sábado, 19 de diciembre de 2015

Transportes de tropas


Miniatura de la Biblia Maciejowski (c.1250) en la que se pueden ver dos carros para transporte de tropas siendo
atacados por los enemigos. Obsérvese el caballo que aparece a la derecha, provisto de silla de montar. Este tipo de
arreo era habitual para prevenir que, en caso de romperse el tiro, no perder el caballo.

Es de todos sabido que los carros de guerra eran unos vehículos más antiguos que la tos, y que desde hace miles de años ya eran usados por asirios, egipcios y demás añejas civilizaciones para poner las peras a cuarto a los enemigos. Estos carros tenían un uso táctico muy concreto: actuar como arma de choque para romper las líneas enemigas en una época en la que, debido a que el estribo no había sido inventado, la caballería carecía aún de la potencia de choque que alcanzó en la Edad Media. Por otro lado, su velocidad les permitía trasladarse de un lado a otro en el campo de batalla como apoyo en los sectores donde las líneas propias se estuviesen tambaleando a causa del empuje delos enemigos. Pero la llegada de carros de guerra a dichos sectores bajo una situación crítica no garantizaba en modo alguno poder mantener la línea ya que si la infantería enemiga mantenía el orden y sabía afrentarlos, de poco servía su intervención. Al cabo, la única arma que de verdad ha podido ofender a la infantería es la misma infantería por lo que, ya en la Baja Edad Media, apareció el concepto de transporte de tropas para poder enviar refuerzos donde hicieran falta de forma rápida y eficaz.

Carros husitas según el Kriegsbuch de
Johannes Hartlieb (s.XV)
No debemos confundir estos transportes de tropas con los carros husitas que se estudiaron detenidamente en su día, ya que el empleo táctico de estos era totalmente diferente. Tal como se explicó en dicha entrada, estos peculiares carros estaban concebidos para fortificar los campamentos y, llegado el caso, formar líneas defensivas donde ballesteros y arcabuceros podían hostigar a su sabor a los enemigos casi con total impunidad, siendo meros carromatos debidamente modificados para cumplir con su cometido. Sin embargo, los carros para transportar tropas tenían, aparte de un empleo diferente, una morfología concebida para poder cargar con un número de hombres bastante mayor y, en la mayoría de los casos, evolucionaron hasta verse equipados con hoces, blindaje e incluso artillería cuando esta empezó de propalarse entre los ejércitos de la época. 


De ese modo, estos carros podían irrumpir donde fuese necesario con un despliegue no solo de infantería, sino también de armas con las que rechazar a los enemigos. El ejemplo más antiguo que tenemos de este empleo táctico lo tenemos en la Biblia Maciejowski, donde se pueden ver varios carros de transporte en algunas de sus miniaturas. La que presentamos en la imagen de cabecera muestra dos de ellos en el momento en que sus ocupantes son atacados por la caballería enemiga y son bonitamente acuchillados, mientras que la que vemos a la izquierda muestra al jinete que dirige el tiro, así como al resto de las tropas, abatidos por una pestilencia (recordemos que las miniaturas de este libro representan hechos bíblicos). En todo caso, cabe suponer que, al estar totalmente desprotegidos ante el adversario, se empezó a difundir la idea de blindarlos y equiparlos con armas adecuada para rechazar posibles ataques.

Transporte de tropas según el Ms. 15, una copia del Bellifortis
encargada por el conde Philipp von Hanau (s. XV)
En el siglo XIV ya aparecieron diseños como el que vemos a la derecha, que muestra un carro provisto de un mantelete frontal con aspilleras para proteger a los ocupantes del mismo que, como vemos, son tropas de infantería armadas con mayales, picos de cuervo, lanzas, etc. El carro está a su vez armado con hoces, mientras que los caballos están protegidos por capizanas y testeras, y el jinete que guía el vehículo blande un mangual para alejar enemigos con aviesas intenciones. Como podemos imaginar, la llegada de varios de estos carros a algún sector comprometido podía significar la diferencia entre acabar derrotados o poder vencer al enemigo.

A la izquierda tenemos otros dos ejemplos, en este caso procedentes de la obra de Valturio DE RE MILITARI, escrita en 1472. Se trata de dos carros con ruedas falcadas y el tiro, bien de caballos o de bueyes, también equipados con hoces y una robusta horca. Al contrario que el que hemos visto en el párrafo anterior, el conductor no va sobre uno de los animales, sino que los dirige desde el mismo carro. En cuanto a los ocupantes de ambos vehículos, llevan diversos tipos de armas incluyendo truenos de mano. Sin embargo, tanto estos carros como el anterior adolecen de un defecto notable, que no era otro que ver la tracción de los mismos confiada a animales de tiro que, obviamente, serían el primer objetivo a batir por los enemigos una vez llegados al contacto. Y no era este un problema baladí ya que los medios técnicos de la época no daban para muchas virguerías y, por otro lado, solo la tracción animal permitía obtener la velocidad necesaria para que el empleo de estos carros fuese eficaz. Recordemos que un ejército de aquella época, una vez desplegado sobre el campo de batalla, podía ocupar una línea de dos, tres o incluso más kilómetros. ¿Qué formas había de solucionar esta cuestión? Veamos algunas de ellas...


