lunes, 11 de septiembre de 2017

Coraceros 3ª parte. Espadas



Bueno, tras unos días de desmadejamiento neuronal vamos a retomar el tema de los coraceros, que aún da mucho de sí. Una vez visto su equipamiento defensivo, la coraza, hoy le toca a su principal arma ofensiva: la espada.

Como ya podemos suponer una unidad de caballería pesada debía estar equipada con un arma especialmente robusta, fiable y, ante todo, que hiciese que a los enemigos se le subieran los testículos a la garganta nada más verlas destellar en la distancia. Un arma que debía emular a las lanzas de los caballeros medievales para ofender al enemigo a la mayor distancia posible, y acuchillarlos despiadadamente como si se tratase de un cuñado pillado in fraganti saqueando la bodega. Sin embargo, la espada reglamentaria de los coraceros no surgió de un modelo creado específicamente para ellos, sino que partió de un diseño anterior que fue evolucionando con el tiempo hasta convertirse en el arma que conocemos. El germen de esta espada podemos verlo en la foto superior. Se trata del modelo 1784, denominado comúnmente como "Garde à Fleurons" y era el arma reglamentaria de la caballería pesada francesa y de la guardia de corps del rey hasta que el fraternal, igualitario y libre pueblo gabacho (Dios maldiga al enano corso) decidió cesarlo de forma definitiva separándole la cabeza del resto de su anatomía. 

Esta espada era un arma de categoría con una hoja de 97'5 cm. de largo que alcanzaba una longitud total de 113 cm. Como vemos, estaba provista de una hoja de un filo con doble acanaladura y lomo corrido. La vaina estaba fabricada de cuero negro con brocal y contera de latón. Como se ve en la foto, el brocal tenía un botón para suspenderla de un tahalí. Le empuñadura, que podemos ver a la derecha, era de cuero con un torzal que daba 15 vueltas a la misma, y las guarniciones de latón estaban decoradas con una flor de lys que fue sustituida por un gorro frigio revolucionario como el que vemos en el detalle una vez que el ciudadano Capeto partió de este mundo cruel con la cabeza metida entre las piernas. A partir de ese momento dejó de denominarse como modelo 1784 para adoptar el calendario de la revolución, por lo que fue designada como modelo Año IV (1795/96). 

Ya en plena revolución, el Comité de artillería (¿se han dado cuenta que los revolucionarios de todas las épocas adoran los comités?) para llevar a cabo las modificaciones que se estimasen oportunas, las cuales empezaron por una estilización de las guarniciones de la empuñadura sin que por ello perdiera eficacia o restara protección a la mano. Así pues, se decidió que el modelo de espada para caballería pesada usaría la empuñadura que vemos a la izquierda, provista de un guardamanos, tres gavilanes y rematada por un pomo con monterilla, todo ello de latón, elaborada por la fábrica Marechaussée, propiedad de un probo ciudadano revolucionario llamado Liorard que, por lo que se ve, era un hacha en eso de nadar y guardar la ropa.

Pero no solo se modificó la empuñadura, sino también la hoja que, aunque conservó la morfología del modelo anterior, se le suprimieron las acanaladuras dando como resultado una hoja de lomo corrido vaciada a una mesa. Esto la hacía más pesada y le restaba la rigidez y resistencia necesarias para un arma destinada ante todo a herir de punta, pero la cosa es que, quizás por su influencia en el dichoso comité, el tal Liorard se salió con la suya. Sin embargo, esta espada no acabó armando a las unidades de caballería pesada, sino a los gendarmes, los antiguos guardias de corps que habían sido abolidos a raíz de la revolución.

La destinada a armar las unidades de coraceros fue el que vemos en la ilustración de la izquierda, conocida como modelo Año IX (1800-1801) y diseñada bajo la dirección del general de brigada Jean-Jacques Gassendi, Inspector General de Artillería nombrado personalmente por el enano cuando era cónsul. 

Modelo de cinturón Año XI provisto de dos ramales
Básicamente, este modelo era muy similar al anterior salvo por pequeñas variaciones en el tamaño y ángulo de las guarniciones, así como las vueltas de torzal de la empuñadura, 17 en este caso. Pero donde estaba la diferencia más notable era en la vaina, fabricada enteramente de hierro y que inicialmente estaba provista de una sola anilla. Esto suponía un problema un poco chorra pero que había que darle solución ya que el cinturón tahalí reglamentario hacía que la empuñadura quedase en una posición muy elevada. Eso dificultaba el desenfunde y, además, se golpeaba la coraza con las guarniciones al desenvainar, lo que restaba brillantez al chirriante, inquietante y acojonante sonido propio de varios cientos de espadas saliendo de sus vainas al mismo tiempo. 

