Bien, estimados lectores, demos comienzo a esta nueva temática que, palabrita del Niño Jesús, es más interesante de lo que pueda creer más de un hereje enemigo de Dios. Desde hace casi mil años, la heráldica ha formado parte de la cultura occidental, y por ello es merecedora de estudio. Muchos la tienen como una mera muestra de vanidad, pero la cosa va más allá de lucir blasones en la chimenea del salón para chinchar bonitamente a los cuñados plebeyos. Bueno, vamos al grano que para luego es tarde y jase una caló que te caga🌞🌞.
ANTECEDENTES
Como creo haber explicado, y si no lo he hecho lo hago ahora, la heráldica surgió como una forma de identificarse en combate. En la vorágine de la batalla era bastante recomendable ser reconocido por propios y extraños, por lo que los BELLATORES de la época pintaban en sus escudos cualquier chorrada para que sus colegas no lo escabecharan a hachazos al confundirlo con un enemigo. Aún no podemos hablar de heráldica en sí, sino una forma de ser reconocido que no estaba limitada a la nobleza, sino a cualquiera que portase un escudo lo cual, mira por donde, no estaba al alcance de cualquier miliciano. Un escudo valía un dinerito, y solo los personajes de cierto estatus se lo podían permitir. Por eso, el porcentaje de caídos en batalla era escandalosamente alto entre los peones y tranquilizantemente bajo entre nobles y hombres de armas, uséase, los profesionales de la guerra. Esta decoración podía variar con el tiempo, o añadirle cualquier detalle que conmemorase una hazaña. Si Pero Gómez decoraba su escudo con una franja roja y en un encuentro con los malditos agarenos descabezaba a uno de sus caudillos y volvía victorioso con la testuz del fulano clavada en su lanza, pues añadía a la franja una lanza rematada por una cabeza con turbante, con lo que sus compadres tomaban nota de que Pero había vencido a un almocadén o un arráez enemigo.
Estos motivos decorativos no eran hereditarios. Cada cual ponía lo que le daba la gana y, de hecho, tanto en cuanto no había reglas al respecto, cada cual hacía y deshacía sin tener que dar explicaciones. En cualquier caso, ya tenemos constancia de esta costumbre a mediados del siglo X, concretamente durante los torneos en los que tomaba parte Enrique I de Sajonia, el Pajarero para los amigos, donde se menciona que los participantes ya llevaban vistosas decoraciones en sus escudos, lo cual ayudaba obviamente a que el respetable supiera quién se enfrentaba con quién. En la ilustración de la derecha tenemos una miniatura datada hacia 1530 donde podemos ver a Otón I (912-973), hijo del Pajarero y a cuyos pies aparece su escudo de armas. Finalmente, es entre los siglos XI y XIII cuando la ciencia del blasón toma forma, y esos dibujitos chulos ya no identifican a un individuo en concreto, sino como perteneciente a una familia con un gloriosa genealogía de BELLATORES con muy mala leche y que llevaban generaciones dando estopa y sirviendo al rey. Y ahora viene la pregunta obvia: ¿si lo de poner dibujitos chulos era cosa de BELLATORES, ¿por qué el clero se sumó a esta costumbre si ellos no iban a la guerra? Pues a eso vamos...
NACIMIENTO DE LA HERÁLDICA ECLESIÁSTICA
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Fragmento del Tapiz de Bayeux que muestra al piadoso Odo con su garrote, muy preocupado por dejar el suelo manchado de sangre de sajones |
Con todo, no fue hasta mediados del siglo XIII cuando los pontífices empezaron a hacer uso de escudos de armas. Al cabo, en aquella época eran por norma hombres pertenecientes a las más linajudas familias, y hacían uso de las armas de sus aristocráticos clanes. Ya vimos en el artículo anterior el primer blasón pontificio, perteneciente a Inocencio III. En esta ocasión mostramos el de su sucesor, Censio Savelli, que reinó con el nombre de Honorio III. En este caso también vemos el blasón familiar: de gules, dos bandas de oro. En jefe, de plata, una rosa de gules sumada de un pájaro del mismo color y acostada de dos leones, también de gules. Los Savelli eran una familia archi-linajuda que contaba entre sus miembros una lista literalmente kilométrica de clérigos de alto rango, condotieri, militares, senadores y títulos a cascoporro. En resumen, Honorio era, aparte de vicario de Cristo, un monarca absoluto con poder sobre extensos territorios que, además, tenía que usar su inmensa influencia para proteger los intereses de su familia. En sus bulas, sus encíclicas y demás papeleo debía dejar bien claro a sus destinatarios quién era el autor, y de esos documentos tenían que pender vitolas con sellos de cera o lacre con las armas pontificias.
Está de más decir que los arzobispos, obispos y abades no tardaron mucho en imitar al jefe de Roma. Al cabo, ellos eran la alta nobleza de la Iglesia, y del mismo modo tenían intereses terrenales que debían gobernar. Pocos años más tarde, el alto clero ya se había fabricado sus escudos de armas pero, al igual que los pontificios, bajo unas normas diferentes tanto en la forma de los escudos así como en los ornamentos exteriores, básicamente porque no pertenecían a la milicia y, aunque nobles en su mayoría, en muchos casos combinaban las armas propias con motivos relacionados con su oficio, como devociones, símbolos espirituales, etc.
Bien, con este breve resumen ya podemos hacernos una idea del cómo y por qué surgió la heráldica clerical, que a lo tonto a lo tonto se ha ido extendiendo hasta nuestros días si bien, curiosamente, hay alguno que otro prelado que, a mi entender, prefiere prescindir de blasón y adoptar un logo en plan moderno-guay porque, colijo, pensarán que eso de los escudos de armas está más trasnochado que Drácula y a la gente ya no le mola ese supuesto alarde de clasismo. Pero yo afirmo que se equivocan. Si algo mantiene a la Iglesia, guste o no, son sus tradiciones, y cada vez que se han querido "modernizar" les ha salido el tiro por la culata. En fin, ellos sabrán...
Bueno, ya seguiremos, que hay tema para rato
CETERVM CENSEO PETRVM SANCHODICI ESSE DELENDAM
Hale, he dicho




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