jueves, 27 de agosto de 2015

Asesinatos: Enrique IV de Francia


Enrique IV según H. Iacobsen (1614)
Asesinar monarcas es una cosa muy fea, y más en una época en que detentaban un poder absoluto y cesarlos en el cargo de forma repentina suponía dejar a una nación sin gobierno. No obstante, cierto es que, casi siempre, el sustituto estaba disponible en un tiempo récord bien en forma de heredero, regente o valido. Sea como fuere, lo que sí es cierto es que desde la baja Edad Media hasta nuestros días han sido escasos los reyes asesinados por el bien del estado, y la gran mayoría de los regicidios han sido gestados en alevosas conspiraciones  y generalmente consumados por sujetos poseídos de ciertas dosis de mesianismo en todas sus variantes, o bien por meros intereses personales o incluso por estar simplemente como puñeteras cabras. 

La muerte de Enrique IV de Francia, o Enrique Navarra si vuecedes así lo prefieren, a manos de François de Ravaillac obedecería a una mezcla de los tres supuestos: era un tipo que daba por hecho que su acción beneficiaría a su país, obedecía a sus intereses personales ya que era un fanático católico y, naturalmente, no debía hilar muy fino para atentar contra un rey al que su pueblo tenía en muy alta estima hasta el extremo de apodarle como "le bon roi Henri", el buen rey Enrique.

La reina madre, Catalina de Médicis, contempla el
resultado de la matanza de San Bartolomé. Enrique
se libró al prometer que abjuraría del protestantismo.
El Borbón fue el primer monarca de su dinastía tras la muerte sin herederos de Enrique III, el último de los Valois. Antes de ser coronado como rey de Francia ya lo había sido de Navarra por herencia de su madre Juana de Albret, que lo educó bajo sus creencias protestantes. De hecho, se libró por los pelos de no ser aliñado durante la Noche de San Bartolomé ya que era un señalado líder de los hugonotes. Pero bueno, cuando dijo aquello de que París bien vale una misa dejó claro a todo el mundo que prefería contemporizar y abjurar de su fe con tal de trincar la poltrona. Eso le valió ser tenido como un advenedizo por los católicos y como un traidor por los calvinistas, situación esta que dio como resultado verse sometido a un amplio surtido de odios que degeneraron en los doce atentados que sufrió nuestro hombre a lo largo de su reinado antes de ser definitivamente escabechado.

Maximilien de Béthune, duque de Sully,
uno de los más cercanos ministro del rey
En mayo de 1610, su segunda mujer, María de Médicis, logró que la coronara como reina consorte, cosa que no gustaba nada a su marido y que, de hecho, intentó alargar todo el tiempo que pudo. Y no por mero capricho, sino porque se llevaba fatal con ella a causa principalmente de los constantes devaneos del monarca que a su mujer, como buena italiana, la ponían de los nervios a causa de sus celos. Sin embargo, ante la inminencia de una confrontación contra Austria que lo mantendría alejado del reino acabó transigiendo. Así pues, el 13 de ese mes se celebró la coronación a pesar de que el evento llenó de terribles presagios la mente de Enrique. De hecho, le confió al duque de Sully que "su corazón le decía que alguna desgracia le iba a pasar", e incluso que "la coronación sería la causa de su muerte" y que "jamás saldría vivo de París". Al parecer, incluso había sido advertido por algún adivino o similar de que sería asesinado en la primera ceremonia que celebrase tras dicho augurio- la coronación de marras- y que debía morir en un carruaje. Por cierto que estas cuitas acabaron cabreando seriamente a la reina la cual, al parecer, se tomó muy a mal tantos temores ya que podrían considerarse como una especie de conspiración por su parte.

El Arsenal
Así estaban las cosas el viernes, 14 de mayo de 1610. Ese día y a pesar de los negros presagios que lo traían por la calle de la amargura, el rey Enrique decidió ir al Arsenal a visitar a Sully, que estaba enfermo. Sin embargo, aún dudo bastante tiempo si ir o no. Varias veces le preguntó a su mujer si debía salir o quedarse en casa hasta que, finalmente, dio orden de preparar su carruaje para salir después del almuerzo no sin antes advertir que volvería en poco rato, y que después de la visita iría directamente a palacio. Junto al carruaje lo esperaba Charles de Choiseul, marqués de Praslin y capitán de su guardia personal, para acompañarle, a lo que el rey se negó diciéndole que se podía marchar y que quería ir solo. No estuvo acertado el monarca al tomar esa decisión.

El carruaje real era un vehículo bastante aparatoso provisto de tres filas de asientos para acomodar al séquito del monarca. El rey, tal como vemos en el grabado de la derecha, se sentó en la parte trasera con el señor de D'Epernon. Los demás ocupantes eran los señores de Montbazon y De la Force, el mariscal de Lavardin, el señor de Cresqui, el marqués de Mirabeau y el caballerizo real. El tráfico en París era muy denso debido a la ceremonia de consagración de la reina coronada que tendría lugar dos días más tarde, lo que hizo que al llegar a la calle de los Herreros se vieran retrasados por un carro que obligó al cochero a circular muy cerca de las herrerías y tiendas de ferralla.

