jueves, 30 de julio de 2015

Yelmos de torneo




Aunque ya en su día se dedicó una entrada a los baúles de justa, no eran estos los únicos yelmos que se usaban en los belicosos juegos marciales en los que los gentiles y gallardos caballeros se dedicaban a deslomarse y a perder la honra, sus onerosos pencos de batalla y sus costosísimas panoplias. Eso sí, si salían vencedores se volvían a casa con un pastizal ya que, como sabemos, los ganadores se quedaban con las armas y el caballo de los perdedores o bien les cobraban un rescate por los mismos. En definitiva, volvían magullados y hechos polvo pero con la vida resuelta para una temporada.

Bacinete de justa del primer cuarto del siglo XV. Su
visor, aún móvil, ya marca la morfología de los
futuros yelmos de cabeza de rana diseñados de forma
específica para justar a caballo.
Hasta aproximadamente la primera mitad del siglo XV, los yelmos al uso en estos eventos seguían siendo los enormes yelmos de cimera y los grandes bacinetes que, obsoletos para la guerra por la aparición de las borgoñotas, barbotas y celadas, aún seguían formando parte de las panoplias de los caballeros de la época para estos menesteres. Y, por otro lado, las diversas formas de combatir en los torneos hizo necesaria la aparición de tipologías específicamente diseñadas para ello ya que un baúl de justa era absolutamente inútil a la hora de justar a pie o a caballo con espada o maza. Así pues, esta entrada estará dedicada precisamente a los diversos tipos de yelmos que se desarrollaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XV y la práctica totalidad del XVI, cuando finalmente este entrenamiento marcial pasó a convertirse poco a poco en un deporte ecuestre en el que se dejó de lado la vertiente puramente bélica del mismo en favor de la mera destreza en la monta, y el manejo de la lanza relegado a los juegos de cañas o a combatir contra estafermos en vez de para ensartar enemigos. Bueno, al grano pues...

Como vemos en la foto, el yelmo de cimera protegía toda
la cabeza, pero el cuello quedaba a merced  de los

golpes del enemigo.
Lo que quizás hizo preciso la creación de diseños específicamente para torneos debió ser sin duda las reglas que se habían ido estableciendo para su desarrollo. Ya en tiempos de Alfonso X se concretaba que, por ejemplo, si un jinete rompía su lanza contra el yelmo del adversario ese golpe valía por dos lanzas rotas. ¿Resultado? Pues que la cabeza se convertía en un objetivo principal. Como ya podemos suponer, un impacto directo en esa parte del cuerpo, aún estando protegida por un yelmo de cimera, podía ser devastador. El encontronazo haría que el cuello sufriera una torsión hacia atrás que le dejaría al personal las cervicales como para estarse dos meses hasta las cejas de Valium, pero con el problema añadido de que el Valium aún estaba por inventar. El yelmo de cimera no estaba diseñado para soportar golpes directos de una lanza, sino tajos de espada, mazazos, etc., por lo que hubo que ver la forma de que el yelmo destinado a los torneos formase un sólido conjunto con la coraza de forma que el impacto fuese absorbido por el cuerpo y no por el cuello.

La solución fue el baúl de justa que ya vimos en su día, un enorme y pesado yelmo surgido durante la segunda mitad del siglo XV que fue el que podríamos denominar como primer yelmo especializado para torneos. Esta tipología con forma de cabeza de rana no reposaba sobre la cabeza de su portador, sino sobre los hombros. De esa forma, el peso del yelmo era más soportable y, lo más importante, el cuello quedaba a salvo de los tremendos golpes que recibiría en la cabeza.


