domingo, 5 de enero de 2014

Las señoras de la guerra: mujeres de armas tomar I



Grupo de féminas poniendo las peras a cuarto a las tropas asediadas en una fortaleza. Y eso que la mayoría solo
les tiran piedras, pero con muy mala leche y muy buena puntería


Preclaro ejemplo de lo peligrosas que son las féminas cuando
se cabrean. Que se lo pregunten a los gabachos del grabado.
¿Quién no ha sentido un escalofrío recorriéndole el espinazo cuando la parienta le sorprende a las 3 de la mañana junto a la nevera dando buena cuenta de la masa de las croquetas? ¿Quién no ha sentido un repentino encogimiento umbilical cuando la suegra ha dado con el escondite de la preciada colección de revistas cochinas o soltándole una colleja al retoño del cuñado más abominable que, casualmente, es el hijo favorito del monstruo? Precisamente por eso es de todos sabido que el mujerío, cuando se pone en plan bravo, tiene más peligro que un cultivo bacteriológico de antrax en manos de un macaco psicópata. De hecho, nuestro suelo patrio ha dado hembras cuyos redaños no solo han igualado, sino incluso superado, al de muchos varones. ¿Quién no ha escuchado hablar de María Pita o de Agustina Saragossa, las cuales plantaron cara a los hijos de la maldita Albión y los gabachos respectivamente? 

Sin embargo, estas buenas señoras no eran en sí nobles o reinas, sino personas normales y corrientes que, cuando la cosa se puso chunga, sacaron a relucir más arrestos que un rinoceronte cabreado y, tras demostrar su arrojo y valentía, retomaron sus vidas de siempre sin más. Así pues, la entrada de hoy no hará referencia a estas heroínas de circunstancias sino a mujeres en las que, por motivos diversos, cayó el peso de la gobernanza en unas épocas en que eso era cosa de hombres, con lo cual tienen más mérito si cabe. Empezaremos con Æthelflæd, señora de los mercios.

Esta valerosa mujer, de nombre un tanto impronunciable para nuestras lenguas hispánicas, era hija del rey de Wessex, Alfred. Se desconoce su fecha de nacimiento, pero debió ser hacia el año 870 aproximadamente. En aquellos tiempos, los vikingos andaban todo el día a la gresca con los habitantes de la brumosa Albión ya que no paraban de saquear y arrasar bonitamente todo lo que pillaban. De hecho, durante el reinado del tal Alfred habían dejado convertido en un solar East Anglia, Northumbria y Mercia, y Wessex lo tenían casi sometido. Fue el rey Alfred el que logró detenerlos y sellar un pacto con los vikingos para repartirse las tierras y vivir razonablemente en paz. Cuando Alfred pasó a mejor vida, Æthelflæd se casó con un noble de Mercia llamado Æthelred, el cual se dedicaba a meter en cintura a los daneses mientras nuestra protagonista gobernaba y se preocupaba de fortificar sus dominios.

Representación romántica de la batalla de
Tettenhal
El 5 de agosto de 911, Edward, rey de Wessex, dio una batalla en un lugar llamado Tettenhall  contra los malvados daneses en la que participó el marido de Æthelflæd. A pesar de saldarse con una gran victoria, Æthelred se largó a reunirse con sus ancestros y dejó completamente viuda a Æthelflæd, que debía contar en esa época con unos 40 años. Esto no la acoquinó en absoluto, así que tomó el mando de forma oficial, porque en la práctica ella era la que cortaba desde siempre el bacalao en Mercia, y se autonombró myrcna hlaefdige, o sea, señora de los mercios. Al decir de los cronistas, Æthelflæd tenía un especial talento no solo para temas políticos, sino también militares. En los comienzos de su gobierno en solitario impulsó una notable campaña de fortificaciones: en 913 se fortificaron Tamworth y Stafford, en 914, Eddisbury y Warwick, y en 915 Chirbury, Weardburh y Runcorn. Las ciudades que no disponían de defensas naturales eran cercadas con murallas de tierra al estilo romano, o sea, taludes precedidos de un foso. Ojo, estas defensas no eran precisamente despreciables ya que los taludes tenían unos 3 metros de alto, a lo que había que añadir la profundidad del foso, y 6 de ancho. El talud era a su vez reforzado por la parte interna por un muro de piedra de poca altura. Y nuestra protagonista no solo fortificaba como un ingeniero militar sino que, si se terciaba, incluso se iba a la guerra: en 916 se llevó a cabo una campaña contra los galeses que se saldó con la captura de la mujer del rey de Gales y 33 miembros de su séquito, y en el año siguiente, junto a las tropas de su hermano Edward, rey de Wessex, realizaron un contra-ataque que empujó a los vikingos hasta sus tierras. 


