miércoles, 2 de marzo de 2016

Las condecoraciones en el ejército romano. CORONA CIVICA


En los sangrientos combates cuerpo a cuerpo de primera línea era donde 
más probabilidades había de obtener una CORONA CIVICA
La razón es obvia: es donde el personal caía como moscas
La CORONA CIVICA fue la segunda en importancia tras la OBSIDIONALIS que estudiamos en la entrada anterior. La diferencia era que, mientras que la segunda se obtenía salvando a mogollón de ciudadanos de la aniquilación, la primera se ganaba salvando solo a uno sin incluir cuñados, lo que no solo no debía estar premiado, sino incluso penado. Bueno, coñas aparte, la cuestión es que la CORONA CIVICA se convirtió desde su creación en la más importante distinción militar romana tras la citada CORONA OBSIDIONALIS. Obviamente, era un galardón más accesible ya que eso de librar de una ominosa muerte a todo un ejército no estaba al alcance de todo el mundo, pero la CORONA CIVICA no solo podía alcanzarla cualquier ciudadano, desde un simple legionario hasta el mismo legado o, ya puestos, un cónsul, sino que, además, otorgaba a su poseedor de una serie de beneficios y dignidades nada despreciables. Veamos su historia...


A este no lo salvaron a tiempo. Seguro que era un cuñado
La primera referencia a este galardón proviene de un oscuro autor de comedias que vivió durante el siglo II a.C. llamado Cecilio Estacio el cual, a pesar de su nombre genuinamente romano, era al parecer de origen galo y, antes de dedicarse a temas literarios, fue incluso esclavo. En un fragmento que se conserva de una de sus obras cita esta recompensa con la frase "Son llevados con corona de ílex y con clámide: ¡Dioses, os pongo por testigos!" (el QVERCVS ILEX es como esta gente denominaba a la encina), de donde en principio llamaban a este tipo de premio como CORONA ILIGNA en referencia a que estaba hecha con ramas del citado árbol. No obstante, disponemos de fuentes más amplias que nos permiten saber no solo el material con que se hacían, sino también bajo qué condiciones se ganaban. Según Polibio, Plinio y Aulo Gelio en el Libro V de sus Noches Áticas, la CORONA CIVICA se obtenía cuando se salvaba la vida de un ciudadano en combate, ocupando y manteniendo el puesto del compañero hasta que diese término la batalla. Pero, ojo, era el salvado el que tenía que reconocer de forma implícita que Fulanus o Zutanus le había salvado su miserable pellejo ya que, de lo contrario, aunque toda la legión en pleno jurase por sus dioses manes y lares que, en efecto, Menganus le había salvado la vida, no habría recompensa. De hecho, en los primeros tiempos era el mismo rescatado de la muerte segura el que, motu proprio, confeccionaba in situ la corona y se la ofrecía a su salvador.


Casco de caballería destinado a los ejercicios de
HIPPICA GYMNASIA en el que se ve una CORONA
CIVICA repujada en el metal, lo que indicaría que
su dueño poseía una
A pesar de que, al igual que la CORONA OBSIDIONALIS, carecía de valor material, la CORONA CIVICA conllevaba una serie de privilegios a los que la ganaban. De entrada, el rescatado tenía la obligación de reverenciar al rescatador como a un padre de por vida. Este dato lo corrobora el mismo Cicerón al hacer referencia al rechazo que inspiraba a algunos el verse obligado a guardar con un extraño la misma deferencia que la que se debía a un padre, lo que en una sociedad patriarcal como la romana debía ser ciertamente un mal trago. Pero lo más importante no era que el salvado le estuviera haciendo la pelota de forma vitalicia, sino que los premiados con tan preciado galardón tenían la potestad de usarla de forma permanente. O sea, no era la típica condecoración que se portaba solo en el ámbito militar, sino que se la podía encasquetar en el cráneo las veinticuatro horas del día en la vida civil, lo que le suponía recibir grandes muestras de respeto por parte de los demás ciudadanos que, muy obsequiosamente, le ofrecían las debidas muestras de respeto. De hecho, incluso hubo algunos que, al igual que ocurrió con los TORQVATVS, tomaron el nombre de la condecoración para sí, de forma que todos supieran que era poseedor de tan valioso galardón. Tal fue el caso de Marco Helvio Rufo el cual, según Tácito, ganó la CORONA en África en el 18 d.C. y se añadió el mote de CIVICA, lo que debió sentarle como un tiro o, mejor dicho, como un golpe de PILVM en el "CRANIVM" a sus cuñados.