Retrato del asesino, que aparece con el
arma homicida en la mano.
Ese fue el momento que aprovechó el asesino, François de Ravaillac, para asaltar el coche. Es evidente que el regicida no lo esperaba en ese lugar ya que no sabía qué ruta tomaría su víctima, por lo que podemos deducir que debió seguirlo hasta ver la ocasión ideal, que no fue otra que el instante en que el carruaje tuvo que ralentizar su marcha debido al carro que le bloqueó parcialmente el paso. Su ataque fue sorpresivo y fulgurante ya que la pequeña escolta que marchaba a pie no tuvo tiempo de reaccionar, permitiéndole asestar dos puñaladas al monarca. Curiosamente, el asesino abordó el carruaje justo delante de una tienda cuyo distintivo era un corazón coronado y atravesado por una flecha. La primera cuchillada le alcazó entre la axila y la tetilla izquierda, si bien no tuvo más consecuencias que un rasguño. Pero a continuación le propinó otra entre la quinta y la sexta costillas que fue fatal, produciéndole una severa hemorragia. 


Instante en que el magnicida es apresado por los
miembros de la escolta regia
Al sentir el hierro penetrando en su cuerpo, el rey dio un grito y se agitó. El señor D'Epernon, con quien estaba hablando en ese momento, le preguntó si le pasaba algo, a lo que el rey le respondió en voz muy baja que no era nada. Cabe suponer que el atentado fue tan fugaz que los ocupantes del carruaje ni se percataron de lo que había pasado rodeados por la vorágine callejera. Pero los guardias de la escolta sí que se habían dado cuenta de todo, y rápidamente se abalanzaron contra el asesino el cual no opuso resistencia. El cochero dio media vuelta y salió echando leches hacia el Louvre con el rey prácticamente inconsciente a causa de la hemorragia. Cuando llegaron a palacio ya se sabía lo que había ocurrido gracias a que algunos de sus escoltas salieron corriendo y se adelantaron para dar aviso. 

Esperando junto a las escaleras que daban al aposento de la reina estaba el señor de Cerisy, teniente de la guardia real. Le dieron un sorbo de vino para intentar reanimarlo pero el rey, cuya cabeza sujetaba Cerisy, solo movió un poco los párpados y se quedó inmóvil. Entre el señor de Montbazon y el conde de Curzon llevaron el cuerpo hasta el aposento real, donde quedó tumbado en la cama. Los médicos de la corte quisieron desvestir al rey para intentar curar las heridas, pero Pierre Milon, el médico principal, se dio cuenta de que no había nada que hacer. 

-Esto se acabó. Se ha ido- sentenció.

Y, en efecto, el rey Enrique IV acababa de palmar de forma totalmente silenciosa, desangrado hasta morir por la certera cuchillada que le propinó su asesino. Tenía 56 años.

Cadáver de Enrique IV expuesto en su alcoba
La consternación fue mayúscula cuando se supo la muerte del monarca. De hecho, el mismo Sully, muy acojonado al pensar que la cosa era un complot en toda regla para cercenar la nueva dinastía, a pesar de su enfermedad se presentó en el Louvre seguido de cuarenta hombres a caballo, y exhortó a los ministros y consejeros del rey a que, ante todo, debían jurar que se mantendrían fieles tanto a la memoria del soberano difunto como al príncipe delfín para que nada ni nadie impidiera su ascenso al poder. Tan convencido estaba de que tras el asesinato había una conspiración en toda regla que, tras su paso por el Louvre, se encerró en la Bastilla tras requisar todo el pan que pudo encontrar en París por si la cosa se ponía chunga, e incluso dio aviso a su yerno, el señor de Rohan, para que marchara sobre la capital con seis mil mercenarios suizos porque su fidelidad se compraba con dinero.

Momento cumbre de la ejecución. No se andaban con
tonterías en aquellos tiempos, vaya que no...
Sin embargo, tras apretarle bien las tuercas a Ravaillac se llegó a la conclusión de que, en efecto, el crimen había sido idea suya y que no tenía cómplices. Al parecer, su intención era impedir que se llevara a cabo la campaña contra Austria, una nación católica, la cual tenía previsto llevar a cabo con la ayuda de nobles protestantes alemanes. Está de más decir que pagó con creces el regicidio, porque para su ejecución debieron echar mano al "Manual del verdugo competente". El suplicio se consumó el 27 de mayo siguiente en la plaza de la Grêve, donde le fueron aplicados hierros al rojo por el cuerpo, se le quemó la mano derecha con azufre, se le vertió plomo fundido en las quemaduras y, finalmente, fue desmembrado por cuatro caballos. Curiosamente, fue considerado como un héroe por muchos católicos al ser considerado como un defensor de la fe. 

Mascarilla funeraria vaciada en yeso tras
la exhumación que tuvo lugar el 12 de
octubre de 1793. El estado de la
momia era sorprendentemente bueno.
En fin, así fue el asesinato de Enrique de Borbón, el cual no sirvió para nada ni tuvo consecuencias políticas de calado. La reina María ejerció la regencia hasta 1617, cuando su hijo Luis fue declarado mayor de edad, y el asesino quedó reducido a cenizas tras ser quemado en el mismo patíbulo. Su dinastía estaba sobradamente consolidada gracias a su abundosa prole, así que el abyecto atentado solo adelantó en unos cuantos años el advenimiento de Luis XIII.

Tras ser embalsamado, su cadáver fue enterrado en la basílica de Saint Denis, de donde fue vilmente exhumado y profanado en octubre de 1793 junto a los restos de otros muchos reyes a manos de la chusma durante la revolución francesa. La momia fue expuesta a las iras del populacho y quedó bastante averiada, perdiéndose su cabeza la cual estuvo desaparecida hasta 1919, pero eso es ya otra historia. 

Así pues, con lo contado ya vale por hoy.

Hale, he dicho

Reconstrucción forense llevada a cabo sobre un modelo tridimensional del cráneo del monarca. Parece vivo, ¿no?