Eduardo el Viejo, rey de Wessex
Sin embargo, nuestra heroína no se quedó en casa zurciendo calcetines, de modo que tras una serie de campañas junto a su hermano Eduardo, a comienzos 917 los vikingos optaron por ofrecerle alianzas y acuerdos al monarca ya que los ejércitos de East Anglia, Cambridge, Bedford, Huntingdon, Northampton y Derby habían desaparecido o no estaban en condiciones de combatir. Al año siguiente se iniciaron nuevas campañas contra Leicester y York, pero la fama que precedía a la belicosa señora facilitó la rendición de ambas poblaciones sin combatir, jurándole lealtad y vasallaje. Solo las dos poblaciones mejor defendidas, Lincoln y Nottingham, se resistieron a someterse a Æthelflæd.



Aspecto actual de las ruinas del priorato de St. Oswald
Sin embargo, su estrella, que se encontraba en el cenit de su fulgor, se apagó de golpe el 12 junio de 918, cuando sin motivo aparente, murió en Tamworth pocos días antes de que los vikingos de York le rindieran pleitesía y dejando a su hermano Eduardo bastante contrito. Y no solo por la pérdida del ser querido, sino de la poderosa y leal aliada que le había permitido acrecentar enormemente sus dominios. Fue enterrada junto a su marido Æthelred en el priorato de Saint Oswald, en Gloucester, fundado por ella misma entre 880 y 890, en una capilla lateral de la iglesia de San Pedro. La sucedió su hija Ælfwynn, la cual solo gozó del poder durante seis meses ya que su tío Eduardo, temeroso de que su sobrina no estuviera a la altura de la madre, perdiera todo lo ganado con tanto esfuerzo. Así pues, anexionó Mercia a sus dominios de Wessex, poniendo el germen para la unión de Inglaterra, y mandó a su sobrina a un convento para que no le diese por incordiar demasiado o por reclamarle la herencia materna.


Las crónicas de la época no han dejado apenas datos de índole privada sobre su persona o su carácter, dando más relieve a su acción política y militar. Solo un historiador del siglo XII, William de Malmesbury, legó a la posteridad algunos datos como, por ejemplo, el que tras su primer parto se negó a volver a dormir con su marido ya que el alumbramiento fue al parecer especialmente doloroso. Para actuar así alegaba "que era indigno de la hija de un rey deleitarse para, al cabo del tiempo, que dicho placer tuviera dolorosas consecuencias". Por otro lado y  a pesar de sus amplios dominios, nunca aceptó ser tratada como reina, prefiriendo el título de señora de los mercios. Curiosamente, aunque a su hermano Eduardo le parecía bien dicho título, sus vasallos la llamaban reina. En todo caso y cuestiones honoríficas aparte, lo que sí es absolutamente incuestionable es que el reinado de Æthelflæd junto al de su hermano fue el principio del fin de la dominación extranjera en la brumosa isla. Como vemos en el mapa superior, la expansión del reino forjado por ambos hermanos empujó hacia el este a los invasores, formando la actual Inglaterra y quedando Gales al oeste y Escocia al norte.


Monumento erigido a Æthelflæd en Tamworth.
El crío que aparece junto a ella es su sobrino Æthelstan,
futuro rey de los anglosajones. Como dato curioso,
señalar que Æthelstane significa "Piedra vieja"




Indudablemente, Æthelflæd se ganó merecidamente el tratamiento que le dieron en los Anales del Ulster: FAMOSISSIMA REGINA SAXONVM, famosísima reina de los sajones.

Bueno, ya seguiremos contando cosas sobre hembras bravas.


Hale, he dicho

2 comentarios:

historiasmalditas dijo...

Estimado Amo del Castillo:
Acabo de descubrir esta entrada entre el polvo de tres años.
Y como es más fácil pedir que agradecer, casi cosa de cuñados, ruégole que, si lo tiene a bien, continúe con las historias de estas féminas con más, si se me permite la palabra, «güevos» que muchos hombres. De hecho tenían unos o varios.
Por supuesto, la entrada alucinante.

Amo del castillo dijo...

Ciertamente, más de una vez y más de dos he acometido la continuación de esta temática mujeril pero, por una cosa o por otra, al final he cambiado de tercio. En fin, soy la antítesis del método, ya sabe... No obstante, tomo buena nota de su sugerencia porque es verdad que es un tema interesante y, además, bastante desconocido en general.

Un saludo y gracias por su comentario