martes, 1 de diciembre de 2015

Curiosidades: trampas, ardides e inventos medievales II




Como es de todos sabido, eso de entrar en los castillos sin pedir permiso era una fea costumbre implantada seguramente por los cuñados, esa raza maldita de saqueadores de bienes ajenos que, aún hoy día, se te plantan en casa a las horas más intempestivas con un único fin: dar el coñazo como sea. Puede que los inventos que verán vuecedes a continuación fuesen en su día ideados para impedir a toda costa el acceso al sacrosanto hogar por parte de estos abominables sujetos pero, en cualquier caso, son perfectamente válidos para tal fin. Solo es preciso cavar un pequeño foso ante la puerta y tender un puente levadizo o una pasarela ya que, incomprensiblemente, hoy día es ilegal aliñar cuñados sin provocación previa, y las autoridades penan severamente a todo aquel que conecta un cable de alta tensión en el botón del timbre o coloca una mina Claymore bajo el felpudo. En cualquier caso, estos malévolos ingenios son dignos de mención tanto en cuanto podían resultar sumamente efectivos de cara a dejar con un palmo de narices a los asaltantes más contumaces. Vean, vean...


En esa primera ilustración vemos como varios atacantes pretenden acceder a la fortaleza a través de un puente que, por lo que se ve, es fijo. O sea, carece de mecanismos para elevar la pasarela. Pero el sesudo ingeniero que diseñó la misma tuvo en cuenta dejar prevista alguna puñetería para hacerle la pascua a los enemigos poniendo bajo la misma una ballesta, la cual se dispararía mediante algún mecanismo que liberase la verga. Como vemos en la ilustración, dicha ballesta acaba de ser activada y ha clavado un virote en la pierna del sujeto que aparece en primer término. En honor a la verdad, el invento en cuestión se me antoja un poco chorra ya que había máquinas capaces de disparar andanadas de dardos que serían mucho más efectivos, pero he incluido este diseño en la entrada de hoy porque me ha parecido curioso y no exento de mala leche. Bueno, prosigamos...



Este ya no es ninguna tontería. Como vemos, la pasarela dispone por su parte inferior de una soga que, tirando de la misma, dejaría sin apoyo dicha pasarela, por lo que los briosos enemigos que cargan lanza en mano contra la puerta se irían a hacer puñetas bonitamente y se darían una costalada fastuosa. En todo caso, conviene observar este invento parece que está pensado más bien para defender el acceso elevado habitual en muchas torres del homenaje. Recordemos que, en muchas de ellas, las puertas estaban situadas a varios metros sobre el nivel del suelo y carecían de escaleras de mampostería, estando construidas con materiales lígneos o limitándose a simples escalas de mano. Sea como fuere, ciertamente sería una desagradable sorpresa verse caer de repente desde tres o cuatro metros de altura.



Esta otra no tiene nada de sorpresiva, pero parece ser de una eficacia abrumadora. Se trata de un bastidor de madera colocado en la pasarela de un puente y que tiene un grueso madero que corre entre las dos jambas de la estructura. Dicho madero quedaría bloqueado por el pestillo que vemos en la parte superior del bastidor, y sería liberado tal como si fuera la cuchilla de una guillotina desde el interior de la torre o muralla donde se abra el vano de la puerta. Según parece dar a entender la ilustración, el madero en cuestión caería sobre los enemigos en retirada, impidiéndoles huir para ser aliñados allí mismo. Si observamos al jinete que aparece en primer término, lleva una flecha clavada en los lomos y un miembro de la guarnición le está clavando una lanza a su penco. Los orificios que vemos en las jambas podrían, mediante pasadores, limitar la caída del madero de forma que bloquee el paso a otros jinetes o impida el retorno a sus líneas de los que quedan atrapados en el puente.

Este que vemos a la izquierda es francamente sibilino, y de los vistos hasta ahora se me antoja el más eficaz y menos artificioso. Como podemos ver, la parte de la pasarela que está pegada a la muralla es también removible, pudiendo liberarse las cadenas o las sogas que la mantienen horizontal y provocando con ello terribles caídas entre las tropas que ocupen la pasarela en un momento dado. Pero lo mejor de todo es que es un sistema reversible, o sea, que una vez consumado el batacazo se puede volver a poner en su posición habitual. Este invento sería ideal en caso de que los enemigos lograran bloquear la pasarela mediante garfios, artificio este que ya estudiamos en su día y que se solía usar para impedir que la guarnición la elevase cuando se pretendía atacar por sorpresa. En ese caso, les bastaría liberar la parte trasera para mandar al carajo a todos los asaltantes. Chulo, ¿que no?

Y este último no va de puentes ni pasarelas, pero es perfecto para, una vez modernizado y adaptado a nuestros días, hacer creer al cuñado más contumaz que uno está en casa pero no quiere abrir la puerta por lo que, con un poco de suerte, no nos dirigirá la palabra jamás. Según vemos, la idea es dejar un chucho en el interior de un recinto previamente abandonado por sus ocupantes pero que, por el motivo que fuere, interese dar la impresión de que la guarnición sigue dentro. Basta con unir el collar del perro con la campana que hay en lo alto de la torre mediante una soga, y para estimular al animalito a que se mueva ponerle el agua y la comida a una distancia tal que se vea obligado a avanzar, haciendo así sonar la campana. Esto, pasado a nuestros días, se puede hacer conectando el chucho a la tele, la radio o incluso al equipo de música con un CD de Manolo Escobar a todo trapo o, peor aún, de Los Chunguitos. También podría ser de El Fary, pero creo que está prohibido por la Convención de La Haya por ser un crimen de guerra obligar a cualquier ser humano a escucharlo sin previo aviso.

En fin, a merendar se ha dicho, amén de los amenes.

Hale, he dicho