jueves, 29 de octubre de 2015

Proyectiles de ballesta




En la primera entrada que en su día se dedicó a las ballestas se hizo mención, si bien de una forma un tanto generalizada, a los proyectiles al uso en las mismas y mencionando solo los de guerra. Así pues, y aprovechando que estos días estamos retomando el tema ballesteril, considero oportuno volver a tratar sobre ellos más a fondo. Al grano pues...

Escena de caza al jabalí según Gaston Phoebus (1405)
Obsérvese como el ballestero en primer término
usa un virote con punta barbada.
Antes de nada, conviene aclarar la denominación de estos proyectiles. Actualmente se les suele llamar virotes sin más pero, si hurgamos en textos antiguos, vemos que los términos virote, vira o viratón eran los que se aplicaban en la Edad Media a los proyectiles destinados a la caza, concretamente la caza menor. Según algunos autores, virote proviene al parecer del francés virer (girar), y puede que se adoptase esa expresión a la rotación de los virotes cuando eran disparados al usar estabilizadores colocados de forma helicoidal en el astil, lo que les daría más precisión. No obstante, en el diccionario de la RAE leemos que virote proviene del aumentativo de VIRA que, según ellos, es sinónimo de saeta, término este que, a su vez, también proviene del latín SAGITTA. Sea como fuere, lo que sí es cierto es que en obras como "Tesoro de la Lengua Castellana" de Covarrubias o en diccionarios de los siglos XVIII y XIX coinciden en que un virote era un proyectil de caza menor, y que sus diferentes tipos de puntas es lo que permitiría identificarlos y nombrarlos. De hecho, cuando en obras de la época leemos términos como "cuadrillo", "rallón" 0 "pasador" nos indican diferentes tipologías de puntas con las que se solía designar al conjunto, independientemente de que también existieran sinónimos para ellos como "jaras", que era como, según Almirante, se denominaban a unos virotes tostados (endurecidos con fuego) para caza mayor armados con una punta muy fina sin especificar su forma exacta. Sin embargo, Leguina afirma que se trataba de un proyectil también endurecido al fuego que podía ir armado con  una punta de hierro o sin ella y que se lanzaba a mano. En fin, como en tantas cosas relacionadas con la milicia y el armamento, nuestro gloriosa lengua tiene tal cantidad de contradicciones que, a veces, se hace desesperante dar con la tecla. Por ello y para no marearnos más con este asunto, nos limitaremos a llamar virote a los proyectiles de ballesta, especificando su tipología en función de la punta con que eran armados.


Escena de caza menor extraída del "Romance de
Alexander" c. 1335
Dicho esto, comenzaremos por la elaboración de los astiles, parte primordial del virote porque, sin ellos, ya me dirán como leches se podrían disparar. Los astiles de ballesta se fabricaban con madera de fresno, tejo o castaño, o sea, maderas muy resistentes y que requerían poco trabajo para dejarlas rectas como un huso. Su longitud oscilaba por los 35 cm. aproximadamente, si bien cada ballesta requería un largo concreto en función de su tamaño. Al contrario que las flechas de los arcos, los virotes carecían de culatín, por lo que eran apoyados directamente en la verga de la ballesta sin ningún tipo de protección o refuerzo en esa parte del astil. Por otro lado, aunque la potencia de estas armas superaba con creces a las de un arco largo- el más potente de todos-, su alcance era similar debido a la escasa longitud de los virotes respecto a las flechas, así como su precisión. De hecho, aunque podían llegar a más de 300 metros, su alcance eficaz no solía superar los 60 o 70 si bien a flecha perdida conservaban mucha más potencia residual que un arco, pudiendo matar a un hombre sin problemas a gran distancia caso de ser alcanzado.

