sábado, 16 de julio de 2011

Heridas de Guerra IV. Heridas por armas de fuego II


Como ya vimos en la entrada anterior, las heridas producidas por las armas de fuego complicaban bastante la existencia al personal. Una simple bola de plomo podía tener efectos devastadores sobre los vapuleados cuerpos de la milicia de la época, y si no tenían bastante con las de por sí bastante peligrosas heridas por arma blanca, la aparición de la pólvora supuso un nuevo suplicio para las tropas.

Pero fue la artillería la que puso sobre los campos de batalla algo mucho peor que las balas disparadas por arcabuces, pistolas y mosquetes, y era la metralla. El término metralla proviene del francés medieval mistraille, que significa "trozo de metal". Y era algo mucho peor que una bala por razones obvias: no producían heridas limpias, su extracción era mucho más compleja, cuando no imposible, y su curación tenía pocas probabilidades de acabar con éxito.

En los primeros tiempos de la artillería, cuando esta solo estaba destinada a sustituir los añejos engenhos usados durante siglos para batir murallas, la peor herida producida por las armas de fuego era, como ya vimos, una bala disparada por un arcabuz o una pistola. Pero cuando a algún cerebro gris, allá por el siglo XVI, se le ocurrió usarla contra la infantería, las cosas se complicaron aún más para los sufridos milites de la época. Pero el cerebro gris observó un detalle, y es que si se disparaba una bala de cañón contra un cuadro de picas, esta se llevaba por delante al primero de la fila y los que estaban inmediatamente tras él. Bastaba apretar filas y cubrir las hilera eliminada para no descomponer la formación. Y con la lentísima cadencia de tiro de los cañones de aquellos tiempos, casi se puede decir que eran mucho más efectivas las sucesivas descargas de las mangas de arcabuceros que, literalmente, aniquilaban a los cuadros de infantería enemiga, como quedó patente en las acciones llevadas a cabo por los Tercios españoles durante aquella época.

Así pues, al cerebros gris se le ocurrió que si, en vez de las pelotas de hierro al uso, se cargaban los cañones con trozos de metal, ya no se eliminaba una hilera de infantes, sino todo un frente con un solo disparo. Y que si los cañones, en vez de disparar todos a una, abrían fuego en una sucesión adecuada, sus efectos eran definitivos. Bastarían una docena de disparos para barrer del campo de batalla a un cuadro de infantería formado por varios cientos de hombres, y de los que sobrevivieran ya daría cuenta la infantería propia, o una contundente carga de caballería que, sin  encontrar apenas resistencia, rematase la faena.

La metralla solo tenía un inconveniente, y es que solo podía ser usada a corta distancia debido a que, por el cono de fuego que se formaba al dispararla, si el blanco estaba demasiado lejos perdía gran parte de su efectividad. Para hacernos una idea, era como una perdigonada a lo bestia. Pero de solucionar eso ya se preocuparon en su momento, que no hay nada que estimule más los magines de los militares que ver la forma de matar más y mejor al enemigo, que para eso les pagaban y les pagan. Además, la metralla era fácil de obtener. Cualquier cosa valía: escorias de metal, clavos, piedras, bolas de plomo, de hierro, cristales... En el sitio a Zaragoza, durante la Guerra de la Independencia, se llegaron a usar las bisagras y las fallebas de las puertas y ventanas de la población, así como las rejas de las ventanas que, debidamente troceadas, servían para agujerear al enemigo.

Posteriormente ya se empezaron a usar proyectiles de metralla, especialmente concebidos para poder ser almacenados y cargados en los cañones buscando su máxima efectividad. Al principio, envueltos en tela y, posteriormente, en botes metálicos. En ambos casos, la violencia de la deflagración rompía el envoltorio y hacía salir despedidas decenas o centenares de bolas de hierro o plomo que causaban una tremenda mortandad entre las filas enemigas. Por otro lado, la aparición de la granada, tanto de mano como de artillería, supuso un...avance notable. Sí, sí, granadas de mano. Que nadie piense que eso es un invento del siglo XX. Ya en el siglo XVII se usaban bolas huecas de hierro colado  que, rellenas de pólvora y provistas de una mecha, eran usadas para aniquilar la resistencia en reductos, trincheras, e incluso en los combates navales de la época. Las tropas destinadas a hacer uso de estas armas seguro que os suenan: los granaderos, hombres generalmente elegidos por su fuerza física, que les permitía lanzar las pesadas pelotas de hierro a mayor distancia. Pero de todo eso ya se hablará con detalle cuando toque profundizar en la artillería y los diferentes tipos de proyectiles que se usaron a lo largo del tiempo.

Finalmente, mencionar un tipo de herida producida por algo que, aún no siendo metralla, sus efectos eran similares: las astillas. En los combates navales, los impactos de las pelotas macizas contra el casco de las naves hacían saltar hacia el interior del mismo astillas de todos los tamaños, algunas afiladas como cuchillos. Así, las dotaciones de los cañones emplazados en los puentes del buque sufrían terribles heridas al verse literalmente acribillados por cientos de astillas de todos los tamaños que, caso de quedarse dentro del cuerpo, ya se puede uno imaginar los efectos que causaban. De hecho, la mayoría de la bajas producidas entre las tripulaciones de los buques de guerra de la época eran por esta causa.

Resumiendo, las heridas producidas por la metralla podríamos clasificarlas en:

A) Heridas producidas por granadas, polladas, botes de metralla o cargas a base de fragmentos de hierro, etc. Generalmente producían severos desgarros. Los fragmentos eran muy complicados  de extraer, y las heridas aún más difíciles de suturar y susceptibles de causar infecciones debido a la cantidad de partículas de pólvora adheridas, óxido, etc. Además podían causar quemaduras en los bordes de la herida debido a la alta temperatura que alcanzaba el metal al deflagrar la pólvora. Si dañaban un vaso sanguíneo importante se optaba por amputar sin más dilación.
B) Heridas producidas por saquetes de metralla llenos de balas de fusil. Eran similares a las producidas por disparos, pero con el añadido de salir proyectadas a más velocidad, más calientes y posiblemente deformadas, lo que implicaba daños mayores. Además, podían producir varias heridas repartidas por el cuerpo, en vez de la herida única que producía un disparo de arcabuz, pistola, etc. Era como recibir un postazo, pero de mayores proporciones.
C) Las heridas causadas por astillas que, aunque no eran metralla propiamente dicha, sus efectos eran temibles, como ya se ha explicado.
En todas ellas, los traumatismos derivados por el impacto, posibles fracturas óseas, así como las severas hemorragias, daban pocas opciones de sobrevivir. Y tras ello, una cirugía que, francamente, haría que más de uno prefiriese quedarse en el sitio antes de pasar por semejante trance. Porque si la primera cura ya era capaz de acabar con el herido, las sucesivas podían dejarlo a uno en un estado francamente... deplorable.
Pero de eso ya hablaremos en la próxima entrada.