jueves, 5 de abril de 2012

La alabarda. Origen y evolución 1ª parte





Hace ya casi un año, en la primera entrada dedicada a las armas enastadas, ya se estudió esta conocida arma. Sirva pues ésta a modo de actualización o, mejor dicho, ampliación de la anterior, procediendo a un repaso más profundo tanto de sus orígenes, evolución, morfología, etc. Al grano pues...




La primera noticia que se tiene de un término que hace referencia a este tipo de arma lo tenemos en una obra del poeta alemán Konrad von Würzburg (c.1220-1287), concretamente en su "Der trojanische Krieg" (La guerra de Troya), en donde menciona a un ejército de 6.000 hombres armados con hellembart. La etimología del palabro no es conocida. Bicheando en un diccionario veo que hellem significa brillante, y bart, barbas. Puede que haga referencia a los filos bruñidos de las alabardas más primitivas. Por otro lado, en el Diccionario de la Lengua de 1780 dice que significa "arma de los guardias de palacio", pero me temo que en ese supuesto se limitaron a asociar la palabra alabarda con el arma de dotación de los guardias de corps de la época sin preocuparse de su verdadera etimología. En cualquier caso, el término hellembart derivó a halberd de manos de los suizos, que fueron los que la difundieron por Europa a través de sus famosos mercenarios.




En cuanto a su origen, de todas las teorías al respecto la más extendida es que procede del hacha danesa. Como ya se comentó en la primera entrada sobre estas armas, fueron los escandinavos los que modificaron su peculiar hacha, dándole la forma que tenemos en el dibujo de la derecha. Como podemos ver, el filo convexo del hacha se ha alargado, haciéndolo más recto. Su parte superior ha sido afilada convirtiéndola en una rudimentaria pica. El cambio en la distribución de su masa modificaba sustancialmente su manejo: mientras el hacha requería ser volteada constantemente para mantener alejado o golpear al enemigo, esta nueva morfología no precisaba de ese constante esfuerzo que, tras horas de combate, debía ser literalmente agotador. Por otro lado, el hacha sólo podía herir de filo. Sin embargo, la que aparece en el dibujo permitía a su usuario hostigar y herir sin necesidad de voltearla usando la pica, pudiendo recurrir al filo de la hoja para ofender a combatientes provistos de cotas y/o perpuntes, para destrozarles el escudo o para hendir el yelmo.



Sin embargo, su unión con el mango, formada por una sola argolla, se mostró débil para el trabajo que debía realizar. Cabe suponer que este defecto se manifestaba especialmente a la hora de hacer uso de la pica, ya que la palanca ejercida en la unión de la hoja con la argolla podría verse dañada con relativa facilidad. Para solucionarlo, la hoja se volvió más grande para poder dar cabida a otra argolla, lo que aumentaba de forma notoria su resistencia, y al mismo tiempo las argollas en cuestión se hicieron más grandes. En el dibujo de la izquierda podemos ver su apariencia. La prolongación superior de la hoja haría las mismas funciones que la rudimentaria pica que hemos visto arriba. Esta morfología apareció hacia 1315, según ejemplares recuperados del lugar donde tuvo lugar la batalla de Morgarten, en la que milicianos suizos derrotaron a una hueste numéricamente superior al mando de Leopoldo I, duque de Austria. Con todo, aún no podemos hablar de una verdadera alabarda tal como la conocemos. En realidad, lo que aparece en la imagen es un hacha modificada para que la infantería dispusiera de un arma con dos usos: pica y hacha, y destinada principalmente para hacer frente a sus oponentes a pie. Obviamente, también podía ser usada contra jinetes, pero aún no disponía del accesorio que la convirtió en la alabarda que todos conocemos y que hizo de esta arma una de las más temidas y devastadoras contra los hasta entonces casi invencibles caballeros.



Y dicho accesorio no era otra cosa que el gancho que permitía desmontarlos. En el último cuarto del siglo XIV apareció lo que ya era una alabarda en toda regla. La hoja se estrechó considerablemente respecto al tipo anterior, y en la argolla superior se fijó un rudimentario gancho que era la clave para dar en tierra con los caballeros y hombres de armas a caballo. En el dibujo de la derecha tenemos un ejemplo, datable hacia el último cuarto del siglo XIV y el primero del XV. Aunque aún adolece de las elegantes formas de los tipos posteriores, ya tiene los tres elementos que caracterizan a la alabarda: hacha, pica y gancho. Pero su evolución no se detuvo para quedarse como vemos en la ilustración, ya que aún tenía un punto débil que corregir: su unión con el asta. Las dos argollas le daban una sólida unión con la misma, pero era muy vulnerable contra los golpes de espada o hacha del enemigo. Un jinete que veía como el gancho hacía presa en alguna parte de su cuerpo no tardaba ni un segundo en descargar un tajo en el asta, inutilizando el arma. Cabe suponer que el siguiente golpe iría destinado a abrir como un melón maduro la cabeza del que había intentado derribarlo, por lo que había que desarrollar un diseño capaz de impedir que el sufrido infante quedase desarmado y a merced del arrollador empuje de los caballos coraza.



Así, hacia mediados del siglo XV ya tenemos la tipología más conocida. La principal modificación sobre los modelos anteriores radicaba en la forma de sujetar la cabeza de armas al asta, pasando de las argollas a las barretas de enmangue, tal como aparece en el dibujo de la izquierda. Las astas pasan a ser, en vez de cilíndricas, de sección cuadrangular o incluso poligonal. Esto permitía la adición de barretas en cada una de sus caras, protegiéndola así, como se comentó antes, de tajos o golpes que pudieran partirla y dejaran al infante desarmado en plena refriega. Pero además de proteger el asta, las barretas proporcionaban una unión muchísimo más sólida de la cabeza de armas a la misma. Algunas, de más de 60 ó 70 cm. de longitud y fijadas mediante remaches pasantes, hacían practicamente imposible partirlas.

Por otro lado, vemos que la cabeza también ha cambiado de forma sustancial. El hacha se reduce de tamaño, conservando el filo paralelo, pero con el peso desviado hacia el mismo a fin de hacerlo más contundente. Contra combatientes cada vez mejor armados era necesario aumentar la energía cinética capaz de hendir su armamento defensivo. Y la rudimentaria pica se ha estilizado, adoptando una forma prismática y aguzada, muy adecuada para penetrar entre las rendijas de las cada vez más extendidas armaduras de placas. Al mismo tiempo, su mejor capacidad de penetración le permite hendir sin problemas perpuntes o lórigas y, quizás lo más importante, proporciona al infante un arma con la que hacer frente a las cargas de caballos coraza. La infantería podía formar líneas de alabarderos que, provistos de armas de más de dos metros de longitud, podían detener en seco una carga de caballería siempre y cuando no cundiese el pánico y dejaran huecos entre la línea por donde se colase el enemigo. Los caballos, al detenerse y negarse a avanzar, hacían vulnerables a sus jinetes los cuales, intentando proseguir, estaban más pendientes en ese momento del comportamiento de sus monturas que del enemigo. Con la carga deshecha, era el momento que esperaba la infantería para hacer uso de los ganchos de sus armas e intentar derribar a los jinetes enemigos. Ya en el suelo eran presa fácil de los infantes, que podían acribillarlos a su sabor con las picas de sus alabardas.

Bueno, mañana proseguiremos con el tema, viendo la evolución sufrida por estas armas a lo largo de los siglos XVI y XVI.

Hale, he dicho...

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