domingo, 5 de abril de 2015

Hisn al-Faraŷ, el guardián de Sevilla 2ª parte



Dibujo realizado por John Ford hacia 1830-33 desde Gelves. A la derecha del río se vislumbra Sevilla, y dentro del
óvalo rojo está Hisn al-Faraŷ. Aunque se ve bastante difuminado, se aprecian perfectamente las murallas del lado sur
aún en pie y, coronando el conjunto, el convento terciario.

Bien, prosigamos...

EL ABANDONO


Fragmento del grabado de Hoefnagel que tenemos completo
más abajo y que muestra el extremo norte del recinto. Las
ruinas que se ven a la derecha podrían ser las de Osset, que
aún existirían en aquella época y que, sin embargo, ya
no aparecen en las fotos del siglo XX
que se verán a continuación
Tras la reconquista de la ciudad, los moros que habitaban la comarca tomaron las de Villadiego según se había estipulado en la capitulación, quedando el Aljarafe más desierto que la reserva de güisqui de malta tras una visita de un cuñado. Y no fue cosa de dos días volver a repoblar la que durante siglos había sido posiblemente la comarca más rica y fértil de toda la Península. A raíz del repartimiento de 1253, la zona cercana al castillo fue a parar a algunos de los adalides de las mesnadas que tomaron parte en el asedio, concretamente en un lugar denominado como Cantaricas, en "el castellar viejo" lo cual parece hacer referencia, no al castillo de al-Faraŷ, que aunque abandonado estaba perfectamente operativo, sino más bien a las ruinas de la antigua fortaleza de Osset o de la población romana IVLIA CONSTANTIA, situadas justo al norte del cerro. Cerca había una alquería llamada Haldrina la cual contenía diez mil olivos que fueron a parar a manos de los hospitalarios junto con la tenencia del castillo, lo que fue motivo precisamente del nombre actual de la población: San Juan por la orden militar y Aznalfarache por la corrupción fonética de la denominación árabe del lugar. 

Sin embargo, por algún motivo no aclarado los hospitalarios renunciaron a la tenencia y a la alquería de Haldrina, si bien algunos autores apuntan que esto último se debió a que fue arrasada por la revuelta de los benimerines en 1264. Así pues, carecía de sentido conservar un lugar improductivo y más si tenemos en cuenta que la tenencia de una fortaleza semejante implicaba comprometer una nutrida guarnición para su defensa. A la orden le era más rentable conservar las tierras que producían buena rentas, así como las casas y huertas obtenidas en el interior de la ciudad. De ese modo, el castillo del Mirador quedó abandonado tras ser puesto en manos del cabildo hispalense el cual no se preocupó para nada de su conservación, posiblemente por considerar que ya había perdido su importancia militar ya que, en aquella época, las poblaciones costeras incluyendo las cercanas a la desembocadura del Guadalquivir ya estaban en poder de Castilla, por lo que el control fluvial estaba garantizado desde el mar.

Esto condenó al abandono y la ruina a la otrora poderosa fortaleza, que a partir de aquel momento, se convirtió en un erial utilizado solo en el año 1400 por el obispo Gonzalo de Mena para construir en el interior del recinto un convento de la orden terciaria de los franciscanos. En el siglo XVI, hisn al-Faraŷ era ya una ruina completa tal como nos muestra el grabado realizado hacia 1565 por Joris Hoefnagel:



Como puede apreciarse, las dimensiones del castillo eran descomunales, ocupando toda la cima del cerro de Chavoya. Queda pues patente que ya en aquella época mostraba un estado totalmente ruinoso, así que ya podemos alegrarnos de que hoy día aún queden restos del mismo. En todo caso, antes de proseguir conviene reseñar, para orientarnos mejor, que el espectador está en ante la orilla izquierda del Guadalquivir, con el llano de Tablada ante sí y mirando hacia poniente. Sevilla quedaría a la derecha, y la corriente del río va hacia la izquierda, camino de su desembocadura Sanlúcar de Barrameda, a unos 80 km. de distancia.

Pero a pesar de su ruinoso aspecto, el grabado muestra cierto detalles que, junto a las crónicas de la época, nos permiten hacernos una idea de su conformación. El castillo se erguía a unos 50 metros de altura sobre el nivel del río que corría ante la ladera del cerro y, como vemos en el grabado, sus empinadas laderas hacían totalmente imposible adosar a sus murallas ingenios de cualquier tipo. A la derecha se puede ver el convento franciscano y en el centro los restos de un gran edificio que bien pudieran haber sido los del castillo Brillante que al-Mu'tamin mandó construir antes de que los almorávides lo enviaran a Marruecos a hacer compañía a los alacranes y los camellos del desierto. En cuanto a su morfología, la ilustración inferior nos permitirá hacernos una clara idea ya que los paños de muralla que se conservan han permitido trazar con bastante exactitud la superficie que ocupaba en el cerro de Chavoya.





