sábado, 15 de febrero de 2020

TORRE DEL HOMENAJE. LA TORRE ROMÁNICA


Castillo de Guimarães, paradigma de las fortificaciones románicas con su poderosa torre del homenaje emergiendo en el
centro del patio de armas. Para acceder a la misma hay que cruzar una pasarela tendida entre la puerta y el adarve

Como vengo haciendo últimamente, estoy repasando los artículos más añejos de este insigne e ilustrativo blog (no, no tengo abuela, palmó la pobre hace la torta de años) porque, por razones obvias, muchos de ellos están pidiendo a grito pelado una actualización. En los albores de esta travesía virtual y debido a mi inexperiencia elaboraba unas entradas más escuetas que, debo reconocerlo, actualmente las veo poco enjundiosas. Una de ellas es la que se publicó un ya archilejano 6 de mayo de 2011 (carajo, como pasa el tiempo, blablabla, etc...) sobre la parte más importante de los castillos europeos, la torre del homenaje, y al releerla constato que, en efecto, necesita pero ya una puesta a punto tanto en lo concerniente al texto como a las ilustraciones, que por aquel entonces tenía que elaborar con el Paint, rudimentaria herramienta que solo permitía unos acabados bastante pobretones por no decir paupérrimos de solemnidad. Bueno, pues no me enrollo más y actualicemos lo concerniente a estas egregias y magnificentes torres. Hale, al grano...

Ante todo, debemos recordar que las fortificaciones árabes carecían de este tipo de torres. Los castillos que perduran en la Península, especialmente en España, construidos por los malditos agarenos adoradores del falso profeta Mahoma y en los que vemos que se yergue una de ellas dominando el entorno es un añadido cristiano. Bien aprovechando una torre-puerta en recodo, bien modificando cualquier torre de flanqueo que se considerase adecuada o, más habitualmente, construida EX NOVO e integrada en el conjunto de la fortaleza. Un ejemplo lo podemos ver en la foto de la derecha, que corresponde al castillo de Burgalimar, en Baños de la Encina (Jaén), una fortificación milenaria cuyos orígenes se remontan a mediados del siglo X pero en el que, sin embargo, la torre del homenaje que vemos a la izquierda sobresaliendo de sus hermanas menores procede de una reforma del siglo XV, en pleno apogeo de los conflictos que padeció el reinado de Enrique IV el Pitopáusico. 

Patio de la Sima del castillo de Alcalá de Guadaíra (Sevilla). A la izquierda se
ven los restos de la vivienda del alcaide, y en el ángulo inferior parte de los
baños. La gran torre del centro no debe confundirnos ya que no era más que
la torre-puerta del recinto más antiguo
Está de más decir que el abominable cuñado que nos acompaña en la visita castillera ya estará incubando la pregunta con la que piensa que nos dejará en evidencia: ¿Y dónde se aposentaba entonces el alcaide de los castillos andalusíes? Entonces nos permitiremos una pausa para darle suspense a la cosa, lo miraremos de arriba abajo como quien mira a un paramecio acusado de malversar fondos de la charca pútrida donde habita y, poniendo jeta de dios pagano que contempla a los mortales desde el Olimpo, le daremos la respuesta a su pregunta: El alcaide vivía en dependencias construidas en el patio de armas, ciertamente más cómodas y acogedoras que las desafiantes pero, a la par, lóbregas torres cristianas concebidas más como último reducto defensivo que como vivienda. Y mientras se recupera del amago de accidente vascular-cerebral le pondremos algún ejemplo como el del castillo de Alcalá de Guadaíra, donde actualmente se pueden ver los restos de la casa donde vivía el alcaide, un espléndido "chalé" de casi 400 m² situada en el lado oeste del Patio de la Sima que, a todas luces, debía ser bastante más agradable que una torre y que tenía hasta un bonito patio porticado de unos 75 . De hecho, incluso se han descubierto al lado los restos de las instalaciones sanitarias de la fortaleza incluyendo baños y todo. 

