corredizo y cuya finalidad no era otra que impedir la pérdida de la espada. Tras desenvainar y fiar el arma se iniciaba el avance al trote. A unos 180-200 metros, el corneta tocaba a carga y del trote se pasaba a un galope sostenido procurando mantener el orden en la formación. Finalmente, a unos 50 metros, el comandante del escuadrón enarbolaba su espada, ordenaba cargar a viva voz y se lanzaban los caballos a galope tendido hasta llegar al contacto. 

En fin, como hemos visto las verdaderas cargas se alejan un tanto de las que suelen figurar en el imaginario popular. Ni eran tan caóticas, ni galopaban cientos de metros antes del contacto, ni iba cada uno a su bola. Antes al contrario, se intentaba mantener el orden en las filas, no se enarbolaban las espadas dos horas antes de usarlas, se galopaba lo justo e incluso se distribuían en la formación a los suboficiales para que el personal no se largara antes de tiempo o se despistara porque, por ejemplo, en las cargas en línea era habitual que los situados en los extremos tendieran a abrirse más de la cuenta perdiendo incluso el contacto con la formación. Así pues, colocaban en los extremos a los sargentos que, como hombres más experimentados, guardaban mejor el orden cerrado. Resumiendo: ojo con los tópicos, que suelen despistar a cualquiera y luego queda uno fatal cuando discute acaloradamente con el cuñado que, de forma despiadada, te acaba demostrando que estabas en un error.

Bueno, vale por hoy.

Hale, he dicho...


En el cuadro queda bastante molón pero, en la realidad, la separación entre los efectivos del escuadrón
haría inservible el esfuerzo y la infantería podría rechazar la carga sin muchas complicaciones

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