Así pues, se sustituyó el cinturón por otro con dos ramales (foto superior) y se añadió a las vainas una segunda argolla, lo que permitía portar la espada en una posición más baja que facilitaba el desenfunde sin que la coraza estorbase en dicha operación. Su aspecto podemos verlo en la ilustración de la derecha. Cada ramal del cinturón tenía una hebilla para regular la altura y el ángulo deseados, y quedaba ceñido a la cintura por debajo de la coraza mediante otra hebilla, todas ellas de latón. En cuanto a las dimensiones de este modelo eran las siguientes: la longitud total era de 113 cm. con una tolerancia de hasta 3 cm. más. La hoja era de 97 cm, y el peso oscilaba entre los 1.240 y los 1.310 gramos, lo que no era precisamente moco de pavo. Sin embargo, esta espada no resultó satisfactoria. Ni la hoja dio los resultados esperados ni tampoco la vaina, que carecía de la robustez necesaria ya que se deformaba fácilmente como consecuencia de un golpe o una caída, bloqueando así la hoja en el interior de la misma. En definitiva, que la espada era muy bonita pero estaba muy por debajo de los requerimientos exigidos.

Así pues, el general Gassendi se puso manos a la obra para rediseñar la espada azuzado por el entonces ministro de Guerra Louis Berthier, dando lugar al modelo que es más conocido: el Año XI (1802-1803) que podemos ver en la foto inferior.


Las cosas como son, hay que descubrirse ante semejante virguería de espada. En sí, salvo en la hoja las diferencias con el modelo anterior era mínimas en su apariencia externa. Solo se cambiaron las abrazaderas de la vaina, la contera se sustituyó por el modelo "de lira" que se ve en la foto, llamado así por su similitud con ese instrumento, y la empuñadura tenía solo 12 vueltas de torzal. Dicha vaina había sido reforzada, usando una chapa de 2,5 mm. de grosor en vez de la de 1,5 del modelo Año IX. Además, se le añadió un alma de madera y se soldaban las dos mitades con hilo de latón y bórax en polvo, lo que permitía efectuar una sólida soldadura sin necesidad de recalentar en exceso el hierro. Esta nueva vaina resistía la coz de un caballo, pero como nunca llueve a gusto de todos muchos protestaron ya que era tan sólida que, en caso de una caída, la vaina podía causar una seria lesión si golpeaba de punta en el cuerpo. De ahí que hubiese personal que pidiese la implantación de las vainas de cuero que usaban las unidades de dragones, más ligeras y con menos peligro. Pero eso quedó reservado a los oficiales, como veremos en su momento.

Una vista del brocal de la vaina, fijado a la misma
mediante dos tornillos. En su interior llevaba unos
resaltes metálicos para que la hoja quedase
perfectamente ajustada
En cuanto a la hoja, era un tocho de acero de 97,5 cm. de largo que hacían que una vez envainada alcanzase una longitud total de 120 cm. nada menos. En el detalle de la foto vemos el modelo inicial, de perfil similar al modelo Año IX, pero con las dos acanaladuras del antiguo modelo de la caballería regia que vimos al principio. La espada que vemos en la foto grande la que se adoptó en 1816 y cuya hoja, como salta a la vista, tiene contrafilo. Esa variación estuvo en servicio hasta 1855 nada menos. Sus dimensiones la hacían un arma soberbia: el grosor de la hoja en el tercio fuerte era de 8,25 mm., y el peso del arma alcanzaba los 1.417 gramos. Si comparamos este peso con la del Año IX veremos que esta era más  masiva ya que tenía acanaladuras, que en teoría aligeran el peso de la hoja, mientras que la anterior era plana. El peso de la vaina era de 1.780 gramos, y el total de las dos piezas 3.197 gramos. Recordemos que una espada medieval excedía en poco el kilo de peso a pesar de su aspecto masivo.

Fiador para la espada de tropa fabricado con cuero teñido
de blanco. El modelo para oficiales ya lo veremos en la
siguiente entrada
La producción de espadas de este modelo estaba alrededor de las 400 unidades mensuales, siendo enviadas a sus respectivos destinos en cajas de madera que contenían 42 espadas con sus correspondientes vainas. Caja caja pesaba 192 kilos de nada. La producción total de espadas del modelo Año IX fue de 15.199 unidades, mientras que las del Año XI alcanzaron las 54.640 hasta que cesó la fabricación en el año 1817. En total, 69.839 espadas con un precio aproximado de 40 francos cada una, o sea, un pastizal. El mantenimiento se llevaba a cabo con polvo de esmeril que, frotando la hoja, la mantenía perfectamente bruñida, lo mismo que las guarniciones y la vaina. Para preservarla de la humedad se la impregnaba con aceite de oliva del bueno. Estas hojas, como es habitual en las espadas, no solían estar afiladas como un sable ya que su misión era herir de punta. No obstante, su masa era lo suficientemente importante para, sumada a la fuerza del golpe, abrir literalmente como un melón la cabeza de un infante si le alcanzaba de lleno o incluso de rebanarle el pescuezo.

Bien, con esto terminamos por hoy porque tengo uno de mis fastuosos dolores de cabeza que tanto me aman y que se niegan a abandonarme a pesar de haberles ofrecido el divorcio con pensión incluida qué se yo la de veces. Así pues, mañana proseguiremos para dar un repaso a las espadas de la oficialidad, que eran distintas a las de tropa, y el resto de la panoplia de los coraceros.

