lunes, 6 de abril de 2015

Curiosidades callejeras de Sevilla I


Plano de Sevilla trazado por Pablo de Olavide en 1771. Obsérvese que la plaza de toros de la Real Maestranza
estaba en aquella época en mitad de un descampado

Todas las ciudades tienen sus calles o lugares peculiares que encierran pequeñas historias o anécdotas que, sin embargo, suelen ser desconocidas no solo por los forasteros sino incluso por los mismos habitantes de la población. ¿Quién no se ha parado alguna vez a preguntarse quién sería el fulano al que dedicaron tal calle, o por qué tal sitio tiene un nombre un poco raro o de arcano origen? Pues eso ocurre bastante en Sevilla que, de hecho, incluso tiene calles cuyo verdadero nombre no conocen ni los municipales ya que, por norma, se recurre a su denominación tradicional que igual se remonta a la Edad Media. Un ejemplo:

-Oiga, ¿ande cae la plasa de Jesú de la Pasión?- pregunta uno a un probo ciudadano.

-¿Jesú de la Pasión dise uhté?- inquiere el interfecto con jeta de despiste-. Po ni idea. ¿L'han disho que é aquí en'er sentro?

-Sí, al lao la plasa'er Sarvaó.

-Al lao'er Sarvaó ehtá la plasa'er Pan, jefe. La que uhté dise no la he'cushao en mi vía.

Total, tras preguntar a varios probos ciudadanos que igualmente desconocen la ubicación de la mentada plaza y, finalmente, a un municipal que tiene que recurrir a un callejero de bolsillo te enteras de que, mira por donde, la plaza de Jesús de la Pasión y la plaza del Pan son la misma cosa, solo que todo quisque la conoce por ese último nombre. Veamos pues algunos de estos casos y los motivos de sus denominaciones, lo cual nos vendrá de perlas para hundir en la miseria al cuñado que siempre suelta eso de "yo conohco Sebiya mejón que naide". Y un carajo pa tí, cuñao. Veamos pues...

Prado de San Sebastián

El Prado de San Sebastián a finales del siglo XIX en
plena feria del ganado
Es quizás uno de los lugares más emblemáticos de Sevilla ya que fue donde se celebró la universalmente conocida Feria de Abril hasta el año 1972. Así mismo, en dicho lugar se encuentran los juzgados en los que a diario aparece la juez Alaya con su maleta rodante llena de expedientes de ERE's fraudulentos y, como añadido, donde está la parte trasera de la monumental y también bastante famosa plaza de España. Sin embargo, pocos saben que originariamente era un enorme ejido que ocupaba una superficie mucho mayor que la actual y que, tras la reconquista de Sevilla en 1248, se usaba para que el ganado pastase apaciblemente. Su denominación se remonta a finales de la Edad Media, cuando se construyó en la zona una ermita dedicada al santo lleno de flechas que solemos ver en muchas iglesias. Como digo, su extensión era mucho mayor que la actual ya que abarcaba todo lo que actualmente son los barrios de El Porvenir y San Bernardo. Durante siglos fue una zona muy húmeda ya que se inundaba cada dos por tres cuando el arroyo Tagarete se salía de madre, lo que producía abundosos pastos para el ganado tanto de leche como los que iban a ser sacrificados en el matadero que había junto a la Puerta de la Carne, una de las puertas de la muralla denominada así precisamente por ese motivo. 

Pero aparte de ser un agradable prado ganadero era un lugar de esparcimiento cuando el vecindario querían dejar de lado el bullicio capitalino. De hecho, no fue hasta 1846 cuando se empezó a usar como emplazamiento de la feria del ganado que, posteriormente, dio lugar al festejo puramente lúdico allá por 1913, cuando el ayuntamiento instaló la primera caseta que imitaba el interior de una casa tradicional sevillana con su patio, sus sillas de nea pintadas de vivos colores, etc. El origen de las famosas casetas proviene de meros sombrajos a modo de tabernas de circunstancias en los que los tratantes de ganado alternaban y cerraban sus tratos remojando el gaznate con los deleitosos caldos jerezanos o del Condado.

