domingo, 1 de mayo de 2016

Yelmos con máscara facial


Réplica actual de un casco de caballería romano
Los yelmos con máscara facial suelen ser por lo general una tipología que pasa desapercibida por bastantes "personas humanas". No es raro que, en muchas ocasiones, se pase del Spangenhelm a los yelmos de cimera sin considerar que fueron precisamente los provistos de máscaras faciales el nexo que unió ambos tipos. Y no solo se pasa por alto estos yelmos, sino que tampoco se repara en la relación entre estos y los yelmos vikingos que, durante la Alta Edad Media, ya iban provistos de máscaras faciales. En realidad, este accesorio no era precisamente una novedad. De hecho, los romanos ya usaban los conocidos yelmos equipados con esas vistosas máscaras de expresión hierática que resultaban un tanto inquietantes. Sin embargo, la llegada de la Edad Media que, como sabemos, supuso un retroceso en muchos aspectos, relegó al olvido los eficaces diseños de griegos y romanos para acabar limitando la protección a los valiosos cráneos del personal a un simple capacete semiesférico y, en un alarde de inventiva, se le añadió posteriormente la barra nasal que ya llevaba siglos inventada para no acabar con sus napias convertidas en engodo para pescar barbos.

No obstante, los vikingos ya se adelantaron a sus vecinos del sur de Europa tanto en cuanto diseñaron diversos tipos de yelmos que, en algunos casos, podríamos decir que estaban basados en la misma morfología de los cascos de caballería romanos. El más conocido es el ejemplar hallado en 1939 en Sutton Hoo, (Suffolk, Gran Bretaña)el cual formaba parte del ajuar funerario de algún régulo anglo-sajón de postín a la vista de su lujosa apariencia a pesar del estado de degradación alcanzado a causa del tiempo, ya que la pieza fue datada hacia el siglo VII. En la ilustración superior podemos ver una reconstrucción del famoso yelmo el cual presenta una máscara antropomórfica, quizás inspirada en el rostro de su dueño. En los detalles de la izquierda se ven algunos ejemplares más basados en diseños vikingos, que fueron más allá de la simple barra nasal de los Spangenhelm añadiendo una pequeña máscara metálica que cubría ojos y mejillas o, como se ve en la parte inferior izquierda, máscaras antropomórficas de diseño similar al ejemplar hallado en Sutton Hoo, el cual por cierto me da la impresión de que se trata de una copia basada en los diseños de los vikingos, que en aquellos tiempos tenían la fea costumbre de darse continuos garbeos a la brumosa Albión para robar más que un político aforado.

Katafraktos cubierto por un yelmo
reforzado y un camal unido al mismo
Con todo, parece ser que en el resto de la Europa no se habían enterado aún de la innovación ya que los bellatores de la época seguían anclados en sus capacetes semiesféricos o cónicos que, a lo sumo, iban provistos de la conocida barra nasal y, en algunos casos, de una barra similar en la parte trasera a modo de cubrenucas. Sin embargo, las jetas y la parte inferior de sus cráneos estaban vendidas ante los golpes propinados con armas contundentes, cuyos efectos intentaban amortiguar en lo posible con almófares de malla y cofias de armar rellenas de crin y hierba seca bien prensadas. Donde al parecer más en serio se tomaban lo de proteger la cara era en los restos del Imperio Romano de Oriente y sus dominios en la zona de los Balcanes, donde ya antes del año 1000 equipaban a sus tropas de caballería pesada, los katafraktoi, con unos yelmos semiesféricos provistos de camales de malla cerrados que solo dejaban a la vista los ojos. Este tipo de yelmo, de clara inspiración orientalizante, fue profusamente usado tanto en las zonas de influencia de Bizancio como en el norte y el este de Europa, llegando desde allí incluso a la Inglaterra. La unión de la malla al yelmo podía llevarse a cabo tanto de la forma que aparece en la foto superior, a base de unir las anillas a las perforaciones que ya tenía en el borde inferior, o bien como en los camales de los bacinetes de Europa Occidental de siglos posteriores, mediante una banda de cuero que era luego unida al yelmo.