Las fotos superiores nos permitirán conocer mejor estos yelmos. El A es un ejemplar anglo-flamenco fabricado hacia 1510. Su peso es de 4,4 kg. y, como podemos observar en su gorguera, esta está llena de orificios para fijar el yelmo al peto mediante tornillos. Ojo, no se usaban todos los orificios, sino que su elevado número era para buscar los que mejor coincidieran con los del peto. Para disponer de un poco de ventilación lleva una abertura en el lado izquierdo protegida por una sólida pestaña que impediría la entrada de cualquier objeto extraño. Porque, si nos fijamos, estos yelmos carecen de todo tipo de abertura por lo general aparte de la OCVLARIA a fin de impedir la entrada de las puntas de las lanzas adversarias así como de las peligrosas astillas que salían despedidas en cada encuentro. El B es un tipo similar pero con un sistema de fijación al peto distinto: las pletinas que lleva por delante y por detrás estaban ideadas para bloquear el yelmo mediante unas sólidas correas fijadas a la coraza. En la foto C vemos el yelmo de un arnés de justa perteneciente a Maximiliano de Austria fabricado en 1494 por Jörg y Lorenz Helmschmid. En la imagen podemos ver claramente como dicho yelmo está sólidamente unido al peto mediante tres tornillos de generoso tamaño.

Para lograr un bloqueo prácticamente absoluto de la cabeza dentro del yelmo se recurría a unas engorrosas cofias de armar como las que vemos en la imagen inferior.



Estas prendas, fabricadas con un resistente fustán y un grueso relleno de crin, iban provistas de lazadas y correas que permitían inmovilizar la cabeza dentro del yelmo. ¿Que para qué? Pues porque la inercia producida por el testarazo haría que el jinete se golpeara con su propio yelmo. O sea, éste no se movería apenas por ir anclado a la coraza, pero la cabeza sí podía moverse en cualquier dirección dentro del enorme baúl por lo que era preciso dejarla "aislada" en el interior del yelmo para impedir un cabezazo de antología. La imagen superior nos permitirá entenderlo fácilmente: a la izquierda vemos la cabeza del jinete cubierta por la cofia la cual, gracias a sus correas y lazos, es fijada al interior del baúl. A la derecha tenemos el baúl en cuestión en el que se aprecian las ranuras por donde salen las correas, así como los ollaos de bronce por donde saldrían los cordeles. De esa forma no había forma de mover la cabeza en ninguna dirección, impidiendo que se golpeara o que el cuello sufriera dolorosas torsiones.

Da tela de repeluco, ¿que no? Ni echándole
un colirio creo que se le aliviara el dolor,
pobre hombre...
Pero si alguien piensa que los que practicaban este deporte marcial exageraban en lo tocante a la protección personal, o que un accidente era cuasi imposible llevando semejante trasto en la cabeza, pues que se deleite con la imagen que vemos a la derecha. Se trata de un retrato que se exhibe en la colección de curiosidades del castillo de Ambras, en Innsbruck (Austria), el cual pertenece a un caballero húngaro llamado Gergely Paksy (llamado Gregor Baci o Baxi en alemán) el cual recibió la espeluznante herida que podemos ver en el cuadro. Sí, no es ningún camelo. Al tal Paksy le entró una lanza por el ojo derecho y le salió por el cogote durante un torneo y vivió para contarlo. En  el detalle se puede ver la réplica tridimensional que se hizo de su cráneo para corroborar que, en efecto, no alcanzó ningún punto vital y que el riesgo de una posible infección se vio aminorado por el plomo presente en la pintura de la lanza que, al parecer, actuó como un bactericida. De hecho, tras serle extraída el asta vivió varios años. Eso sí, el ojo se fue a hacer puñetas como es lógico. Por cierto, la sangre que mana del ojo sano se debería a la hemorragia en los senos frontales, y su apariencia saltona sería por la inflamación interna.

