lunes, 19 de octubre de 2015

Pontoneros medievales


Puente de barcas de Triana

Desde los tiempos más remotos, los cursos fluviales han sido barreras capaces de detener a ejércitos enteros y, de hecho, fueron y aún son incluso los que marcan muchas fronteras entre países. Para una hueste, toparse con un río podía suponerle el detener su avance e incluso obligarle a dar media vuelta y volver a casa muy cabreados por la fallida incursión. De hecho, uno de los muchos motivos que incentivaban el acometer cabalgadas y aceifas en la época estival se debía precisamente a que era la única forma de encontrar los niveles de caudal más bajos y, por ende, transitables por la aparición de vados. Bastaría un cauce de varios metros de ancho donde no se hiciera pie para parar en seco, o en mojado mejor dicho, a un ejército de miles de hombres. Porque hablamos de una época en que eso de nadar no estaba muy extendido, los peones que formaban las milicias eran más de secano que un garbanzo, y cruzar un río con 20 ó 30 kilos encima del cuerpo en armamento era la mejor forma de irse al fondo y ahogarse bonitamente.

Puente de barcas
Por otro lado, recordemos que, contrariamente a lo que solemos ver en las películas, los ejércitos de la Edad Media iban acompañados por trenes de carromatos con los bastimentos, provisiones, equipajes e incluso maquinaria. Como ya podemos suponer, un carro tirado por dos bueyes no podía cruzar un río como si fuese el Quema en plena romería rociera y, en realidad, si la corriente era medianamente fuerte impedía el paso incluso a los caballos y sus jinetes que, previamente despojados de sus armas, intentasen pasar a la otra orilla. Algunos me dirán que para esos menesteres ya existían los puentes de barcas, pero estos no eran precisamente fáciles de transportar por las pésimas vías de comunicación de la época, y menos aún de construir. Por ello, su uso no estaba orientado hacia la provisionalidad de un simple pontón que podía retirarse tras cruzar el río porque, caso de dejarlo instalado, lo más probable era que el enemigo lo destruyese una vez cruzado el cauce, por lo que dejaría al ejército invasor sin posibilidad de retirarse.

Sin embargo, los cerebros grises de la guerra medieval se devanaron sus belicosas neuronas para dar con medios adecuados para intentar facilitar el paso a las huestes y dejar al enemigo perplejo al verlos aparecer secos y sin ahogarse ante sus murallas, confiados como estaban en que todos se irían al fondo del río si intentaban vadearlo. Para ello, idearon diversos tipos de pontones que podían facilitar tan importante operación.

A la derecha tenemos un primer ejemplo diseñado por Konrad Kyeser que, como podemos apreciar, consta de una plataforma rodante que permitía su transporte por tierra. A la hora de usarlo como pontón, se inflaba esa especie de colchoneta de cuero que aparece en la parte inferior la cual iría embreada por dentro para impedir fugas. Para que nos hagamos a la idea, sería algo similar a un odre o una bota de vino, pero a lo bestia. A ambos lados de la plataforma van dos pasarelas plegables para que no estorbasen durante el transporte, las cuales podían unirse con otros pontones dependiendo de la anchura del cauce. El conjunto se aseguraba a ambas orillas mediante sogas para impedir que se lo llevara la corriente y, una vez cruzado todo el ejército, podía retirarse del agua y proseguir el avance manteniendo la posibilidad de hacer uso de nuevo del pontón en caso de encontrarse con otro río.

A la izquierda tenemos otro ejemplo, también obra del polifacético Kyeser. En este caso, el sistema de flotación se basa en una serie de barriles que podemos suponer serían más eficaces que la especie de colchoneta que vimos en el grabado anterior. ¿Por qué? Muy sencillo: los barriles no se dañarían con facilidad a causa de los objetos arrastrados por la corriente (ramas, troncos, cuñados), y su estanqueidad sería más fácil de lograr. Por otro lado, en este diseño vemos que las pasarelas plegables van provistas de unos robustos ganchos que facilitarían la unión entre varios pontones, así como su fijación a las orillas. Por lo demás, cabe suponer que las dimensiones de estos pontones estarían en función de los bastimentos que acompañaban al ejército y, en el peor de los casos, si no eran capaces de soportar el peso de un carro de bueyes, siempre se podían desenganchar los animales y descargar el carro para hacerlos cruzar el río todo por separado.

No solo Kyeser ideó pontones portátiles. Valturio también se devanó la sesera para llevar a cabo diseños prácticos y eficaces, similares a los que hemos visto anteriormente, basados en flotadores. Pero también creó otros tipos de pasarelas mucho más complejas, ideadas para permitir el paso de caballerías o incluso vehículos y que podemos ver en el grabado de la derecha. Como se puede apreciar, consta de tres partes que se pliegan una sobre otra gracias a un torno. Sus ruedas le permitía ser fácilmente transportada y aproximada a la orilla del cauce y, lo más importante, no era preciso que nadie ayudara desde la orilla opuesta para su instalación. Bastaba desplegarla para que los garfios situados en el extremo fijaran la pasarela sin más. O sea, un sistema similar al de los carros lanzapuentes modernos.

