domingo, 10 de mayo de 2015

Las pistolas Bergmann




Revólver Smith&Wesson fabricado por Orbea Hnos.
bajo la denominación de nº 7, el cual figuraba entre
los recomendados en la R.O. de 6 de octubre de
1884. Costaba ocho duros, o sea, 40 pesetas.

A comienzos del siglo XX aún estaban en servicio las réplicas fabricadas en Eibar de los revólveres Smith & Wesson y Merwin & Hulbert que, las cosas como son, eran armas fiables y dotadas de un calibre de 11 mm. más que suficiente para aliñar bonitamente a cualquiera de los numerosos enemigos que habíamos tenido en aquellos turbulentos tiempos, ya fuesen moros filipinos hasta las cejas de farlopa, cubanos que, si llegan a saber lo que el destino les deparaba apenas medio siglo más tarde seguro que se lo habrían pensado mejor, y rifeños con más mala leche que cien cuñados picados de tábanos. Quizás ese constante estado de guerra hizo que el ejército español se diera cuenta de que los revólveres, aunque muy fiables en lo tocante a su funcionamiento, adolecían de dos problemas insalvables: uno, la limitación de munición a seis cartuchos. Y dos, y más preocupante, la lentitud de la recarga. En plena refriega era asaz angustioso ponerse a meter cartucho a cartucho en el tambor mientras que media cábila se le venía encima al personal ululando como íncubos salidos del abismo.

Theodor Bergmann (1850-1931)
La pistola que nos ocupa hoy era un diseño elaborado por un armero tedesco por nombre Theodor Bergmann el cual era el típico cerebrito que te fabricada desde bicicletas a automóviles si bien su principal ocupación fue el diseño de armas, especialmente cortas. Sin embargo y a pesar de que sus creaciones eran mucho mejores que algunas que tuvieron mayor difusión, no logró que los grandes ejércitos de la época se interesaran en su más reseñable criatura, una pistola inspirada en la famosa Mauser C 96 pero con un calibre de 9 mm. más potente que el 7,63 mm. de la anterior. Bergmann presentó sus diseños en varios países sin comerse un rosco hasta que, por fin, logró que los gobiernos de España y Dinamarca se interesasen en su modelo 1903. Finalmente, en la R.O. de 5 de septiembre de 1905 se declaraba como arma reglamentaria una pistola semiautomática de aspecto bastante raro para los ojos del hombre del siglo XXI pero que, en aquella época, era el summum de lo novedoso en lo tocante a diseño para este tipo de armas. Pero su éxito no iba más allá de un pedido de unos miles de armas que no daban para rentabilizar el gasto que suponía crear una cadena de montaje para las mismas y, para colmo, el fabricante que le trabajaba, V.C. Shilling & Cie., de Shul, había vendido la empresa y el nuevo propietario optó por dedicarse a otras cuestiones menos belicosas. Así pues, se vio obligado a ceder la patente a la Anciens Etablissements Pieper en Herstal, Bélgica.

El modelo 1903 fue la primera pistola declarada como reglamentaria en el mundo mundial, siendo España y Dinamarca los primeros países que la adoptaron. Para que luego nos tachen de anticuados, carajo... De hecho, los suizos no adoptaron la P-06 (igual que la P-08 pero en calibre 7,65 mm. Parabellum) hasta 1906, y los tedescos hicieron lo propio dos años más tarde. Mientras tanto, ejércitos que eran el espejo en el que todos querían mirarse, como el gabacho o el británico (Dios maldiga a Nelson y, de paso, al enano corso) llegaron a la Segunda Guerra Mundial armados con revólveres más antiguos que el hilo negro. Bueno, en la imagen de la derecha tenemos el arma en cuestión. Como vemos, se trata de una pistola de cargador delantero extraíble que podía ser para seis cartuchos (arriba) o para diez (abajo). La flecha señala el botón alojado en la parte delantera del guardamonte que servía para liberarlo.

El diseño de la Bergmann tenía bastantes detalles que la hacían muy atractiva para un oficial que confiaba su vida a ese chisme. El principal de ellos era la rapidez de recarga. Aunque el modelo declarado reglamentario en España iba provisto del cargador de seis disparos, o sea, lo mismo que un revólver, la recarga era mucho más rápida ya que bastaba extraer el cargador vacío e insertar el de respeto el cual iba alojado en la solapa de la funda. A falta de cargadores se podían usar peines, tal como se ve en la foto inferior. Este sistema, aunque pueda parecer lo contrario, en manos de un sujeto entrenado era igual de rápido o incluso más que cambiar de cargador .

