martes, 25 de agosto de 2015

La agitada vida ultraterrena del obispo Adhémar


El obispo Adhémar cabalgando al frente
de su mesnada en plan Santiago Matamoros
Está de más decir que si una campaña militar se ve apoyada de forma fehaciente por Dios nuestro Señor, la Virgen o los santos, pues tiene garantizado el éxito, faltaría más. Y a falta de la divinidad o del santoral en pleno, pues se recurre al auxilio de los fallecidos que en vida hayan gozado de una reputación por encima de todo comentario y que nunca hayan sido tachados de putañeros, malsines o cortabolsas porque eso está muy feo.

Como ya se anticipó en la entrada anterior, durante la Primera Cruzada no faltaron visionarios de todas las calañas que, adecuadamente utilizados, eran bastante útiles para levantar los ánimos del personal cuando se amohinaban como consecuencia de las derrotas, las enfermedades o las privaciones. Y en este caso, qué mejor que echar mano al fantasma del obispo de Le Puy, un hombre con muy buena prensa, como diríamos hoy día, entre la tropa e incluso los arrogantes líderes militares de la empresa.


Los cruzados encuentran la
Sagrada Lanza en Antioquía
Ya vimos como Pedro Bartolomé anunció a bombo y platillo sus visiones en las que San Andrés, acompañado de Jesucristo, le daba cumplida cuenta del lugar donde se hallaba la Sagrada Lanza en la iglesia de San Pedro, en Antioquía, lo cual vino de perlas para exaltar los decaídos ánimos de la tropa que, sabedores de que tan sagrado objeto les protegía, no dudarían de que ningún enemigo se resistiría a su empuje. Como es lógico, jamás sabremos si las visiones de Pedro fueron de creación propia o tal vez inspiradas por personajes como Pedro el Ermitaño o cualquier líder que practicase rudimentos de guerra psicológica pero, en todo caso, cierto es que las apariciones que tenía el santón provenzal siempre eran de lo más oportunas. 

La primera aparición tuvo lugar en la noche del 3 de agosto de 1098, dos días después del deceso del obispo Adhémar. En la visión, éste se le presentó en la capilla de Raimundo de Saint-Gilles para informarle de lo siguiente: por haber dudado de sus afirmaciones acerca de la veracidad de la lanza encontrada en la iglesia de San Pedro había sido castigado con pasar dos días en el puñetero infierno, y que Jesucristo le había provisto de una capa para que le protegiera del fuego en recompensa por una que había regalado a un pobre cuando fue nombrado obispo. Esta visión da un cante tremendo ya que, con ella, el listo de Pedro pudo dar un marchamo de calidad a sus anteriores apariciones acerca de la dichosa lanza. Pero el personal estaba dispuesto a creerse todo lo habido y por haber, así que nadie dudó de sus palabras.

Pedro Bartolomé en plena ordalía con la lanza
en la mano.
El fantasma de Adhémar pidió al santón que encendiera una vela por su alma y se hiciera una donación de tres denarios en bien de la Sagrada Lanza. Pero lo más importante eran los mensajes que tenía para los mandamases de la Cruzada, a los que exoneraba de transportar su cuerpo a Jerusalén cuando fuera tomada. Así mismo, encomendaba al conde de Tolosa a que nombrara un nuevo obispo en Le Puy, y pedía a todos que no lloraran su muerte ya que desde el Mas Allá les estaría ayudando en el Más Acá cuando fuese menester. Terminaba diciendo que si alguien cuestionaba lo dicho, que abrieran su tumba y comprobasen que su rostro estaba quemado ya que esa parte del cuerpo no había estado protegida por la capa que le había prestado Jesucristo. Añadió que el infierno era un sitio muy desagradable y que no era nada aconsejable pecar porque, de hacerlo, nadie se vería libre de pasar por el tostadero aquel. Sin embargo, a Pedro Bartolomé le duró el chollo visionario apenas nueve meses porque, al cabo de ese tiempo, el personal estaba hasta el gorro de su actitud amenazante y, quizás también, por haberse arrogado un liderazgo espiritual que no le correspondía. La cosa es que el fantasma del obispo le cortó la comunicación directa, y en abril de 1099 un tal Arnulfo, capellán de Roberto de Normandía, le dijo que era un embustero de tomo y lomo, que sus visiones eran un camelo y su lanza sagrada aún más. Así pues, se tuvo que someter a un juicio de Dios para probar su verdad paseando sobre llamas de las que, caso de ser cierto lo que decía, en teoría debería salir indemne. Sin embargo, acabó más achicharrado que un torrezno y la palmó bonitamente al poco tiempo.

El obispo Adhémar guiando a los fieles a la Cruzada
cuando aún no había abandonado su envoltura carnal.
Naturalmente, el occiso visionario tuvo sus émulos. Uno de ellos fue Pedro Desiderio, un cura también de la Provenza, tierra esta que, al parecer, daba más santones que mangantes la clase política. En este caso, el obispo se presentó acompañado de san Nicolás y le aseguró que lo de la lanza era totalmente cierto y que las llamas infernales le habían quemado la mitad de la cara junto con el pelo y la barba de ese lado de la cabeza. Añadía que, aunque ya había sido liberado del castigo, no se le permitiría contemplar a Dios hasta que se le igualara la pelambre craneal y facial. En este caso, es más que probable que Desiderio fuese incitado por Raimundo de Saint-Gilles, cuyo liderazgo estaba en entredicho y le convenía seguir dando la matraca con el tema de la lanza ya que él apoyó oficialmente su veracidad porque le convino en ese momento. 