Efigie de William Clito en
la abadía de St. Bertin, en
St. Omer. Aunque murió en
1128, esta pieza data de
1170, así que ya se tomaron
tiempo para terminarla
Bien, estos serían los antecedentes de las máscaras faciales en el sentido de la búsqueda de medios para proteger la cara del personal, que como ya sabemos solía quedar en un lamentable estado si recibía un mazazo fuerza 5. La innovación llegó en algún momento de la primer cuarto del siglo XII, o incluso tal vez a finales del siglo anterior. No se pueden dar fechas con certeza tanto en cuanto no han llegado a nuestros días ejemplares sobre los que poder establecer dataciones fiables, así que nos tenemos que ceñir a las representaciones artísticas de la época. Así pues, el ejemplo más antiguo que se ha encontrado sobre la nueva tipología protagonista de la entrada hoy lo tenemos a la izquierda. Se trata de la efigie funeraria de William Clito, un noble normando nieto del duque Guillermo el Conquistador que fue aliñado en 1128 durante un asedio a la ciudad de Gante. El grabado, obra de Francis Sanford, es de 1677. Bien la cuestión es que este Clito, cuya edad era la misma del segundo milenio cuando palmó como un héroe, o sea, en 1128, aparece en el grabado con la panoplia típica de los normandos de aquella época: enteramente cubierto de malla, con su escudo de cometa reforzado con tiras de bronce y, y esta era la novedad, un yelmo semiesférico repujado al que se habían añadido a ambos lados de la barra nasal sendas piezas provistas de aberturas para los ojos, así como de ranuras de ventilación dispuestas en sentido vertical. Este diseño casa bastante bien con los vikingos que hemos visto anteriormente, de lo que podemos colegir que el origen de las máscaras faciales usadas en Europa Occidental a partir de aquellos años provenían del intercambio cultural entre normandos y los rubicundos vecinos del norte los cuales ya habrían dejado su semilla en Inglaterra tras tantos años de latrocinio constante. O sea, que no sería raro que lo normandos, tras invadir la isla en 1066, copiaran determinados accesorios de los anglo-sajones que, a su vez, los habrían tomado de los vikingos.

Sea como fuere, porque en esto no podemos aportar certezas, la cuestión es que a partir del siglo XII se empezó a generalizar el empleo de los yelmos con máscara facial, sobre todo añadidas a una nueva tipología que empezó a ganar popularidad frente a los añejos yelmos cónicos. Según podemos ver en la foto de la derecha, tenían forma de cono truncado invertido con la parte superior bien cónica o bien llana, y también solían tener barra nasal. En lo referente a su denominación, tampoco sabemos si recibían alguna en concreto así que, para ahorrar letras, usaremos el término que actualmente le dan algunos autores: calota. Supongo que el motivo de haber elegido dicho término es por la similitud de este tipo de yelmo con los bonetes (calotte en francés) usados por los curas, o también podría ser porque ese mismo término, también en francés, significa bóveda. Los ingleses, siempre tan imaginativos ellos, se conforman con llamarlos pot helm, o sea, yelmo de olla o de pote. En todo caso, no ha llegado a nuestros días ningún ejemplar, así que en su acabado interior nos tendremos que guiar por algunos detalles que, como siempre en estos casos, proceden de las representaciones artísticas de la época. 

Folio de un SPECVLVM VIRGINVM datado hacia 1200. Los
dos combatientes de la izquierda se han hundido respectiva-
mente sus yelmos a espadazos, lo que indica la vulnerabilidad
de los mismos por su incapacidad para desviar impactos
desde la vertical. En casos así había que pedir la baja
definitiva por razones obvias.
En cuanto a su peculiar morfología, ciertamente se podría pensar que era un retroceso en lo que a capacidad defensiva se entiende. Un yelmo con la parte superior casi o totalmente plana era el sueño dorado de cualquier combatiente para hundirlo de un mazazo o hendirlo con su pesada espada. Y aunque algunos autores sugieren que, aunque en efecto esto suponía un inconveniente, su forma cilíndrica era más ventajosa a la hora de desviar un puntazo de lanza o un proyectil de arco o de ballesta. Sin embargo, a mí me parece una chorrada tanto en cuanto un yelmo cónico ya cumplía esta misión y, además, desviaba perfectamente los golpes verticales, así que el que inventó estos orinales ferrosos no tuvo a mi entender la idea del milenio. No obstante, cierto es que gozaron de bastante popularidad, aunque de un francés o un inglés se puede esperar cualquier cosa. De hecho, los primeros yelmos de cimera adoptaron un diseño similar y se mantuvieron operativos bastante tiempo a pesar de que eran muy vulnerables por la parte superior, así que solo cabe pensar que le temían más a un lanzazo de frente que a un mazazo desde arriba a pesar de que los testimonios gráficos de la época dejan bien claro que te podían escabechar de un espadazo en un periquete. La cosa es que en aquellos tiempos fue cuando se empezó a difundir la costumbre de embrazar la lanza, así que un puntazo dirigido a la cabeza era fatal en caso de acertar. En fin, podemos tirarnos catorce lustros debatiendo este tema sin llegar a nada definitivo.

