viernes, 6 de mayo de 2011

Armamento medieval: La ballesta

Bueno, como ya he anunciado, inicio también una serie de entradas dedicadas al armamento usado por los ejércitos de las épocas que nos ocupan. Todo lo que se explicará es válido no solo para Portugal, sino también para el resto de la península ya que  las armas al uso eran las mismas prácticamente en toda Europa Occidental. 
Las entradas irán mezcladas, alternando las referentes al armamento ofensivo o defensivo, dependiendo de como me pille el estado de ánimo. Y como hoy me siento belicoso, comienzo con el arma en su época más letal, temida, potente y devastadora: La ballesta. Vamos a ello:

Parece ser que fueron los árabes los que introdujeron la ballesta en la península allá por el siglo XI, alcanzando rápidamente una gran difusión. Como todo el mundo sabe, se trata de un armazón de madera sobre el que se montaba una pala igualmente de madera, de acero o una combinación madera y acero. La cuerda se solía fabricar con fibras vegetales o tendones de animales en función de la potencia de la pala o verga, la cual a veces se forraba de cuero, sobre todo cuando se trataba de palas compuestas.
El uso de este tipo de armas siempre estuvo rodeado de cierta controversia. En 1139, en el Concilio de Letrán, el papa Inocencio II amenazaba con la excomunión a todo aquel que usase una ballesta contra un cristiano “por el peligro que representaba para la humanidad un arma semejante”. Para su uso contra la morisma, es evidente que la Iglesia no ponía impedimentos. De su potencia quedó un gráfico testimonio en boca de Fernando III cuando el asedio a Sevilla:

“...tales ballestas tenían los moros que a muy grande trecho facien grand golpe, e muchos golpes ovimos visto, de los cuadriellos que los moros tiraban, que pasaban al caballero armado, e salien d`el e ivanse perder, e escondiense todos so tierra, tan rezios vienen”.

O sea que, a gran distancia, no sólo tenían potencia para atravesar de lado a lado a un caballero cubierto por una lóriga y el perpunte que vestían debajo, sino que incluso, tras ello, se enterraban profundamente en el suelo. En cualquier caso, las saetas disparadas por estas armas tenían a media-larga distancia menos precisión que un arco, debido a la menor longitud que las flechas, que solían medir alrededor de los 80-90 cm. y tenían por ello mayor estabilidad en vuelo.
Pero a pesar de su potencia, la utilidad de las unidades de ballesteros en batallas en campo abierto siempre  fue cuestionada por la lentitud de su recarga, quedando estos expuestos durante la misma y teniendo que ser protegidos por cuadros de piqueros a fin de no ser diezmados por la infantería o la caballería enemigas. Para protegerse durante la recarga comenzaron a usarse los paveses, enormes escudos dotados de un pincho en su parte inferior para clavarlos en el suelo y poder así el ballestero recargar su arma sin que las flechas o los virotes enemigos los hiriesen.
En función del sistema de carga, podríamos dividirlas en los siguientes tipos:

Ballesta de estribo:
Iban provistas de un estribo en la parte delantera por donde el ballestero metía el pie para poder tirar de la cuerda, que era tensada a mano. Eran las más fáciles de recargar si bien, por razones obvias, eran las menos potentes. No podían atravesar una cota de malla, pero sí podían pasar un perpunte.





En la lámina de la derecha podemos ver un ballestero en pleno proceso de carga. En su costado derecho porta una aljaba para virotes, de donde cogerá uno para armar la ballesta. Como se ve, es un momento en que el ballestero está totalmente indefenso. Solo con el enemigo a distancia o debidamente resguardado podrá recargar sin temor a caer herido o muerto. Los diez o quince segundos necesarios para completar el ciclo completo bastarían para que un enemigo cercano lo liquidase sin problemas.

Ballesta de dos pies:
De características similares a la anterior, pero sin estribo. Para cargarla, el ballestero sujetaba el arma con los dos pies apoyados en la pala y tiraba con las manos de la cuerda. El tiempo necesario para la operación es el mismo que en el caso anterior.

Ballesta de gancho:
Se cargaban de forma similar a las anteriores, pero se tensaba la cuerda mediante un gancho sujeto a un cinturón, usando la fuerza del cuerpo para tensar la pala, lo que, aparte de permitir cargar armas de más potencia, aliviaba los dedos del tremendo cansancio producido al tirar repetidas veces de la cuerda. La velocidad de recarga era prácticamente igual.


Ballesta de gafa:
Su sistema de carga consistía en un mecanismo denominado gafa o “pata de cabra”. Había dos formas de accionarla. Como se ve en la lámina de la izquierda, en este caso queda enganchada en el extremo de la cureña para hacer apoyo, mientras la palanca móvil empuja la cuerda hasta quedar enganchada en la nuez.






En la lámina de la derecha podemos ver la otra forma. La palanca móvil se apoya en dos tetones que sobresalen de la cureña, que es donde haremos el punto de palanca. El otro extremo de la gafa, provisto de unos ganchos, hará que, al tirar de ella, se tense la cuerda.. Estas armas solían tener una pala de alrededor de 75 kg. de potencia. Para su recarga, el ballestero no precisaba de estribo.



