lunes, 24 de agosto de 2015

Obispos guerreros: Adhémar de Monteil


El papa Urbano II predica la Cruzada el 27 de noviembre de 1095. Tras él aparece el obispo Adhémar de Monteil

El papa Urbano dirigiéndose a Clermont (izqda.)
y reunido con los obispos en dicha ciudad (dcha.)
Cuando se menciona la Primera Cruzada, al personal se le suelen venir a la mente los nombres de los principales nobles que tomaron parte en la misma: Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa y el primero en unirse a la empresa; Godofredo de Bouillon, duque de Lorena y cabeza del reino de Jerusalén tras su conquista, o el fiero y ambicioso normando Bohemundo de Tarento, príncipe de Antioquía. Sin embargo, pocos suelen tener conocimiento del líder espiritual de esta empresa, el hombre designado por el papa Urbano II como legado suyo y, por ende, la primera jerarquía del poderoso ejército enviado para liberar Tierra Santa de manos de los infieles: Adhémar de Monteil, obispo de Le Puy. Curiosamente, su vida anterior al inicio de la Cruzada es casi desconocida, habiendo muy pocos datos de sus hechos hasta ser nombrado legado pontificio. Veamos pues quien fue este probo clérigo.

Escudo de armas de los
condes de Valentinois
Adhémar de Monteil era miembro de una añeja familia oriunda del Delfinado y establecida en la Occitania en el siglo XI. Curiosamente, nuestro hombre era el mayor de tres hermanos. Y digo curiosamente porque, contrariamente a los usos de la época, siendo el mayor debería haber sido la cabeza visible del clan por lo que cabe suponer que su vocación religiosa era real. Era hijo de Hugues de Adhémar (c. 1035-1076), conde de Valence (o Valentinois) y señor de Monteil (o Montelimar) y de Marta de Toulouse (c.1035-1077), los cuales pusieron en el mundo una prole de tres retoños: Adhémar, nacido posiblemente hacia 1055, Lambert François (c. 1065-1119), señor de Peyrins y Guillaume Hugues (c. 1075), el cual heredó el señorío de Monteil a la muerte de su hermano mayor.


Castillo de Adhémar, en Montelimar. Este castillo fue edificado sobre
una mota castral construida en el siglo XI por el conde de Tolosa.
Su aparición en la historia tuvo lugar durante el tercer cuarto del siglo XI a raíz de los líos entre el obispo de Clermont, Étienne de Polignac, y el del Le Puy, Étienne d'Auvergne. Polignac, perteneciente a una linajuda familia de la región, fue acusado de simonía y excomulgado por Gregorio VII en marzo de 1077, por lo que nuestro hombre alcanzó la dignidad episcopal en la elección celebrada tras la destitución de su antecesor si bien no se conoce la fecha exacta del nombramiento.

Catedral de Le Puy. La diócesis data del siglo IV. 
El verse elevado de rango le enfrenta a la familia de los Polignac, que eran los que llevaban la torta de años haciendo lo que les daba la gana, lo que da lugar a tener que imponer su autoridad tanto espiritual como secular y excomulgar a los levantiscos nobles para meterles las cabras en el corral. A partir de ahí, lo único que se sabe es que entre 1086 y 1087 se largó a Tierra Santa como peregrino, lo que corrobora la conjetura de que el buen Adhémar era ciertamente un sujeto poseído de una profunda vocación religiosa. Debemos tener en cuenta que, en aquellos tiempos, la inmensa mayoría de los jerarcas de la Iglesia se quedaban en sus palacios pegándose la vidorra padre, y eso de irse a la otra punta del mundo a patear desiertos cuajados de serpientes, alacranes y musulmanes no les atraía nada de nada por mucho que fuera la tierra que pisó Jesucristo.

Sarracenos atacando a unos peregrinos en Tierra Santa. Este fue uno
de los motivos que justificaron la Cruzada
Por otro lado, la peregrinación del obispo tiene más relevancia de lo que pueda parecer ya que, según algunos estudiosos, fue precisamente su conocimiento de primera mano de la situación en Palestina lo que más influyó en Urbano. No obstante, hay quien asegura que dicha peregrinación no tuvo lugar si bien no ofrecen al parecer argumentos sólidos para desechar esa idea. De hecho, se tiene constancia de que aún no había regresado cuando tuvo lugar la elección del abad de Saint-Chaffre, un tal Guillaume, el cual no pudo ser bendecido por el obispo Adhémar hasta su retorno de Tierra Santa en 1807. Sea como fuere, la cuestión es que cuando se empieza a tener información más detallada sobre nuestro hombre es precisamente a raíz de la predicación de la Cruzada el 27 de noviembre de 1095, cuando es el primero en ofrecerse para encabezar la expedición nada más terminar el papa su discurso. Se da por sentado que este "gesto heroico" ya estaba pactado de antemano entre Adhémar y Urbano pero bueno, la cuestión es que el hombre se ofreció y el papa lo nombró delegado suyo en aquel instante. Tras dedicarse en cuerpo y alma tanto a la organización del ejército como a la recaudación de dinero para la empresa, el buen obispo partió hacia Tierra Santa acompañado de su hermano Guillaume Hugues en octubre de 1096.


Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa, jura su adhesión a la
Cruzada. A su derecha aparece un envejecido obispo Adhémar, que
en aquella época debía tener unos 40 años a lo sumo. De hecho, ambos
tenían prácticamente la misma edad. En todo caso,
estos anacronismos son habituales en el arte del Romanticismo
Sin embargo, este nombramiento no suponía el mando supremo de la expedición aunque, en teoría, siendo como era una empresa auspiciada por la Iglesia el legado pontificio sería la máxima autoridad. Antes al contrario, Adhémar se vio en todo momento bajo una gran presión por parte de los poderosos nobles que se unieron a la Cruzada ya que todos ellos, está de más decirlo, querían detentar el mando de la misma. En cualquier caso, lo que nadie le negó nunca fue el liderazgo espiritual que, las cosas como son, se ganó a pulso gracias a su capacidad para negociar, contemporizar y aunar voluntades, cualidades estas que hay que reconocerle a nuestro hombre ya que, gracias a ellas, se impidió que la expedición acabara en nada debido precisamente a la constante pugna entre los grandes señores que querían a toda costa hacerse los amos del cotarro.


Alejo I Comneno
Algunos historiadores señalan que fue precisamente esta gran capacidad negociadora y su habilidad como político lo que hizo que Urbano delegara en el obispo Adhémar. El papa ya sabía que no solo tendría que ejercer como líder de una horda nutrida en muchos casos por las cloacas de Europa, sino con los sibilinos y taimados bizantinos que querían usar los ejércitos cruzados en beneficio propio ya que la expedición había surgido a raíz de la petición de ayuda por parte del emperador Alejo I; no obstante, este no se podía ni imaginar que los belicosos francos, germanos y demás energúmenos buscarían en Palestina la forma de aumentar sus posesiones. Y por si no tenía bastante con tener que aplacar a los altivos nobles y a los retorcidos griegos, también se las tuvo que ver con los místicos y santones que acompañaban al ejército y que estaban a todas horas dando la murga con supuestas apariciones y mensajes del Más Allá, lo que no debía ser precisamente agradable ya que las tropas, ignorantes y supersticiosas como ellas ellas solas, tenían la enojosa tendencia a la credulidad más absoluta, y cualquier presagio salido de boca de estos correveidiles de la divinidad era tomado como artículo de fe.


Juicio de Dios al que fue sometido Pedro
Bartolomé en abril de 1099 para probar la
veracidad de la lanza de marras.
El visionario más empecinado de todos era un campesino provenzal llamado Pedro Bartolomé, el cual afirmó haber sido informado de la ubicación de la Lanza Sagrada en la iglesia de San Pedro de Antioquía. Esta revelación le fue comunicada por el mismísimo san Andrés, el cual se le había aparecido acompañado de otra persona que luego fue identificada como Jesucristo nada menos. El obispo Adhémar no estaba por la labor de tomar en serio al santón debido a que ya había una Lanza Sagrada en Constantinopla (actualmente se veneran varias Lanzas Sagradas), y por otro lado las visiones de Pedro no le merecían el más mínimo crédito. Pero si las visiones de Pedro no eran suficientes, se le unieron las de un monje de la Provenza por nombre Esteban al que, como no, también se le había aparecido Jesucristo en persona en la iglesia de Santa María de Antioquía. No obstante y a pesar de la renuencia de Adhémar, éste optó por hacer como que se creía la historia del santón debido a que las tropas, siempre proclives a creérselo todo, veían en ese símbolo una clara muestra de apoyo divino a su empresa. En definitiva, que aceptó el trágala aquel con tal de mantener alta la moral, y hasta transigió con que Raimundo de Aguilers, capellán del conde de Tolosa y cronista de la Cruzada, portara la dichosa lanza al frente de las tropas provenzales.


Los cruzados "bombardean" a los defensores de Nicea
con las cabezas de los enemigos capturados para dejarles
bien claro que tenían muy mala leche.
Pero la labor de Adhémar de Monteil no solo se limitó a cuestiones de tipo espiritual y diplomático, sino también militar. En las crónicas de la época, especialmente en el GESTA FRANCORVM, y la HISTORIA FRANCORVM de Aguilers, hay constancia de su intervención en el cerco de Nicea. En este caso estuvo al mando del ala derecha del ejército del conde de Tolosa durante la batalla que tuvo lugar ante los muros de la ciudad contra las tropas enviadas por el sultán de Rüm, Kilij Arslan I, para obligar a los cruzados a levantar el cerco y liberar la ciudad. Así mismo, su mesnada llevó a cabo el minado de una torre durante el asedio, aunque sin éxito. Por otro lado, participó en la batalla de Dorilea (1 de julio de 1097), que se puede decir que se ganó gracias a que el obispo, seguido por sus tropas, atacó de flanco a los turcos cuando estos tenían la victoria en sus manos. Yendo junto con otras mesnadas al auxilio de Bohemundo de Tarento, su estrategia se basó, no en atacar directamente a los turcos, sino en dirigir a su gente por un sendero entre las montañas que le permitió cargar contra los enemigos de forma sorpresiva cuando estos estaban centrados en rematar a las tropas del normando.