Por otro lado, la pistola iba provista de una palanca de seguro bastante cómoda de accionar con el pulgar de la mano que empuñaba el arma, lo cual permitía a su usuario tenerla cargada sin miedo a pegarse un tiro en el pie al desenfundarla y, además, eso facilitaba la posibilidad de añadir un cartucho más (6 + 1 en recámara). Según vemos en la primera foto de la izquierda, marcada con la flecha azul, la palanca del seguro iba rematada por un cilindro dentado que impedía deslizamientos a causa del sudor o la sangre. La flecha roja señala el percutor, el cual era visible al amartillar la pistola y permitía ver que no estaba atascado por la suciedad o roto. A la derecha vemos la palanca en posición de seguro y amartillada, lo que permitiría abrir fuego con total rapidez en caso de emergencia: bastaba bajar la palanca y apretar el gatillo para enviar con sus 72 huríes al moro de turno con un boquete en plena jeta. 

Por lo demás, su peso era más que razonable, apenas 913 gramos, y su calibre ha sido el más potente en servicio en un ejército, superado solo por el .45 ACP. Para los que no lo sepan, el 9 mm. Bergmann fue conocido en España para siempre jamás como 9 Largo, y ha sido reglamentario hasta que, por las historias de la unificación de calibre de la OTAN, tuvimos que adoptar sí o sí el 9 mm. Parabellum, el cual tiene una vaina 4 mm. más corta- 19 este último por 23 el anterior-. En la foto tenemos los tres 9 mm. que han servido y/o sirven en España. De izquierda a derecha aparecen el 9 Largo, el 9 Parabellum y el 9 Corto, éste último reglamentario durante la torta de años en la Policía Armada y en las armas secundarias para los oficiales de todo el ejército que adquirían por su cuenta pistolas más ligeras para no tener que cargar con el kilo de las Astra o las Star reglamentarias más tarde. Añadir además que de todos los 9 mm. fabricados, solo superaba en potencia a nuestro 9 Largo el 9 mm. Mauser.

En fin, como vemos, la Bergmann 1903 era un arma que tenía todas las cualidades para convertirse en una buena compañera en las andanzas hispanas por los resecos barrancos rifeños: manejable, bien diseñada, con detalles que la hacían segura y de fácil manejo. Sin embargo, las demoras en el servicio obligaron a pedir al gobierno español una prorroga y, de hecho, parece ser que de las 3.000 unidades pedidas no se llegó a fabricar ninguna de ellas en Bélgica, lo que induce a pensar que no se envió ni una sola a España. No obstante, dicha demora permitió rediseñar algunos detalles que se consideraban mejorables dando pie al modelo 1908, la cual podemos ver a la derecha. La única diferencia entre la de arriba y la de abajo radica en las cachas que, originariamente, eran de caucho tal como vemos en el ejemplar inferior. En 1911 se cambiaron por otras de madera con una banda cuadrillada, las cuales se elaboraron en la Fábrica de Oviedo. Aparte de eso, las diferencias con el modelo 1903 consistían en la misma empuñadura, que se sobredimensionó para mejorar el agarre, se achicó el guardamonte y se le añadió un seguro automático que impedía el disparo en caso de que la recámara no estuviera totalmente cerrada, lo cual evitaría sustos inopinados, vainas reventadas y posibles desperfectos en el arma. Los mecanismos permanecieron iguales y solo se varió el estriado, que de 4 levogiro se pasó a 6 dextrosum. El peso ascendió hasta los 1.000 gramos. 

Reseña comercial de la firma Bayard del modelo 1908 en la que se
especifica que ha sido adoptada como arma de ordenanza por el ejército
español, lo que indica la evidente superioridad del arma. Manda cojones
con los belgas. Hay que ser chorizo y falsario, carajo...
Así pues, en la R.O. de 16 de noviembre de 1909 se declaró como reglamentario el modelo 1908 que, esta vez, sí pudo entrar en servicio al ser entregadas las 3.000 pistolas del pedido inicial y que, en este modelo, recibió el nombre de Bergmann-Bayard. Lo de Bayard se puso por ser el nombre comercial de la empresa que la fabricaba, la Anciens Etablissements Pieper, en honor de un héroe gabacho de los siglos XV-XVI, el chevalier Bayard, el cual palmó de un arcabuzazo que le endilgaron en Lombardía en 1524 luchando contra las tropas españolas al mando del Gran Capitán (jojojo...). La mayoría de las unidades recibidas fueron rápidamente enviadas al ejército de África, donde el personal andaba a la greña con los rifeños y se hacía preciso distribuir las armas con la mayor premura. Pero, ¡oh, sorpresa!, con la ilusión que todos habían puesto en la pistola aquella tan moderna y tan molona que sería la envidia de gabachos, ingleses e incluso de tedescos, resulta que salió un churro monumental. 

