martes, 10 de marzo de 2015

Renault FT 17 1ª parte



La Gran Guerra, como se ha comentado en las diversas entradas que se llevan dedicadas a este devastador conflicto, marcó un antes y un después en el desarrollo y el empleo táctico de nuevas armas que, con el paso de los años, han alcanzado tal nivel de perfeccionamiento que casi parecen de ciencia ficción. No deja de ser curioso que en un lapso de tiempo tan escaso, si lo comparamos con el que ocupa la historia de las guerras entre humanos, se pasara de aviones fabricados con madera y tela a reactores o, como el caso que nos ocupa hoy, de carros de combate que eran latas de sardinas armadas con una ametralladora a monztruoz azezinoz capaces destruir con un 99% de probabilidades de acertar al primer disparo a un carro enemigo situado a dos kilómetros y circulando ambos a toda pastilla.

Aunque por sus modestas dimensiones y su aspecto birrioso y destartalado pueda hacernos pensar otra cosa, el Renault FT fue el germen de donde surgieron los carros de combate modernos. Aunque sus sucesores son máquinas de un tamaño y con una potencia de fuego abrumadores si los comparamos con ese pequeño trasto, la base de su diseño es la misma: puesto de conducción delantero, cámara de combate en una torreta giratoria y el motor en la parte trasera. Se puede decir que casi todos los carros de combate operativos hoy día siguen exactamente el mismo esquema salvo excepciones como el Merkava israelí o algunos blindados ligeros de caballería como el Bradley norteamericano o el Pizarro español, los cuales rompen esa pauta ya que contemplan su uso como transporte de tropas. Así pues, este pequeño carro de combate es pues merecedor de ser conocido a fondo ya que, gracias a sus creadores, se pudo desarrollar el arma acorazada que ahorró a la sufrida infantería multitud de bajas y, lo más importante, mandó al baúl de los recuerdos tenebrosos la infame, cruel y repugnante guerra de trincheras para evolucionar a la igualmente infame, cruel y repugnante guerra relámpago que dio posteriormente lugar a la aún  más infame, cruel y repugnante guerra fría. Veamos pues como se gestó la máquina en cuestión...

ANTECEDENTES

Aunque pueda parecer una imagen sacada de una parada
militar, lo que aparece en la foto es un escuadrón de
coraceros en el frente en 1914. Obviamente, no tardaron
mucho en ser apeados de sus pencos y reciclados en
infantería. La época de las gloriosas cargas había pasado
al olvido por obra y gracia de las ametralladoras.
Ya antes de que estallara el conflicto hubo ciertos intentos de diseñar un vehículo capaz de avanzar por el campo de batalla repartiendo muerte y destrucción + IVA con total impunidad. Sin embargo, como suele ser habitual en los estados mayores de todos los tiempos, un exceso de conservadurismo impidió el desarrollo de nuevas armas que, de haberse realizado a tiempo, posiblemente habría evitado cientos de miles de muertos y habría abreviado el conflicto. Sirva de ejemplo para ilustrar tanto prejuicio chorra el hecho de que algunos altos mandos del ejército gabacho pusieron literalmente el grito en el cielo cuando se propuso abandonar el uniforme tradicional de casaca azul y pantalón y quepis rojo en favor del casco de acero y colores más discretos para el nuevo tipo de guerra que se estaba desarrollando. Alguno incluso berreaba echando espumarajos por la boca afirmando que privar al soldado francés de sus pantalones rojos era poco menos que enviarlo al frente en pelota picada. Así pues, si solo por semejante soplapollez ya había sus más y sus menos, ya podemos imaginar lo que supuso para los vetustos generales que habían participado en la guerra franco-prusiana de 1870 el plantear que la infantería por sí sola no podía hacer nada contra el devastador poder de la artillería y las temibles ametralladoras capaces de aniquilar batallones enteros apenas avanzaban unos metros por la tierra de nadie. 