Ceremonia en la que un vasallo presta pleito de homenaje a su señor natural.
Entre ambos, un secretario da fe del acto
Aunque algunos autores sugieren que el origen de estas torres fue importado por los cruzados desde Tierra Santa en base a los escritos de Procopio de Cesárea, la realidad es que más bien parece ser al revés ya que, desde tiempos anteriores a la Primera Cruzada, el concepto de torre del homenaje, keep o donjón era conocido en Europa ya que hay constancia de la existencia de este tipo de torres en el siglo X (véanse las entradas relacionadas que aparecen al final del artículo). En lo que a mí respecta, no hay lugar a dudas: las motas castrales, de donde proviene el concepto de torre señorial defensiva, existía antes de que el papa Urbano II predicase la Cruzada y gran parte de la nobleza franca y normanda se largara a Tierra Santa a escabechar malvados agarenos. El origen de los nombres que se le da a este tipo de torres tiene en todos los casos un motivo claro: en español es donde el señor feudal recibía pleitesía por parte de sus vasallos o donde un noble de rango inferior se ponía bajo la protección de uno superior mediante pleito de homenaje. En francés el término donjón proviene de DOMINVM, o sea, hace una clara evidencia al señor del castillo. Y en inglés, keep es “mantener”, “guardar”, lo que casa perfectamente con el cometido de estas torres: servir de alojamiento al señor comarcal y de refugio a su gente en caso de verse atacados.

En la foto tenemos un ejemplo que nos permitirá entender mejor esta tipología. En la misma vemos una empalizada fabricada con troncos afilados tras la cual discurre una pasarela de madera hace las funciones del adarve. A la torre se accedía mediante una simple escala de mano que era retirada desde el interior. Caso de contar con un foso, para acceder al recinto se solía recurrir a un puente levadizo accionado mediante cigoñales. La pasarela, una vez elevada, servía de puerta. La torre estaba fabricada con gruesos tablones de madera y cuyo diseño se regía por unos patrones bastante básicos a la vista de los escasos testimonios gráficos que han llegado a nosotros, como el Tapiz de Bayeux, porque, por razones obvias, ninguna ha sobrevivido para poder corroborar cual era su apariencia real. En cualquier caso, la que vemos es una reconstrucción bastante realista que muestra la simpleza de su morfología: sustentada por cuatro gruesos postes bien asentados sobre el terreno, una plataforma conformaba la planta inferior donde se abría la puerta de acceso. En sus paredes se abren una o más aspilleras para poder asaetear bonitamente al enemigo. La planta superior es de una superficie superior para que el suelo de su perímetro sirva de rudimentario cadalso. Si los asaltantes lograban superar la empalizada y se pegaban a la torre las aspilleras no servirían de nada, así que solo se les podía atacar desde la vertical. El conjunto está rematado por un tejado a cuatro aguas recubierto por lajas de pizarra.

En la ilustración podemos ver el sistema que seguían para
afianzar los postes: en un hoyo de la profundidad deseada
se colocaba una piedra plana que actuaba como base para
impedir que el peso del edificio los hundiese, tras lo cual
se rellenaba con tierra y guijarros bien colmatados
Pero estas torres tenían muchos puntos flacos. De entrada, la madera estaba sometida a la acción de parásitos, que la podían arruinar en poco tiempo, así como de las inclemencias meteorológicas. Pero lo peor era la evidente combustibilidad de los materiales que, en caso de asedio, podían convertirla en una pira con una simple andanada de flechas incendiarias o mediante una pella ardiente empapada en brea o azufre lanzada por una mangana. Para prevenirlo se recurría a revocar las paredes con yeso. No obstante, y a pesar de sus defectos estructurales, la silueta de estas rudimentarias fortificaciones coronando las motas europeas fueron durante muchos años el símbolo del poder político y militar de la nobleza. En definitiva, cuando estas torres pasaron de ser unos edificios aislados y formaron parte de un conjunto fortificado, la torre del homenaje se convierte, además de en la vivienda del alcaide de la fortaleza, en el último reducto defensivo tanto para él como para la guarnición del castillo. Por ello, era la torre más fuerte y mejor dotada para la defensa. Era el corazón del castillo. Si la torre del homenaje caía, la fortificación se había perdido.

