domingo, 10 de mayo de 2015

Asesinatos: Clau-Clau-Claudio


Recreación del aspecto de Claudio basada en el busto que se conserva en el Museo Arqueológico de Nápoles




Gaio Calígula, sobrino carnal y antecesor
de Claudio en el trono. Fue nombrado césar
 por los pretorianos cuando, tras el asesinato
de Calígula, lo encontraron escondido tras
una cortina muy acojonado.
Bueno, ya que el otro día hablamos de la alevosa Agripinila, qué menos que dar cuenta del ominoso final que tuvo el que fue su tío y marido, Tiberio Claudio César Augusto Germánico o, simplemente, Claudio, como lo conocía todo el mundo. Este peculiar personaje, que se convirtió en el emperador más famoso de Roma a raíz de las dos magníficas novelas de Robert Graves y la fastuosa serie televisiva posterior (a mi entender, la mejor serie histórica que se ha realizado), ha sido desde entonces motivo de debates que han dado lugar a las opiniones más variopintas. Que si era un tipo listísimo que se hacía el tonto, que si era un memo de solemnidad, que si era un borrachuzo y un glotón impenitente, etc., etc., etc. En lo que a mi respecta, Graves lo idealizó en exceso, y la realidad es que, aunque dotado de inteligencia y de una notable capacidad para el estudio, era de naturaleza colérica y sanguinaria, agarrándose tales cabreos que llegaba incluso a echar espumarajos por la boca. Desmedido con la comida y la bebida hasta límites pantagruélicos, tan menguado y cobarde que veía conspiraciones hasta en el retrete, desconfiado hasta la paranoia y, para colmo, un inope mental que invitaba a su mesa a ciudadanos que dos días antes había mandado ejecutar y, al no presentarse como es obvio, enviaba mensajeros a recordarles que tenían una cita con él y que hacer esperar al césar estaba muy feo. De hecho, hasta llegaba a preguntar donde andaba su penúltima mujer, Valeria Mesalina, a la que ya había mandado matar por adúltera y por traidora.

Antonia la Menor, madre de Claudio.
Lo más cariñoso que le decía era
"monstruo". Como para no crearle
un trauma al pobre hombre.
A todo eso habría que añadir los defectos físicos con los que vino al mundo- cojera y debilidad en las piernas, tartamudez, expresión de tonto de solemnidad que incluso babeaba y moqueaba así como un constante meneo de cabeza- que, añadidos a su peculiar carácter muy alejado del sujeto bondadoso y apacible que retrató Graves en sus novelas, no lo convirtieron precisamente en un emperador ejemplar. Obviamente, su infancia fue una porquería: su madre Antonia, la mujer del gran Druso, lo aborrecía, su abuela Livia apenas le dirigía la palabra y, en todo caso, prefería dirigirse a él mediante notas o escuetos mensajes y, para colmo, era comparado con su hermano Germánico al cual ya mencionamos en la entrada dedicada al asesinato de Agripina. El resultado de la comparación ya podemos imaginarlo.

Ah, y para colmo era un redomado calzonazos que fue manipulado a su antojo por sus mujeres, habiéndose casado nada menos que con seis y por este orden: Emilia Lépida, a la que repudió nada más casarse por orden de Augusto porque su padre cayó en desgracia ante él y no tuvo ni tiempo de consumar el matrimonio; Livia Medulina, que palmó de forma repentina el mismo día del bodorrio; Plaucia Urgulanila, a la que repudió porque era un mal bicho sobre la que pesaba incluso la sospecha de ser una asesina; Elisa Petina, a la que también mandó al carajo por casquivana y golfilla; Valeria Mesalina, que ya sabemos como acabó y que había cometido bigamia y traición al casarse con Gaio Silio, tramando con esto al parecer su derrocamiento; y finalmente, la venenosa e incombustible Agripina la Menor de la que ya hablamos extensamente en la entrada referente a su complicado asesinato. En fin, un desastre de hombre.