En la ilustración de la izquierda podemos ver como se efectuaba el ciclo de carga. Una vez montada la gafa en la cureña y enganchada la cuerda, bastaba empujar hacia abajo la palanca. Era un sistema relativamente rápido, que permitió aumentar la potencia de estas armas, si bien el ballestero quedaba indefenso durante los segundos que duraba la operación de carga. En el peor de los casos, siempre podía arrojar su arma al suelo y echar mano a la espada o el chafarote que pende de su costado para repeler cualquier agresión.

Ballesta de cranequin:
Este era un mecanismo de cremallera que, accionado por una manivela, tensaba la cuerda. Como se ve en la ilustración inferior, el cranequín quedaba fijado a la culata del arma mediante una gruesa soga. Una vez enganchada la cuerda, se accionaba el manubrio hasta que ésta quedaba enganchada en la nuez. A continuación se sacaba el cranecrín, se armaba el virote y se disparaba.



El cranequín, de cuya existencia ya se tiene constancia en la segunda mitad del siglo XIV, fue toda innovación tecnológica, ya que permitió aumentar notablemente la potencia de las palas que, sin éste mecanismo, habría sido imposible tensar a mano. Obviamente, el aumento de potencia tuvo su precio: la recarga se tornó mucho más lenta. Pero compensó por el hecho de poder batir blancos a más distancia con energía suficiente para acabar con cualquiera que no fuese protegido por una armadura de calidad a toda prueba.





En la ilustración de la derecha vemos como se llevaba a cabo el proceso de carga. El ballestero, con su arma apoyada en el suelo, gira a toda velocidad la manivela del cranecrín hasta que la cuerda quede enganchada en la nuez. Una vez concluido el proceso, desmontará el mecanismo, se lo colgará del cinturón, sacará un virote de la aljaba y armará la ballesta. Como se ve, un proceso muy lento para desarrollarlo a campo abierto con seguridad. Pero si el ballestero contaba con la protección del parapeto de una muralla y podía apuntar con tranquilidad, con ese tipo de ballesta podía dejar en el sitio a cualquiera que se moviera a menos de 50 o 60 pasos de distancia.

Ballesta de torno:
Eran las más pesadas y potentes de todas, hasta el extremo de que podían pasar de lado a lado una cota de malla a más de 300 metros. Su potencia era abrumadora, de alrededor de los 200 kg. Como es evidente, para vencer semejante tensión era necesario un mecanismo muy potente: el torno o armatoste. Se trataba de un juego de poleas montado sobre un armazón metálico que se colocaba en la culata del arma. De él salían dos cuerdas provistas de dos ganchos para tensar la pala. Provistos de dos manivelas, el ballestero las giraba hasta hacer que la cuerda se enganchase en la nuez. Este sistema era el más lento de todos, precisando un ballestero cualificado alrededor de un minuto para completar el ciclo completo de carga. En ese tiempo, un arquero entrenado podía poner en el aire una docena de flechas.
Por esta razón, las ballestas de torno no solían usarse en los campos de batalla, sino más bien en las defensa de fortificaciones o emplazamientos donde los ballesteros pudiesen recargar a cubierto, y donde no era precisa una cadencia de tiro elevada, sino precisión y potencia. En la imagen izquierda vemos como se llevaba a cabo el proceso de carga: el ballestero, con el arma sujeta con el pié por el estribo, monta el armatoste y, girando las manivelas, vence la excepcional potencia de la pala hasta que la cuerda quede enganchada en la nuez. Tras eso, desmonta el armatoste, lo cuelga del cinturón y arma la ballesta. Era un proceso tan largo y engorroso que hasta nosotros ha llegado su mecanismo de carga como sinónimo de algo pesado y complicado de manejar: el armatoste.
En cuanto a su efectividad, hay una crónica que relata como un caballero francés fue alcanzado en la pierna por un virote disparado por una de estas ballestas. El dardo le travesó la pierna, cubierta por la armadura, traspasó la silla de montar y, finalmente, se clavó profundamente en el costado de su montura, matándola en el acto. El ballestero estaba a unos cien pasos de distancia. Eso da una idea de la demoledora potencia de estas armas.

 

Mecanismos: 
Los mecanismos de una ballesta eran bastante básicos. Conforme vemos en la lámina de la derecha,  era un simple retén llamado nuez (pieza B), generalmente fabricado con hueso, que, al oscilar hacia atrás cuando enganchaba la cuerda, quedaba bloqueado por la llave de disparo (pieza A). Este simple mecanismo permaneció inalterable durante todo el tiempo en que las ballestas estuvieron en uso sin sufrir ningún tipo de modificación, lo que indica que, a pesar de su simpleza, cumplió su cometido a la perfección.