La zona sombreada de blanco correspondería al gigantesco albácar que serviría para dar asilo a la población andalusí de la zona en caso de peligro, si bien no nos han llegado noticias de si esto se llevó a cabo durante el cerco o, en caso afirmativo, a cuanta gente albergó. Sombreado en rosa está la zona que ocupaba el alcázar o las dependencias para la guarnición, a la cual se accedía por una puerta que vemos marcada de rojo. La entrada al recinto se podría llevar a cabo por la puerta marcada de azul, que corresponde a los restos de una puerta monumental hallada en unas excavaciones recientes si bien es más que probable que contase con más accesos, tal como se pueden ver en el grabado de Hoefnagel. Finalmente, en amarillo estaría la antigua Osset, que ya en la época en que el castillo de al-Faraŷ se construyó debían ser una ruina completa sin el más mínimo interés militar. Por lo demás, la parte más accesible del cerro estaría más o menos situada como en nuestros días, o sea, por la ladera oeste si bien las altas murallas y lo empinado de la subida no ponía las cosas fáciles a posibles atacantes.



La imagen superior, obtenida hacia los años 20 del pasado siglo, nos muestra las murallas del extremo norte del recinto. Obsérvese la proximidad entre las torres de flanqueo, inusual en una fortificación ya de por sí complicada de asaltar por su situación geográfica lo que me hace pensar que, además de su cometido como dispositivos flanqueantes, estuvieran destinadas a actuar como contrafuertes de la propia muralla ya que, según podemos apreciar, el nivel del suelo en el interior del recinto es bastante elevado. Del mismo modo, la foto nos permite calibrar la empinada ladera que conducía a la cima, lo que unido a la gran cantidad de torres hacían prácticamente imposible un asalto mediante escalas. En cuanto al edificio que aparece rodeado de árboles es el convento franciscano que, en aquella época, actuaba como parroquia de la población de San Juan de Aznalfarache. Así mismo, en las cercanías del templo había al parecer un cementerio.

Hasta aquellos años se conservaba aún la práctica totalidad del perímetro amurallado, pero la construcción del monumento del Sagrado Corazón entre 1945 y 1948 y la Barriada del Loreto cuyas obras dieron fin en 1950 supusieron la destrucción de gran parte de los paños de muralla. La foto de la derecha nos muestra el aspecto de las obras del citado monumento y la muralla a ambos lados del mismo. A la derecha de la imagen se puede ver el convento que ya ocupaba el cerro, y a la izquierda la superficie aún vacía que ocuparía más tarde la barriada. El paño de muralla que aparece en el lado izquierdo de la foto fue destruido en parte cuando se construyó en esa zona una casa de ejercicios espirituales. Esta faraónica obra fue promovida por el siempre polémico y controvertido cardenal Pedro Segura que, de paso, se hizo un suntuoso panteón familiar en la cripta situada bajo la base que sustenta la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, conjunto que alcanza los 41 metros de altura.

Por lo demás, lo poco que queda original del castillo andalusí- ya que muchas zonas han sido "restauradas" con mampuesto de pizarra y se han abierto paños de muralla para colocar escaleras, está cuasi engullido por las viviendas y totalmente desprovisto de protección contra el vandalismo tanto del personal como de los solones municipales, que mucho gastar en centros de interpretación para colocar a sus compadres y ni un duro para preservar lo poco que queda de esta casi milenaria fortaleza. El material original era un tapial calicantado con un recubrimiento de falso aparejo, técnica habitual en la época tanto para proteger las murallas como hábil trampantojo que pretendía engañar al enemigo haciendo pasar las murallas por sólidas cortinas de sillería. Lo que vemos en la foto es una pista de cemento para que los chavales jueguen a la pelota, y la muralla está en parte tapada por un graderío de hormigón muy acorde y respetuoso con el entorno. La torre ha sido reciclada en alojamiento para un transformador, como si no hubiera otro sitio donde ponerlo. En fin, no hace falta mostrar más desafueros porque, además, me hierve peligrosamente la sangre cuando me recreo en estas perpetraciones. 

Bien, esta es la historia de hisn al-Faraŷ, el castillo del Mirador. Como hemos visto, su vida operativa no fue especialmente intensa salvo en el año y pico que duró el cerco a Sevilla, y fue relegado al olvido prácticamente al poco tiempo de caer en manos castellanas. Pero eso no quita que, siguiendo la tónica habitual en nuestra gloriosa y olvidadiza nación, lo poco o mucho que quede de nuestro patrimonio castral sea condenado a la destrucción. En cualquier caso, al menos me conformo con que los sevillanos sepan que bajo el fastuoso monumento funerario del despótico y megalomaníaco cardenal Segura estuvo la más magnificente fortaleza que hubo en la Hispania toda, y que cuando miren hacia el mismo- se divisa desde toda Sevilla- se les venga a la memoria el castillo Brillante al que cantó al-Mu'tamin desde su destierro africano, el califa Abū Yūsuf que lo mandó construir y se marchó a Marrākuš sin saber que no lo volvería a ver o el belicoso frey Pelayo Pérez Correa que, con apenas 280 hombres y aislado del resto de la hueste castellana por el anchuroso Guadalquivir, hizo frente a la guarnición del castillo hasta que el alevoso al-Saqqäf rindió Ixbiliya al monarca castellano. Si lo he logrado, doy por buenas el mogollón de horas que he tenido que dedicar a estas dos entradas ya que la información existente sobre hisn al-Faraŷ es bastante escasa y he tenido que rebuscar a base de bien.

Hale, he dicho.


Para adecentar esto nunca hay dineros, ¿verdad? Para mariscadas sí, pero para impedir que esto se derrumbe ni hablar.
No tenéis perdón, juro a Dios.