lunes, 30 de noviembre de 2015

El primer magnicidio de la historia con armas de fuego


James Stewart, conde de Moray y Gude Regent de
Escocia. Gude es un término escocés que viene a
significar "respetable".
La evolución humana nos permitió pasar de liquidar a nuestro prójimo a mordiscos o garrotazos a finiquitarlos de forma poco cruenta a tiro limpio. Ya vemos como el inefable Caín Adánez tuvo que recurrir a algo tan vil como una quijada de asno para darle boleta a su hermano ya que, en aquellos remotos tiempos, no había otra cosa disponible ya que papá y mamá, recién desahuciados del Paraíso, aún no habían tenido tiempo de inventar nada eficiente para poder matar con propiedad. Más tarde, cuando las seseras del personal empezaron a funcionar, durante siglos se echó mano de venenos de todo tipo y de las siempre eficientes armas blancas hasta que, ya en pleno Renacimiento, los avances de la tecnología permitieron ejercer de asesino con los medios más modernos a su alcance: las armas de fuego. El honor de ser el primer personaje notable en fenecer a tiro limpio le correspondió al probo ciudadano que vemos en el retrato de la derecha. Se trata de James Stewart (no tenía parentesco alguno con el famoso actor norteamericano), lord de Abernethy, I conde de Moray (o Murray), I conde de Man y Regente de Escocia. Puede que alguno lo conozca en la forma castellanizada del nombre, Jacobo Estuardo, y fue miembro de la abundosa prole espuria de Jacobo V de Escocia.

Mary Stewart, o María Estuardo,
como vuecedes prefieran
Las circunstancias que lo condujeron a palmarla de un arcabuzazo con apenas treinta y nueve años fueron un tanto complejas, con su patria, Escocia, sumergida en conflictos continuos a causa de las intrigas de la malvada Isabel I, las disputas entre católicos y protestantes y, en definitiva, el empeño por no ver la corona escocesa sobre una testa apoyada o incluso emparentada con las católicas España y Francia, ambas deseosas de enviar al infierno a los herejes encabezados por la taimada Isabel. La heredera del rey Jacobo, la tristemente famosa María Estuardo, se vio envuelta en una vorágine de intrigas de todo tipo desde que, con apenas tres años, fue coronada reina bajo la regencia de su madre, María de Guisa, una gabacha bastante bragada. Casada con Francisco II de Francia, a la muerte de este monarca sin haberle dado hijos se vio camino de vuelta a su país para ocupar su trono y, una vez allí, llevarse un chasco cuando constató que los protestantes liderados por su medio hermano James no estaban por la labor. En definitiva, baste decir que tras tantos dimes y diretes, tres matrimonios y siendo la novia anhelada por multitud de nobles ambiciosos, se vio obligada a abdicar a favor de su hijo Jacobo, de solo un año de edad, el 24 de julio de 1567, viéndose así nuestro hombre nombrado Regente durante la que, obviamente, sería una larguísima minoría de edad del príncipe.


Monumento conmemorativo de la batalla de
Langside en Glasgow
Pero la regencia no significó la paz, y Escocia se vio sumergida en un estado de guerra civil entre católicos y protestantes, entre seguidores de la defenestrada reina y el Regente que este, recién llegado de su exilio en Francia, se dispuso a encabezar a sus partidarios para acabar con aquel estado de cosas ya que había muy malos rollos por allí. Con todo, los fieles aliados a la causa de María aún intentaron dar el golpe de gracia a sus enemigos, logrando congregar un ejército de unos 6.000 hombres que se enfrentaron a las tropas del Regente en Langside, al sur de Glasgow, el 13 de mayo de 1568. La batalla, que duró apenas 45 minutos, se saldó con la victoria del Regente y la huida de la reina María hacia Inglaterra, pero los partidarios de esta aún siguieron incordiando, especialmente los Hamilton, acérrimos seguidores su causa y enemigos mortales del Regente. Uno de los miembros de este clan, James Hamilton de Bothwellhaugh, tomó parte en la batalla y fue apresado en la misma. Tras ser liberado por mediación de John Knox, líder de la reforma protestante en Escocia, se dedicó a proseguir con su incondicional apoyo a la que consideraba como su reina legítima, y se ganó así la enemistad del ya todopoderoso Regente. Al año siguiente, este mandó arrasar hasta los cimientos su castillo de Rutherglen como acción de castigo a su apoyo a la causa católica, y eso fue la gota que hizo rebosar el vaso del odio de Hamilton hacia el conde de Moray. Se la juró y se dedicó en cuerpo y alma a tomarse cumplida venganza.