Proyectiles:
El proyectil de la ballesta era la saeta o virote. Por norma, eran dardos más cortos que la flecha, entre 30 y 40 cms. de largo, dotados de estabilizadores fabricados con cuero o madera ya que las plumas habituales no resistían el brutal empuje que recibía cuando se disparaba. En los diferentes tratados de la época podemos encontrar varias denominaciones, si bien no queda claro si son en función del tipo de punta que armen, o bien son simples sinónimos independientemente de la punta que utilicen. Así pues, si nos ceñimos al tipo de punta, tendremos tres denominaciones conforme a lo que podemos ver en la lámina inferior:
La figura A muestra una saeta con punta barbada que dificultaba enormemente su extracción, optando muchas veces los heridos por este tipo de flechas extraer el asta y dejar la punta dentro del cuerpo. Queda armada en el asta mediante un cubo de enmangue.
 La figura B pertenece a un pasador. Como se ve, se trata de una larga y aguzada punta de forma piramidal. En este caso, dispone de un arponcillo para dificultar también su extracción. Los pasadores eran especialmente adecuados para atravesar cotas de malla. La afilada punta entraba por una anilla y, con la fuerza del impacto, la abría y penetraba en el perpunte y el cuerpo. Como se ve en la lámina, carece de cubo de enmangue. Su fijación al asta, que para éste tipo de puntas era un palmo más larga de lo habitual, era mediante el vástago inferior, embutido en un orificio practicado en la misma. Es de suponer que este peculiar tipo de fijación era para que, una vez clavado en el cuerpo del enemigo, la punta se separase del asta y quedase dentro sin posibilidad de extracción, con las consecuencias que se pueden suponer.
La figura C es de un cuadrillo. Este tipo de puntas, con forma de pirámide cuadrangular, eran muy pesadas, idóneas para atravesar los blancos más correosos, como brigantinas o armaduras de placas.  Ese tipo de punta, de acero bien templado, en un virote disparado por una ballesta de torno solo podía ser detenido por armaduras a toda prueba. Las de menos calidad o los soldados protegidos por cotas y/o perpuntes no tenían salvación si eran blanco de un cuadrillo bien colocado. El cuadrillo de la imagen dispone en el cubo de enmangue de un arponcillo para, como hemos visto antes, dificultar la extracción.
La ballesta tenía además una ventaja añadida: en caso de quedarse sin proyectiles, podía usar bodoques. Estos eran unas bolas de barro cocido de extraordinaria dureza que, aunque nada podían contra un caballero armado de punta en blanco, sí era capaz de dejar en el sitio a un peón con el rostro descubierto. Un bodoque colocado en la nariz podía causar una muerte instantánea. Llegado el caso, podían usarse hasta pequeños guijarros, y parece ser que incluso se fabricaron ballestas destinadas a ese tipo de proyectil. Como se ve, la ballesta era un arma de lo más versátil y socorrida.
Finalizar comentando que, según los inventarios de armas que se conservan de distintos castillos, parece ser que era costumbre guardar parte de las astas separadas de las puntas. Ello puede obedecer a varios motivos: uno de ellos, simplemente porque las astas las fabricaba un carpintero y las puntas un herrero, los cuales servían los pedidos por separado y era el usuario el que armaba las saetas. Otro, que se almacenasen así a fin de armar las puntas adecuadas según las circunstancias. En cualquier caso, de lo que sí ha quedado constancia es que, por norma, la provisión de saetas con puntas de todo tipo, ya fuesen pasadores o cuadrillos, solía ser bastante abundante.
Bien, con esto creo que queda más o menos claro de qué va el tema. El que quiera saber algo más, que pregunte. He dicho.

jueves, 5 de mayo de 2011

El castillo medieval I


La necesidad del hombre de buscar la forma de protegerse de agresiones procedentes de otros hombres, animales, etc., es casi tan antigua como la humanidad misma. No voy a perderme en divagaciones acerca de los orígenes de las fortificaciones, porque ni es el objeto de este blog, y sería además tan prolijo que harían falta tropocientas entradas solo para entrar en antecedentes. Así pues, nos ceñiremos a la tipología medieval, que es la que nos encontraremos en Portugal.
El castillo medieval tal como lo vemos hoy día nació de simples torres rodeadas de una empalizada y, a lo más, un foso. Obviamente, hablamos de una herencia de la cultura romana, cuyos ingenieros militares llevaron a cabo fortificaciones de proporciones admirables. En fin, vamos al grano, que sino me enrollo más de la cuenta.
En Portugal, contrariamente a lo que vemos en España, la inmensa mayoría de los castillos, aunque en muchos casos fueron edificados sobre anteriores fortalezas de origen árabe, a base de sucesivas reformas les dieron un aspecto y una morfología sui géneris, ya que tanto los materiales usados para su fabricación como la distribución de sus diferentes elementos son propios del castillo románico o gótico. El croquis inferior nos permitirá verlo con más claridad:

En el dibujo podemos ver una distribución convencional. Obviamente, su planta y forma son una mera suposición, ya que este tipo de edificios, al contrario de los fuertes, no solían obedecer a patrones constructivos tan estrictos. Salvo sus elementos esenciales, su forma, número de torres, etc., iban en función de la orografía del terreno, adaptándose al mismo. En todo caso, siempre se buscaban dos factores que se tenían muy en cuenta:
1: Una posición elevada, con lo que tenían mejor control visual sobre el territorio e impedían la aproximación de máquinas de asedio
2: Edificarlos sobre una base rocosa a fin de impedir su minado, así como disponer de una cimentación resistente a ultranza.
En cuanto a sus elementos defensivos, como se ha dicho, se ceñían al espacio disponible y a las necesidades de tipo estratético. Así, podían contar con una falsabraga o no, o con foso, o sin el mismo, y con más o menos torres en función de la necesidad que hubiere para defender las murallas. Lo que nunca faltaba era la torre del homenaje, parte esta a la que se dedicará una entrada para estudiar sus diferentes tipos y morfologías. De cada una de sus diferentes elementos ya iremos haciendo el estudio pertinente. Esta entrada es simplemente para poner al personal en antecedentes, así como para irnos habituando a usar la terminología de cada parte del edificio. En sucesivas entradas, se estudiarán sus diferentes elementos defensivos, como matacanes, aspilleras, etc., los distintos tipos de torres, las defensas exteriores y, por supuesto los tipos de aparejo y materiales usados para su construcción.
Muchas de las poblaciones actuales de Portugal fueron en su día cercadas por murallas que permitían a la población tener un mínimo grado de seguridad. Así mismo, la corona se cuidó mucho de edificar castillos en dichas poblaciones para, aparte de ejercer un control militar sobre el territorio, ser un último enclave de resistencia en caso de invasión. Por ello, la mayoría de castillos que visitaremos se encuentran en dichas ciudades, siempre en cotas dominantes o bordeando el curso de un río. Estos edificios, dados en tenencia a las órdenes militares o a la nobleza, se guarnecían con tropas profesionales, que, en caso de necesidad, se podían reforzar con los hombres útiles de la población. En aquella época, cualquiera sabía manejar con más o menos destreza un arma, aunque fuese de circunstancias, como una simple címbara o una horca.
Dicho esto, se elaborarán sucesivas entradas para explicar con detalle las siguientes partes del castillo medieval:
1: Fortificaciones exteriores, como la falsabraga, la coracha y la barbacana
2: La muralla, con sus diferentes partes: parapeto, adarve, almenado, rebotadero y paradós.
3: Las torres de flanqueo y sus diferentes tipos: cubos, tambores, albarranas y escaraguaitas.
4: La torre del homenaje
5: Los aljibes
6: Las puertas en sus diversas variantes
7: Los elementos defensivos, como matacanes, cadalsos, fosos, aspilleras y troneras
8: Morfología de los castillos románicos, góticos, abaluartados, así como las atalayas, torres señoriales, puentes fortificados y las iglesias fortificadas
9: Tormentaria, engenhos, y técnicas de asedio
10: Vida cotidiana en un castillo
y 11: Lo que ahora mismo no caigo, pero que si se me ocurre caerá

Como se ve, el tema da para mucho...


miércoles, 4 de mayo de 2011

Partes del fuerte: Las puertas I


Sí, las puertas. Es que las puertas de estos edificios no eran una simple abertura en un muro. Eran algo más complejas. Algunas incluso de una sofisticación diría que casi...¿diabólica?. Lo de menos en sí es su monumentalidad, y eso que casi todas cuentan con grandes ornatos y alegorías bélicas en piedra. Fueron edificadas en una época en que se cuidaba el detalle estético hasta en los edificios militares, lejos ya de la austeridad medieval. Lo importante de estas puertas era su elaborado diseño cuidando en todo momento, no solo el hecho de impedir la entrada, sino incluso de evitar que proyectiles disparados desde el exterior alcanzasen el interior del recinto. Pero vayamos por partes...

De entrada, prácticamente todas disponían de un puente levadizo para salvar el foso que se abría ante ellas. Dicho puente podía ser accionado de dos formas: mediante un torno o por contrapesos. En el primer caso, la pasarela era elevada mediante un torno situado en la zona alta de la puerta, a cubierto del enemigo. En dicho torno, que tenía que ser accionado por varios hombres, se iban enrollando las cadenas que sustentaban la pasarela. El sistema de contrapesos, que es el que ofrece la imagen de cabecera, funcionaba mediante dos vigas que, desde el interior de la puerta, eran empujadas hacia abajo hasta quedar verticales y, con ello, la pasarela también. Funcionaban de la misma forma que las actuales puertas de las naves industriales.

En la imagen de la izquierda podemos ver un torno. Como se puede comprobar, las cadenas quedan enrolladas en los extremos del mismo pero, para no atascar el mecanismo, a su vez iban cayendo por un pozo situado a cada lado con una pesa al final de cada una. Así se evitaba que se atorase en caso de haber demasiada cadena enrollada en el mismo sitio. Para bajar el puente bastaba con liberar los retenes del torno y dejar caer la pasarela hasta el estribo donde quedaba encajada. Con esto, ya vemos que la pesada pasarela, fabricada a base de gruesos tablones flejados con hierro, ya era en sí misma una sólida puerta. Pero tras ella, estaba la verdadera puerta del fuerte, formada con dos hojas de madera que giraban sobre dos gruesos goznes de hierro empotrados en sendas ranguas. En este caso, no eran cerradas con los típicos alamudes medievales, de los que hablaremos en la parte que toca a los castillos, sino por lo general con barras de hierro basculantes que quedaban encajadas en la misma puerta, tal como se ve en la foto inferior, o bien con trancas, también de hierro, apuntaladas contra los muros.

Pero que nadie piense que con esto ya quedaba cerrada la puerta. Aún había más tras el pesado portón de más de una tonelada de peso. Tras él se situaba un rastrillo de hierro que corría por unas acanaladuras abiertas en el muro, y que una vez bajado sus puntas quedaban empotradas en el suelo. Cada barrote, de varios centímetros de grosor y trabados unos con otros, hacían que, salvo que se elevase mediante su mecanismo de torno, fuese imposible moverlo por el descomunal peso que alcanzaban. Con esto, tenemos que el acceso principal de un fuerte normal disponía de tres barreras a franquear: el puente, la puerta y el rastrillo. Pero eso era en los fuertes "normales" como digo. O sea, los pequeños, como esos fuertes costeros que ya hemos visto en una entrada anterior. En sus hermanos mayores, o en las plazas fuertes, todo lo explicado es solo la primera parte, porque tras la puerta se abría un túnel de varios metros de largo, algunos de más de 25 o 30 metros, que describen una curva para, como comentaba al principio, impedir que una bala de cañón enemiga llegase al interior del recinto.