En cualquier caso, el tema que nos ocupa hoy es su asesinato o, mejor dicho, las diferentes versiones sobre su asesinato ya que entre los mismos historiadores romanos había, como se dice en los toros, división de opiniones. Así pues, veamos las diversas teorías que hay al respecto. 

Livia Drusila, abuela paterna de Claudio
y digna matriarca del clan. Tenía más
peligro que un alacrán con tos ferina
En primer lugar, debemos recordar que su última mujer, Agripina, hizo lo imposible para emparentar con él con dos fines: el primero, ganar poder e influencia siendo la emperatriz; el segundo, que nombrara heredero a su hijo Nerón en detrimento del varón legítimo que Claudio había tenido con Mesalina por nombre Británico y que, está de más decirlo, no llegó a viejo siendo como era miembro de semejante familia. Así pues, es más que evidente que la malvada Agripina se convirtió en la sospechosa número uno ya que tenía móviles de sobra para finiquitar a su marido. Según Salustio, tras lograr que Claudio firmara su testamento declarando a Nerón heredero del imperio, era evidente que cuanto antes lo liquidaran mejor, no se fuese a arrepentir a la vista del carácter tan extraño y tornadizo que tenía. De hecho, su red de chivatos le advertían constantemente de que Agripina era un mal bicho y tramaba traiciones antes y después del desayuno, por lo que a esta le convenía acelerar el deceso del viejo Claudio. No deja claro donde tuvo lugar el supuesto crimen ya que se limita a decir que había quien afirmaba que se cometió en el Capitolio, durante una comida en la que su PRÆGUSTATOR (catador), un eunuco por nombre Holato, le endilgó alguna porquería. Es evidente que este sujeto no actuó por su cuenta, sino que debió ser sobornado porque, por sí mismo, no obtenía ningún beneficio con la muerte del césar. Por lo tanto, ¿quién salía ganando si Claudio palmaba? Solo hay un candidato: Agripina. Otra teoría que expone Suetonio es que fue ella misma la que lo escabechó con las setas de marras, las cuales por cierto eran uno de sus platos predilectos. Añade que el veneno no lo liquidó allí mismo sino que, tras dejarlo atocinado un rato, vomitó todo lo que había comido tras lo cual tuvieron que meterle más tósigo en el cuerpo en forma de un caldo para, en teoría, asentarle el estómago. También sugiere que incluso se pudo recurrir a una lavativa con la excusa de que debía tener una mala digestión, por lo que era conveniente aliviarle las tripas. Naturalmente que lo aliviaron, qué carajo. Si alguien pensaba que su tocayo, el hermano de Hamlet, había sido el más original asesino vertiendo veneno de tejo por el oído de su hermano, este caso habría sido aún más peculiar, ya que le dieron por el culo a base de bien, y nunca mejor dicho.

Locusta, en plena demostración de sus habilidades, da
cuenta a Nerón del veneno preparado para finiquitar a
Británico en un esclavo. Obra de Joseph-Noël Sylvestre
Más rotundo se mostró Tácito el cual no dudó en acusar sin más a la perversa Agripina, de la que afirmaba que hacía tiempo estaba decidida a aliñar a su marido para, conforme a sus meticulosos planes, hacerse la dueña del cotarro. Para ello recurrió a una famosa envenenadora llamada Locusta, una arpía de origen galo tan hábil en su oficio que tenía como clientel a toda la alta sociedad romana, la cual veía en ella a una experta aliada para eliminar cuñados, parientes o enemigos non gratos. No obstante, temerosa de que el veneno fuese fulminante y quedase delatada, encargó a la tal Locusta que le preparara alguna porquería de acción más retardada para tener tiempo de echarle el muerto a cualquiera o incluso achacar el deceso a causas naturales. Locusta le preparó un tósigo adecuado, el cual le envió hasta con instrucciones para su uso correcto. Pero tras el atracón de setas- que algunos autores sugieren que fueron amanitas phaloides lo cual es absurdo ya que, tras su ingesta, pueden pasar entre 6 y 24 horas antes de que se noten los primeros efectos-, al memo de Claudio le sobrevino una cagalera atroz y empezó a sentirse mejor. Agripina, muy acojonada, recurrió al médico que, además de ser su confidente, era el galeno personal del césar, un sujeto llamado llamado Jenofonte el cual, en un alarde de ingenio, con la misma excusa de aliviarle el estómago hizo como si le provocase el vómito con una pluma, como era habitual en los saraos romanos para poder seguir tragando y bebiendo como fieras para darse un atracón tras otro. Pero la pluma iba untada de un veneno que actuaba de forma instantánea, aliñándolo allí mismo. Otra teoría afirma que el remate lo llevó a cabo dándole unas gachas igualmente emponzoñadas, las cuales le administró con la misma excusa de asentarle el estómago. 