Al fondo se ve la casa de John Hamilton desde donde partió el disparo fatal
Bien, esta es, de forma muy abreviada, la historia de como se fraguó el atentado contra el Regente. Este, que a pesar de verse asentado en el poder aún debía asegurarse la fidelidad de las ciudades y castillos pertenecientes a los partidarios de la reina María, se vio obligado a un constante ir y venir por diversas ciudades para imponer su autoridad. Hamilton, consumido por el odio, lo siguió durante su peregrinaje en busca de la ocasión para darle finiquito hasta que, por fin, se le presentó la ocasión en Linlithgow, donde llegó durante la noche del 22 de enero de 1570. Pero Linlithgow, situada a apenas 30 km. al oeste de Edimburgo, era una ciudad que servía de refugio de los católicos enemigos del Regente y, para colmo, lugar de residencia de John Hamilton, arzobispo de St. Andrews y pariente (posiblemente tío) del candidato a asesino. Su vivienda era una casa solariega comprada 20 años atrás, y estaba situada en el extremo sur de la calle principal de Linlithgow. Era el sitio ideal para llevar a cabo el atentado ya que, con seguridad, el Regente pasaría por allí. Así pues, Hamilton se refugió en casa de su pariente y se dispuso a prepararlo todo con gran minuciosidad, de lo que podemos colegir que no iba de asesino dispuesto a morir matando, sino que su intención era escabechar a su enemigo y salir vivo del brete.


Palacio real de Linlithgow. Fue quemado en 1746 por las tropas del
el duque de Cumberland sin que fuera posteriormente restaurado
Cuando el Regente llegó a Linlithgow se negó a alojarse en el palacio real que, desde el siglo anterior, servía de residencia a los monarcas escoceses. Sabiendo que la ciudad era un nido de enemigos, optó por ir a casa del preboste Charles Drummond por resultarle un lugar más discreto. Además, parece ser que al Regente le llegó un mensaje procedente del mismísimo John Knox previniéndole de que los aires de Linlithgow no eran nada saludables para su persona, y que sospechaba que algo se cocía por parte de los seguidores de la reina María. El mensaje, que fue enviado a la mujer del Regente a través del secretario de Knox, Richard Bannatyne, y esta a su vez le remitió la información a su marido por medio de John Wood, le alertaba de que, posiblemente, el atentado tendría lugar en la calle principal de la ciudad. Pero, como suele pasar en estos casos, el aspirante a víctima hizo oídos sordos porque no estaba por la labor de ser temido por timorato o cobarde. 


Hamilton en los instantes previos al atentado. En el grabado se aprecian
la tela negra que ocultaba su silueta y el colchón de plumas en el suelo.
A las once de la mañana del día siguiente, James Stewart salió de casa del preboste para ver que las calles estaban rebosantes de gentío, que su séquito apenas podía avanzar y que no podría largarse a Edimburgo con la rapidez que hubiera deseado. Mientras tanto, Hamilton ya lo tenía todo dispuesto. En un verdadero alarde de meticulosidad, había preparado su puesto de tiro con el mayor cuidado. Ante las ventanas de la primera planta del caserón donde su pariente le había refugiado se habían tendido varias sábanas puestas a secar. De ese modo no solo permanecería oculto, sino que nadie podría detectar por el humo de la pólvora de donde procedía el disparo. Además, colgó en la pared que había tras él una tela negra para que su silueta no lo delatase, e incluso había dispuesto un colchón de plumas en el suelo para que nadie pudiera escuchar sus pasos. Así mismo, un brioso caballo lo esperaba en la parte trasera de la casa para salir echando leches una vez perpetrado el crimen. 


Como arma homicida, Hamilton tenía preparado un arcabuz que le prestó un pariente suyo, el abad de Arbroath, un clérigo especialmente turbulento. Se trataba de un arcabuz italiano con llave de chispa cuyo cañón, cosa rara en la época, estaba rayado. Este detalle solo se veía en armas de mucha calidad destinadas a señores y nobles para el ejercicio de la caza ya que, a nivel militar, eran poco prácticas por la lentitud de su recarga, mayor de lo habitual. En la ilustración superior podemos ver con detalle el aspecto del arma en cuestion, en cuya culata se observa un motivo de bronce que representa un ciervo (típico de las armas de caza), y una chapa en la que se puede leer "Arma con que Bothwellhaugh disparó al regente Murray (sic) el 23 de enero de 1570". Es evidente que Hamilton no se conformó con cualquier arcabuz, sino que se procuró lo mejorcito que se podía obtener en aquella época.