Jean Baptiste Eugène Estienne
No obstante, siempre hay visionarios que, venciendo la absurda tozudez propia de los ignorantes y los vanidosos que mandan más que nadie, logran hacer ver al personal que si los ejércitos se anclan en las tradiciones aún seguirían combatiendo con piedras y palos. Ese era el caso de Jean Baptiste Estienne (1860-1936), un sesudo militar que, además de ser un innovador en lo tocante al desarrollo de la artillería de la época, fue el pionero que, contra mil y una complicaciones, desarrolló el concepto de carro de combate que ha prevalecido hasta nuestros días. En 1915, el entonces coronel Estienne ya tenía muy claro que si se podía construir un vehículo acorazado sobre orugas que pudiera avanzar por la tierra de nadie, el enemigo se vería incapaz de detenerlo y nada, ni el fango ni las alambradas podrían interrumpir su marcha. Está de más decir que inmediatamente surgieron las voces discordantes de turno alegando que el soldado francés se bastaba solo para ese cometido, y que l'audace era la única herramienta válida para alcanzar la victoria. Pero los poilus tenían los niveles de audace literalmente por los suelos tras las masacres en las que habían visto como sus camaradas caían por decenas de miles a cambio de ridículos avances de pocos cientos de metros en el mejor de los casos, y que sus mandos los enviaban a la muerte hornada tras hornada en su nueva condición de carne de cañón. Obviamente, esto le daba dos higas a los picatostes del ejército, que se limitaban a fusilar por cobardía ante el enemigo a unos cuantos de desgraciados, pero la cosa iba cada vez peor porque el espíritu combativo menguaba cada días más a la vista de que aquella guerra parecía interminable, y que los miles y miles de muertos y heridos no servían para nada.

A pesar de la propaganda, los germanos
les dieron para el pelo a los gabachos
El punto de inflexión llegó en mayo de 1917 tras la enésima masacre absurda, en este caso la batalla del Chemin des Dames (Camino de las Damas), una desastrosa ofensiva planeada por el general Nivelle, a la sazón comandante en jefe del ejército francés. Esta acción se saldó con la friolera de 187.000 muertos y heridos (la cifra real jamás se ha sabido si bien algunos historiadores la elevan hasta las 240.000) en apenas veintitrés días para ganar solo cuatro km. de terreno cuando las previsiones oficiales daban un máximo de 10.000 bajas. Sin embargo, los tedescos apiolaron bonitamente a 40.000 gabachos solo el primer día de la ofensiva. Este desastre acabó en un motín que obligó a tomar medidas so pena de ver al personal largándose en masa de las trincheras, hartos de pasar por un infierno en vida ante la total indiferencia de los jefazos. Tras pasar por las armas a los principales cabecillas de los motines, la primera medida que se tomó fue destituir a Nivelle y mandarlo a Argelia a hacer puñetas, siendo sustituido por Pétain; la segunda fue percatarse de que con l'audace a palo seco aquella guerra podría durar 40 años por lo menos, así que en el estado  mayor empezaron a tomar en serio las sensatas innovaciones que proponía Estienne. 

CONCEPTO TÁCTICO DEL CARRO DE COMBATE A COMIENZOS DE LA GUERRA


Carro británico Mk. IV Male (Macho), armado con dos
cañones de 6 libras y 3 ametralladoras. Estaba tripulado
por ocho hombres. La versión Female (Hembra) iba
desprovista de cañones, pero contaba con dos ametra-
lladoras más.
Mientras los tommys, polius y fritzes caían como moscas en el frente occidental, Estienne no se había dormido en los laureles. Antes al contrario, había diseñado un carro de combate conforme al concepto primigenio que se tenía del empleo táctico de estos artefactos y que coincidía con el desarrollado por sus aliados británicos (Dios maldiga a Nelson). La idea era básicamente la misma que el prolífico Leonardo da Vinci ya había visionado siglos antes: una especie de fortaleza móvil poderosamente armada y capaz de enfrentarse y derrotar al enemigo sin la ayuda o el apoyo de nadie. Eso se traducía en enormes máquinas provistas de cañones y/o varias ametralladoras con tripulaciones de hasta 18 hombres para conducir, manejar y servir el armamento a bordo. 


