miércoles, 2 de enero de 2013

El estilete, arma de asesinos




El estilete (del latín stilus, punzón) no nació como la alevosa arma que generalmente se suele identificar con sicarios y matones a sueldo. En realidad, fue una modificación de las dagas de arandelas a raíz de la necesidad de vulnerar las cada vez más completas y sofisticadas armaduras de placas renacentistas, que cubrían hasta los más mínimos resquicios del cuerpo. Así pues, las dagas de arandelas se vieron reducidas de tamaño, y sus hojas se estrecharon hasta convertirlas literalmente en agujas capaces de penetrar por los ocularia de los almetes y borgoñotas, o por las estrechas rendijas entre las launas de las hombreras para apuñalar en los ojos o las axilas, actuando como misericordias.




Así pues, inicialmente, los estiletes tenían la apariencia de una daga de mano izquierda, con un generoso arriaz y el típico pomo en forma de pera de estas armas. Las hojas, por el contrario, eran sumamente delgadas y desprovistas por lo general de filos, por lo que su sección era triangular, romboidal o cuadrangular, lo que les daba una mayor capacidad de perforación como desmalladores.  En la foto superior podemos ver un ejemplo, fabricado en Centroeuropa y provisto de una hoja de sección romboidal de 28 cm. de longitud. Dicha hoja, de apenas 1,2 cm. de ancho, es sumamente rígida y está perfectamente capacitada incluso para perforar los forros de malla que llevaban en las axilas y demás puntos vulnerables los jubones que se vestían bajo las armaduras. Su arriaz permite empuñar y clavar con fuerza sin que se deslice la mano hacia la hoja, a lo que también ayuda el torzal de alambre que cubre dicha empuñadura. 

La progresiva desaparición de las armaduras a finales del siglo XVI debido a la proliferación de las armas de fuego no supuso la desaparición del estilete. Aunque su uso como arma secundaria en las panoplias de los combatientes dio paso a las dagas de detener, los estiletes fueron modificados, especialmente en Italia, para ser usados como arma oculta ya que las leyes de la época eran cada vez más restrictivas en lo tocante a la permisividad para portar armas por los civiles. Así pues, bastó reducir el tamaño de la empuñadura y guarniciones para obtener un arma que podía ocultarse en cualquier sitio, desde una liga femenina a la manga de una camisa o un jubón. Esto dio pie a ser el arma predilecta de los asesinos a sueldo que tanto proliferaron en aquella época, en que las venganzas y ajustes de cuentas se saldaban en callejones oscuros a cambio de unas cuantas monedas. 





Su forma de fabricación y su morfología variaron pues conforme a ésta necesidad. Las hojas, que anteriormente eran una pieza suelta encastrada en la empuñadura, dio paso a formar un conjunto mediante la forja de toda el arma fabricada en una sola pieza, trabajando a torno la empuñadura y el mínimo arriaz, tal como vemos en la foto de la derecha.  Dicha pieza, fabricada en Italia hacia 1620, tiene una hoja de sección romboidal de 20 cm. y una anchura de apenas 6 mm., lo que nos puede dar una idea de su capacidad para perforar incluso los gruesos ropajes al uso de la nobleza de la época. Como vemos, su mínimo tamaño permitiría ocultarlo en cualquier parte del cuerpo pasando desapercibido a los ojos tanto de guardias como de la posible víctima.





Pero el ingenio de los asesinos de la época iba a veces más allá de asestar una certera puñalada, y para garantizar la eficacia de su trabajo recurrían incluso al veneno vertido en las acanaladuras de las hojas. En la foto de la izquierda tenemos un ejemplo bastante gráfico: se trata de una pieza fabricada en Brescia (Italia) hacia 1660 con una empuñadura primorosamente cincelada. Su hoja es de sección triangular, de 19 cm. de largo y 1 cm. de ancho. En cada una de sus caras lleva una profunda acanaladura donde se podría verter el tósigo que rematase la faena por si la puñalada no acababa con la vida de la víctima. Su peso, de apenas 105 gramos, así como su tamaño, permitirían ocultarlo sin problemas hasta que llegase la hora de actuar.




En otros casos, en vez de acanaladuras se recurría a pequeños vaceos a lo largo de la hoja, como el ejemplar que aparece en la foto de la derecha. Si ampliamos la imagen podremos ver que en cada una de las caras de la hoja de sección romboidal del arma aparecen tres vaceos de forma ovalada, donde también puede verterse el veneno de turno y escabechar al sorprendido acreedor o enemigo político en un santiamén.




Sin embargo, no todas las hojas de los estiletes iban provistas de estos ingeniosos envenenadores. Había quien prefería una buena hoja sin más, que si se sabía usar bastaba y sobraba para aliñar a cualquiera. A la izquierda podemos ver una de ellas. Consta de una hoja de sección romboidal de 21 cm. de longitud y 11 mm. de ancho. El peso total del arma es de solo 155 gramos. Estas hojas, por su mínima sección, apenas causaban hemorragias, por lo que más de una vez algún que otro asesinado no se percataba de que lo habían liquidado hasta que caía al suelo ya sin fuerzas, pensando que, por la poca sangre vertida, apenas había sufrido un puntazo de poca importancia. Pero, al parecer, había asesinos tan diestros en el manejo del estilete que, sin desclavar del todo la hoja, la movían en varias direcciones dentro del cuerpo, ocasionando terribles daños sin que exteriormente la herida tuviera una apariencia aparatosa. Recuerdo que hace ya muchos años leí no recuerdo donde (¿podría ser en "La cartuja de Parma"?) como un asesino mata a una dama noble con un estilete y, mientras hurga con su arma en el pecho de la misma, le pregunta si notaba que le había alcanzado el corazón. Hay que tener la sangre de horchata para eso, ¿no?




Estas armas estuvieron en uso hasta el siglo XIX, casi siempre en manos de sicarios en Italia, Sicilia e incluso Francia. Hoy día, bajo el nombre de estiletes son conocidas las navajas automáticas que siempre aparecen en las pelis en manos del malo maloso de turno y que están prohibidísimas en nuestro Reglamento de Armas y Explosivos. Aunque obviamente no tienen nada que ver con los estiletes de época, sus aguzadas hojas y el mal uso que se les suele dar creo que es lo que ha hecho que se identifique a éste tipo de navajas con los estiletes renacentistas. En todo caso, en lugares como Sicilia hay incluso escuelas donde se enseña la esgrima con estas armas, y hasta hay por ahí un curioso manual escrito por un tal Vito Quattrocchi que se titula "La hoja siciliana. El arte de la lucha con el estilete siciliano". Se puede encontrar en la red, así que los amantes de estas cosas ya tienen donde ilustrarse. Como siempre, declino todo tipo de responsabilidad ante posibles puñaladas y tajos en mal sitio, y recuerdo que la tenencia de navajas automáticas está prohibida, que luego no quiero líos como posible inductor y tal. Lo prevengo porque la lectura del manual en cuestión no es apto para psicópatas y ciudadanos con cierta tendencia a la cólera.

Hale, he dicho...