Como vemos en esa ilustración del Libro de los Torneos,
a pesar de tantas protecciones los contendientes
mostraban en sus nobiliarias jetas hematomas y heridas
producidos por los golpes.
También tenemos testimonios escritos de este tipo de heridas tan desagradables. Aparte del conocido accidente que sufrió rey Enrique II de Francia, en el relato del Passo Honroso de Suero de Quiñones tenemos una vívida descripción de como fue muerto un caballero aragonés por nombre Esberte de Claramonte: "... a la novena y triste carrera tornó Suero a encontrar al miserable caballero Claramonte, e diole por la visera del almete metiéndole todo el fierro de la lança por el ojo izquierdo fasta los sesos, e fízole saltar el ojo del casco...", o sea, que lo aliñó bonitamente si bien en este caso el tal Claramonte no tuvo tanta suerte como el húngaro que vimos más arriba. En definitiva, creo que queda claro que esto de los torneos no era ninguna tontería y más en este caso en que, como en tantas ocasiones, se usaban armas a todo trance, o sea, armas de guerra. Bueno, prosigamos...

Pero no solo se cruzaban lanzas en los torneos, sino que también se combatía con espadas y mazas de madera en las furibundas mêlées en las que dos equipos de contendientes se enzarzaban en un maremagno de porrazos y costaladas hasta que quedaba un vencedor. Para ello, como podemos suponer, los pesados y aparatosos baúles no servían para nada porque, entre otras cosas, solo permitían cierta visibilidad cuando el jinete se inclinaba hacia adelante según se explicó en su momento. De ahí que precisaran de un tipo de yelmo que permitiera un amplio campo visual pero, al mismo tiempo, que protegiera el rostro y el cuello de los brutales testarazos que se propinaban.



Espada y maza de cortesía fabricadas de madera. Su peso
las hacía bastante contundentes, que conste. Tanto como
para derribar a un jinete a golpes.
Estos descomunales yelmos eran de todo menos cómodos y ligeros. El de la izquierda es un ejemplar perteneciente al emperador Maximiliano fabricado hacia 1480 en Augsburg, y pesa la friolera de 9,6 kilos. El grueso vástago superior era para acoplar la cimera. Estos yelmos, como podemos ver, tenían una amplia zona abierta la cual era a su vez protegida por un enrejado extremadamente sólido. Proporcionaban pues un buen campo visual ya que en la mêlée podían lloverles los palos por cualquier sitio y, al mismo tiempo, les brindaban una buena protección en la cara. Además, según podemos ver, en este caso también iban fijados a la coraza si bien, gracias a su enorme tamaño, la cabeza podía moverse sin problemas en su interior. Y no, en este caso no era preciso inmovilizarla ya que los golpes que recibían eran dados con la fuerza del brazo, y no en forma de lanza en cuya punta iba concentrada la velocidad del corcel más el peso del mismo y el del jinete.

El conde de Warwick, a la izquierda, hiere en un hombro
al famoso condottiero Pandolfo Malatesta, el
Lobo de Rímini, durante una justa a pie con picos.
Pero no solo se justaba a caballo, sino también a pie, y para ello también era preciso un yelmo que se adaptase a este tipo de combate. En este caso no se luchaba con armas de madera, sino con alcones y picos por lo general. Este tipo de armas, provistos de largas y aguzadas picas, hacían necesario otro diseño ya que por los enrejados de los yelmos para justar a caballo podía fácilmente colarse una de esas picas y ensartarle a uno la cabeza como la aceituna de un martini. Por otro lado, este tipo de armas eran bastante pesadas, y sus golpes podían desarrollar una energía devastadora si el combatiente era un experto en su manejo. Un golpe en la cabeza tras un molinete podía causar una severa lesión si el adversario no la llevaba bien protegida, así que tuvieron que dar con un diseño adecuado para este tipo de lucha.




Y este fue el resultado: unos almetes grandes y pesados que, como los empleados para justar a caballo eran unidos a la coraza mediante tornillos para no poner en peligro al cuello con graves lesiones. Por otro lado, sus portadores necesitaban un buen campo de visión pero sin dejar resquicios excesivamente grandes por donde su adversario pudiera, bien de forma accidental o bien a posta por el calor del combate, meterle una pica que lo escabechara en un periquete. El de la izquierda perteneció a sir Gilles Capel, y se fabricó hacia el año 1510. Su peso no es en modo alguno despreciable: 6,1 kilos, lo que indica que, como todos los yelmos destinados a estos menesteres, estaban fabricados con una chapa mucho más gruesa de lo habitual para resistir tanto el trato que recibirían como para impedir que sus dueños causaran baja permanente por quedar tullidos, medio tontos de tanto trastazo o simplemente muertos de forma definitiva.