Así pues, Estienne se las ingenió para poner a punto el que sería su primera creación, la cual estaba considerada oficialmente no como un carro de combate, sino como una pieza de artillería. De hecho, él era el jefe de la denominada Artillería de Asalto o Artillería Especial. El invento resultante fue el Char D'Assaut Schneider CA.1, un carro medio de 16 Tm. armado con un cañón corto de 75 mm. y dos ametralladoras Hotchkiss que iba tripulado por seis hombres. Sin embargo, Estienne se llevó un chasco monumental cuando, en su primera acción de guerra en abril de 1917 en Berry-au-Bac, no solo no surtieron ningún efecto contra el enemigo sino que, además, de los 121 carros que tomaron parte en la operación se perdieron 81 por causas diversas, pero sobre todo debido a que, al ir los depósitos de combustible en la parte delantera, nada más ser alcanzados por la artillería alemana ardían que daba gloria verlos. 


Por otro lado, mientras que Estienne ponía a punto su Schneider, los ingenieros dependientes de la Section Technique Automobile al mando del coronel Rimailho diseñaron otro carro que, en teoría, daría mejores resultados que el diseño del visionario jefe de la Artillería Especial. Se trataba del denominado como St. Chamond, un vehículo provisto de un cañón largo de 75 mm. que, acertadamente en esta ocasión estaba emplazado en la proa del mismo y además era más potente que el del Schneider, si bien su ángulo de tiro horizontal era mínimo. Como armamento secundario estaba equipado con cuatro ametralladoras Hotchkiss, pesaba 23 Tm., y su tripulación se componía de ocho hombres. Sin embargo, el St. Chamond tenía un fallo garrafal, y era su suspensión, muy débil para pasear el tonelaje del carro por los abruptos campos de batalla, cosa que al parecer no habían tenido en cuenta sus diseñadores. Tal como vemos en la foto superior, la desproporción entre el vehículo y el tren de rodaje era notable, hasta el extremo de que lo apodaban "el elefante con patas de gacela". De hecho, en su primera acción el 5 de mayo de 1917 en el sector de Laffaux no tuvo precisamente un debut glorioso debido a las averías y roturas en la suspensión.


Los alemanes, verdaderos maestros en el arte de fortificar,
levantaban alambradas de hasta 50 metros de ancho, lo
que era absolutamente infranqueable para la infantería
salvo que previamente la artillería propia las barriese a
cañonazos durante las inacabables preparaciones artilleras
previas a los ataques. Precisamente, una de las misiones
de los carros de combate sería la de abrir paso a los
infantes por estos infiernos de púas.
No obstante y a pesar de la multitud de complicaciones que había surgido, el concepto táctico del empleo en masa de carros de combate con apoyo de la infantería para arrollar las posiciones enemigas era bueno. Aunque la tecnología disponible no era aún lo suficientemente avanzada como para sacar el máximo jugo posible a estos ingenios, su presencia en los campos de batalla supuso un golpe de efecto tremendo entre los alemanes, que no se esperaban ver aparecer aquellos dinosaurios de metal ante ellos en las primeras acciones en las que tomaron parte en 1916. Los británicos demostraron que el peso y el empleo en masa de estas máquinas podían arrollar sin problemas las diabólicas alambradas germanas, y la infantería que marchaba tras ellos lo hacía sin padecer esa inquietante sensación de que iban derechos al matadero. No obstante, este tipo de carros adolecía de una serie de defectos imposibles de solucionar, a saber:

  1. Eran muy lentos. Apenas superaban la velocidad de un hombre marchando a buen paso si iban por carretera. Si lo hacían campo a través, su lentitud los convertía en monumentales tortugas.
  2. Su gran tamaño los convertía en blancos perfectos. Aunque aún no se habían inventado los cañones diseñados específicamente para la lucha contra-carro, los alemanes disponían de un arma ideal para esta finalidad: el Feldkanone modelo 96 de 7,7 cm. (los alemanes siempre daban los calibre de estas armas en centímetros), capaz de perforar sin problemas los delgados blindajes de la época, ideados para resistir el fuego de las ametralladoras pero no el de un cañón.
  3. Su tamaño y su peso hacían casi siempre muy complicado avanzar por terrenos literalmente convertidos en un queso de Gruyère y con miles de cráteres llenos de agua y lodo que los engullían sin remisión. De hecho, lo habitual era perder varios carros en cada acción por este motivo.
  4. La rudimentaria tecnología mencionada anteriormente hacían muy complicado hacer funcionar con regularidad estos chismes. El mantenimiento era complejo, recuperar los carros averiados era casi siempre imposible, y las roturas y el mal funcionamiento de muchos componentes hacía que el número de carros operativos fuese siempre muy inferior al de los inútiles.
  5. El más importante: la artillería principal estaba emplazada de forma que batían preferentemente los objetivos situados a los costados del carro cuando, en realidad, donde deberían apuntar era hacia el frente, dejando las ametralladoras para batir a los enemigos que se acercasen por los flancos. De hecho, en el caso del Schneider habría que girar el carro hacia la izquierda si se quería tener un campo de tiro razonablemente amplio hacia el frente, lo cual suponía tener que detenerlo y quedar inermes hasta que se efectuaba el disparo y se ponía de nuevo en marcha.
Female británico portando su fajina. Cuando el carro
llegaba al borde de la zanja, era liberada desde el interior
del mismo.
Y a toda esta lista de inconvenientes habría que añadir una más, y es que los alemanes no eran precisamente unos enemigos que no aprendían de las lecciones recibidas, así que ante la perspectiva de ver como sus eficaces y temidos nidos de ametralladoras fuesen aplastados por los carros de combate, se pusieron rápidamente manos a la obra para contrarrestar la amenaza con su habitual eficiencia teutónica. En primer lugar, fortificaron las posiciones de sus ametralladoras en forma de pequeñas casamatas de hormigón, material contra el que los pequeños cañones de los carros no podían hacer nada. En segundo lugar, tomaron medidas para desplazar inmediatamente a primera línea las piezas de 7,7 cm. si se preveía un ataque de carros y, por último, idearon las zanjas contra-carro, unas trincheras más anchas de lo habitual que impedían el paso salvo que, como hicieran los ingleses, cada carro portara sobre sí una enorme fajina que, tras ser lanzada al interior de la zanja, permitiera franquearla. De hecho se llegaron a diseñar algunos rudimentarios pontones portados por los mismos carros si bien no llegaron a ser realmente eficaces.

Este era el peor escenario posible que se podía presentar a
una unidad de carros de combate: centenares de metros de
tierra de nadie convertida en una masa fangosa y llena
de cráteres.
Pero entre los retrasos debidos a la burocracia militar, a los absurdos prejuicios y conceptos pasados de moda de los estados mayores y a la evidente deficiencia de los diseños puestos en combate, la cosa es que los carros de combate ya no eran el arma decisiva que podrían haber sido. Los alemanes no tardaron en encontrar sus debilidades y, a pesar de que los aliados pusieron en juego cantidades cada vez más importantes de máquinas, estas no acababan de doblegar al disciplinado ejército germano. Así pues, el concepto táctico inicial del carro de combate se fue definitivamente a hacer gárgaras y los enemigos de las innovaciones se regocijaron enormemente pensando que se habían salido con la suya, y que lo único que haría ganar la guerra sería la dichosa audace que, en 1917, había costado ya cientos y cientos de miles de bajas al ejército gabacho. Pero, afortunadamente para ellos, hombres como Estienne no dejaban de devanarse el magín para dar con nuevas soluciones y, naturalmente, las encontró. Era un nuevo concepto táctico denominado como "teoría de la abeja", el cual contó desde el primer momento con la negativa y el recelo habitual de los majaderos de turno encabezados por el Ministro de Armamento Albert Thomas el cual, aparte de no saber un carajo de nada, no paraba de poner trabas y pegas a todo lo que le proponía Estienne hasta que, afortunadamente para su país, fue cesado en septiembre de 1917 por sus desavenencias con Pétain, que veía claramente que la guerra no se ganaría gracias a l'audace, sino a la potencia de fuego.

Bueno, en la próxima entrada seguiremos. Por hoy ya vale.

Hale, he dicho...


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