lunes, 17 de diciembre de 2012

Mitos y leyendas: La Colada y la Tizona




En el acervo hispano, estas dos míticas espadas son más famosas que la Excalibur del rey Arturo o la Durandal de Roldán. Pertenecieron nada más y nada menos que a nuestro héroe por antonomasia: Rodrigo Díaz. Sin embargo, ambas armas son mencionadas únicamente en el Cantar de Mio Cid, habiendo una sola referencia histórica a las mismas, concrétamente de la Tizona. En el Liber Feudorum, un documento fechado en tiempos del Cid, Ramón Berenguer I, conde de Barcelona, entrega al conde de Urgel, Armengol I, una espada con ese nombre: Ipsam espadam cognominatan Tizonem. Pero ésto no cuadra mucho tanto en cuanto la espada tomada por el Cid al catalán, como veremos más abajo, era la Colada. Por otro lado, tanto en el Museo del Ejército como en la Armería del Palacio Real hay dos ejemplares más la hoja de una tercera que, por tradición, son consideradas como las auténticas y verdaderas Tizona y Colada. ¿Cuál es la verdad pues? Pasemos a estudiar el tema con detalle...


La primera mención a una de ellas, concrétamente de la Colada,  la tenemos en la serie 58 del Cantar de Mio Cid, cuando éste se la arrebata al conde de Barcelona Berenguer Ramón II el Fratricida tras derrotarlo en la jornada del pinar de Tébar:

Vençido a esta batalla el que en buena hora nasco;
al comde don Remont a preso le a tomado
hi gañó a Colada que más vale de mill marcos.

Así pues, el juglar sólo nos cuenta que, según los usos de la época, Rodrigo Díaz se apodera de las armas del conde. Nos menciona el nombre de la espada y lo valiosa que es, pero no hace ninguna descripción de la misma. Esta batalla, una de las más sonadas victorias del Campidoctor, tuvo lugar en junio de 1090, en un lugar indeterminado que Menéndez Pidal localizó en el término de Monroyo, cerca de la confluencia de los ríos Monroyo y Tastavins, en la provincia de Teruel. Pero la cosa es que ya antes, concrétamente en 1082, las tropas del castellano tuvieron otro encuentro con las del catalán en la jornada de Almenar, y en la que igualmente el conde fue derrotado. Sin embargo, en esa ocasión no le quitó ninguna espada al parecer.

En cuanto a la Tizona o, mejor dicho, Tizón, que era como se la denominaba hasta aproximadamente el siglo XVI, entra en escena en manos de un supuesto rey de Marruecos llamado Búcar, que ataca Valencia y el cual es abatido por Rodrigo precisamente con la Colada. Tras vencerlo, se apodera de su espada Tizón. Lo podemos leer en la serie 118 del Cantar de Mio Cid:

Mató a Búcar, al rey de allén el mar,
e ganó a Tizón que mill marcos d'oro val.
Vençió la batalla maravillosa e grant.
Aquís ondró mio Çid e quantos con elle están.


Pero la cuestión es que éste rey Búcar nunca existió, ni era tampoco rey, ni murió a manos de Rodrigo. En realidad, éste personaje podemos identificarlo con Sir ibn Abu Bakr, un militar de alto rango al servicio del emir Yusuf Ibn Texufin, el almorávide que tanto incordió en aquella época. Éste militar, posiblemente pariente de Ibn Texufin, jamás se enfrentó con Rodrigo Díaz. Su actuación en la península destacó especialmente por derrotar a los emires de las taifas que, una a una, fueron cayendo en manos del almorávide.

Por lo demás, el resto de menciones que se hacen de ambas armas es cuando el Cid las entrega a los infantes de Carrión al desposar a sus hijas, cuando éstos las tienen que devolver a raíz de la afrenta del robledal de Corpes, y cuando el Cid las regala a su sobrino Pedro Bermúdez y a Martín Antolínez, que retan a los infantes por dicha ofensa. Pero ya sabemos que ni los infantes existieron, ni hubo tal afrenta, y la misma existencia de Martín Antolínez es puesta en duda.