Lanza de Echmiadzin. Esta fue la lanza
hallada en Antioquía por Pedro Bartolomé.
Como se puede comprobar, las dudas
acerca de su autenticidad estaban
perfectamente justificadas.
Otro de los agraciados con la visita del fantasma episcopal fue Bernardo de Le Puy, un clérigo que formaba parte del séquito de Adhémar. Al cura este no se le presentó su antiguo jefe con ningún santo, sino con el espectro de su abanderado, un tal Heraclio. Este sujeto había fallecido durante el encuentro que tuvieron con el atabeg de Mosul a consecuencia de un flechazo en plena jeta que lo escabechó en un periquete. La visión, según Bernardo, obedecía al hecho de estar enfermo, por lo que el obispo vino a decirle que sus males eran como consecuencia de su falta de fe en la autenticidad de la puñetera lanza, que estaba dando más que hablar que cornudo en reunión de comadres. Aunque el cura protestó afirmando que él creía en la lanza, Adhémar le replicó que no lo suficiente, por lo que no sanaría hasta que su fe aumentara de forma ostensible. Como vemos, la lanza es por norma el motivo de las apariciones.




Dos de las Sagradas Lanzas más conocidas. La de la
izquierda es la que se conserva en Viena, y la otra la
que se exhibe en Cracovia y que se considera como una
copia de la anterior. En ambos casos, su parecido con

el PILVM romano también es pura coincidencia.
Aún hubo un cuarto visionario, Esteban de Valence, el mismo personaje que, junto con Pedro Bartolomé, afirmó haber visto a Jesucristo indicándole que la lanza era más auténtica que la indecencia de un político. En su caso, la aparición fue un poco brusca ya que el fantasma del obispo le golpeó con una barra de hierro para llamar su atención. Supongo que el hombre estaría despistado en ese momento tal vez. Bueno, la cosa es que le pegó el barrazo durante el cerco de Arqah, en la misma época en que su compadre Pedro Bartolomé se cremó para dar fe de sus visiones y, en este caso, no se mencionó la lanza ya que el obispo apareció para reprender al personal por no portar la cruz delante del ejército. Además, le aseguró que a la Virgen le agradaría mucho ese gesto, a lo que Esteban replicó que deseaba fervientemente ver a la Madre de Dios, deseo que le fue concedido. En ese momento se le reveló acompañada de santa Ágata y de otra santa que no se molestó en presentarse. Tras la sobrecogedora visión, el obispo conminó a Esteban a que se dijeran tres misas por sus padres, así como a que tanto la lanza como la cruz fueran siempre encabezando el ejército en manos de clérigos revestidos con sus atributos sacerdotales, y no por militares. Cabe reseñar que el cerco de Arqah era mantenido a toda costa por el conde de Tolosa contra el parecer de su hueste, por lo que no es ninguna tontería dar por hecho que estas visiones fueron, como siempre, especialmente oportunas ya que de ese modo se lograba intensificar el asedio.

Procesión de cruzados alrededor de Jerusalén tal como aconsejó el
fantasma del obispo. A pesar de tan piadosa actitud en las tropas, la
matanza que causaron durante tras asalto fue algo nunca
visto hasta entonces
Pero la que quizás fue la más importante visión de todas tuvo lugar, también de forma muy oportuna, durante el asedio a Jerusalén. En esta ocasión, el afortunado por recibir la visita del obispo fue nuevamente Pedro Desiderio, al cual le dijo que, a la vista de lo decaídos que estaban los ánimos, era preciso que las tropas hicieran penitencia y se liberaran de sus muchos pecados. Por ello, conminó a todo el ejército a que organizaran una procesión en la que todos, sin excepción, debían caminar descalzos alrededor de las murallas de la ciudad y que, una vez concluido el acto de penitencia, atacaran con denuedo. De ese modo, la ciudad caería en manos de los cruzados de ahí a nueve días. No obstante y a pesar de que venía de perlas en aquel momento, los líderes de la Cruzada dudaron mucho si dar fe o no a esta aparición ya que, al parecer, el personal estaba ya un poco harto de tanta visita episcopal. Al final decidieron darla por buena porque, simplemente, les convenía. Sin embargo, prefirieron no decir nada acerca del obispo Adhémar por temor a que nadie tomara la visión en serio. El pobre fantasma había perdido credibilidad a manta. Pero a pesar de todo, el recuerdo del buen obispo seguía en las mentes de todos ya que, cuando comenzó el asalto, muchos aseguraron que vieron a Adhémar trepando por una escala y coronar el parapeto antes que nadie mientras animaba a las tropas a seguirle.

Otra versión de la procesión en la que se
ven a los sarracenos pitorreándose de
ellos desde las murallas. Ciertamente, les
hicieron pagar cara la mofa.
En fin, cuando la ciudad santa cayó en manos de los cruzados el fantasma debió considerar que su misión había concluido felizmente porque ya no se volvió a aparecer a nadie más. Pero lo verdaderamente interesante de todo este cúmulo de camelos y supercherías radica en el inteligente uso que se hizo de las mismas, aprovechando la superstición y el miedo de las tropas para manipularlas de la mejor forma posible. Las apariciones milagrosas en plena batalla fueron una tónica habitual en toda la Edad Media e incluso en pleno Renacimiento, y en épocas tan tardías como el siglo XVII, los herejes aún pensaban que Dios era español cuando los tercios les daban estopa a base de bien aún teniendo todas las de perder. Lo malo es que, como hoy día todo el mundo es tan descreído y tan ateíllo, pues no es posible recurrir a estos eficaces métodos para poner contentito al personal. 

Bueno, ahí queda eso.

Hale, he dicho