Castillo de Magaña (Soria), que muestra una torre del homenaje bajo-
medieval como las que vemos en la mayor parte de los castillos españoles.
Como podemos apreciar, es un edificio muy sólido, de gruesos muros y
con pocos vanos de pequeño tamaño para impedir que puedan entrar
proyectiles desde el exterior. Las cámaras de estas torres apenas tenían
luz natural, y la iluminación dependía siempre del uso de candiles
En la Península, la torre del homenaje, macho, caballero o, como las llaman en Portugal, torre de menagem, existieron hasta que los castillos medievales cayeron en la obsolescencia y fueron definitivamente abandonados a favor de las fortificaciones pirobalísticas. No obstante, cada época ha conocido un estilo diferente, siendo en algunos casos modificadas con el paso del tiempo para adaptarlas a las necesidades del momento. En otros casos, las más antiguas fueron demolidas en algún momento de la historia para, sobre sus cimientos, edificar una nueva torre. La torre del homenaje era por lo general la única dependencia habitable fabricada de obra. Solo con la llegada de los grandes y complejos castillos góticos se empezaron a edificar cuarteles, almacenes y demás dependencias de piedra o ladrillo. En ellas se almacenaban provisiones, armas y, por encima de todo, agua ya que, caso de tener que convertirse en el último reducto defensivo y con el castillo lleno de enemigos, sin el preciado líquido la resistencia no se alargaría más de tres o cuatro días. De ahí que, en muchos casos, encontremos cisternas en el subsuelo de las torres, así como sobrados o sótanos con capacidad para disponer de vituallas para meses. Veamos pues la tipología de las que dedicamos el artículo de hoy: la torre románica

Si alguien piensa que ser el tenente o el alcaide de uno de estos castillos era un chollo, se equivoca. Y no ya porque sus rentas o su paga fueran mayores o menores, o sus posibilidades de medrar fueran muchas o pocas, sino porque vivir en el macho de un castillo románico era lo más parecido a habitar en una lóbrega mazmorra. No obstante, si comparamos el vivir en una torre húmeda y oscura con el sobrevivir en una palloza con todos los miembros de la familia amontonados y durmiendo junto a las acémilas para tener un poco de calor, la perspectiva de la torre ya no es tan terrorífica. 

La torre románica, presente en las fortificaciones ubicadas en el tercio norte de la Península, era por lo general un edificio muy básico y carente de cualquier elemento que se aproximase, no ya al refinamiento, sino incluso a lo que hoy día entendemos como comodidades básicas. De entrada, la mayoría no tenían siquiera chimeneas, obteniendo el calor de braseros que llenaban la cámara de humo y que debían convertir el ambiente en irrespirable. A ello, añadir que tampoco solían tener ventanas, por lo que la renovación de aire y la entrada de luz estaban encomendadas a la puerta de acceso y a las angostas aspilleras que había en cada planta y que en invierno eran un coladero de viento gélido. Las necesidades fisiológicas se hacían en las cuadras ya que carecían de letrinas, y el mobiliario se limitaba a la cama, algún baúl, una mesa y algunos taburetes o jamugas. Y, si acaso, algún repostero para intentar aminorar la humedad que salía de los gruesos muros. Por lo general, los accesos solían estar separados del suelo varios metros a fin de dificultar la entrada al interior de la torre en caso de verse invadidos. En ilustración superior vemos un par de ejemplos bastante habituales: a la izquierda tenemos el más básico, que consta de una entrada a la que se llega mediante una escala de mano que era retirada desde el interior de la torre. A la derecha aparece un ejemplar provisto de un patín, que es la escalera de obra que llega a la puerta. El patín podía discurrir adosado al muro de la torre, como aparece en la ilustración, o bien paralelo al mismo pero separado un metro o algo más a fin de hacer aún más compleja la entrada. Para cruzar se servían de una pasarela que, como en el caso de la escala vista anteriormente, era retirada hacia el interior de la torre, o bien mediante un pequeño puente levadizo. 