El instante del atentado
El momento decisivo llegó cuando el Regente, seguido por su séquito y avanzando a duras penas entre la muchedumbre, se puso a la altura de la casa donde lo aguardaba Hamilton. Cuando estaba justo delante de las escaleras, el asesino abrió fuego desde una ventana protegida por una celosía, alcanzando al Regente en el hombro izquierdo y saliendo la bala a través del abdomen. Dicha bala aún tenía energía suficiente para matar al caballo de un componente de su séquito, el cual cayó muerto allí mismo tal como se ve en el grabado de la izquierda. Tras el atentado, Hamilton salió a toda velocidad de la población mientras que los acompañantes del Regente, consternados por el atentado, llevaron a su señor al palacio real donde se había negado a alojarse para no llamar la atención de sus enemigos. Al parecer, la bala no llegó a alcanzar ningún órgano vital, pero la constante hemorragia que los cirujanos no pudieron detener acabó con su vida doce horas más tarde, casi en la media noche de aquel mismo día. Tras su muerte, el cadáver fue trasladado a la capilla del castillo de Stirling para, a continuación, llevarlo por el río Forth hasta la ciudad de Leith, situada en el estuario de dicho río. Finalmente, sus funerales se llevaron a cabo el martes 14 de febrero siguiente en la catedral de Saint Gilles, en Edimburgo, siendo finalmente sepultado transepto del templo.


Las exequias fueron dirigidas por John Knox, que incluso dejó de lado para la ocasión sus estrictas normas contra las elegías fúnebres y largó un sermón fastuoso inspirado en el versículo "benditos los que mueren en el Señor", y todos los presentes lloraron a moco tendido por la pérdida de tan encumbrado personaje. El monumento funerario, que podemos ver a la derecha en un grabado decimonónico, fue al parecer eliminado durante una remodelación del templo en la que se suprimieron una serie de mausoleos sin parase a considerar su valor histórico, sus inquilinos o los parientes de los mismos. En todo caso, el que vemos en el grabado es el mismo que se construyó en su día y que llevaba en el centro una placa de bronce con un epitafio en latín redactado por George Buchanan, un afamado humanista escocés muy allegado al difunto que incluso fue nombrado preceptor del rey niño Jacobo VI tras la muerte del Regente.


En fin, así fue como se llevó a cabo el primer magnicidio de la historia con armas de fuego, si bien estoy seguro de que el Regente habría declinado gustoso semejante honor. En cuanto al asesino, ciertamente lo preparó bien porque salió echando leches de Linlithgow y se largó a Francia, donde se puso al servicio del duque de Guisa. Los que pagaron el pato fueron varios parientes suyos, empezando por el arzobispo de St. Andrews que le permitió llevar a cabo el atentado en su propia casa, siendo ahorcado el 5 de abril de 1571 en la picota de Stirling (foto de la izquierda) por su complicidad en el crimen. John Hamilton, el abad de Arbroath que le facilitó el arcabuz, se tuvo que exiliar a Francia durante casi 30 años. En 1601, pensando que ya se habrían olvidado de su participación en el atentado, retornó a Escocia, pero eso de las prescripciones de delitos aún no se habían inventado, por lo que en 1609 fue arrestado y confinado en la Torre de Londres hasta su muerte. Otros miembros del clan Hamilton fueron procesados a lo largo de los años, acusados también de haber tomado parte en el complot y condenados a penas diversas. En cuanto a Escocia, siguieron tirándose los trastos a la cabeza unos añitos más. Sin embargo, ironías del destino, el rey niño cuya madre fue decapitada por la alevosa Isabel acabó siendo rey de Escocia, Irlanda e Inglaterra, iniciando así la dinastía de los Estuardos que dio pie con este monarca al Reino Unido de Gran Bretaña (Dios maldiga a Nelson)

Bueno, ya está

Hale he dicho



Momentos después del atentado en la calle mayor de Linlithgow. El Regente yace en el suelo herido de muerte.



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