sábado, 21 de febrero de 2015

Estoques



Ante todo, se me espanten los anti taurinos porque estos estoques de los que hablaremos hoy no tienen nada que ver con las peculiares espadas con que los diestros finiquitan a los nobles y fieros toros hispanos. Antes al contrario son una tipología de espadas que, ciertamente, resultó bastante longeva y que dio pie a la creación de una de las armas con la impronta más española que se ha creado: la espada ropera. Pero no nos adelantemos y vayamos paso a paso...

Fragmento de la Biblia Maciejowski (c. 1240) que nos
muestra los demoledores efectos de las espadas diseñadas
para herir de filo.
Tal como pudimos ver en la serie de entradas dedicadas a las armaduras de transición, a partir del siglo XIII se empezaron a introducir en las panoplias de los hombres de armas y profesionales de la guerra diversas piezas rígidas que, inicialmente, estaban fabricadas con cuero hervido y más adelante por placas de hierro que cubrían tanto el tronco como las extremidades de los combatientes. Aunque las espadas al uso en la época seguían siendo las herederas de las antiguas espadas vikingas, armas formadas por una poderosa hoja muy ancha y una amplia acanaladura central que les daba gran flexibilidad y, por ende, ideales para herir de filo, era evidente que para dejar fuera de combate a un enemigo bien armado ya no valían. Esto no quiere decir, como es lógico, que esa tipología de espadas quedara relegada a la obsolescencia en dos días ya que la inmensa mayoría de los peones que nutrían las milicias de la época no disponían de armamento pasivo adecuado y, como podemos imaginar, los caballeros y hombres de armas seguían escabechándolos bonitamente propinándoles tajos bestiales que podían descabezarlos de un golpe o hundirles la hoja en sus atribulados cráneos hasta los dientes sin mucho problema. Pero lo que estaba cada vez más claro es que las potentes espadas al uso hasta esa época ya no valían para aliñar a un combatiente que iba cada vez más forrado de hierro en forma de lorigas y cotas de placas que, ya en el siglo XIV, se convirtieron en armaduras de platas prácticamente impenetrables.

Así pues, los armeros tuvieron que aplicarse el cuento y buscar nuevos diseños que permitieran vulnerar las cada vez más sofisticadas armaduras ante las que espadas ya no podían hacer nada. De hecho, una simple protección de cuero hervido no podía ser tajada por el filo de una de ellas, y solo haciendo uso de pesadas hachas, martillos de guerra o de mazas se podía intentar neutralizar a un enemigo bien armado. De ese modo surgió una nueva tipología cuyas hojas ya no eran anchas ni provistas de acanaladuras, sino estrechas, de sección romboidal y provistas de unas puntas aguzadas literalmente como agujas. Eran los estoques, término éste que, según Almirante, proviene del alemán stock si bien Leguina añade dos términos más hispanos aunque menos conocidos: espetones y espiches. Por cierto que de este último es de donde colijo debe venir lo de espichar. O sea, uno la espichaba cuando lo finiquitaban de un golpe de espiche. A la izquierda podemos ver uno de estos estoques, datable en este caso entre 1270 y 1350. La hoja es una pieza triangular de 74,5 cm. de longitud, 5,7 cm. de anchura y sección romboidal que la hacen mucho más rígida que sus antecesoras. La espiga se ha convertido en una fuerte pieza de sección rectangular y está rematada por un pomo discoidal. Todos estos detalles se traducen en un arma diseñada para herir de punta, valiéndose incluso de las dos manos: una empuña y la otra apoya la palma en el pomo para aumentar la fuerza del empuje, a lo que ayuda su peso: 1.450 gramos, lo que supone una masa muy elevada si la comparamos con los apenas 1.000 gramos de una espada destinada a herir de filo. De ese modo sí podían vulnerarse las cada vez más tupidas lorigas o incluso las placas de las cotas de la época. Por otro lado, no tardaron mucho en surgir las empuñaduras de mano y media (detalle inferior de la imagen) ya que una sola mano valía para dar tajos, pero no siempre para imprimir la suficiente energía a una estocada.

A lo largo del siglo XIV, las hojas fueron haciéndose cada vez más estrechas y puntiagudas en la misma proporción en que las armaduras de platas se iban haciendo más complejas y dejaban cada vez menos resquicios por donde clavar. Del mismo modo, algunas hojas eran de sección hexagonal como la que vemos a la derecha, un arma datada entre 1370 y 1400 y con una longitud de 82 cm. Dicha sección evolucionaba hacia la romboidal a medida que se aproximaba a la punta. El conjunto resultante era una hoja extraordinariamente rígida que, a pesar de su aparentemente escasa robustez, era como si empuñásemos un puntero de picapedrero. En algunos casos tenían una acanaladura que ocupaba solo el primer tercio de la hoja y, por norma, siempre de muy escasa profundidad para no hacerle perder rigidez. En cuanto al pomo es de los denominados como "de frasco de perfume", muy adecuados también para apoyar la palma de la mano.

Los estoques eran la única opción viable contra las armaduras que, ya a finales del siglo XV, se habían extendido por toda Europa. Y no solo entre los caballeros sino incluso entre hombres de armas con medios económicos e incluso soldados a sueldo que con la introducción de las brigantinas podían permitirse disponer de un armamento defensivo adecuado. El ejemplar que vemos en la foto superior data de 1460 y su hoja de 86 cm. de largo  tiene una sección que le da aún más rigidez: el primer tercio es hexagonal, y los dos siguientes romboidales. Y para aumentar su resistencia, una larga y fina nervadura recorre toda la hoja, dándole a la punta una sección casi cruciforme, similar a la de las bayonetas de cubo. Un puntazo bien colocado en una axila, entre las rendijas de la armadura, en la ingle o en el visor podía significar verse con varios centímetros de acero en el cuerpo que bastaban para que el enemigo espichara de forma gloriosa y eficiente.