Esa foto lo muestra con claridad. Pertenece al túnel de entrada del fuerte de Juromenha. Como se ve, describe una curva de forma que el interior queda fuera del ángulo de la puerta. El postigo de la izquierda de la imagen correspondía al cuerpo de guardia. Las aberturas que se ven sobre la puerta del fondo eran para las vigas del puente levadizo, hoy desaparecido por desgracia. Ese túnel, haciendo memoria y calculando a botepronto, tiene aproximadamente unos 15 ó 20 metros de longitud. Esos 15 ó 20 metros son el grosor de la muralla del fuerte. Una pasada, ¿no? En algunos de estos túneles, además, pueden verse troneras fusileras desde donde la guarnición podía abrir fuego en caso de que el enemigo consiguiese franquear la entrada que, como hemos visto, no era moco de pavo. ¿Y aquí acaba la historia? Pues no. Aún hay más. Porque en muchos casos, todo esto que acabamos de ver era "la primera fase". O sea, un primer acceso situado en una fortificación exterior, como un revellín o un hornabeque. Tras ese túnel que vemos, habría un foso de varias decenas de metros de ancho y, al final del mismo, una "segunda fase" exactamente igual a todo lo ya explicado, o sea: puente, puerta, rastrillo, túnel y, en algunos casos y para no "quedarse cortos", una última puerta. Por cierto que los fosos, para no ponerlo "tan fácil" al enemigo, solían contar con troneras fusileras y cañoneras que batían de flanco, de frente y hasta por la zaga a cualquiera que quisiera entrar en el fuerte sin permiso.

Bien, así de facilonas eran las puertas de los fuertes. Y hemos hablado solo de las puertas de entrada, porque una vez dentro del recinto podemos encontrarnos con que las diferentes zonas del mismo también estaban separadas por fosos, más puertas y más rastrillos, de forma que llegar al corazón del mismo, la casa del gobernador, que es como llaman los portugueses al recinto destinado como vivienda del alcaide y oficiales de la guarnición, era a veces imposible salvo que la plaza se rindiera o sus defensores fueran aniquilados. Pongo una última imagen para ilustrar lo monumental de algunas de estas puertas, verdaderas obras de arte de la cantería de la época. Se trata de la puerta del recinto principal del fuerte de Graça, al norte de Elvas. O sea, la segunda que hay que cruzar para entrar en el fuerte. Es habitual la presencia de lápidas como la que aparece en la imagen, donde se suele hacer referencia al monarca bajo cuyo reinado se construyó, fecha de inicio y término de las obras, etc... Para llegar a ella hay que cruzar un puente sobre un foso de 20 metros de ancho cubierto por todas partes de troneras fusileras, dos cañoneras en cada flanco, y los tres agujeritos que aparecen sobre la puerta de madera, que no son para que entre el aire, sino para darle de tiros al que se atreva a acercarse a la puerta de marras.

Bueno, s'acabó.

Hale, he dicho


Partes del fuerte: El hornabeque

El hornabeque, palabro proveniente del alemán hornwerk (obra con cuernos), era una de las fortificaciones más versátiles dento de los componentes de un fuerte. Básicamente, se trataba de dos medios baluartes unidos por una cortina. Su versatilidad radicaba en que podía ser ubicado en cualquier parte donde fuese necesario reforzar una fortificación, bien por ser una zona más expuesta, para usarlo como primera línea defensiva, como acceso, etc. Igualmente, podía ir unido al fuerte, formando parte integrante del mismo, o separado. Podía estar precedido de un revellín o de una tenaza, o actuar como revellín situado ante una cortina entre dos baluartes, y así mismo podía tener un revellín por detrás, entre el fuerte y él mismo. También podía ser usado para defender cabezas de puente, accesos a plazas fuertes, etc. Incluso un hornabeque podía ser en sí mismo un fuerte. Por ejemplo, el fuerte de Santiago de Sesimbra, que defendía la playa situada ante la población, no es más que un hornabeque de grandes proporciones.
Básicamente, había dos tipos de hornabeque. Veamos el primero de ellos:

En la ilustración podemos ver un hornabeque convencional. Como ya se ha dicho, son dos medios baluartes, o sea, dos medios pentágonos, unidos entre sí por una cortina. Ante la misma, puede ir ubicado un revellín, como se muestra en el croquis, o una luneta, o una tenaza, o nada. Igualmente, podía estar rodeado de un foso o no, dependiendo de la fortificación. En el detalle se explican las diferentes partes del mismo.
En la sección superior podemos ver como sería su disposición respecto al revellín. Como se ve, queda más alto a fin de que el revellín no entorpeciese su ángulo de tiro frontal. Así mismo, el hornabeque estaba a un nivel más bajo que el fuerte que tenía por detrás. Conviene aclarar que los fuertes eran complejos fortificados escalonados, siendo el mismo fuerte la obra más elevada, y las demás obras exteriores a niveles cada vez más bajos para no limitar el ángulo de tiro de las posiciones más retrasadas, así como para poder ser batidos en caso de ser invadidos, como creo ya he explicado en una entrada anterior.
El hornabeque, en caso de estar exento del recinto principal, podía estar unido al mismo por una caponera, un camino cubierto o trinchera a fin tanto de poder proveerlo de munición sin riesgo para las tropas, como para poder evacuar el recinto en caso de verse desbordados. Al igual que los baluartes y los revellines, los hornabeques también tenían nombre propio, generalmente bajo la advocación del santo o virgen de turno.
En la ilustración inferior podemos ver otro tipo, el hornabeque coronado, corona o doble hornabeque, que no debemos confundir con la mitra, bonete de clérigo o sombrero de obispo, llamados así por su similitud con esas prendas eclesiásticas, y de los que se hablará en otra entrada que abarque las obras exteriores.