El cementerio hacia 1830. Tras el mismo asoma la ermita
de San Sebastián
No obstante, el Prado no solo tuvo usos festivos, sino también bastante lúgubres ya que junto a la ermita del santo asaeteado hubo un cementerio durante muchos años y, además, en el lugar se cavaron multitud de fosas comunes para depositar los cientos de muertos que producían las epidemias de peste, fiebre amarilla o cólera producidas a lo largo del tiempo. La última vez que se hizo uso del Prado para tal fin fue durante la epidemia de cólera de 1860 en la que, según testigos de la época, no se daba abasto para enterrar a tanta gente. Existe la creencia de que dicha fosas se encontraban precisamente bajo el lugar donde se celebraba la Feria de Abril, pero es al parecer uno de los muchos bulos que se suelen correr porque eso de estar de cachondeo encima de mogollón de occisos por lo visto da morbo al personal.

Otra vista de El Prado hacia la ciudad. De izquierda a derecha vemos
la Torre del Oro, la Fábrica de Tabacos, actual universidad, y la
Giralda.
En todo caso, no solo fue usado para dar tierra a los difuntos hispalenses, sino también para purificar mediante el fuego a los relapsos que se obstinaban en mantener sus herejías, los cuales eran cremados en el quemadero que la Inquisición tenía para tal fin instalado en el espacio que hoy ocupa la estatua ecuestre del Cid, y cuyos cimientos aún perduran bajo el granítico pedestal  de la misma. Y no se molesten en preguntar a alguien que donde está la avenida de Carlos V porque casi nadie lo sabrá. Mejor preguntan por el Prado de San Sebastián, que es por el que transcurre la citada avenida, la cual ostenta ese nombre desde 1928. Anteriormente, cuando se abrió la misma en 1868, fue rotulada como Ruiz Zorrilla. Y antes de eso no se llamaba de ninguna manera porque ni había avenidas ni gaitas, solo campo mondo y lirondo.

La Pasarela

Que nadie se moleste en buscarla en un callejero porque La Pasarela no existe. Sin embargo, no pregunten a nadie por la plaza de Don Juan de Austria, porque ni el tato sabe donde está. Mejor pregunten por La Pasarela, que es como se conoce el lugar desde finales del siglo XIX y lo que te rondaré morena. La plaza de Don Juan de Austria se encuentra, como podemos imaginar, al inicio de la avenida de Carlos V citada más arriba. Qué menos que poner a padre e hijo cerca el uno del otro, ¿no? 

Bueno, a la derecha vemos el motivo del nombre: una pasarela metálica que se inauguró el 18 de abril de 1896 precisamente para que sirviese de mirador del real de la Feria hispalense. Fue diseñada por el ingeniero don Dionisio Pérez Tobía y construida en la fundición sevillana Perea Hermanos. La imagen muestra el aspecto de la estructura, la cual constaba de cuatro escaleras y un mirador central en el que los sebiyanos gozaban de la estimulante ascensión al mismo, experiencia mística que a más de una damisela le costaría un desmayo y la posterior aspiración de sales para recuperarse de la emoción ante tan inusitado riesgo. 

El adefesio, porque en realidad era fea de cojones y pintaba allí lo mismo que una zanfoña en un concierto de rap, fue desmontado en 1920 y sustituido por una fuente chulísima de la muerte que representa a las Cuatro Estaciones, obra de don Manuel Delgado Brackenbury, como parte de los numerosos monumentos creados con vistas a la Exposición Iberoamericana de 1929, muchos de los cuales han desaparecido a lo largo del tiempo a causa de la ancestral e incurable incuria de los solones hispalenses. Les suena la fuente de marras, ¿no? Bueno, pues esa es la plaza de Don Juan de Austria. Ah, el edificio de la derecha es el que alberga los juzgados donde habita la juez Alaya antes mentada y donde elabora sus listas de decenas de implicados en el vil latrocinio que los sindicatos y la Junta de Andalucía han mantenido durante lustros y lustros. Mala peste se los lleve a todos, amén de los amenes.