La calidad de los virotes iba en función del uso que tendría. Los de guerra, que debían ser fabricados en cantidades enormes y no requerían muchos refinamientos, tenían un acabado más burdo que los de caza los cuales, por razones obvias, sí precisaban de una terminación más fina ya que los blancos eran de un tamaño muy inferior y, por otro lado, un cazador solo precisaba de, a lo sumo, una docena de ellos. A la derecha podemos ver el proceso de manufactura de los astiles. En A tenemos el astil ya preparado para comenzar. Es una pieza cilíndrica de madera perfectamente enderezada y seleccionada con un veteado que la haga más resistente a un posible revirado. A continuación, según podemos ver en B, se rebajaba por delante dándole una forma ahusada. Esto se hacía con dos finalidades: por un lado, rebajar de peso la parte delantera del astil para que el virote quedase equilibrado una vez ensamblada la punta y, por otro, para aminorar las superficies de rozamiento con el armazón de la ballesta ya que, en este caso, el virote solo apoyaría la parte trasera y la punta de hierro, lo cual favorecería su precisión. A continuación se afilaba un poco la punta para embutir el hierro y se le abrían dos finas acanaladuras donde se alojaban los estabilizadores según se aprecia en C. Los virotes de guerra iban provistos de dos de ellos, fabricados con madera, cuero o pergamino que, tal como se ve en D, tenían inicialmente forma rectangular. Se procedía a encolarlos y, una vez bien seco el pegamento, se recortaba dándole la forma definitiva tal como vemos en E. A partir de ahí ya estaban terminados y dispuestos a ser armados.

BALLISTARIVS en plena faena. Durante
siglos, la ballesta tuvo una amplísima
difusión no solo como arma de guerra,
sino también deportiva y cinegética.
Con todo, y según se puede ver en la ilustración de cabecera, en las armerías eran almacenados astiles y puntas por separado, siendo formados los virotes en caso de necesidad. A continuación, en F tenemos un astil para un virote de caza. Esta tipología usaba estabilizadores de plumas ya que estas proporcionaban un vuelo más preciso y, además, usaban tres de ellos en vez de dos. En el detalle podemos ver su disposición. Las plumas eran encoladas y unidas mediante un fino cordel al astil tal como aparece en el dibujo. Finalmente, en G podemos ver otra tipología de astil para virote de guerra que, en este caso, tiene un engrosamiento en los dos primeros tercios, mientras que la parte trasera está rebajada hasta darle forma rectangular. La finalidad era la misma que en el primer caso: apoyar el mínimo posible en el armazón de la ballesta. Con todo, en ambos casos era imprescindible lograr un equilibrado correcto ya que, de lo contrario, las pesadas puntas de hierro podían hacer cabecear en exceso el virote, haciéndoles perder alcance y precisión.

En cuanto a las puntas, tenemos tipologías distintas según su uso, bien bélico, bien venatorio y, dentro de este último, para caza mayor o menor. En este aspecto cabe también concretar que la calidad de las primeras difería bastante de las segundas por las misma razones aducidas en el caso de los astiles, siendo las puntas de guerra más bastas y peor acabadas. Veamos los diferentes tipos que había.

A: Cuadrillo con cubo de enmangue. Es la tipología más habitual, y su forma podía variar ligeramente de un fabricante a otro. En todo caso, se trataba de puntas de unos 5-6 cm. de largo con punta en forma de pirámide cuadrangular destinadas a perforar lorigas o armaduras de placas. Eran las más efectivas y, al mismo tiempo, las más comunes de todas porque, como esas valían para todo, pues los ballesteros las preferían ya que no era plan de tener que estar eligiendo un determinado tipo de virote según el nivel de protección del enemigo a batir. 

Efectos de un pasador en una loriga
B: Pasador con cubo en enmangue. Este diseño estaba ideado para perforar las lorigas. Su aguzada punta permitía entrar por una anilla y, al romperla por la fuerza del impacto, acabar penetrando por completo en el cuerpo del enemigo. Al igual que los cuadrillos, tenían forma de pirámide cuadrangular.

C: Pasador similar al anterior pero aún más aguzado con forma cónica o piramidal triangular o cuadrangular.

D: Cuadrillo con enmangue mediante pedúnculo. Es un cuadrillo ordinario pero que era armado en el astil mediante la introducción del pedúnculo a través de un orificio en la madera. Era un método que abarataba bastante la fabricación de la punta y, aunque aquí lo representemos en un cuadrillo, era también usado en los demás tipos. Además, este sistema de engarce hacía que el herido, al extraer el astil tirando del mismo, lo desprendiese, dejando el hierro dentro del cuerpo.

Impregnando virotes
incendiarios en brea
E: Punta barbada. Usadas contra enemigos mal armados, su extracción era prácticamente imposible ya que el desgarro que producía en la carne al tirar del astil suponía un dolor bestial. Al que le clavaban una, chungo.

F: Punta incendiaria. Iban armadas con una punta barbada muy pequeña para facilitar el clavado en superficies de madera. Tras ellas se anudaba una pequeña madeja de estopa que era impregnada en brea o aceite. Se encendía en los instantes previos al disparo. Como ya podemos suponer este tipo de puntas solo se distribuía entre las tropas cuando era necesario provocar incendios, o sea, durante los asedios. Con ese tipo de punta se podía meter fuego a los cadalsos, las máquinas de guerra, casas, etc.

