sábado, 26 de diciembre de 2015

Casamatas artilleras


Bastión del castillo de Vila Viçosa, dotado
de tres niveles de casamatas
Como ya pudimos estudiar en su momento en la entrada que se dedicó a los castillos abaluartados como fortificaciones de transición a las armas de fuego, hacia la mitad del siglo XV se hizo inevitable dotar a los viejos castillos medievales, así como a las fortalezas ex-novo, de capacidad para albergar piezas de artillería con la que contrarrestar la utilizada por los ejércitos atacantes. En este sentido, fueron los poderosos trenes artilleros de los franceses los primeros que dejaron bien claro que la época de la maquinaria neurobalística estaba llegando a su fin, y que los añejos fundíbulos, manganas y demás tormentaria secular debía dejar paso a las nuevas armas. Y, de hecho, la artillería móvil gabacha no solo era cuantiosa- 97 bocas de fuego de diversos calibres a inicios del siglo XVI-, sino capaz de un alcance y un poder destructivo notable. No obstante, varias décadas antes ya se adaptaron o construyeron fortificaciones concebidas con capacidad para emplazar bocas de fuego, generalmente de pequeño calibre.

La fórmula que se consideró más adecuada fue convertir las antaño altivas torres de flanqueo macizas en bastiones huecos donde se construyeron dependencias abovedadas en las que poder emplazar la artillería, la cual disparaba a través de buzones abiertos en los muros para tal finalidad. Según algunos tratadistas, la primera fortaleza en la que se instalaron piezas de artillería fue en el donjón del castillo de Coucy, en la Picardía francesa. Esta impresionante torre de 55 metros de altura (la más alta de Europa en su época), originariamente una mota castral, se vio así convertida en un bastión provisto de casamatas donde alojar las piezas destinadas a la defensa del recinto.

Otro ejemplo de época similar lo tenemos a la izquierda. Se trata del castillo de Rambures, también ubicado en la Picardía, y en el que podemos ver buzones artilleros distribuidos en tres niveles tanto en el cuerpo central del edificio como en las cuatro torres que lo rodean. En el plano se pueden apreciar perfectamente las casamatas donde se emplazaba la artillería a razón de dos o tres bocas de fuego en cada una, lo que obviamente le daría un notable poder defensivo.

Sin embargo, no pasaron muchos años hasta que quedara patente que la artillería emplazada en los castillos de transición no podía, de momento, hacer frente cañón contra cañón a la de los ejércitos sitiadores. La gran concentración de fuego que estos podía llevar a cabo contra las zonas altas de las fortificaciones asediadas era capaz de neutralizar rápidamente toda la artillería situada en las azoteas y las baterías superiores, por lo que las casamatas fueron relegadas a cubrir los fosos y a flanquear las murallas en prevención de un asalto. Un ejemplo de este tipo de bastión prontamente relegado a la obsolescencia lo tenemos en la foto superior. Se trata del castillo de Magalia, en Ávila, provisto de un potente bastión con tres niveles de casamatas; fue construido durante la primera mitad del siglo XVI, por lo que hubiera sido presa fácil de un ejército sitiador caso de haber sido atacado.

Diseño de un bastión obra de Durero (c. 1527) en el que
vemos las casamatas emplazadas en el nivel inferior del
mismo. Los orificios sobre los buzones son los respiraderos
destinados a evacuar el humo.
Bien, estos serían grosso modo los motivos por los que hubo necesidad de artillar las fortalezas de la época en cuestión. Pero, antes de proseguir, conviene aclarar el origen del término casamata porque en esto, como en todo, hay opiniones para todos los gustos. Según algunos, el palabro es originario del italiano, concretamente una contracción de casa armatta. Otros, por el contrario, afirman que es español ya que Covarrubias especifica que el término mata hace referencia a la escasa altura de la edificación. Así mismo, autores como Puga o Cristóbal de Rojas las llamaban casas-matas, por lo que no sería improbable que, tal como afirma Covarrubias, el término sea hispánico. Ojo, una advertencia: el término casamata es también usado para denominar dependencias abovedadas, generalmente subterráneas, destinadas para albergar tropas, como almacenes, pañoles de munición o incluso hospitales de campaña. Lo comento para que los que ya conozcan el palabro no se líen y piensen que hablamos de cosas diferentes ya que esta entrada está dedicada a las casamatas destinadas a albergar artillería.

Parece ser que el primero en diseñar la forma y distribución de las casamatas fue el prolífico Taccola que tantas veces hemos mencionado ya, si bien otros aseguran que fue Francesco di Giorgio. Sea como fuere, la cuestión es que, aunque inicialmente concebidas como obras exteriores, acabaron formando parte integral de los bastiones construidos durante la primera mitad del siglo XVI. En el plano de la derecha podemos ver una casamata correspondiente a una tipología más primitiva. Es, como ya hemos comentado, una cámara abovedada con una o más troneras, dependiendo de la cantidad de bocas de fuego que debía alojar. El tamaño de las mismas solía ser pequeño ya que las dimensiones de estas dependencias no daban para mucho más, y no olvidemos que, además de las piezas de artillería, debían dar cabida a sus servidores y los pertrechos necesarios, generalmente alojados en nichos abiertos en los muros.