La Carretera Amarilla

Los panaderos de Alcalá ante el tren que los traía y llevaba a diario
para vender en Sevilla el que, sin duda, es el mejor pan del mundo.
Que nadie cuestione mis palabras. Un bollo alcalareño con manteca
colorá es una ambrosía que el mismo Júpiter Tonante desearía catar
para sentirse un auténtico y verdadero dios.
Hoy día, lo único que hace referencia a la Carretera Amarilla es un polígono industrial con ese peculiar nombre situado en la autovía A-92 que une Sevilla con Málaga y Granada hasta Almería. Pero antaño, la Carretera Amarilla era como se denominaba vulgarmente al tramo inicial de carretera en dirección a Alcalá de Guadaíra, primera etapa del camino cuando se dirigía uno hacia el este. Por ejemplo, Washington Irving paró en Alcalá a almorzar cuando se dirigía hacia Granada a componer sus famosos cuentos, ya que dicha población está a unos 20 km. de la capital si consideramos que Sevilla se terminaba en aquellos tiempos en la muralla. Bueno, pues el origen de tan colorido nombre no se debe más que al hecho de que, hasta no hace muchas décadas, ese tramo de carretera no estaba asfaltado ni adoquinado, sino provisto de un firme de albero extraído precisamente de la canteras alcalareñas. Según me contaba mi abuelo materno, que en los años 50 se pudo comprar una Vespa con sidecar, los domingos primaverales era especialmente deleitoso darse un garbeo por dicha carretera y parar en cualquier venta a tomar el aperitivo ya que, durante todo el recorrido, estaba flanqueada por árboles que formaban un frondoso y fresco túnel. Lo malo es que el sidecar era para su suegra, mi bisabuela, que se las fumaba en pipa. No obstante, jamás manipuló el sidecar para que la suegra tomara camino por su cuenta en la primera curva, lo cual le honra... aunque... ahora que lo pienso, igual no lo hizo porque encima de la bisabuela viajaba también mi madre, una cría en aquellos años.

Plaza del Duque

Con esta plaza nadie tiene problema, la conoce todo el mundo. Sede desde los años 6o del primer Cortinglé que se abrió en Sebiya a costa de perpetrar una de las mayores infamias urbanísticas cometidas en la capital hispalense: derruir el palacio de Sánchez-Dalp, una joya como pocas se han visto. En todo caso, hasta los críos de teta saben donde está la plaza del Duque, e incluso si uno pregunta a un alienígena de Raticulín le indicará sin dudarlo. Su nombre completo es plaza del Duque de la Victoria, y ahí es donde empezarían los problemas a la hora de informarse en profundidad.

-Oiga, ¿sabe uhté quién era er duque ese?

El ciudadano interrogado mira al firmamento en busca de una revelación que no lo deje en evidencia.

-Po... güeno, po... po un duque, cohone. Er duque, yo que sé...- farfulla el angustiado ciudadano intentado salir del brete como sea.

-Sí, er duque, pero ¿qué duque? Porque la ehtatua que se ve'n mitá la plasa no é de un duque, é de Velahque, er pintó.

-Oiga, ¿va uhté a darme musho la murga con'er duque de lo cohone? ¿Qué má le dará a uhté qué duque é, hohtia? Po un duque y punto- gruñe el ciudadano poniéndose un poco agresivo- ¡Y váyase uhté ya a tomá por culo con'er duque de lo cohone, coño!

Bueno, antes de que al probo ciudadano le estalle una arteria del cerebro mejor no insistir, ya lo digo yo. El duque al que se dedicó tan famosa y céntrica plaza era el general don Joaquín Baldomero Fernández-Espartero y Álvarez de Toro, más conocido como el general Espartero a secas y por tener un caballo provisto de unos testículos de un tamaño muy superior a lo habitual en esos equinos. La plaza se rotuló con ese nombre en 1841 en conmemoración de su nombramiento el año anterior como regente durante la minoría de edad de Isabel II y, por cierto, ha sido el único ciudadano en ostentar el título de alteza real sin ser de sangre azul. No obstante, antes de recibir la citada plaza el nombre de Duque de la Victoria ya en el siglo XVI era llamada plaza del Duque de Medina Sidonia por ser el lugar donde tenían un palacio los nobles de esta familia desde el siglo anterior. En definitiva, solo cambiaron de duque, vaya. Y un añadido curioso más: esta plaza fue renombrada como del general Queipo de Llano tras la Guerra Civil si bien, como ocurrió con tantas calles sevillanas dedicadas a los protagonistas del alzamiento militar, todo el mundo las seguían llamando por su nombre de siempre. Es más, casi juraría que el mismo Queipo se refería a ella como plaza del Duque en vez de como plaza de Yo Mismo. Naturalmente, durante la Transición mandaron a hacer puñetas el rótulo en honor al belicoso y parlanchín general y le devolvieron el original.