Bien, estas serían las tipologías más habituales que, aunque sus morgologías difieran, tenían todas una cosa en común: las puntas no iban provistas de ningún tipo de sistema de fijación al astil. O sea, iban embutidas a presión, sin más. ¿Para qué? Pues para lo que dijimos en la del pedúnculo: para que se desprendieran del astil al tirar del mismo, dejando la punta dentro del cuerpo. Obviamente, esto suponía una muerte casi segura si no se extraía, por lo que los cirujanos de la baja Edad Media y el Renacimiento ya idearon el instrumental adecuado. Arriba podemos ver dos extractores que, aparte de ingeniosos, debían provocar unos berridos en las víctimas que se oirían en Birmania. 

El superior estaba destinado a extraer puntas barbadas. Con el instrumento cerrado, se metía por el orificio por donde había entrado. Una vez se tocaba la base del hierro con la sonda, se abría ésta y se bloqueaba con el tornillo, permitiendo así mantener separada la carne para que las barbas de la punta no se clavaran en ella al sacarla. El instrumento de abajo valía para extraer puntas con cubo de enmangue. Una vez introducido por el orificio, cuando se notaba que la punta había entrado en el cubo se giraba la palometa, abriéndose la misma de forma similar al anterior y atrapando "por dentro" al cubo del hierro. Obviamente, esto no valía para las barbadas, sino solo para cuadrillos y pasadores que podían ser extraídos limpiamente. En el grabado de la izquierda podemos ver a un cirujano en plena extracción en la que el herido, o ha palmado, o es un fakir que no siente el dolor porque puedo asegurar que no debía permanecer tan impasible como aparece.

En todo caso, si uno era herido por un virote (o una flecha), lo mejor era ser atravesado por la misma ya que, en ese caso, bastaba cortar el astil por la parte trasera y extrayendo el resto por el lado de la punta. El instrumento para ello era, paradójicamente, una ballesta. Según vemos en el grabado de la derecha, se aprisionaba la punta que emergía del miembro o el cuerpo del herido con unas tenazas unidas a la verga de una ballesta que, al ser disparada, producía una extracción cuasi instantánea, por lo que se aminoraba bastante el dolor y el nivel de decibelios del berrido del herido. Luego bastaba aplicar cauterio o alguna porquería con propiedades cicatrizantes y rezar a todo el santoral para que la infección no le produjese una gangrena y la consiguiente amputación para la que, por desgracia, no había disponibles instrumentos de acción rápida salvo un hachazo en plan verdugo.

Bien, estas eran las puntas destinadas a escabechar ciudadanos y algún que otro cuñado especialmente proclive al sablazo. Veamos ahora las destinadas al noble deporte venatorio.


A: Punta en creciente, destinada a aves de gran tamaño. Su peculiar forma obedecía simplemente a cercenar o desgarrar ya que el interior iba muy afilado.

B: Rallón de escoplo, llamados así por su forma similar a esas herramientas. El filo podía ser curvo o recto, y estaban destinadas a caza mayor. La misión de ese filo tan amplio no era otra que producir cortes en vasos sanguíneos y, por ende, hemorragias fatales.

C: Punta jostrada, terminada en tres o más puntas como las lanzas de cortesía de los torneos. Estaban ideadas para matar por impacto piezas de caza menor.

D: Virote fabricado enteramente de madera con el extremo abultado para matar por impacto conejos y aves como palomas, faisanes, etc.

El tiro al blanco era,
además de un pasatiempo, la mejor forma de
entrenarse para la guerra.
E: Barbada para caza mayor. La variedad de longitudes, ángulos y tamaños de las barbas era cuasi infinita.

F: Lanceolada para caza mayor. Este tipo se podía extraer con gran facilidad.

Y en estos casos vemos que, al igual que las puntas de guerra estaban ideadas para desprenderse y quedar dentro del cuerpo, en estos casos era lo contrario. Todas iban provistas de un orificio para fijarlas en el astil mediante un remache a fin de permitir su recuperación. ¿Por qué? Porque eran mucho más caras que las de guerra y nadie te las regalaba, motivo este último de gran peso por razones obvias. Y no debían ser precisamente baratas ya que había cazadores que iban acompañados de perros adiestrados para recuperar los virotes que no acertaban en el blanco.

Bueno, ya me he enrollado bastante por ahí, de modo que ya seguiremos.

Hale, he dicho