martes, 22 de diciembre de 2015

Acciones de guerra: bloqueos fluviales


Algo semejante a esta imagen debieron ver los moros que presenciaron
la remontada por el Guadalquivir protagonizada por los drakkars
vikingos que atacaron la Ixbiliya andalusí en 844 y 859
Como es de todos sabido, los cursos fluviales han sido desde los tiempos más remotos barreras naturales que no solo han separado naciones, sino que han sido capaces de detener ejércitos enteros durante su avance. Debido a ello, los ingenieros militares tuvieron que idear la forma de cruzarlos diseñando pontones como los que vimos en la entrada que dedicamos a estos ingenios. Sin embargo, en muchos casos los ríos eran usados por posibles invasores para atacar ciudades o fortificaciones edificadas en sus orillas, llegando en muchos casos a efectuar desembarcos de tropas por las riberas fluviales ya que, por lo general, confiados en que era el lugar por donde sería más improbable un ataque, los defensores solían descuidar sus defensas por esos sectores. Así mismo, ya desde los tiempos más remotos, en más de una ocasión se armaron almadías con máquinas de asedio para establecer baterías flotantes desde las que hostigar a la población o el castillo asediado.

Ataque de la caterva del mítico Ragnar Lodbrok (sí, el
protagonista de la serie Vikingos) a París, llevada a cabo
en marzo de 845 tras remontar el Sena
Debido a esta serie de factores, de la misma forma que los ingenieros militares diseñaron pontones para facilitar el cruce de tropas y bastimentos, también idearon los medios para impedir a los enemigos remontar los cursos fluviales, yendo dichos medios desde una simple cadena a métodos mucho más sofisticados. Pero, en muchas ocasiones, los que llevaban a cabo el bloqueo eran precisamente los atacantes para impedir la llegada de refuerzos o, como ocurrió durante el cerco a Sevilla, cortar la única fuente de suministros que le quedaba a la ciudad, propiciando de ese modo su rendición seis meses más tarde. Veamos pues los diferentes medios de que se valían para llevar a cabo un bloqueo como Dios manda y, de ese modo, hacerle bien la puñeta de los enemigos.

Dos escenas de desembarcos. La ilustración de la derecha nos muestra
como una de las barcas ha zozobrado y los náufragos son

auxiliados por los ocupantes del otro bote
Uno de los medios más habituales para llevar a cabo un desembarco era mediante barcas o pontones ya que, en muchos casos, la profundidad del río no daba para naves con un calado mayor. Recordemos además que las guerras en la Edad Media se llevaban a cabo durante el estío, que era cuando el caudal de los cursos fluviales estaba más bajo. Esos botes salían desde el campamento de los sitiadores, situado a una determinada distancia. Por lo tanto, los defensores debían colocar los obstáculos adecuados para cortarles el paso.

Pero si el río era lo suficientemente profundo, los defensores podían ver venir sobre ellos barcos de porte en vez de botes. Un ejemplo lo tenemos en la lámina de la derecha, en la que un barco a remos armado con varias bocas de fuego se enfrenta a una cadena tendida entre dos torres. Un tripulante inmoviliza la nave hincando un poste unido al timón para impedir de la corriente la arrastre río abajo y, de ese modo, poder establecer una plataforma de tiro estable. Obviamente, uno o varios barcos artillados disparando contra su objetivo eran algo temible, por lo que los defensores debían andar listos para intentar cerrarles el paso o disuadirlos para que dieran media vuelta.


Arriba tenemos varios ejemplos de diseños para dar a entender a los enemigos que la aproximación a las murallas no era nada aconsejable. En primer lugar tenemos una plataforma flotante provista de dos torres desde las que se podría hostigar a las naves atacantes durante su aproximación a su objetivo. Esta plataforma podía fijarse mediante anclotes o directamente a las orillas con sogas o cadenas. Para facilitar su maniobra dispone de un mástil con una vela cuadrada. En el centro aparece una torre de fábrica edificada sobre una sólida zapata de mampostería que, al igual que el caso anterior, permitiría hostigar al enemigo. Esta torre estaría destinada a establecer un control permanente en una determinada zona ya que, por razones obvias, su construcción no era ni rápida ni barata. Por último podemos ver una barrera en cuyas esquinas se yerguen dos torres artilladas y cuya finalidad es la misma que en los casos anteriores.

Lógicamente, no siempre era necesario recurrir a plataformas estables. Según las circunstancias o los medios disponibles, también se podían poner en liza naves especialmente diseñadas para hacer frente a posibles agresores conservando cierta capacidad de maniobra. A la izquierda aparece una nave equipada con una torre y, sobre ella, una cofa donde vemos varios soldados dispuestos a hostigar a los enemigos. A la derecha tenemos otra nave similar que, en este caso, está equipada con un cuervo en cada extremo. Con sus aguzados picos, este barco podía atrapar a todo aquel que se pusiese a su alcance.