El almete fue el tipo de yelmo que acabó imponiéndose para todas las disciplinas ya que, como comentaba en la entrada dedicada a su fabricación, a lo largo del siglo XVI era habitual encargar arneses provistos de accesorios que los hacían válidos tanto para la guerra como para justas y torneos. A la derecha tenemos dos ejemplos: el primero de ellos es el almete de un arnés italiano de finales del siglo XVI para justar a caballo. Como vemos, está reforzado por una bufa que le cubre incluso hasta el hombro derecho, siendo esta pieza la que se llevaría el impacto de la lanza adversaria. Para airear el interior del yelmo bastaría subir el visor y, por otro lado, al estar los almetes enteramente forrados por dentro y quedar la cabeza ajustada a ellos, no precisaban de las engorrosas cofias que vimos más arriba. Y para justar a pie tenemos el ejemplar de la derecha el cual se fijaba al peto mediante tornillos como los grandes almetes que vimos en el párrafo anterior. Se trata de una pieza de origen alemán, concretamente de Augsburg y está datada entre los años 1495-1500. La babera quedaba bloqueada por la gorguera, pudiéndose alzar el visor para la renovación de aire o, simplemente, para justar con un mayor campo visual.

Solo nos restaría mencionar unos complementos que, aunque no son parte de los yelmos, estaban ideados para aumentar la protección de los mismos.


Arnés fabricado en Augsburg hacia 1590. Como
vemos, el almete, la tarja y el peto forma un sólido
conjunto unido mediante tornillos.
Se trata, como vemos en las fotos de arriba, de una serie de añadidos con que los arneses de guerra se podían convertir en arneses de justa. El A es una hombrera que lleva añadida una enorme bufa destinada a proteger la parte inferior del almete. Al ir unida al peto, cualquier golpe sería detenido sin que lograra alcanzar para nada el yelmo. En B vemos una pieza que actúa de hombrera, sobre-peto y bufa y va atornillada al peto por una media palometa. Estos añadidos impedirían mover el brazo izquierdo, lo cual sería irrelevante en este caso ya que la mano zurda solo se usaría para empuñar las riendas. Por otro lado, el grosor añadido por estos accesorios a la armadura les permitía prescindir de escudos o tarjas. Finalmente, en C vemos una tarja convencional que, en ocasiones, llevaban repujada una retícula como la que aparece en la foto de la derecha, ideada para "atrapar" la punta de la lanza, impidiendo así que se deslizara hacia arriba y acabara estampándose en el yelmo. Esta serie de piezas extra se encargaban junto al arnés de forma que con el mismo se podía, a base de intercambiar piezas, justar a pie, a caballo y, naturalmente, ir a la guerra. No obstante, como ya podemos suponer, esto entrañaba un notable gasto que se debía añadir al ya de por sí carísimo arnés si bien tenía como ventaja poder prescindir de diversos tipos de arneses según para que modalidad de justa.

Como colofón, añadir que es posible ver yelmos diferentes a los mostrados tanto en cuanto, como ya he repetido infinidad de veces, el diseño de estos arneses era algo muy personal y, aunque las modas imperantes marcaban de forma bastante nítida las tendencias de cada época, siempre podría surgir alguien que por mero capricho, para hacerse notar o simplemente porque los modelos al uso no le resultaban adecuados, optaba por un diseño distinto.

Bueno, se acabó lo que se daba.

Hale, he dicho


Ilustración de libro de los torneos de René de Anjou en la que aparecen dos jinetes justando a caballo con armas de
cortesía. Aunque pueda parecer lo contrario, un trastazo con una de esas pesadas armas fabricadas con madera
muy dura podía hacer verdadero daño si no se iba adecuadamente protegido.