Como vemos, una espada con una hoja de esa longitud y una empuñadura
de mano y media podía acomodarse perfectamente bajo el brazo y
empuñarla por la hoja ya que estas, al estar destinadas a herir de punta,
no estaban afiladas.
Una de las peculiaridades del estoque residía, además de en su especial morfología, en que era habitual hacer uso del mismo como si de una pequeña lanza se tratase. En las crónicas de la época hay testimonios de esto, señalando que los caballeros portaban la espada colgando del arzón derecho de la silla a fin de desenvainarla con facilidad cuando perdían o partían la lanza para, a continuación, embrazarla bajo la axila y atacar al enemigo y, por cierto, de forma bastante eficaz. El caso más antiguo que conocemos lo protagonizó Jean de Joinville, canciller de Luis IX de Francia y que tomó parte en la Séptima Cruzada. En la crónica de dicha expedición dejó constancia de como mató a un sarraceno tras embrazar su estoque como si de una lanza se tratase y, tras alcanzarlo, lo pasó de lado a lado cual aceituna rellena de anchoas con un mondadientes. En España, Marineo Sículo narraba como Fernando el Católico se vio en una ocasión seriamente comprometido al no poder desenvainar el estoque que pendía del arzón de su silla de montar, por lo que desde entonces optó por llevarlo siempre ceñido a la cintura.

Por este motivo, a lo largo del siglo XV se fueron alargando las hojas ya que tanto para usarlas como lanza de circunstancias como para ofender a los enemigos a más distancia era lo más ventajoso. El ejemplar de la izquierda, datado hacia 1525, tiene una hoja de 91,7 cm. de largo y apenas 3,5 de ancho, lo que la convierten en un estilete de gran tamaño, perfecto para apuñalar con saña bíblica a los enemigos mejor armados. Por otro lado, su peso la hacían un arma solo apta para hombres fuertes y diestros en el manejo de estas armas ya que alcanza los 1.400 gramos. De ahí que empezaran a fabricarse hojas provistas de recazo, una superficie de unos 3  ó 4 cm. de sección rectangular situada al comienzo de la hoja y totalmente desprovistas de filo que permitía pasar el dedo índice por encima de la cruceta y apoyarlo en la hoja, lo que ayudaba a equilibrar mejor el arma y poder así manejarla con más soltura a pesar de la extremada longitud de la espada.

La proliferación de los estoques, armas que por cierto gozaron de gran difusión en la Península, obligó a los tratadistas de la época a elaborar manuales para su correcto manejo y en los que era habitual ver imágenes como la que aparece a la derecha, en la que dos caballeros armados de punta en blanco usan sus estoques de una forma en apariencia poco o nada ortodoxa para lo que todos consideramos que era la esgrima de la época. Y es que agarrando el estoque por la hoja no solo se podían imprimir puntazos mortíferos, sino trabar la espada del enemigo o incluso usar la cruceta, recta o con una leve curvatura por lo general, como si de un pico se tratara o para hacer caer al adversario, tras lo cual le metían un puntazo en el sobaco, las ingles o en el visor del yelmo y aquí paz y después gloria, amén.

Por último, hacer una breve mención a los pomos usados en los estoques, los cuales eran generalmente de las cuatro tipologías que vemos a la izquierda. En primer lugar tenemos un pomo en forma de pera. A continuación, uno de frasco de perfume. El siguiente es discoidal y, por último, uno en forma de pera plana. Todos ellos, lógicamente, con sus pequeñas variantes y tamaños conforme a los gustos del dueño del arma pero, en todo caso, todos tienen algo en común y no es otra cosa que su forma redondeada y libres de aristas aguzadas que permitían apoyar la palma de la mano para potenciar el empuje.

El estoque, como ya adelantamos al inicio de la entrada, fue una tipología muy longeva ya que permaneció en activo hasta finales del siglo XVI, cuando evolucionaron hacia las espadas roperas que, al cabo, eran estoques llevados a la perfección tecnológica absoluta, armas perfectas para lanzar las estocadas más letales y para la que los maestros de esgrima de la época escribieron los manuales más enjundiosos del mundo. Enfrentarse con un avezado combatiente provisto de una espada ropera con una hoja de más de un metro de largo era tener todas las papeletas para ser aliñado antes siquiera de darle tiempo para encomendarse al Hacedor. Una estocada fulgurante podía atravesarle la cabeza de lado a lado o meterle la punta por el esternón hasta topar con el espinazo.

Bueno, ya está.

Hale, he dicho...

Espada perteneciente a Estore Visconti, muerto en enero de 1413 durante el asedio de Monza. El arma, que apareció en la tumba de este belicoso ciudadano colocada sobre su cadáver momificado, es un preclaro ejemplo de la culminación de los estoques que surgieron a lo largo del siglo XIV. Su hoja mide 70,8 cm. de largo por 5 de ancho, y el peso total del arma es de 1,54 Kg. Como vemos, se trata de una espada robusta, muy pesada y provista de una hoja de sección romboidal lo suficientemente rígida y fuerte como para penetrar la loriga más tupida. Estas armas, a pesar de su aspecto estilizado, eran temibles en manos de un hombre diestro en su manejo