Su evolución natural fue construirlas en varios niveles, como hemos visto en las fortalezas presentadas anteriormente, para dar cabida a un número cada vez mayor de bocas de fuego. No obstante, pronto empezaron a surgir diversos tipos de inconvenientes que ponían en evidencia la validez de este tipo de obra. En primer lugar tenemos la eliminación de las densas humaredas producidas por la combustión de la pólvora. Para favorecer su salida al exterior se construían tubos de evacuación situados generalmente en la parte superior del buzón, tal como vemos en el plano de la izquierda. En otros casos se optaba por chimeneas que daban a la azotea de la torre pero, en ambos casos, los servidores de las piezas se veían al cabo de pocos disparos sumidos en una nube de humo acre que les impedía ver el exterior y los sofocaba si no había una buena renovación del aire. Para el que no tenga idea de la humareda que produce la pólvora negra, en San Youtube hay infinidad de vídeos donde se puede ver con todo lujo de detalles, por lo que bastará un pequeño esfuerzo de la imaginación para hacerse una idea de lo que serían dos, tres o cuatro piezas disparando en una cámara de pocos metros cuadrados de superficie.


Las piezas emplazadas en las casamatas eran, como ya comentamos anteriormente, de pequeño calibre: ribadoquines, espingardas, sacabuches o esmeriles, armas estas capaces de disparar tanto pelotas de hierro como de plomo o de piedra. Por lo general eran montadas sobre afustes fijos muy pesados, lo que ayudaba a contrarrestar el retroceso producido por el disparo. A la derecha vemos piezas de este tipo sobre dos afustes diferentes que les permiten regular los grados de elevación y depresión así como, en el caso de la que aparece abajo, tener capacidad de giro para abarcar más ángulo de tiro horizontal. Estas piezas no eran precisamente baratas, y su precio nos hace ver que artillar una fortaleza en aquella época era muy costoso. Bueno, costoso no, costosísimo. Por poner algún ejemplo, un ribadoquín podía costar a finales del siglo XV unos 10.000 maravedíes sin contar el afuste. Un quintal (46 kg.) de plomo para fabricar pelotas salía por unos 800, el quintal de hierro costaba unos 350, y 1.700 el de pólvora gruesa. Con esos datos ya podemos hacernos una idea de lo que costaría artillar y pertrechar una fortaleza como la de La Mota (Valladolid), armada con 120 bocas de fuego a principios del siglo XVI. A modo de comparación, el jornal de un peón a mediados del siglo XV andaba por los 10 maravedíes diarios.


Diversos tipos de buzones. Los de la derecha son troneras
usadas en los albores de la artillería para disparar truenos
de mano o bien versos, falconetes, etc.
Sin embargo, no se tardó mucho tiempo en descubrir que las casamatas albergaban gran cantidad de carencias e inconvenientes que iban más allá de atufar a los servidores de las piezas de artillería. El más relevante era que se convertían en el objetivo principal de los cañones enemigos en caso de asedio, los cuales ponían en su punto de mira los buzones a fin de neutralizar su artillería. En caso de acertar en el buzón o en la parte superior del mismo, el derrumbe producido lo cegaba por completo, anulando la pieza emplazada en el interior aunque esta no hubiese sufrido daños. Y, por otro lado, el escaso grosor de las bóvedas las hacían muy vulnerables ante las bombas disparadas por los morteros, las cuales podían atravesarlas sin problemas para, a continuación, detonar en el interior de la casamata, matando a todos sus ocupantes en un periquete. Lógicamente pues, no tenía mucho sentido mantener unas construcciones que podían ser puestas fuera de combate nada más empezar el asedio.


Baluarte con orejones provisto de una casamata desde
la que se bate de flanco el foso
De ese modo, la evolución de las fortificaciones de traza italiana fueron relegando al olvido a los bastiones que, aunque de apariencia intimidatoria con su gran diámetro y erizados de cañones, en realidad eran presa fácil de una artillería de sitio con un alcance superior a los ocho kilómetros. Estos bastiones se transformaron en los baluartes que ya conocemos y en los que el papel de las casamatas artilladas quedó relegado a la defensas de los fosos y al tiro de flanqueo siempre y cuando estuvieran protegidas por los orejones o las espaldas de dichos baluartes. Y, con todo, su vulnerabilidad no pudo ser enteramente erradicada y, caso de ser alcanzados por la artillería enemiga, estaban perdidos. De ahí que, finalmente, se optara por defender los fosos con medios más adecuados como las plazas bajas, las tenazas y, por supuesto, las caponeras.

Bueno, ya me he enrollado bastante, así que me piro a merendar. Bueno, a cenar, que es más apropiado.

Hale, he dicho


Casamata y cámara de tiro de uno de los bastiones del
castillo de Évora-Monte, en Portugal. Como se puede ver, el
espacio disponible no era precisamente muy amplio que digamos,
lo que influía en gran medida a la acumulación de humos.