Pero si el río era poco caudaloso o bien las naves a bloquear eran de escaso porte, se podría recurrir a medios menos aparatosos. A la izquierda podemos ver dos de ellos que, aunque bastante básicos, no por ello eran menos eficaces. Arriba aparece una barrera plegable que era fijada en las orillas. Aunque en este caso está atada a dos árboles, el sistema de fijación podía ser de lo más variopinto. Por ejemplo, la famosa cadena del puente de barcas de Sevilla estaba empotrada en unas enormes masas de mortero- una de cada orilla-, unión esta que resistió el embate de las dos galeras que Bonifaz lanzó contra ella ya que estas lo que hicieron fue romper la citada cadena, pero no pudieron desempotrarla. En el dibujo inferior tenemos una barrera flotante en la que tramos de redes se intercalan con odres llenos de aire, dejando así el obstáculo por encima del nivel del agua en todo momento independientemente de que este suba o baje. Recordemos que muchos ríos cercanos al mar acusan los efectos de las mareas.

Uno de los sistemas más eficaces para bloquear un curso fluvial eran los postes que, hincados profundamente en el fondo del río, eran muy complicados de extraer (véase el ingenio diseñado para tal fin en esta entrada). Además, mientras la operación de extracción se llevaba a cabo el pontón donde estaba instalada la máquina quedaba a merced de los enemigos, que podían intentar incendiarlo o hundirlo. Para clavar los postes se recurría a máquinas provistas de martillos pilones cuyo armazón se montaba en una almadía (esto ya lo hacían los romanos), o bien a perforadoras como la que aparece en el dibujo de la derecha. Estas barrenas podían penetrar fácilmente en los fondos de los cauces aunque estuvieran cubiertos de grava gracias a su cabeza metálica. Tras perforar lo que se considerase oportuno, bastaba clavar el poste. Un cauce provisto de una barrera de este tipo que se extendiera de orilla a orilla era muy complicado de franquear salvo que creciera el nivel de las aguas de forma anormal o, simplemente, se recurriera a desclavar los postes necesarios para permitir el paso de las naves.

Otro tipo de barreras las podemos ver a la izquierda. Arriba tenemos un sistema muy sofisticado que no solo impide el paso, sino que enviaría a pique a cualquier nave que impactara contra los aguzados espolones de hierro. Estos espolones están fijados al fondo mediante cajones lastrados similares a los usados en las trampas para barcos que vimos en la entrada de los inventos citada anteriormente, y están unidos unos a otros mediante una sólida cadena fijada a cada orilla. Este tipo de barrera debía quedar sumergida a fin de perforar los cascos bajo la línea de flotación. Abajo tenemos otro tipo de barrera, en este caso formada por maderos zunchados que se apoyan en el fondo mediante unas bases, posiblemente lastradas. Como se puede apreciar, este diseño tiene el aspecto de un artefacto destinado a ser usado en determinados momentos, pudiendo retirarse y ser enviado a un almacén hasta que las circunstancias requieran nuevamente su uso.


Por último, a la derecha podemos ver tres diseños de barcos destinados a abrir vías de agua en las naves enemigas. Todos ellos van provisto de espolones móviles o taladros que, accionados desde cubierta, podían dañar el casco de cualquier barco. Para su desplazamiento se podría recurrir a la corriente, a velas, remos, etc. Así mismo, este tipo de barcos podían usarse como brulotes, o sea, naves destinadas a ser lanzadas contra los barcos enemigos previamente cargadas de sustancias incendiarias. 

Dos ejemplos de naves atacando una fortificación a través
de un río. La de la derecha dispone incluso de una escala
para proceder a un asalto desde la misma barca.
En fin, ya vemos que nuestros aguerridos tatarabuelos disponían de medios de todo tipo para establecer un bloqueo fluvial en toda regla. El continente Europeo tiene gran cantidad de ríos muy caudalosos que permitían la entrada de verdaderas flotas capaces de llevar a cabo acciones punitivas sumamente destructivas, y no era cosa baladí cerrarles el paso si no querían verse apiolados por cualquier ejército enemigo que se remontase un curso fluvial. A lo largo de la historia podemos encontrar infinidad de invasiones y asedios llevados a cabo de este modo, muchos de ellos culminados de forma exitosa, así que todos los esfuerzos destinados a bloquear un punto débil como era un río estaban bien invertidos.

En fin, ya está.

Hale, he dicho

Almadía artillada avanzando sobre una ciudad sitiada para llevar a cabo un desembarco. Obsérvense las dos hileras
de postes a lo largo de la orilla, colocados precisamente para impedir la aproximación de naves a la misma.