Como se ve, se trata de un hornabeque que cuenta en el centro de su cortina con un baluarte, lo que de daba a esta fortificación mayor potencia de fuego, así como la posibilidad de cubrir más ángulos de tiro. Como refuerzo, podían llevar entre cada cara del baluarte y los dos medios baluartes una tenaza, un revellín o una luneta. Este tipo de fortificación era usado cuando se trataba de cubrir amplias zonas y, por su grandes dimensiones, podían albergar en su interior hospitales de campaña, polvorines, almacenes, etc., ya que se les consideraba como fortificaciones muy seguras.
En realidad, a la hora de diseñar la planta de un fuerte las posibilidades de combinar los diferentes elementos que los componían eran casi infinitas. A medida que vayamos viendo diferentes fortificaciones de este tipo, podremos comprobar que podían ser asombrosamente simples o increíblemente complejas, algunas verdaderamente laberínticas, con una sucesión tras otra de fosos y obras exteriores hasta llegar al recinto principal.

lunes, 2 de mayo de 2011

Partes del fuerte: El revellín y la luneta


Como ya se comentó en la entrada referente a los baluartes, estos estaban unidos entre si por cortinas, o sea, tramos de muralla recta. Obviamente, estas zonas eran el punto flaco de este tipo de fortificación, ya que carecían de la morfología adecuada  para repeler los proyectiles de la artillería enemiga. Para impedir esto se creó el revellín. En la foto podemos ver uno de los que protegen las cortinas de la plaza fuerte de Elvas.
Se trata de una fortificación externa, situada justo delante de la cortina. Por su forma triangular, podían desviar los disparos dirigidos contra la cortina en cuestión, y además eran una primera línea defensiva del fuerte, ya que, al igual que los baluartes, disponían de bocas de fuego. Su altura era siempre inferior a la del fuerte, como ya se explicó, con dos fines: uno, no obstruir la línea de tiro de las piezas emplazadas en el fuerte, y dos, quedar expuestos al fuego del fuerte en caso de ser ocupados por el enemigo. Para ello carecían de protección en la gola, o sea, por su parte trasera. En la foto se ve claramente de qué hablamos. Si la guarnición del revellín se veía desbordada, podían retirarse por un camino cubierto a través de foso hacia el fuerte y dejar el recinto en manos del enemigo, el cual intentaba a toda prisa mover las piezas para dirigirlas contra el fuerte, siempre un cuando los defensores no las hubiesen inutilizado previamente clavándolas. Y todo ello bajo el fuego de la artillería procedente de los baluartes, así como del nutrido fuego de fusilería de los defensores.
Los revellines, al igual que los baluartes, tenían nombres propios, también bajo la advocación por lo general de santos, vírgenes, etc. si bien, por ser zonas más expuestas a una ocupación, solían carecer de pañoles propios, siendo servidos de pólvora, balas y botes de metralla desde el recinto principal. En el croquis inferior podemos ver la morfología de un revellín convencional:

Como se ve, cubre totalmente la cortina situada entre dos baluartes, y queda separado del recinto principal por el foso, pintado en color verde. Los dos pequeños rectángulos grises que vemos en el revellín serían las rampas (podía haber más de una) para poder subir las piezas de artillería. Los revellines podían contar a su vez con una protección que los antecedía, las contraguardias, defensas bajas con la misma forma pero que no disponían de artillería. Eran simples murallas para proteger los muros del revellín del fuego enemigo. En el siguiente croquis se puede ver con más claridad:
En este caso, la contraguardia queda separada del revellín por un foso para dificultar aún más la ocupación del mismo y, del mismo modo, un nuevo foso podía preceder a la contraguardia para poner las cosas aún más difíciles a los atacantes. Como se ve, no escatimaban esfuerzos a la hora de complicar una posible invasión al recinto principal.

Un caso aparte son las lunetas, que tenían el mismo objeto que los revellines, defender una cortina pero, en este caso, al igual que las contraguardias, solían carecer de dotación artillera, siendo más habitual la disposición de banquetas para permitir a la infantería hacer fuego de fusilería. Además, sus muros carecían del imponente grosor del de los revellines. En el siguiente croquis lo veremos mejor:


Como se ve, se trata de un muro semicicular situado, como el revellín, ante una cortina. En el centro he puesto un dibujo de la sección de la misma para su mejor comprensión. Así pues, vemos como el parapeto, de una altura de alrededor de 1,40-1,60 metros, permitía a un fusilero situado en la banqueta, en color gris claro en el dibujo de la planta, hacer fuego contra el enemigo permaneciendo a cubierto. Y, también al igual que los revellines, su gola carecía de ningún tipo de defensa, quedando sus invasores a merced del fuego procedente del fuerte en caso de desalojar a los defensores. Como protección, aparte de los habituales fosos, se ven casos en los que estas lunetas estaban precedidas de unas hiladas de pozos de alrededor de 1-1,5 metros de profundidad, pero tan pegados unos a otros que hacía casi imposible para una masa atacante acercarse a menos de 4 ó 5 metros del muro sin caer dentro de ellos. Para más eficacia, podían plantar dentro de los mismos estacas o abrojos de hierro, o incluso poner ante las hiladas de pozos estacadas que serían las antepasadas de las actuales alambradas que preceden a las trincheras.