Británico en brazos de su
madre, la nefanda  Valeria Mesalina
Tras comprobar que Claudio ya se había reunido con sus dioses manes, Agripina no dijo ni pío hasta asegurarse las lealtades necesarias para que Nerón fuese el nuevo césar en vez de Británico, que apenas tenía trece años en aquel momento. Naturalmente, hizo su papel de viuda inconsolable llorando a moco tendido y haciéndole muchos mimitos al apesadumbrado Británico, que no podría ni imaginar la que se le venía encima. Así mismo, mandó organizar a su extinto marido unos funerales por todo lo alto y hasta lo divinizaron y todo, pasando a engrosar el multitudinario Panteón romano. Sin embargo, algunos autores sugieren que la muerte de Claudio pudo deberse perfectamente a causas naturales. El día de su deceso era un hombre de 64 años que había abusado enormemente durante toda su vida de la bebida y la comida, y no sería raro pues que le diera un chungo en forma de apoplejía, infarto o cualquier cosa de esas repentinas que te mandan al otro barrio antes de decir ni mú. Pero estando de por medio la dichosa Agripina, dudo que se muriera sin ayuda de nadie, la verdad. En cualquier caso, la opinión generalizada fue, como hemos visto, que su querida sobrina y esposa fue la artífice de su deceso, y cuando el río suena agua lleva.

Servio Sulpicio Galba. Ya hablaremos
de él un día de estos.
En cuanto a los sospechosos del magnicidio, estos corrieron distintas suertes. Agripina ya sabemos como acabó, así que no vamos a repetirlo. El eunuco Holato no vio caer sobre sí sombra de sospecha ya que siguió gozando de puestos de categoría durante el reinado de Nerón, así como de su sucesor Servio Sulpicio Galba. Locusta, que por cierto también preparó el veneno con el que Nerón se quitó de encima a su hermanastro Británico, fue condenada por Galba tras ser acusada de cometer la friolera de 400 asesinatos. Según Apuleyo, su ejecución fue al parecer un tanto surrealista ya que antes de ser echada a los leones fue violada por una jirafa adiestrada para tal fin. Desconozco el tamaño del miembro viril de una jirafa pero, la verdad, se me antoja complicado ese acto de bestialismo. En cuanto al médico, Gaio Stertinio Jenofonte, murió poco después sin que se sepan las causas si bien, al tener la misma edad que Claudio, pudo morirse sin necesidad de ayuda. O quizás se convirtió en un testigo molesto para Agripina, quien sabe...

Grabado decimonónico que muestra una reconstrucción de
la tumba de Augusto, donde fueron depositadas las cenizas
de Druso. Puede que las de Claudio también fueran a parar
en dicho mausoleo.
En fin, así de mal acabó el controvertido Clau-Clau-Claudio, lo cual era por cierto la tónica general entre los emperadores romanos ya que, entre ellos, lo raro era morirse por causas naturales. Añadir solo que, como solía ser habitual entre los supersticiosos romanos, se señalaron varios prodigios  y presagios que tuvieron lugar en los días previos a su muerte, siendo los más relevantes el que un rayo cayera sobre la tumba de su padre Druso y el avistamiento de un cometa. Y no, no fue el Halley. Lo he mirado solo por curiosidad y éste no pasó hasta doce años más tarde de su muerte, en el 66, así que sería otro.

Bueno, ya está.

Hale, he dicho

Las cosas como son: ¿quién se resistiría aunque sea la misma Agripina quién ofrezca el plato?