Adhémar de Monteil carga contra los turcos
enarbolando la Lanza Sagrada durante la
batalla de Antioquía. En realidad, el encargado
de portarla era Raimundo de Aguilers.
Y no solo se jugaba el pellejo dando estopa a los sarracenos, sino que incluso ponía las peras a cuarto al personal cuando las cosas se ponían chungas. Una situación de ese tipo se vivió en Antioquía la cual, tras ser tomada en junio de 1098 después de más de seis meses de asedio, se vio nuevamente cercada, pero esta vez por Kerbogha, el atabeg de Mosul. Los cruzados se vieron encerrados en una ciudad recién ocupada con las vituallas bajo mínimos y con considerables cantidades de enfermos y heridos, lo que hizo que las tropas se acojonaran vilmente ante la magnificencia del ejército otomano. Al ver que las deserciones empezaban a ser verdaderamente preocupantes, en connivencia con Bohemundo de Tarento no dudó en ordenar establecer una estricta vigilancia en las rutas de escape por las que los desertores tomaban las de Villadiego. Fue en este contexto cuando tuvieron lugar las apariciones de Pedro Bartolomé y Esteban, y de ahí el que Adhémar, agobiado por la perspectiva de ver caer la ciudad que tantos esfuerzos les había costado tomar, se hiciera el loco y aceptara como buenas las visiones de los dos santones. Lo cierto es que, al parecer, en el lugar indicado por Pedro solo apareció una barra de hierro. Sea como fuese, la cuestión es que los cruzados llevaron a cabo una exitosa salida el 28 de junio bajo el amparo de la Sagrada Lanza que logró poner en fuga a un ejército numéricamente muy superior.


Muerte del obispo Adhémar de Monteil,
obispo de Le Puy, en Antioquía
Por desgracia, el buen obispo no tuvo la oportunidad de avistar la ciudad santa de la misma forma que a Moisés de le negó la Tierra Prometida. Mientras los líderes militares de la Cruzada se repartían el inmenso botín que quedó tras la toma de Antioquía y la derrota del atabeg de Mosul, Adhémar de Monteil se murió no se sabe de qué el 1 de agosto. Según Runciman, el obispo ya arrastraba hacía algún tiempo una salud malucha, quizás por algún tipo de enfermedad infecciosa contraída durante el cerco de Antioquía que bien podría tratarse de tifus. En cualquier caso, la cuestión es que su muerte fue un duro golpe para todos los componentes de la Cruzada, y la pérdida de un hombre tan capacitado en todos los aspectos una peligrosa grieta en la unidad de sus líderes, más dados a pensar en los bienes terrenales que en los espirituales. Fue enterrado el día 2 en la iglesia de San Pedro de Antioquía, la misma donde "apareció" la Sagrada Lanza. Pero la noche del día después del sepelio, su fantasma se personó ante Pedro Bartolomé para hacerle una serie de revelaciones de lo más estimulantes. 

-Mis hermanos no deben lamentar que mi vida haya llegado a su término- aseguró el fantasma al atribulado santón, que tenía línea directa con el Más Allá a la vista del elevado número de visiones que tuvo- , porque nunca he sido para ellos tan útil en el pasado como lo seré en el futuro, pero siempre y cuando estén dispuestos a guardar los Mandamientos de Dios. De hecho, yo, junto a todos mis hermanos cuya vida ha terminado como la mía, estaré junto a ellos y me apareceré para daros mejores consejos de los que os he dado hasta ahora.


El obispo Adhémar junto a otros líderes cruzados
Está de más decir que la revelación de Pedro Bartolomé causó furor, así como los motivos que adujo el espectro del obispo para darse de vez en cuando un garbeo por el Más Acá para asesorar a sus conmilitones. Pero de eso hablaremos mañana, que por hoy ya vale. Como colofón, añadir solo que la muerte de Adhémar no solo supuso un gran pesar para las tropas y el fin de un incuestionable liderazgo espiritual sino además, como comentaba anteriormente, la pérdida del que quizás fue el único nexo de unión entre los jerifaltes de la Cruzada. De hecho, una vez desaparecido el único hombre con autoridad moral para sujetar la ambición desmedida de los nobles, los conflictos entre ellos fueron la tónica habitual.

Bueno, ya está.

Hale, he dicho


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