Otra opción era servirse de escaleras similares a los patines de obra pero fabricados con madera. Es fácil saber si una torre en la que no hay patín de obra se usó una escala o una escalera para acceder a ella: las que usaban escala carecen en la fachada de mechinales en los que se empotraban las vigas que sustentaban la escalera. En todo caso, los accesos podían ser más variados si bien los mostrados son los más habituales. Así pues, tenemos torres a las que se accedía mediante una pasarela o un puente, pero desde el adarve. En otros casos, si la torre no estaba aislada en el patio de armas, o sea, integrada en la muralla, se podía llegar a ella a través del adarve, tal como vemos en la ilustración superior. Según vemos en el plano de planta, la torre corta el adarve lo cual era especialmente ventajoso en caso de que el enemigo lograra rebasar la muralla ya que, si desconocían la distribución interior del recinto, podían verse bloqueados. Esta torre, que actúa como elemento flanqueante, dispone de aspilleras orientadas para batir la muralla, para hostigar al frente e incluso mirando hacia el patio de armas por si el enemigo invadía el interior de la fortaleza. Obviamente, desde la azotea de la torre también podía hostigarse al enemigo arrojando piedras, brea hirviendo, arena caliente o disparando virotes de ballesta.

Bien, así era la apariencia exterior de las torres románicas, pero, ¿cómo eran por dentro? En el plano de sección de la derecha podremos verlo perfectamente. Esta tipología no alcanzaba la esbeltez ni la altura de las torres góticas, y su superficie era más bien modesta. El interior estaba generalmente compartimentado en una planta baja (al decir planta baja debemos entender que era la planta al nivel del acceso) que, caso de estar sobreelevada, disponía de una planta inferior a modo de sótano que podía tener usos diversos, si bien lo habitual es que se habilitara como cisterna o como almacén. Muchas torres románicas contaban solo con estas dos plantas, por lo que la planta “baja” era a la vez la alcoba del alcaide y la estancia donde despachaba sus asuntos. En otros torres podremos encontrar con una planta más, por lo que la superior sería la alcoba y la inferior la dependencia de trabajo. En el detalle inferior de la derecha tenemos el aspecto de una torre con el patín exento y pasarela que mencionamos anteriormente, y en la parte superior una última opción que también podemos encontrar con frecuencia: el cuerpo inferior de la torre es simplemente macizo como prevención ante los efectos de máquinas de batir como arietes o trépanos. Esta morfología es habitual en las torres adosadas a las murallas que son las que, obviamente, pueden ser ofendidas por el enemigo. De ahí que sean las torres exentas aisladas en los patios de armas las que suelan tener el cuerpo inferior hueco. Y una advertencia final, y es que nadie fantasee cuando vean un hueco en el suelo dando por sentado que es la siniestra y lóbrega mazmorra del castillo. En los castillos que se suelen visitar serán más bien cisternas o silos, como ya se explicó en su día acerca de este tipo de dependencias supuestamente carcelarias.

Veamos algunas fotos que nos permitirán hacernos una clara idea de todo lo expuesto. En la imagen de la izquierda tenemos la torre del castillo de Sortelha, expresión de lo más básico que se puede construir. La torre se yergue sobre una masa granítica que emerge en el interior del pequeño patio de armas de la fortaleza. Construida enteramente de sillería bien escuadrada, el acceso al interior se realizaba por la abertura que se ve en el costado izquierdo del edificio. Dicho acceso da a la única cámara de la torre ya que, al estar construida sobre una base rocosa impenetrable, no podía contar con dependencias inferiores. Ante la ausencia de mechinales en la fachada donde se abre el vano podemos afirmar que para entrar se usaba una escala de mano que, como es lógico, solo sería retirada en caso de que unos hipotéticos asaltantes lograran desbordar a la guarnición, momento en que todos los defensores que aún estuvieran operativos se metían en la torre para establecer un último bastión defensivo de donde ya no saldrían salvo que llegase ayuda o acabaran rindiéndose antes de devorarse unos a otros o por carecer de agua.