Plaza de la Virgen de los Reyes

Creo que podría jurar por mis barbas sin perder ni un pelo de ellas que todo aquel que ha pasado por Sebiya ha sacado esta foto o, al menos, una perspectiva muy similar:



Acceso norte al patio según un grabado
de Pedro Tortolero, siglo XVIII. A la
derecha está la entrada al Patio
de los Naranjos por la nave del Lagarto
Les suena, ¿no? Es la panorámica que ofrece la catedral desde la plaza de la Virgen de los Reyes, rotulada en honor a la patrona de la archidiócesis de Sevilla desde 1936. Anteriormente, este emplazamiento ha ido cambiando de nombre muchas veces, pero lo relevante en este caso no es el nombre o que la gente lo conozca, sino que en ese lugar estuvo el Corral o Patio de los Olmos. "¿Y qué corral es ese, oiga? Yo conozco el Patio de los Naranjos, pero ese de los olmos como que no",  se dirán más de uno y más de dos. Bueno, pues el patio de marras era un espacio cerrado que se edificó en el lugar donde actualmente está la plaza para dar cabida a las dependencias de los cabildos catedralicio e hispalense a partir de la reconquista de la ciudad.

En 1533, el cabildo de la ciudad se largó a su actual emplazamiento en la Plaza Nueva, quedando el patio ocupado por los canónigos de la catedral mientras esperaban a que terminaran las obras de lo que sería su sede, correspondiente a la parte renacentista del magnificente edificio en el flaco sur de la mismo. La cosa se la tomaron con paciencia ya que no fue hasta 1592 cuando pudieron estrenar la fastuosa sala capitular, quedando desde aquel momento sin uso el corral de marras. A fin de sacarle provecho, el cabildo decidió reservar algunas dependencias para alojar clérigos de paso y alquiló el espacio restante a comerciantes con el propósito de quitarlos de las gradas de la catedral. Ello conllevó que también se instalaran mesones, tabernas y locales de esparcimiento que, como está mandado, con el paso del tiempo acabaron convirtiendo el corral en un putiferio donde se reunía lo más granado de la gentuza urbanita, desde tahúres y jugadores de ventaja a daifas y mancebos de toda condición pasando por matasietes, fanfarrones, bribones y toda la marinería que pululaba por la urbe al ostentar Sevilla el monopolio del tráfico marítimo con las Indias. Obviamente, eso de que todo el golferío, el latrocinio, la fornicación y demás vicios nefandos tuvieran lugar junto a la sede hispalense estaba muy feo, pero parece ser que las jugosas rentas que el cabildo obtenía del puñetero corral les aliviaba la conciencia. 

Finalmente, en 1790 decidieron derribar el puñetero corral aduciendo, y en eso tenían razón, que restaba vistosidad a la grandiosa catedral y, de paso, mandaban a hacer gárgaras a toda la mafia que se juntaba en el corral cuya superficie aproximada podemos ver en la imagen cenital inferior.



Según vemos, había una puerta orientada hacia el sur (marcada en rojo en la parte inferior del trazado) y dos al norte, junto a la Giralda. Habría otra hacia la parte derecha de la imagen, en dirección a la judería que se encontraba en lo que hoy es el barrio de Santa Cruz. Por último, mencionar que el nombre de Corral de los Olmos no se debía a que en su interior hubiera árboles de ese tipo, como ocurre en el Patio de los Naranjos, sino a una imagen de la Virgen de los Olmos que tras la demolición del corral se colocó en una hornacina en la Giralda. Ojo, la que vemos hoy día es una copia. La original se encuentra en el interior de la catedral, concretamente en la capilla de San Antonio. A la derecha tenemos la imagen original y, dentro del círculo rojo, la hornacina en la fachada este de la Giralda en la que reposa la copia realizada por Juan Luis Coto en 1986 a raíz de unos trabajos de restauración llevados a cabo en la torre.

Bueno, basten por hoy estas curiosidades curiosas. Ya iré contando más.

Hale, he dicho.