domingo, 2 de agosto de 2015

Reciclando torretas, 1ª parte




Las dos décadas que separaron los dos conflictos mundiales sirvieron para que los estados mayores se devanaran los sesos largo y tendido intentando sacar conclusiones provechosas de los cuatro terroríficos años que duró la Gran Guerra, la cual dejó atrás para siempre determinadas tácticas mientras que trajo otras nuevas. La más importante fue, como sabemos, que eso de avanzar bonitamente por el campo de batalla como quien va de excursión había pasado a la historia para siempre jamás. El poder de la artillería y las ametralladoras habían convertido la tierra de nadie en un sitio tan desagradable que no quedó ni uno con ganas de darse un garbeo por allí. Y, por otro lado, la aparición de los carros de combate también dejó claro que eran el arma del futuro, y que quien dispusiera de un buen arsenal de aquellos artefactos se llevaría el gato al agua en la próxima guerra.

FT's en el desfile de la victoria en París, en 1918. En
pocos años, los miles de unidades fabricadas se quedarían
más obsoletas que un yesquero.
El desarrollo y la constante evolución del carro del combate fue el objetivo principal de muchos ejércitos empezando por el alemán el cual, muy escarmentado tras haber visto lo bien que iban los Renault gabachos, así como los male y female británicos, se pusieron a devorarse las neuronas para diseñar las mejores máquinas, todo ello muy en secreto ya que el Tratado de Versalles les prohibía siquiera pensar en ellas. Así pues, durante los años 20 y el primer lustro de los 30 se avanzó de tal forma que las máquinas que había sido decisivas apenas 10 ó 15 años antes habían quedado relegadas a la condición de dinosaurios de chatarra. Pero esa chatarra era cara, había costado un pastizal fabricarla y, lo que era peor, no podía ser usada en los nuevos proyectos tanto en cuanto carecían del blindaje y la capacidad para albergar cañones más potentes. De ahí que, ya que la Gran Guerra también había marcado un antes y un después en lo tocante a las fortificaciones, se decidiera hacer uso del material obsoleto para, combinándolo adecuadamente con casamatas de hormigón, dar a las torretas que se habían quedado anticuadas un nuevo uso para el que eran perfectamente válidas: formar parte de dichas fortificaciones.

La Línea Stalin
En este caso no fueron los tedescos los que tuvieron la idea, sino los rusos. Fue a finales de 1927 cuando el padrecito Stalin decidió que había que fortificar adecuadamente el paraíso comunista, no fuesen a sufrir una invasión de proletarios de toda Europa deseosos de largarse a la Unión Soviética a disfrutar de las indudables maravillas que ofrecía el nuevo modelo socio-económico-político que no solo te garantizaba el trabajo, sino incluso trabajar más horas que nadie so pena de ser enviado de vacaciones a un gulag por un par de décadas, así como un elevado nivel de prestaciones y seguridad ciudadana de la que se hacían cargo los amables agentes de la GPU, luego NKVD y luego KGB. Así pues, el mostachudo jefe de los proletarios- que por cierto fumaba en una carísima pipa inglesa Dunhill, como un lord- ordenó crear una inmensa línea fortificada que recibió su nombre- faltaría más- y que a lo largo de unos 2.000 km. se extendía desde el Báltico hasta el Mar Negro. La línea en cuestión estaba formada por unas 3.000 posiciones que contenían fortificaciones de todo tipo: puestos de mando, nidos de ametralladoras, casamatas para artillería de campaña y anticarro, casamatas para comunicaciones, almacenes, polvorines, etc.

Tamaña obra les estaba costando millones de rublos, y la maltrecha economía soviética no alcanzaba a sufragar los monstruosos gastos que suponía la creación de semejante línea fortificada especialmente en lo tocante a la fabricación de cúpulas de acero similares a las que los gabachos instalaron en su igualmente cara e igualmente inútil Línea Maginot. Y ante esa carencia de cúpulas tuvieron la genial idea de echar mano de las torretas de los carros que se habían ido quedando obsoletos, especialmente los T-18, T-24, BT y T-26- en este último caso solo de los modelos más antiguos- e instalarlas en casamatas de hormigón, logrando de ese modo matar dos pájaros de un tiro: disponer de fortificaciones blindadas y no gastarse un rublo. Estas casamatas recibieron el nombre de Tankovaya ognievaya totshka, más conocidas por su acrónimo: TOT. Su morfología obedecía a un patrón común para todas ellas el cual podemos ver en la ilustración superior. En cuanto a su instalación, y esto es extensivo a cualquier torreta reciclada fuese quien fuese el que la usase, solo requerían la corona de rodamiento del carro. Para girar la torreta se accionaba una manivela de la misma forma que si fuese instalada sobre el casco. Recordemos que en estos casos aún no se habían ideado torretas que girasen mediante un motor, sino que el giro era manual.