Arriba tenemos otro ejemplo, en este caso de la torre del castillo de Monforte. La foto de la izquierda nos permite apreciar su acceso, a través del adarve. Así mismo, la flecha roja nos señala la hilera de canecillos que dieron sustento a un matacán que circunvalaba la torre si bien esto es un añadido posterior al trazado primitivo del edificio. Por otro lado, enmarcado en azul tenemos una hilera de canes que sustentaban el maderamen de una techumbre sobre la entrada, cosa bastante sensata en un lugar como ese en el que el mal tiempo y los crudos inviernos producen unos temporales de nieve y lluvia notables. Sobre los canes se aprecian los restos de una regola para impedir filtraciones en la unión entre la techumbre y el muro. Por lo demás, merece la pena reparar en el angosto vano de la puerta, por la que un hombre medianamente corpulento no puede entrar de frente. Esto no tenía otra finalidad, como era habitual, que dificultar el acceso. De nada servía una tromba de enemigos intentando invadir la torre si no cabían por la puerta más que de uno en uno. En cuanto a la foto de la derecha, nos muestra el interior de la torre, la cual contaba con dos cámaras más un subterráneo, que en realidad estaba por encima del nivel del suelo, destinado como almacén. La flecha roja marca la hilera de canes que sujetaban las vigas del entresuelo, y sobre la misma vemos la cámara de tiro de una de las aspilleras de la torre. En la cámara superior, destinada a vivienda, se permitieron el lujo de abrir en algún momento de su historia una ventana geminada.

Bueno, con esto ya tenemos más que actualizado parte del viejo artículo de hace varios años. Para no alargarme más, dejaremos las torres góticas para otro día, que por hoy ya he tecleado bastante, leches.

Hale, he dicho

ENTRADAS RELACIONADAS:


Magnífico ejemplar de torre del homenaje exenta, en este caso en el castillo de Melgaço, en el distrito de Viana do Castelo,
Portugal. Con la entrada de acceso situada en la primera planta, la cámara inferior era usada como almacén, y la segunda
planta como alojamiento para el tenente o el alcaide. Al fondo, delante de las escaleras, vemos el aljibe de la fortaleza,
excavado en la roca viva sobre la que se asienta todo el recinto.

18 comentarios:

Eduardo Rodrigo dijo...

Justo antes de la última foto menciona las diversas posibilidades de rendición de la torre. Creo que se le olvidó añadir una parte de la frase

Amo del castillo dijo...

Más bien me sobraba una palabra. El lapsus de turno.

Un saludo y gracias por el aviso

dani dijo...

Muy interesante el artículo. Sobre la habitabilidad de las torres. ¿No pintaban o encalaban las paredes? ¿Y tapices en las paredes?
Yo que no soy un experto, creía que los nobles poseían un único castillo. Digamos el Conde de Pitarriba (lugar inventado), era dueño del castillo que defendía Pitarriba, y vivía en ese castillo (salvo cuando fuera a la guerra o a la corte). Pero luego están los tenentes, y me da la impresión de que un noble era dueño de varios castillos y dejaba al cargo de los mismos a estos tenentes. No se si me estoy liando mucho. ¿Podría explicarlo un poco? Entiendo que a lo largo de la Edad Media el sistema evolucionara.

M.G. G. dijo...

Estimado Sr.
Buenas noches, ante todo gracias por volver a ilustrarnos aunque sea tarde.
No nos abandone y continue en su linea que le seguiremos, le invito a que no cese en su empeño.
Enhorabuena.

Amo del castillo dijo...

Los castillos eran revocados y encalados, tanto por dentro como por fuera especialmente si estaban construidos con mampuesto o tapial. En la época que nos ocupa, los nobles no solían vivir en esas lóbregas fortalezas, que por norma eran de realengo y su tenencia eran encomendada a las órdenes militares, a la nobleza, la iglesia o a los concejos de ciudades de cierta importancia. Estos a su vez nombraban un alcaide que era generalmente al que le tocaba pringar y vivir en el castillo. La nobleza que usaba los castillos como residencia surgió más tarde, hacia el siglo XIV o XV, y esos castillos ya no tenían nada que ver con las austeras fortificaciones románicas. En cuanto a los interiores de estas torres, pues el encalado ayudaba a dar un poco de claridad al entorno ya que la única luz natural procedía de las aspilleras. Se ensolaban con toba o ladrillos, y en invierno se cubría el suelo de paja para aislarlo de la humedad. En las paredes se colgaban reposteros si el alcaide tenía dinero para pagarse uno. Sino, piel de oso al canto.