También se idearon pasarelas plegables más ligeras y fáciles de transportar. En la ilustración A tenemos un primer ejemplo que, como vemos, consta de una serie de tablones unidos mediante bisagras que, una vez extendidos, quedan fijados en ambas orillas mediante fuertes sogas. Una advertencia: aunque en el gráfico aparezca puesto en vertical, en realidad debemos verlo como si estuviera horizontal, o sea, tendido sobre el agua. Y como detalles curioso vemos dentro del círculo rojo las tajamares con que va equipada la pasarela para desviar los objetos arrastrados por la corriente e impedir de ese modo que se produzcan daños en la misma. En cuanto al gráfico B, es una pasarela similar si bien en este caso, además de plegarse sobre sí misma, es extensible. El espacio que queda entre cada tramo se llena con una plataforma de madera, método que queda quizás más claro si nos fijamos en la ilustración inferior. Estos tipos de pasarelas permitirían cruzar fácilmente cualquier tipo de cauce tratándose de tropas a pie. 


Otro diseño adaptado al paso de tropas a pie nos lo legó Valturio, y no solo permitía el cruce de ríos sino que incluso protegía a las tropas en aquel delicado momento en que estaban casi indefensos en caso de haber enemigos cerca de ellos hostigándolos. El diseño no podía ser más básico y, a la par, más eficiente: varios toneles alineados uno tras otro de orilla a orilla que, como vemos en el grabado superior, permitían a las tropas cruzar por dentro de los mismos. Con este sistema se podía establecer un pontón tan largo como fuese necesario. Solo era preciso unir sólidamente los barriles para impedir que la corriente los arrastrase río abajo Sin embargo, estos ingenios no permitían el paso de caballos y demás animalitos que acompañaban a los ejércitos, así pues, ¿que qué pasaba con ellos? También tenían solución para tal menester, como no...

Obviamente, los caballos y acémilas que acompañaban a una hueste carecían del sentido del equilibrio necesario para atravesar una pasarela movida por la corriente. Para que cruzasen de una orilla a otra se podía recurrir a tres métodos: obligarlos a nadar con su jinete encima si el cauce no era muy ancho y la corriente muy fuerte; construir una almadía, lo que tampoco se puede decir que fuese una plataforma muy estable que digamos, y además poco manejable en cursos con una corriente mediana; o, mejor aún, obligarlos a cruzar a nado sin sus jinetes si el cauce era demasiado peligroso. Para impedir que los animales fueran arrastrados por la corriente o que cada uno tomara el camino que le pareciera mejor, se valían del método que vemos en la ilustración de superior. Como vemos, entre ambas orillas se ha tendido un palo, que lógicamente puede ser sustituido por una gruesa soga, por donde corren tantos dogales como caballos crucen. El último de ellos lleva a su jinete para hostigarlos y obligarles a nadar. En la orilla opuesta, un hombre gira un torno que mantiene tensa la soga, impidiendo con ello que los animales se muestren remolones o incluso se hundan.


Y ahora, la pregunta del millón: ya hemos visto que este tipo de pontones requerían el paso de previo de uno o más hombres para, desde la orilla opuesta, ayudar a tenderlo. ¿Qué pasaba pues si nadie de la hueste sabía nadar, o no tan bien como para cruzar un río caudaloso? Pues también lo tenían previsto. En el grabado de la derecha tenemos varios ejemplos ideados por Valturio: en la parte superior aparecen dos flotadores. El de la izquierda está formado por dos odres inflados, y el de la derecha por dos recipientes obviamente huecos que se fijaban al cuerpo mediante correas. Eso permitía cruzar sin agotarse y, aunque la corriente lo arrastrara a uno varias decenas de metros río abajo, eso era irrelevante llegado el caso. Y si uno no se quería mojar y pillar una pulmonía porque las aguas aún estaban excesivamente frías al comienzo de la primavera, pues se convertía al héroe de turno en surfer fluvial. Ayudado de una plataforma flotante y braceando se podía cruzar un río sin muchos problemas.

En fin, con lo mostrado ya podemos tener una idea bastante clara de los sutiles ingenios con los que nuestros belicosos ancestros se valían para cruzar ríos sin mojarse los pies. Obviamente, disponer de ellos no era barato ya que había que recurrir a ingenieros militares que vendían sus servicios a precios que no todos se podían permitir, pero ello suponía la diferencia entre poder alcanzar o no los objetivos marcados por muchos ríos que hubiese de por medio.

En fin, ya está.

Hale, he dicho