En lo tocante al interior de estos yelmos, lo más probable es que no tuvieran guarnición ya que, en base a algunos testimonios pétreo-funerarios como la efigie de un ignoto caballero que se encuentra en el Temple de Londres (grabado de la derecha), solían portar bajo el yelmo un burelete como los que vemos en las figuras de la izquierda. En el caso superior se trata de un rosco de cuero cosido al almófar, mientras que el inferior forma parte de una cofia que se vestía sobre dicho almófar. Esto impedía que el yelmo bailase en la cabeza, y bien anudado bajo el mentón no se movería demasiado cada vez que recibían un trastazo en el cráneo. No obstante, algunos autores afirman que sí disponían de guarnición en base a los remaches que se ven en el perímetro inferior del estos cascos, pero esa afirmación carecería de sentido ante la evidente existencia de los bureletes que, por cierto, también se emplearon en los yelmos de cimera. De ahí que se sugiera que estos remaches no sustentaban ninguna guarnición, sino una simple banda interior de cuero para aminorar el roce del metal con la cofia.

Las calotas no tardaron en hacerse muy populares por toda Europa, especialmente en la zona occidental bajo influencia normanda: Francia, Italia e Inglaterra. La protección que brindaba al rosto y los ojos era muy superior a la de los antiguos modelos, y eso de volver a casa con el careto tan deformado que hasta la parienta salía corriendo del susto siempre era una perspectiva más inquietante. En algunos casos da la impresión de que se trataba de cascos con barra nasal reciclados ya que hay testimonios que muestran el uso de este tipo de yelmos provistos de máscara en vez de las calotas citadas anteriormente. Un ejemplo lo tenemos en el fresco de la derecha, ubicado en la iglesia de los Santos Juan y Pablo de Spoleto (Italia), y que representa el martirio de santo Tomás Becket. Las pinturas datan de finales del siglo XII, lo que es una muestra de la rápida difusión del invento ya que en esa época ya era tan popular en la Italia central como para que un artista lo plasmase en una de sus obras.

A partir de ese momento comenzaron a proliferar diversos diseños en función de los gustos personales de cada cual, o bien en base a la moda militar del momento en una determinada zona. De hecho, la aparición de las calotas no supusieron en modo alguno la desaparición de los cascos cónicos, ya que hay constancia de que muchos de ellos estaban provistos de máscara. Los que vemos a la izquierda son de inspiración alemana, especialmente el que lleva toda la parte superior estriada. Como vemos en ambos casos, las máscaras están llenas de orificios circulares para la renovación del aire, accesorio este que no se daba en otras zonas de Europa. El mismo ejemplar tiene además un saliente en la parte central que servía de refuerzo para proteger la nariz ya que esa arista era más difícil de hundir de un golpe. Por lo demás, ambos yelmos estaban provistos de sus respectivas tiras de cuero para anudarlas bajo el mentón. Y no, no se usaban aún hebillas para este menester, quizás por su precio, o tal vez por ser más fácil echar un nudo. Con todo, unas tiras de cuero bien engrasado tampoco requería hebillas ni accesorios de ningún tipo para conseguir una sólida lazada.

A la derecha vemos dos réplicas modernas de una tipología similar al del fresco anterior. Concretamente la de la izquierda está ciertamente basada directamente en el mismo, y el casco partía de un modelo más antiguo y muy propio de los normandos. Su característica principal radicaba en el pequeño espolón que coronaba el casco. Por lo demás, esas máscaras alargadas con la parte inferior saliendo hacia fuera eran bastante habituales en las zonas de influencia normanda en Italia incluyendo Sicilia. Lo que desconocemos es si estas máscaras eran de bronce, como hemos recreado en el ejemplar de la derecha, o bien se trataba de pintura ya que era una moda muy extendida en aquella época eso de pintar los yelmos con fines identificativos y, por lo general, recurriendo a los colores de los blasones de sus dueños. De hecho, el que vemos en el fresco presenta un color dorado tanto en la máscara como en la banda metálica de refuerzo del casco, pero no sabemos si era bronce o simple pintura amarilla.