De entrada, conviene señalar que estas casamatas no estaban concebidas para ser ocupadas de forma indefinida ya que carecían de espacio y las comodidades mínimas para albergar a su pequeña guarnición. Como podemos ver, constaban de tres dependencias separadas por puertas de madera forrada de acero mientras que la de acceso principal era enteramente metálica. En la dependencia central se instalaba un aparato de radio, teléfono o telégrafo y un ventilador para renovar el aire viciado. Como se ve en el gráfico, una pequeña tronera permitía abrir fuego contra la puerta de entrada en caso de verse invadidos. En cuanto a la cámara de combate, estaba dividida en dos pisos: el superior, donde se situaban el comandante de la casamata y el cargador, y la inferior, donde estaba el pañol de munición y un par de hombres para ir arrimando proyectiles. El grosor de los muros de hormigón era bastante aceptable: 150 cm. para el frontal, 100 cm. para los laterales y 120 cm. para el techo. Las TOT estaban distribuidas de forma que se apoyasen unas a otras, y cuidaban especialmente el camuflarlas de la mejor forma posible ya que estas torretas carecían del masivo blindaje de las cúpulas de acero. Obviamente, ya que les salían gratis no iban a ofrecer además una protección máxima.

Pero no solo construyeron casamatas en todas regla sino que incluso recurrieron a algo mucho más económico y fácil: enterrar en carro entero dejando solo la torreta a la vista tal como podemos ver en la ilustración de la izquierda. Para estos menesteres hicieron uso especialmente de los T-28, un carro basado en el FT gabacho si bien en el caso ruso con tal cantidad de fallos de todo tipo que más de un ingeniero debió partir para Siberia sin billete de vuelta tras ser declarado enemigo del pueblo. Como vemos, el casco era desprovisto de todo lo que contenía: suspensión, tren de rodaje, motor, etc., quedando solo el chasis mondo y lirondo para convertirlo en una cámara de combate. Tras cavar un hoyo de dimensiones adecuadas se procedía a enterrarlo no sin antes cubrirlo de piedras para darle más resistencia al conjunto. Otra opción era, tal como vemos en el dibujo inferior, practicar la entrada por la parte inferior del casco mediante un túnel entibado con troncos. En cuanto a su misión, podían ser desprovistos de armamento para convertirlos en puestos de observación o de comunicaciones, o bien como nido de ametralladoras en el caso de las torres armadas con máquinas Degtarev o incluso como casamatas anticarro gracias a las 200 torretas disponibles armadas con cañones de 45 mm., suficiente para los blindajes de aquel momento.

Está de más decir que los gabachos aplicaron estos mismos principios en la construcción de su Línea Maginot ya que ellos les sobraban miles de FT de la Gran Guerra que ya no servían para nada, así que hicieron diversos usos de ellos. A la derecha tenemos un ejemplo que, básicamente, nos muestra el mismo concepto que ya habían creado los rusos si bien en este caso con un nivel de acabado muy superior. Según podemos apreciar, el casco del FT ha sido cubierto por una capa de hormigón que aumenta de forma notoria la resistencia del conjunto. Además, contempla la posibilidad de que sus dos servidores puedan disponer de un alojamiento mínimamente cómodo para caso de necesidad gracias a las literas adosadas al muro. Por lo demás, el acceso a la cámara de combate se realizaba por la parte trasera del casco, el cual había sido recortado para este menester.

También aprovecharon más de 200 carros de comunicaciones Renault TSF para convertirlos en puestos de observación como el que vemos en la foto de la izquierda. En este caso se actuaba de la misma forma que con los FT: eran enterrados y cubiertos de hormigón si bien en este caso, al disponer de un buen acceso al interior del vehículo, la entrada al mismo se efectuaba por dicha escotilla y no mediante una galería. Por lo demás, tampoco era necesaria una protección superlativa ya que, caso de verse el observador con el enemigo a la vista, pasaba de quedarse allí contemplando el panorama y salía echando leches hacia sus líneas.