Bien, ésta es la parte legendaria de las dos espadas. Sin embargo, "existen" o, al menos, hay espadas a las que se atribuyen dichos nombres. Veámoslas:


A la derecha tenemos el ejemplar que se conservaba en el Museo del Ejército denominado como Tizona. Obviamente, las guarniciones son un añadido posterior a la datación de la hoja, concrétamente del último tercio del siglo XV. Esta espada pudo ser regalada a Pedro Bermúdez (o Per Vermudoz en el castellano de la época) por el Cid a raíz de la muerte de su único hijo varón en la batalla de Consuegra, en 1097, ya que, al parecer, tenía en muy alta estima a éste sobrino suyo. Así pues, la espada fue pasando a través de los siglos y monarcas diversos hasta nuestros días, en que su titularidad era del marqués de Falces. En 2007, el Ministerio de Cultura se retracta de la opción de compra de la espada por considerar que su origen era incierto, y finalmente la adquiere la Junta de Castilla y León por un montante de 1,6 millones de euros, lo que debió poner muy contentito al marqués. Actualmente, se encuentra en el Museo de Burgos. 

En lo tocante a la hoja, que es la madre del cordero, en una investigación llevada a cabo por el profesor Criado, de la Universidad Complutense de Madrid, se pudo comprobar que sí fue contemporánea a Rodrigo Díaz. Al parecer, su forja tuvo lugar en el siglo XI, posiblemente en Toledo, y mediante un sofisticado sistema de templado que hacía que el núcleo de la hoja fuese blando, para resistir los golpes sin romperse, y un filo extremadamente duro y tenaz, lo que la convertían en un arma sumamente resistente y flexible. Éste proceso, según el profesor Criado, consistía en interrumpir la inmersión en agua salinizada con salmuera a fin de obtener estructuras tenaces, forjándola en caliente y cementándola en un horno en el que se depositaban huesos y restos de pieles para controlar la atmósfera de carbono a fin de endurecer solo la superficie de la hoja.

Ésta mide 785 mm. de largo por 450 mm. de ancho y, como se ve, va provista de un vaceo hasta aproximadamente la mitad de su longitud. Si fue fabricada en Toledo, cabe suponer que sus guarniciones originales eran los propios de una espada gineta. Se dice que del tiempo en que se le añadieron las guarniciones que podemos ver actualmente podrían datar las inscripciones al ácido que aparecen en sus dos caras. En una se puede leer: AVE MARIA GRATYA PLENA DOMINUS TECUM, y en la otra IO SOI TISONA FUE HECHA EN LA ERA DE MILE QUARENTA. Esto tampoco me cuadra mucho, ya que cuando en algún escrito o inscripción se refieren a "la era", lo hacen a la Era Hispánica que, como es de todos sabido, iba 38 años por delante de calendario actual. O sea, fue fabricada en el año 1002. Sin embargo, dicha era estuvo en vigor hasta el siglo XIV, o sea, un siglo antes de la supuesta elaboración de los grabados de marras. En definitiva: o el grabador se confundió de calendario o, más probablemente, es anterior a la colocación de las guarniciones que se pueden ver hoy día. 

Resumiendo: la hoja es contemporánea a Rodrigo Díaz. Pero si fue suya o no es imposible de saber. Y en cuanto al nombre, es más que probable que fuese el habitual en las espadas forjadas mediante éste sistema. O sea, que más que un nombre era un tipo de espada. Las espadas tizonas, que sería lo mismo que si decimos espadas ginetas, o espadas de mano y media: nos referimos pues a tipologías o métodos de fabricación, no a nombres propios. De ahí, quizás, que Ramón Berenguer I regalara una al conde de Urgel, fabricada mediante el mismo método y procedente de los talleres toledanos.



La otra Tizona la tenemos en la Armería del Palacio Real, la cual podemos ver a la derecha. Procede del tesoro de los Reyes Católicos del alcázar de Segovia. Figura en el inventario de dicho tesoro como "una espada que se dice Tizona, que fue del Cid, tiene un canal por medio de amas (sic) partes con unas letras doradas". Así pues, como lo que dice en inventario no es gran cosa, vamos a observarla detenidamente, que seguro sacamos más en claro. La hoja es un claro ejemplo del tipo XII de Oakeshott: es una hoja para espada de una mano, de sección lenticular, de entre 81 y 86 cm. de largo, con un ahusamiento progresivo hacia la punta, no excesivamente aguzada, y provista de una acanaladura que se va estrechando hacia la punta y con una longitud de unos 2/3 de la hoja. Su espiga es plana y con los lados casi paralelos. O sea, un tipo XII clavado. Pero la cosa es que el tipo XII estuvo vigente, a pesar de ser el más común durante la Edad Media, entre los años 1170 y 1350. O sea, es unos 80 años posterior al Cid.

Así pues, las dos supuestas Tizonas que están consideradas como tales, la primera es contemporánea al Cid, pero imposible de corroborar que fue de su propiedad, y la segunda fue fabricada después de su muerte.