La Campo-Giro con su funda reglamentaria.
En la solapa se aprecia el bolsillo para el
cargador de respeto.
El coronel Vázquez Ardana, un experto de los de verdad, afirmó que era "...una pistola muy estudiada, pero mal construida", y añadía que, de ocho ejemplares que había tenido, tres se le habían hecho cachos en las manos al romperse el puente trasero del armazón, que era donde golpeaba el cierre al disparar. Aparte de eso, los encasquillamientos eran constantes y eso, en pleno combate, podía ser la diferencia entre salir vivo del brete o acabar metido en un hoyo polvoriento envuelto en la manta de reglamento. Y, para colmo, la palanca del seguro se bajaba sola cuando le daba la gana, por lo que se produjeron algunos accidentes por esta causa. Total, que había salido un churro porque los belgas la habían construido con materiales inapropiados, y más si consideramos que el calibre que usaba era bastante potente. En definitiva, el fiasco fue tan grandioso que hubo que recurrir a un diseño patentado en 1904 por el comandante López de Ceballos y Aguirre, conde de Campo Giro, de la cual se habían encargado en 1905 una pequeña serie de 25 unidades para testarla. El 5 de enero de 1914 se emitió la R.O. que declaraba reglamentaria dicha pistola bajo la denominación de pistola Campo-Giro modelo 1913, de la que se fabricaron 960 unidades. En 1916 se inició la fabricación de un modelo mejorado, el 1913/16, de la que a partir de ese año y hasta 1919 se fabricaron 13.178 unidades en la empresa de Guernica "Esperanza y Unceta", la que luego fue la famosa Astra, a un precio de 61 pesetas la unidad.

Foto que muestra al entonces comandante Franco junto a tres oficiales
más en una posición en el Rif. Los cuatro van armados con revólveres a
pesar de andar cerca de 1920
Así las cosas, y al no haber disponibles a la venta pistolas Campo Giro ya que todas las disponibles eran enviadas a África, los oficiales que eran destinados al Rif no estaban por la labor de tener que jugársela con una Bergmann, así que optaban por adquirir por su cuenta los modelos de revólveres que habían sido reglamentarios hasta finales del siglo anterior ya que, para complicar más las cosas, el estallido de la Gran Guerra había supuesto la suspensión de envíos de armas a España por parte de Alemania, y en los talleres de Eibar se fabricaban pistolas hasta en los zaguanes de las casas para nutrir al ejército gabacho, que andaba escasito de armas cortas y se conformaban con cualquier cosa aunque estuviera fabricada poco menos que a golpe de lima. Así pues, si querían irse a Marruecos con un arma corta fiable que no los dejase tirados en pleno fregado no les quedaba otra que gastarse las 150 pelas de la época que costaba un Smith & Wesson original o las 120 pesetas que pedían por una P-08 de segunda mano. Para hacernos una idea, a inicios de los años 20 el sueldo de un capitán andaba por las trescientas y pico de pesetas, así que hablamos de la paga de medio mes para poder adquirir una pistola decente. Y los que andaban escasos de peculio, pues siempre podían optar por los eibarreses que salían por cuatro o cinco duros que, al fin y al cabo, funcionaban mejor que las dichosas Bergmann. 

Despiece básico del modelo 1908. Dentro del
círculo se aprecia el puente del armazón
protagonista de las roturas que inutilizaban
el arma a los pocos cientos de disparos
En fin, nos cubrimos de gloria con el invento del señor Teodoro y, a pesar de habernos anticipado antes que nadie a tantos ejércitos con la adopción de una pistola semiautomática, el resultado fue una birria. No obstante, eso permitió acometer diseños enteramente nacionales que resultaron mucho más fiables en todos los sentidos a pesar de no aportar nada especialmente novedoso o incluso estar ya anticuados nada más salir de la mesa de diseño. Pero, al menos, funcionaban bastante bien y durante décadas permanecieron en activo hasta que la disparidad de modelos en cada cuerpo o arma del ejército obligó a unificarlos todos en uno, pero eso ya es otra historia. En cuanto a la de la Bergmann, ya he contado todo lo contable.

Hale, he dicho



Imagen de la guerra del Rif en la que se ve en primer término al general don Francisco Gómez-Jordana imponiendo
una condecoración a un soldado. Se puede apreciar perfectamente la funda donde lleva su Bergmann 1908. El
oficial que aparece a su izquierda lleva la funda al revés, lo que indica que pertenece al Arma de Caballería ya que
los miembros de la misma la desenfundan con la mano zurda, dejando la diestra para la espada.