El sueño dorado de cualquier
plebeyo romano
Y a ese privilegio había que añadir que, por haber engendrado a tan valeroso ciudadano, el padre y el abuelo paterno del héroe en cuestión se veían liberados de todos los deberes cívicos, lo que era un chollo que les caía del cielo sin quererlo ni beberlo. Y, por otro lado, podían optar a otros beneficios de más enjundia y mucho más rentables que verse con el vecindario haciéndole la pelota: los poseedores de la CORONA CIVICA tenían la posibilidad de ascender en la estricta escala social de Roma, ascendiendo de su estatus de plebeyo birrioso a posiciones más elevadas como, por ejemplo, el senado. Según Livio, cuando era preciso rellenar las plazas que habían quedado vacantes por el deceso de sus ocupantes, se echaba mano entre a otros a los premiados con la CORONA CIVICA, por lo que más de uno y más de dos con menos linaje que un chucho callejero se veían bonitamente encumbrados vistiendo la toga laticlavia. En cuanto a su vigencia, fue más longeva que la CORONA OBSIDIONALIS que, como se comentó en la entrada anterior, dejó de existir de facto en tiempos de Augusto, que fue el último en ser premiado con ella si bien por cortesía de sus pelotas del senado. No fue así con la CIVICA, de la que se siguieron teniendo referencias a lo largo del siglo I d.C. Tenemos por ejemplo el caso de Marco Ostorio Scapula, hijo del gobernador de la Britania, que la obtuvo en el 48 d.C., o cuando Gneo Domicio Corbulón, gobernador de Siria catorce años más tarde, exhortó a sus tropas a ganar mogollón de CORONÆ CIVICA cuando fueron a sacar las castañas del fuego al atribulado Cesonio Peto, al que los partos tenían un poco acorralado en Armenia. La última referencia a este galardón data de tiempos de Caracalla (siglo III d.C.), el cual premió al centurión Gaio Didio Saturnino con una CORONA CIVICA AVREA, lo cual hace que algunos autores duden de si se trataba de una nueva condecoración o bien se hacía referencia a la obtención de dos diferentes, la CIVICA y la AUREA, lo que es ciertamente más probable.


Recreación de un joven Augusto a partir de un busto en el
que aparece tocado con una CORONA CIVICA. La imagen
nos permite por otro lado tener una idea de su aspecto.
Sea como fuere, la cuestión es que en esa época es cuando, como ya hemos comentado en entradas anteriores, desaparecieron las DONA MILITARIS que desde hacía siglos eran el orgullo de los legionarios romanos. Sin embargo, la CORONA CIVICA prevaleció en el tiempo, aunque despojada de su categoría de condecoración militar, ya que se convirtió en el símbolo de los emperadores romanos. Aunque por lo general todo el mundo asocia la corona de laurel con estos monarcas, la realidad es que fue la CORONA CIVICA la que desde Augusto los césares portaron sobre sus augustos cráneos hasta que fue sustituida siglos después por las diademas o las coronas radiadas. Así pues, que quede claro: la corona de laurel, de la que ya hablaremos en otra entrada, era la que usaban los triunfadores, y los césares la cívica. La costumbre surgió cuando el senado concedió a Augusto el privilegio de colgar una CORONA CIVICA en la puerta de su casa como símbolo de sus victorias y de las vidas de ciudadanos que se habían salvado gracias a él. Dicho privilegio se fue extendiendo a sus sucesores si bien, al parecer, Tiberio la rehusó, pero no es de extrañar a la vista del extraño y amargado carácter del hermano del gran Druso.


Denario de plata de Augusto en el que aparece con una
CORONA CIVICA. Como vemos, es la típica corona que
muchos confunden con la del laurel
Bien, ese es la historia de esta prestigiosa recompensa. Solo nos resta dar un repaso a las teorías acerca de por qué se hacían con ramas de encina. Plinio aporta dos de ellas. En una sugiere que el motivo no era otro que ser la encina un árbol dedicado a Júpiter y a Juno, dioses estos a los que se encomendaba la custodia de las ciudades. La otra sugiere que, simplemente, era porque los ancestros de los romanos se alimentaban del fruto de estos árboles. De hecho, en un oráculo del dios Apolo a los arcadios llaman a los primitivos romanos comedores de bellotas. Sin embargo, Plutarco es el que aporta la teoría más simple y, por ende, la más aceptable: en todas partes hay encinas, por lo que era el árbol más socorrido a la hora de fabricar una corona razonablemente simbólica y tal para premiar al que acababa de salvarle el pellejo a un probo ciudadano. Con todo, justo es reconocer que estos árboles siempre han estado envueltos de simbolismo y connotaciones espirituales y religiosas en muchas culturas. Por último, recordar que las tropas auxiliares no podían optar a estas recompensas aunque salvaran la vida de tropocientos ciudadanos, por lo que si acaso le concederían la ciudadanía como premio a su valor era para que, si salvaba a más, entonces sí se la dieran. Así mismo, también debemos tener presente que en el ejército romano no se concedían recompensas póstumas como se hace actualmente. Esto quiere decir que si un legionario salvaba a un compañero pero dejaba la vida en el intento, pues el muerto al hoyo, el vivo al bollo y si te vi no me acuerdo. Ciertamente, vivimos en un mundo ingrato desde hace la torta de siglos, ¿verdad?

Bueno, no creo que olvide nada, así que condió.

Hale, he dicho



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