En la foto de la derecha se ven claramente las hiladas de pozos que anteceden una de las murallas del fuerte de Santa Luzia, en Elvas. La imagen deja bien patente que, aun hoy día, moverse entre ellos es tener todas las papeletas para caer dentro de uno y partirse una pierna. Dichos pozos no eran simples hoyos que podían verse cegados en pocos meses por las inclemencias del tiempo. Como se ve, estaban labrados con cantería y eran limpiados con regularidad a fin de mantener su efectividad. De hecho, no solo impedían acercarse con facilidad a las murallas, sino que casi imposibilitaban adosar escalas al muro para asaltarlo, ya que no había sitio donde apoyar la escala en el suelo.
Finalizo esta entrada dando un consejo a los que visiten por primera vez este tipo de fortificaciones, y es que se muevan con mucho cuidado cuando paseen por su perímetro exterior, ya que estos pozos suelen estar casi siempre cubiertos de maleza y no se ven como no se conozca su existencia. Un mal paso supone caer dentro de uno, y la costalada puede ser de órdago. Con todo, ya dedicaré una entrada exlusiva para los cuidados y prevenciones que se deben tener a la hora de visitar castillos o fortificaciones de cualquier sitio, ya que hay zonas que pueden ser muy peligrosas para un neófito en la materia.

Partes del fuerte: El baluarte


El baluarte era la base de toda fortificación de éste tipo. Se podría decir que un fuerte no era más que una serie de baluartes unidos entre sí mediante cortinas para cerrar el recinto. Los demás sistemas defensivos estaban destinados a protegerlos. El término parece ser proviene del alemán bollwerk, que podríamos traducir como "obra para balas", o sea, fortificación capaz de resistir los disparos de la artillería. Su forma básica era pentagonal, si bien había diversos tipos que luego se enumerarán.
El de la foto de cabecera corresponde al del fuerte de São Neutel, uno de los dos que defendían la ciudad de Chaves, en el distrito de Vila Real, al norte de Portugal, a 9 km. escasos de la frontera española por Galicia. Como se ve, está concebido para "escupir" los disparos de la artillería enemiga, y sus paramentos de piedra, rellenos en su totalidad por tierra, hacían complicado abrir una brecha en el mismo.

Mientras las torres de los castillos medievales eran consideradas como parte integrante del edificio, los baluartes eran tratados como si de fortificaciones independientes se tratase aún siendo parte de un todo. Cada uno tenía un nombre propio, independientemente del nombre del fuerte. Generalmente eran bautizados con nombres de santos o vírgenes. Además, cada uno de ellos tenía asignada su propia guarnición, formada por artilleros e infantería. Cada baluarte solía disponer de su propio pañol de munición, ubicado en el centro del mismo y protegido por lo general por un muro para evitar ser alcanzado por la artillería enemiga. En otros casos eran subterráneos, con bóvedas a prueba de bombas. Las bocas de fuego estaban emplazadas sobre plataformas de tiro formadas por gruesas losas de piedra o por hormigón, casi siempre con forma trapezoidal para poder variar el ángulo de tiro horizontal de la pieza.

 En la foto de la izquierda podemos hacernos una clara idea de lo explicado, si bien en ese caso la plataforma de tiro, inexistente hoy día, ha sido recreada con una tarima de madera. Junto al cañón se ve un maniquí representando un artillero de la época con  la cuchara con la que se introducía el saquete con la carga de pólvora. Junto a él, un balde que, lleno de agua, servía para empapar la lanada, especie de baqueta con un mocho de lana que se introducía tras cada disparo para enfriar el ánima del cañón, así como para apagar posibles restos de pólvora aún encendidos. La foto en cuestión fue tomada en el fuerte de Santa Luzia, en Elvas.

En el croquis de la derecha se puede ver la distribución de un baluarte típico. En su vértice superior dispone de una garita. El tema de las garitas daría para una enciclopedia, y de hecho hay monografías dedicadas exclusivamente al estudio de su morfología, ya que no hay dos fuertes en todo Portugal con garitas iguales. En este caso, cuenta con ocho cañoneras, dos en cada lado del pentágono que, gracias al abocinamiento de las mismas permite cruzar los fuegos de cada pieza, cubriendo al 100% el campo que tenían por delante. En el centro del recinto se puede ver el pañol, tal como se explicó antes. Y en un lado, la rampa por la que se subían o bajaban las piezas de artillería. Pocas escaleras se ven en los fuertes por razones obvias, y las pocas que hay disponen a los lados de rampas para hacer rodar por ellas las ruedas de las cureñas. Para este menester, como es lógico, se usaban animales de tiro, ya que una cañón con su cureña podía superar tranquilamente las dos toneladas de peso, o incluso más.