Vayamos ahora con la Colada. Tenemos una Colada en la Armería del Palacio Real. Y, al igual que de la Tizón hay al menos una referencia histórica, como ya se ha comentado, de la Colada no hay ni una. ¿Damos crédito al juglar que compuso el Cantar de Mio Cid, y admitimos que éste le arrebató una espada con ese nombre al conde de Barcelona? Allá cada cual. Pero me temo que ésta no habría pertenecido al conde. Veamos por qué...



A la derecha tenemos la espada. Las guarniciones son, como en el caso de la Tizona, un añadido bastante posterior, concrétamente del siglo XVI. Así pues, vamos a ceñirnos a la hoja. Durante mucho tiempo se dio por sentado que se trataba de la genuina Colada, si bien investigaciones recientes han afirmado que, en realidad, se trata de una hoja fabricada hacia el siglo XIII por un espadero toledano por nombre Salvador de Ávila. Así mismo, aseguran que se trata de una espada que aparece en el Inventario de las Armas de Segovia como "Lobera", por lo que afirman que se trata de la Lobera del rey Fernando III. Sin embargo, una espada con el mismo nombre está en la catedral hispalense junto a su propietario, así que vete a saber. En cualquier caso, lo que si parece demostrado es que no se trata de la Colada cidiana. A falta de más datos que permitan datarla, me limitaré a ceñirme a su morfología, que es lo más tangible. Como se puede ver, es una hoja ancha, con un suave ahusamiento hacia la punta redondeada y de sección lenticular. Va provista de una amplia acanaladura en casi todo su recorrido. Esto nos permite encasillarla como un tipo X de la Tipología de Oakeshott. En ese caso, la datación que se le da es incorrecta, ya que esta tipología estuvo en vigor hasta el año 1200, o sea, que o la fabricaron muy al principio del siglo XIII, o se trata de un ejemplar, digamos, tardío. Así pues, esta hoja pudo ser perfectamente contemporánea al Cid ya que estaban en uso en el siglo XI. Otra cosa es que fuese la que, según la leyenda, le arrebató al catalán tras la jornada del pinar de Tébar. 

Conclusiones:

1. En absoluto podemos tomar como una referencia fiable el Cantar de Mio Cid. Si su autor no fue capaz ni de dar los verdaderos nombres de las hijas del castellano, coligo que meterse en nombre de espadas nos supone un dato irrelevante.

2. Salvo que un determinado objeto haya sido depositado en un lugar desde el primer momento y conservado sin pasar de mano en mano durante siglos, veo sumamente atrevido asegurar que perteneció a un personaje en concreto. Las reliquias del pasado, ya sean espadas o huesos de santos, siempre ha sido objeto de codicia, y muchos los que han jurado y perjurado que dicho objeto era propiedad de un personaje con tal de sacarle un precio jugoso.

3. En el caso de Rodrigo Díaz, cuyo heredero varón murió antes que él, el problema se acentúa. Las espadas no se legaban a las hembras, así que posiblemente, casi con seguridad, las dio en herencia a varones allegados suyos: su sobrino Pedro Bermúdez, su primo Álvar Fañez... En ese caso, ellos las conservarían y, naturalmente, las usarían caso de haber sido dos espadas. Pero las espadas se deterioran, se rompen, o incluso se reciclan. Lo que pudo ser de ellas es simplemente un enigma de imposible resolución. 

4. Por otro lado, es evidente que el Cid ya tenía su propia espada antes de ganarlas en combate. Y posiblemente más de una, tratándose como se trataba de un hombre que dedicó toda su vida a la guerra. Igualmente, sus armas no serían precisamente de mala calidad. Los dineros que ganó como señor de la guerra le permitían adquirir las mejores armas del mercado. Así pues, más lógico parece pensar que las que obtuvo como botín de guerra las dejó como recuerdo, o igual las regaló sin más, o incluso las vendió, práctica ésta muy habitual en la época. Lo lógico es que siguiera usando su espada habitual, a cuyo peso y equilibrio estaba más que acostumbrado. 

6. Que haya uno o posiblemente dos ejemplares contemporáneos a su persona no demuestra nada. Hay muchas espadas de la misma época que son totalmente anónimas pero muy similares en apariencia. Y que una de ellas haya llegado a nosotros por herencias y regalos de monarcas a nobles, como es el primer ejemplar mostrado, o porque figuran en un inventario medieval como tal tampoco demuestra nada. Más reliquias hay con certificado de autenticidad firmado por el mismo Papa y los huesos proceden de fosas comunes y vendidos como los auténticos de san Fulanito para sacar pasta.

Así pues, que cada cual crea lo que prefiera. Yo, por mi parte, considero que no existen las espadas de Rodrigo Díaz. La Colada y la Tizona son leyenda.

Hale, he dicho...