Hale, he dicho

Entrada anterior pinchando aquí.

9 comentarios:

dani dijo...

Supongo que para el dolor de cabeza lo habrá probado todo, así que me abstengo de hacerle recomendación alguna, y solo le deseo un rápida recuperación.
Muy buen artículo, me recuerda los líos con las bainas que aún tenemos en nuestro grupo de recreación. En fin. El fin de semana del 22 a 23 van a Laredo (yo por motivos laborales no puedo).

Amo del castillo dijo...

Es un padecimiento hereditario, supongo, Sr. Dani. No obedece a ninguna patología, simplemente me duele a veces de forma insufrible desde que tengo uso de razón. Es bastante molesto, para qué mentir. Dele ánimos a sus colegas recreacionistas, y mis deseos de que sean debidamente vitoreados por su fidelidad histórica.

Un saludo

Amo del castillo dijo...

La verdad, no entiendo como no puede llegar a la entrada que menciona, Sr. Carlos, ya que cuando se llega al final de las entradas de la primera página basta pinchar donde dice "entrada antigua", y van saliendo las anteriores. En todo caso, copie y pegue este enlace y le llevará directamente a ella:

http://amodelcastillo.blogspot.com.es/2017/08/el-canon-puckle-la-primera-ametralladora.html

Mejor que transcriba su aportación a esa entrada ya que aquí dudo que sea de utilidad por razones obvias.

Un saludo y gracias por las molestias

Carlos fdez barba dijo...

ya lo he hecho lo he colococado donde usted me ha dicho , yo tengo una pregunta respecto a este tema de espadas ¿ sabeis algo de una espada llamada CUTTOE ?

Amo del castillo dijo...

Era espadas de caza. Hará cosa de un mes se dedicó una entrada a ese tipo de armas. Puede verla en este enlace:

http://amodelcastillo.blogspot.com.es/2017/08/espadas-de-caza.html

Un saludo

Ismael dijo...

Por su aspecto pasaría inadvertida al ojo cuñadil, pero resulta curioso que en una época tan cercana a nosotros estuviese servicio una espada de dimensiones y masa como esta, dejando muy atrás a las clásicas medievales aparentemente masivas.
Una belleza, eso si, para un propósito muy especifico. Y a parte se estocar su capacidad de corte debió ser abrumadora, incluso un simple machete actual de escaso grosor y con un filo romo y mellado puede cortar muchísimo aplicando fuerza. Uno no quisiera ser infante cuando se venía una carga de coraceros.

Sabe usted si existe alguna documentación sobre el entrenamiento de estos hombres, me parece interesante como debieron prepararse para blandir semejante viga, y encima soportar los impactos, debieron tener unas muñecas y antebrazos como las que he visto en quienes aún siembran con arado y yunta.

Un Saludo.

Amo del castillo dijo...

Ciertamente, el brazo con el que manejaban la espada debía ser como el de un tenista de élite. Blandir con soltura un chisme de más de un metro de largo y de más de un kilo de peso no es moco de pavo. Referente al entrenamiento, ando rebuscando para ver si doy si seguían alguna metodología aparte del típico sablazo a un saco terrero, un poste o una cabeza de turco porque, ciertamente, es un tema que es bastante interesante.

Yo he tenido en la mano varias veces espadas Puerto-Seguro, de unas dimensiones y una masa similar, y cuando ha hecho uno cuatro molinetes duelen hasta los dedos a pesar de su empuñadura ergonómica, y eso que mis brazos no son precisamente birriosos. En fin, ya daré con algo, descuide.

Un saludo

SRSolís dijo...

Siempre consideré que la caballería pesada llevaría espada con filo. Sabía que eran pesadas, pero no que casi fuesen romas. Lo digo porque desde lo alto de un caballo lanzando tajos, es decir dejando caer (con impulso de recio brazo) la espada sobre cráneos y torsos, se afanaría mejor teniendo filo (es pregunta). Al decir que sólo iba afilada la punta veo un poco más complicada la maniobra de ir pinchando cuñados cual aceitunas. No sé si me estoy explicando bien. Y una vez metidos en faena, bueno, pero en el memento de la carga sería más complejo aún, ¿no?
Saludos y, como siempre gran artículo.

Amo del castillo dijo...

Tenga en cuenta que las cargas de caballería pesada se llevaban a cabo en orden muy cerrado, y las armas adecuadas para ello debían herir de punta ante todo, o sea, espadas. Pero el peso de esas armas permitía que, aún carentes de afilado, pudieran tener unos efectos devastadores si golpeaban de filo. Era peor si a uno le asestan un golpe en la cabeza con una gavilla de 20 mm., que le abriría el cráneo sin problemas. Además, y como ya se explicó en su día en una entrada dedicada a las heridas producidas por este tipo de armas, la infantería temía ante todo las estocadas de una espada, casi siempre mortales, prefiriendo llegado el caso recibir un sablazo que, aunque más aparatoso, revestía por lo general menos gravedad. Si no leyó la entrada que menciono puede buscarla en la etiqueta "HERIDAS DE GUERRA".

Un saludo y gracias por su comentario