Aunque la morfología habitual que veremos con más frecuencia en los parapetos de los fuertes portugueses son las cañoneras representadas en el croquis anterior, hay casos, como el del fuerte de la foto de cabecera, que no contaban con estas, sino que usaban lo que se llamaba parapeto a la barbeta, o sea, un parapeto corrido sin aberturas para las bocas de fuego. Eso permitía emplazar los cañones en cualquier sitio dentro del baluarte, y aumentaba notablemente su ángulo de tiro. Pero tenía el inconveniente de que dejaba desprotegidos tanto a la pieza como a sus servidores. En todo caso, no es lo más habitual, siendo la tónica general el uso de cañoneras convencionales, orientadas las de los laterales a cubrir de flanco la cortina que unía dos baluartes, y las otras dos hacia la batalla o campo abierto, o hacia la fortificación que lo precedía en caso de ser esta invadida por el enemigo.

En la foto de la izquierda, correspondiente a la plaza fuerte de Elvas, se puede ver con claridad como estaba conformada una plataforma de tiro, tal como se explicó más arriba. En este caso, dispone de una solería de hormigón, y la tronera,  muy estrecha al comienzo, se ensancha alrededor de un metro en su parte final si bien las hay de hasta dos metros e incluso más, dependiendo del ángulo de tiro requerido en cada caso. Eso le permitía, además de batir de flanco la muralla, apuntar contra el foso que se extiende un poco a la izquierda de su posición. La solería, además, tenía siempre un cierto grado de inclinación hacia el parapeto para aminorar el retroceso de los cañones. En este caso, el pañol de este baluarte se encuentra bajo tierra, en una pequeña bóveda protegida por unos dos metros de tierra sobre la misma.

Finalmente, y para hacernos una idea de las proporciones ciclópeas de este tipo de fortificación, podemos ver el parapeto de uno de los baluartes del fuerte de Graça, de unos 6 metros aproximadamente de espesor. Pero, ojo, esta es la parte "débil", porque la verdadera muralla, sobre la que se asienta el baluarte, tiene unos 30 metros de grosor. Y algunas, unos metros más. Cuando uno se pasea por el recinto de una de estas fortificaciones se siente apabullado por lo descomunal que es todo cuando a uno le rodea. He visto simples rejas de una ventana interior, o sea, fuera del alcance del enemigo, que cada barrote tiene 5 cm. de grosor, y cada barrote iba empotrado varios centímetros en un sillar de piedra. O sea, que la reja fue formada a medida que se iban añadiendo sillares hasta completar la ventana. Cuesta trabajo imaginar el trabajo abrumador al que hicieron frente sus constructores. Pero eso no es nada para lo que aún nos queda por ver. Hay algunas obras que casi se puede decir que son comparables a las de una pirámide. 

Bueno, ya saben qué es un baluarte.

Hale, he dicho

sábado, 30 de abril de 2011

Obertura

Es en realidad irrelevante el cómo y el por qué descubrí el inmenso patrimonio de nuestros vecinos. No voy a dedicar una entrada larguísima a narrar con pelos y señales como yo mismo me avergoncé, aficionado como soy a la historia, del desconocimiento palmario que tenía sobre Portugal, así que dedicaré esta primera entrada a algo más instructivo que mis sensaciones personales. Como se podrá ver, el etiquetado de cada entrada irá según el tipo de fortificación. Los que sean de tipo didáctico, o que hablen de temas ajenos al que nos ocupa, llevarán su etiqueta aparte. 

En la entrada correspondiente a cada fortificación aparecerá en primer lugar el distrito en la que se encuentra, lo que con el mapa situado a la derecha permitirá hacerse una idea clara de por donde anda. Así mismo, pondré las coordenadas. En muchos casos será un detalle irrelevante porque muchos castillos están dentro de las poblaciones, pero en otros no, y en algunos casos están verdaderamente escondidos. Con dichas coordenadas pueden ser localizados en el Google Earth fácilmente, y disponer así de una imagen cenital del conjunto. Finalmente pondré cómo llegar a cada sitio, si bien de forma meramente orientativa, que para detalles a fondo ya está la Via Michelín, que nos dice hasta cuando debemos parar a tomar un cafelito e incluso a mear. 

Suelo frecuentar algunos blogs, y sé sobradamente que es un soberano coñazo tirarte horas bicheando entradas que no son de tu interés para dar, por fin, con lo que uno busca. Imagino que lo suelen hacer para "obligar" al visitante a verlo todo, pero como yo no obligo a nadie a nada, al menos lo pondré fácil para que los interesados en la materia puedan ir directamente al grano, que el tiempo es oro.

Y una cosa quiero añadir: este blog no va a ser de esos en plan místico, de narrar experiencias maravillosas y amaneceres de ensueño, de lo bonita que es la vida o conocer gente, o dedicar una entrada a un chucho abandonado que me encontré en un castillo lejano y me miró con ojos tristes. Para eso, que cada cual experimente sus propias sensaciones. El fin del blog es meramente de tipo didáctico, para compartir lo que llevo conocido con personas que, bien por falta de medios, o de tiempo, o simplemente porque no les da la real gana viajar, no pueden conocer lo que yo conozco.

Dicho esto, comencemos pues, poniendo al personal un poco al corriente de qué va la cosa...