Un saludo

Amo del castillo dijo...

Muy agradecido por sus palabras de aliento, Sr. M.G.G.

Un saludo y gracias por su comentario

Langsdorff dijo...

Hola, cuando comentó las residencias de los alcaides musulmanes dentro de los castillos me vino a la mente la alcazaba de Arbarracín con su residencia palaciega, incluido patio, termas y letrinas. Lo que hubieran dado sus homólogos cristianos por semejantes lujos!

Gerardo FQ dijo...

La verdad es que desde un punto de vista habitacional, mucho mejor vivir en el "bungalow" del andaluz que en una torre del homenaje, no?
Ahora bien, que les impedía tener un chalecito en el patio de armas xa la vida normal, y una torre del homenaje a los efectos defensivos o como vivienda en caso de estar el castillo amenazado? Algo así como más modernamente un bunker antiaéreo en el fondo de casa...
Saludos Amo! Y no se me olvide de los catafractos romanos

dani dijo...

Vaya, otro mito que se me cae. Yo siempre pensé que los nobles vivían en los castillos, no necesariamente en las torres. ¿Donde vivían entonces?
Yo sabía que los castillos más grandes eran de propiedad real pero los pequeños creí que mayoritariamente en eran de los nobles. En fin, muchas gracias por sacarme de estos errores.

Amo del castillo dijo...

Hablamos de conceptos constructivos distintos, Sr. Langdsorff. Muchas fortificaciones musulmanas no eran un hisn, equiparable en cierto modo al castillo occidental de la época, sino un q'sar, o sea, un castillo palaciego de mayor tamaño. Todo iba en función de una serie de doctrinas defensivas ideadas para una mejor defensa del territorio, que en el caso español consistía en establecer líneas fortificadas protegidas por una red de castillos de pequeño tamaño que aseguraban el territorio reconquistado. Es un tema más complejo de lo que parece, por lo que le recomendaría que echase un vistazo a las entradas dedicadas a la Banda Morisca y la Banda Gallega. Si mal no recuerdo están en la etiqueta de SISTEMAS DEFENSIVOS

Un saludo

Amo del castillo dijo...

Los castillos palaciegos que sucedieron a los románicos disponían de suntuosas y amplias dependencias, bien en la torre o bien en el patio de armas, Sr. Gerardo. No crea que hasta la desaparición de las fortificaciones neurobalísticas se mantuvo esa austeridad monacal.

Un saludo

Amo del castillo dijo...

Los nobles empezaron a vivir en los castillos de forma generalizada a partir de los siglos XIV-XV, Sr. Dani, cuando la corona permitió a los aristócratas construirlos en sus dominios o trocarlos por tierras o dinero. Ojo, esto no quiere decir que en la época que nos ocupa no los usaran como vivienda en determinados casos, pero hablamos de castillos ubicados en poblaciones, y no en la gran puñeta, en lo alto de un cerro en mitad de la nada. Ahí mandaban a los pringados a currarse la paga de alcaide

Un saludo

dani dijo...

ufffffffffff no se si al final le voy a molestar maese amo, pero cada vez que me saca de una duda o ignorancia me vienen más preguntas. Así que abusando de su inmensa paciencia para con los ignorantes: ¿Como es eso de que los nobles reciben permiso para construir castillos? ¿No podían construirlos en sus tierras a su discreción? Porque pongamos por caso que el Conde X recibe el encargo de repoblar y defender la zona Z de la meseta castellana ¿No podía entonces construir las fortificaciones que considerara convenientes para defender ese territorio?

Amo del castillo dijo...