En las miniaturas que tenemos arriba vemos la más habitual, que consistía en cambiar el tiro de lugar, pasándolos al interior del vehículo (izquierda) o protegiéndolos mediante una estructura erizada de cuchillas. Esta segunda opción, aunque de apariencia impresionante, no implicaba ningún problema para los ballesteros enemigos, que podían acribillar a los caballos como si tal cosa. Y no digamos de los jinetes o peones armados con truenos de mano, que en aquellos tiempos ya podían escabechar a un caballo de tiro volándole la sesera bonitamente. O sea, que recurrir a caballos, mulos y demás animalitos carecía de sentido en una época en que la tecnología armamentística avanzaba a una velocidad preocupante.

Una opción era construir vehículos totalmente blindados con aspecto de bestias terroríficas para acojonar más y mejor a los enemigos, pero tenían un inconveniente grave: eran impulsadas por las tropas acogidas en su interior por lo que la velocidad que obtenía era insignificante, y más en mitad de un terreno lleno de irregularidades. No obstante, estos diseños de bichos espantosos tuvieron gran predicamento aunque nunca he tenido noticia de que se llegaran a entrar en acción. Para impedirles el paso bastaría con lanzar ante ellos un puñado de abrojos o bloquearlos recurriendo simplemente a varios de los cadáveres de hombres o animales que habría en el campo de batalla. Por otro lado, cabe suponer que el peso de estos artefactos debía ser bastante elevado, por lo que los ocupantes de los mismos, ya de por sí agobiados por el peso de sus armas, debían echar literalmente los bofes para moverlo unas decenas de metros, así que mejor no pensar lo que sería empujarlos cuesta arriba durante un kilómetro.

Con todo, hubo ingenieros que buscaron soluciones más racionales sin pretender matar de agotamiento las tropas propias. Uno de ellos fue Vigevano, que diseñó dos carros de este tipo provistos de mecanismos que permitían prescindir de animales, lo que los convertía en vehículos autónomos. El que vemos a la izquierda era un carro bastante grande, armado con lanzas en sus flancos para rechazar a la infantería o la caballería enemigas. Para funcionar disponía de dos manivelas que, accionadas por sus ocupantes, trasmitían el movimiento a sendas ruedas dentadas conectadas con las ruedas. O sea, un rudimentario mecanismo de transmisión. Sin embargo, para que la fuerza de un hombre pudiera llegar a mover semejante trasto haría falta algo un poco más complejo que una simple rueda dentada si bien, al menos, la idea como base era bastante válida.

El otro diseño confiaba su puesta en marcha a la energía eólica. Según vemos en el croquis de la derecha, unas aspas conectadas a una rueda principal transmitían el movimiento a las ruedas del vehículo y, caso de no hacer suficiente viento, o que este careciera de la fuerza necesaria, pues para eso estaban los manubrios como los que hemos visto arriba para que los sufridos tripulantes echaran unos biceps capaces de estrangular a un hipopótamo ofendido de un solo apretón. En todo caso, ninguno de esos diseños llegaron a ser puestos en liza porque la tecnología no acompañaba. Los conceptos eran perfectamente válidos, pero no los medios para poner en movimiento vehículos que pesarían cientos de kilos una vez llenos de ocupantes armados de punta en blanco. En fin, que eran los animales de tiro los únicos que podían arrastrar aquellos artefactos les gustase o no, y no les quedaba otra que arrostrar la posibilidad de perderlos y, con ello, ver a sus carros inutilizados.

El súmmum del refinamiento nos lo legó Taccola, que diseñó un curioso vehículo de transporte anfibio el cual podemos ver a la izquierda. El chisme en cuestión era impulsado por una vela y gobernado por un timón cuando navegaba. Una vez en seco, la vela seguía ayudando a impulsarlo, pero en este caso rodando por tierra firme con las ruedas de que iba provisto. Estas ruedas, según se puede apreciar, tenían unas aletas en su interior para no verse encallados si el terreno era demasiado blando o estaba embarrado. En fin, que el hombre cuidó bastante el detalle. Sin embargo, no explicaba como actuar en caso de no haber viento ya que este diseño no contemplaba otro sistema de impulsión como el de Vigevano.


El famoso M-113 usado por todos los ejército de Occidente
durante décadas. Su empleo táctico es exactamente el
mismo que el de los carros diseñados por Kyeser o Vigevano
en los siglos XIV y XV
Bueno, esto es lo que dieron de sí los transportes de tropas de la Edad Media. En realidad, su empleo táctico podía ser llevado a cabo por unidades de caballería ligera que, echando pie a tierra una vez llegados a los sectores de la línea comprometidos, combatían igual que los ocupantes de estos carros. No obstante, no deja de llamar la atención el hecho de que el concepto de transporte de tropas que ya concibieron hace más de ocho siglos está totalmente vigente, y los ejércitos del mundo se equipan con ellos precisamente para llevar a cabo el mismo tipo de acción que sus tatarabuelos medievales: llevar tropas de infantería donde más falta hacen.

Y como ya es hora de merendar, me largo.

Hale, he dicho