Otro invento más fueron las STG, o Tourelle Démontable Modèle 1935 que, aunque no eran propiamente dicho torretas recicladas, su diseño se basaba en un concepto similar. Se trataba de una pequeña torreta de una apariencia parecida a la del FT armada con una ametralladora Hotchkiss y que, en vez de ir sobre una casamata de hormigón o el casco de un carro de combate, estaba instalada en una estructura cilíndrica provista de una puerta de acceso. El concepto de la STG era el de emplazarlas en lugares concretos en función de las necesidades del momento, especialmente para cubrir ángulos muertos entre fortificaciones de más envergadura. 

Para que nos entendemos: bastaba cavar un hoyo y una pequeña zanja que permitiera acceder a la puerta blindada y ya está. Si en algún momento era preciso su traslado a otro sector, pues bastaba sacarla de su hoyo y meterla en otro. Para ello solo se tardaban unas tres horas y media, que era lo que tardaban cuatro zapadores en cavar el hoyo que daba cabida al cilindro. Se construyeron casi mil unidades de STG, estando diseñadas para resistir al menos un impacto directo de un cañón de 25 mm., lo cual era más bien una birria de blindaje, y su acceso podía hacerse bien a través de la escotilla del cilindro o bien desde la que había en el techo de la torreta. Pero su gran inconveniente es que el desgraciado que se veía metido allí debía sentir una claustrofobia bestial, aparte de serle materialmente imposible dormir la siesta, lo cual debía ser muy enojoso.

Cúpulas del sector de Hackenberg, en la Línea Maginot.
Como vemos, se dan apoyo unas a otras y están
comunicadas bajo tierra con el reducto principal.
Por último, convendría concretar un detalle que se me antoja importante. A la vista de lo leído, puede que algún que otro lector piense que estas torretas recicladas estaban concebidas para actuar como puntos de resistencia aislados capaces de hacer frente a todo lo que les viniera por delante. Bueno, pues de eso nada. Estas pequeñas casamatas, ya fueran de hormigón o el casco enterrado en un hoyo, formaban redes de puntos defensivos conectados unos con otros mediante trincheras y/o túneles que podían cubrir todos los ángulos posibles dentro de su sector, bien como apoyo a una fortificación mayor o bien para cerrar el paso por determinadas zonas según vemos en la foto de la derecha. Pero si los enemigos lograban aproximarse a estas casamatas o las localizaban, lo mejor era apagar la luz y salir como un cohete en busca de un refugio más adecuado. 

Dos "pioniere" germanos incinerando enemigos como
quién prepara chicharrones.
¿Por qué? Fácil: estas torretas eran, como ya se ha dicho, obsoletas, y provistas de un blindaje mínimo que la artillería de cualquier carro podía vulnerar. Y si no era infantería apoyada por carros la que atacaba un sector cubierto por estas fortificaciones, una compañía de ingenieros armados con lanzallamas podían desalojarlas en un periquete si los defensores no querían verse convertidos en torreznos. Y en eso de tomar por asalto posiciones fortificadas los tedescos se habían convertido en verdaderos maestros, como dejaron claro cuando traspasaron la "invulnerable" Línea Maginot como si fuera mantequilla. Para unos cuantos defensores encerrados en una angosta casamata ver aparecer a un probo ciudadano echando llamaradas a diestro y siniestro era un argumento de lo más contundente, y la perspectiva de ver entrar el petróleo inflamado por las mirillas era muy preocupante para ellos.

En definitiva, el reciclado de torretas fue una opción válida para aprovechar ingentes cantidades de material obsoleto cuando aún se creía que las líneas fortificadas eran la solución para evitar invasiones, así como el no verse abocados a tener que invertir aún más dinero en fabricar material nuevo. De ahí que fuesen los alemanes los que, tras encontrarse con cientos y cientos de carros capturados al enemigo por toda Europa hicieran también uso de este material con su habitual y meticulosa precisión teutónica. Pero de eso hablaremos en la próxima entrada, que es hora de merendar y eso es sacrosanto.

Hale, he dicho