Pero fuese o no pintura la causa del color dorado de la máscara de ese yelmo en concreto, lo que sí es cierto es que la moda de pintarlos gozó de bastante popularidad. De hecho, la naciente ciencia de la heráldica como medio de identificar a los combatientes de postín no solo se limitó a los escudos o las cotas de armas, sino que en toda la Europa se implantó también en los yelmos. Como vemos en las figuras de la ilustración superior, las combinaciones podían ser infinitas: casco pintado y máscara sin pintar, ambas piezas pintadas combinando los colores del blasón, el casco pintado con los colores del blasón dejando la máscara sin pintar y, en definitiva, un et cétera kilométrico porque en esto no había más reglas que el gusto personal del dueño. Además, se solía añadir el mobiliario del escudo, que en dos de estos casos hemos representados como animales heráldicos: un águila employada en la calota y un león rampante en el yelmo del centro.

En España, las máscaras faciales también tuvieron su difusión, si bien con diseños diferentes a la vista de los escasos testimonios que han llegado a nuestros días, lo que no implica que no se utilizaran los mismos que en Francia o Italia. Al cabo, el intercambio de información en lo tocante a cuestiones militares era constante debido a la costumbre de muchos caballeros y nobles de acudir allá donde hubiera alguna guerra en curso, y en la Península no faltaron hasta 1492. El ejemplar que vemos a la izquierda está basado en dos testimonios de la época: uno es un guerrero que aparece en un capitel de la puerta del monasterio de Santa María la Real en Sangüesa, Navarra. Como podemos ver, está formado por un yelmo cónico con el borde inferior moldeado para completar la ocularia del mismo, mientras que la máscara es una pieza con grandes orificios sin respiraderos de ningún tipo. 

A la izquierda tenemos al guerrero de Santa María la Real, y a la derecha un detalle del Códice del Monasterio de Cardeña en el que aparece un yelmo exactamente igual con la máscara quizás pintada. El hecho de que veamos el mismo modelo en dos obras distintas parece dejar claro que esta tipología debió gozar de una difusión ciertamente notable. Respeto al otro ejemplar del párrafo anterior, es un caso un tanto misterioso ya que no hay más datos al respecto que pertenecía a la colección de William Scollard, y es de principios del siglo XIV. Se trata de una peculiar morfología que es complicada de clasificar ya que, en pureza, ese yelmo no tiene máscara facial, sino que más bien es como si le hubieran alargado el borde inferior y le hubiesen abierto dos orificios para los ojos. Con todo, algunos autores incluso cuestionan su misma existencia ya que no hay ni una sola imagen del mismo más que un burdo dibujo en una obra de David Nicolle.

Lógicamente, los yelmos con máscara facial tuvieron una vida operativa más bien corta ya que, aunque convivieron un tiempo con sus sucesores, el tránsito hacia el yelmo completamente cerrado era algo obvio tanto en cuanto la nuca permanecía indefensa. El proceso podemos verlo en la ilustración de la derecha, en la que vemos el perfil de una calota de la tipología más antigua comparado con el de una de los últimos estadios de las mismas, en la que como vemos ya lleva añadido una pequeña pieza en la parte trasera. En el momento en que esa pieza se alargó nació el yelmo de cimera, el gran yelmo, o el yelmo de barril, como queramos definirlo. Con todo, lo que sí es más que cierto es que sin la aparición de los yelmos con máscara facial, la creación del yelmo de cimera posiblemente se habría retrasado un tiempo. 

En fin, hora de merendar, o cenar, o lo que sea, de modo que ahí queda eso.

Hale, he dicho

Fragmento del Relicario de Carlomagno, en la catedral de Aquisgrán. Fue construido entre 1200 y 1207, y a la
derecha podemos ver un grupo de jinetes que portan en sus cabezas yelmos con máscara facial y pequeños cubrenucas
en la parte trasera. Esto nos indica que ya en aquellos tiempos, con apenas un siglo o menos de existencia, la
evolución de las máscaras faciales hacia el yelmo de cimera era cosa hecha.




2 comentarios:

Compañía Almogávar dijo...

Un excelente y esclarecedor artículo. Gracias y enhorabuena por él.

Amo del castillo dijo...

Celebro que haya sido de vuestro interés, fieros almogávares.

Un saludo y gracias por el comentario