Es que en realidad es un tema complejo, Sr. Dani, y que no tiene nada que ver con los estereotipos habituales. Hasta allá por el siglo XIV, todos los castillos pertenecían a la corona, y solo la corona tenía potestad para darlos en tenencia o, en un momento dado, autorizar la construcción de uno nuevo. Pero pertenecían al rey y él entregaba su custodia a discreción. A partir del siglo XV, las grandes casas nobiliarias empiezan a obtener permiso para construir los suyos o incluso los compran o permutan por otros bienes en sitios donde, en realidad, no defendían nada ya que en España la zona peligrosa era la frontera con los moros. Cuando los moros fueron vencidos, en teoría su uso militar era para defender el poder del noble contra la corona u otros nobles porque el enemigo ya no existía. Cuando aún había moros, si al conde X se le concedía la repoblación de un territorio, éste obtenía la tenencia de las fortificaciones ocupadas al enemigo y, llegado el caso, efectuaba las reparaciones oportunas llegando a un acuerdo con el rey. Es, repito, un tema complejo porque había infinidad de variables, fueros y leyes distintos según el reino o población. La cuestión es que, como se pudo ver durante la crisis sucesoria entre Enrique IV y su medio Isabel, la nobleza encastillada era muy peligrosa, y con medios sobrados para tener más poder que la corona. De ahí que Isabel mandase desmochar mogollón de fortificaciones nobiliarias como castigo a su rebeldía contumaz.

Espero que con esta breve descripción pueda hacerse una idea, porque para meterse a fondo en el tema habría que escribir un libro y tragarse los tropocientos artículos y tesis que hay publicados sobre los sistemas de tenencias, la concesión de cartas pueblas, la repoblación según qué territorio, los repartimientos, etc. etc. etc.

Un saludo

dani dijo...

Muchísimas gracias por su respuesta, y ahora prometo no hacer más preguntas sobre este tema. Precisamente por esa costumbre de desmochar castillos de nobles revoltosos era por lo que creía que los castillos eran propiedad de los nobles. Ahora entiendo que eso solo fue así al final de la Edad Media.
Que los castillos fronterizos fueran propiedad "real" y solo dados en ¿usufructo? no lo sabía pero tiene toda la lógica. Desde siempre he leído que los reyes de España tenían más poder efectivo que los reyes de otras partes de Europa, y que el proceso de feudalización no fue tan profundo en España como por ejemplo en Francia.

Amo del castillo dijo...

En efecto, cuando Isabel de Castilla desmochó a diestro y siniestro, esas fortificaciones estaban en manos de la nobleza, Sr. Dani. Por eso le comentaba que, dependiendo del período, la cosa variaba bastante. En cuanto a los castillos de realengo, las tenencias no eran un usufructo stricto sensu, sino un servicio por el que el noble o la orden militar que lo efectuaba recibía una prestación económica. Lo que sí es cierto es que el feudalismo no arraigó en la Península tanto como en otros países en los que los nobles tenían tanto poder o más que la corona.

Aparte de lo dicho, pregunte las veces que haga falta que para eso estamos. El problema a veces es que son temas muy complejos y extensos para detallarlos aquí

Un saludo

Draugkarak dijo...

Sr. Amo, me ha sorprendido enormemente que utilizasen braseros en vez de chimeneas...¿a qué se debía? ¿Era una estructura que defensivamente perjudicaba?

Sobre las ventanas, que entiendo que sí son un elemento negativo para la defensa de la torre, ¿no existen casos o no se inventaron algún tipo de sistema defensivo para protegerlas? Quiero decir que, desde mi desconocimiento, se me antoja que no serían tan vulnerables si se colocaban en los pisos más altos y se protegiesen con rejas metálicas, robustos postigos o simplemente se condenasen en caso de necesidad. Teniendo en cuenta que aportarían mayor habitabilidad y confort a la torre, no entiendo como no discurrieron más sobre cómo tenerlas y protegerlas (quizás simplemente porqe no era posible).

Amo del castillo dijo...

Se debía simplemente a que las chimeneas murales aún no se habían inventado, Sr. Draugkarak. En la siguiente entrada dedicada a las torres góticas tendrá las respuestas a todas sus dudas. Si aún así no acaba de verlo claro pues pregunte lo que sea sin problema

Un saludo