lunes, 20 de abril de 2015

Las balas Minié y sus terribles efectos 1ª parte


Fusileros del 68º Rgto. de Infantería Ligera de Durham en Crimea. Este conflicto, que duró entre 1853 y 1856,
supuso el bautismo de fuego para este tipo de munición.

Brochadora para estriar cañones
Aunque algunos autores afirman que las armas con cañón estriado ya se fabricaban a finales del siglo XVI, la tecnología del momento no permitía ni la manufactura en masa de las mismas y, por otro lado, los conocimientos en balística tampoco habrían permitido el aprovechamiento de este tipo de cañones. De hecho, incluso cuando ya se habían ideado máquinas capaces de elaborar estriados con rapidez y precisión seguía siendo inviable el uso militar de los cañones rayados debido a que, para obligar al proyectil a tomar las estrías, era preciso introducir la bala forzándola a golpes o bien envolviéndola en un calepino de tela o de cuero previamente engrasados. A eso había que añadir el hecho de que la combustión de la pólvora negra produce tal cantidad de residuos que,  al cabo de pocos disparos, la suciedad hacía casi imposible introducir la bala en el cañón; para rematar la cosa, al no lograrse una obturación perfecta el viento balístico actuaba como un soplete al escapar entre las estrías y la bala, fundiendo parte del plomo el cual se quedaba depositado en el fondo de las estrías y causando un emplomado en las misma que, aparte de ser muy difícil de eliminar, también restaba precisión al arma. Así pues y como es evidente, ambos sistemas eran inapropiados para una infantería cuya misión era mantener una cadencia de tiro lo más elevada posible, cosa que solo podían conseguir con los mosquetes de ánima lisa que les permitían efectuar tres o cuatro disparos por minuto. 

Estas descargas cerradas podían tener como resultado
no abatir a un solo enemigo
Sin embargo, el precio que se pagaba por poder mantener esa cadencia de fuego se traducía en la obligación de seguir empleando armas con el mismo tipo de ánima que las que se usaban en el siglo XV. O sea, que en más de 300 años solo había variado el mecanismo de disparo, pero los cañones seguían siendo los mismos. De hecho, los cerebros pensantes de finales del siglo XVIII y principios del XIX se dieron cuenta de un detalle nada baladí: la imprecisión de los mosquetes al uso en esa época requerían un gasto simplemente abrumador para, a cambio, obtener unos resultados tan birriosos que casi traía más cuenta tirar piedras al enemigo. Veamos algunos datos: Sir James Emerson Tennent (1804-1869), en su obra "La historia de las armas" publicada en 1864, señala que en la batalla de Los Arapiles, cuando el enano corso y su horda de psicópatas violadores y saqueadores de tumbas se dedicaban a arrasar Europa de cabo a rabo, se produjeron 8.000 bajas gabachas para lo cual fue necesario disparar la friolera de tres millones y medio de cartuchos, lo que traducido a cifras porcentuales nos daría que para abatir a un gabacho eran precisos nada menos que 437 disparos. El general Jean-Jaques Gassendi (1748-1828), inspector general de la artillería del enano corso iba más lejos, asegurando que eran precisos 3.000 cartuchos para apiolar a un enemigo. O sea que, como podemos ver, era una opinión generalizada el que la rentabilidad de los mosquetes de ánima lisa era similar a la de una tienda de neveras en la Antártida. El coronel Schlimmbach, de la artillería prusiana, expresaba esto mismo pero de forma más expeditiva, muy en la línea de sus conmilitones germánicos: para dejar fuera de combate a un enemigo eran precisos su peso en plomo y diez veces su peso en hierro. En definitiva, costaba un ojo de la cara enviar al otro barrio al adversario y, para colmo, esa descargas cerradas contra los cuadros de infantería enemiga que avanzaba a pecho descubierto hacían mucho ruido, pero la cosecha de nueces era ínfima. De ahí que el arma que verdaderamente solventaba las batallas hasta aquella época era la bayoneta. El resto era más humo que otra cosa.

Ante ese cúmulo de datos tan demoledor, estaba claro que había que idear un método que hiciese posible el uso militar de armas provistas de ánimas estriadas. Los medios para fabricarlas en masa estaban ya al alcance de cualquier nación desarrollada, así que solo faltaba averiguar qué tipo de munición podría usarse para poner mantener la misma cadencia de tiro que las armas de ánima lisa. Veamos pues los diversos inventos que se llevaron a cabo para lograrlo...

DESARROLLO

El primero que ideó algo razonablemente práctico fue el capitán Henri-Gustav Delvigne (1800-1876) que, en 1826, desarrolló un fusil provisto de una recámara de menor calibre que la del arma. La idea consistía en que, gracias a ese detalle, se podría introducir una bala subcalibrada que poco menos que caía hasta el final del ánima por su propio peso y que, una vez apoyada contra dicha recámara, bastaban dos o tres fuertes golpes de baqueta para producirle un ensanchamiento que le obligase a tomar las estrías. Sin embargo, y a pesar de que Delvigne se desgañitaba asegurando que su invento era una maravilla, este sistema adolecía de dos defectos notables: uno, que seguía usando una bala esférica que, quieras que no, tenía unas pésimas cualidades aerodinámicas. Y dos, la deformación que sufría dicha bala solo servía para aumentar aún más su imprecisión. Cierto es que mejoraba respecto a los mosquetes de ánima lisa, pero el sistema de Delvigne aún estaba muy lejos de ser perfecto. No obstante, logró que en la ordenanza del 23 de septiembre de 1840 se crearan diez regimientos de cazadores los cuales estarían dotados del fusil de Delvigne. Un perfeccionamiento para este sistema lo aportó el coronel De Poncharra el cual ideó unir la bala a un taco de madera si bien la esencia del problema subsistía ya que para lograr que la bala tomase las estrías era preciso golpearla con fuerza, lo que hacía que el taco se rompiese en muchas ocasiones. Estaba claro pues que para obtener resultados más adecuados era necesario irse olvidando de las añejas balas esferoidales.

Así pues, se probaron balas con otras morfologías para dar con la más idónea. El mismo Delvigne probó una cilíndrico-ojival (A) y otra cilíndrico-cónica (B), las cuales se vieron superadas por la bala ojival C diseñada por el capitán François Tamisier la cual iba provista además de unas estrías o acanaladuras que, además de facilitar la toma de estrías, permitían engrasar la bala. Esto no solo mejoraba la introducción de la misma en el cañón sino que, además, valía para eliminar los residuos depositados en las estrías por el disparo anterior de forma que, cada vez que se cargaba el arma, se limpiaba el ánima de la misma. Con todo, estos diseños seguían teniendo el culote macizo lo que implicaba tener que seguir deformando la bala a golpes de baqueta para obligarlas a tomar las estrías. Y esto no solo se traducía como ya hemos comentado en una pérdida de precisión, sino de tiempo ya que ralentizaba el proceso de carga.

Más atinado que Delvigne y la defensa a ultranza de su invento fue el coronel Thouvenin el cual optó por volver a poner recámara y ánima con el mismo diámetro y, para facilitar la expansión de la bala, colocó una espiga al final de la recámara, quedando la carga de pólvora repartida alrededor de la misma. En el gráfico superior podemos verlo con claridad. En vez de una bala esférica, Thouvenin prefirió un proyectil ojival con un coeficiente aerodinámico muy superior al que, además, la deformación que sufría no afectaba a su ojiva sino solo el culote del mismo. Como vemos en el dibujo inferior, la espiga ha penetrado en la abertura practicada en el culote y lo ha ensanchado, obligándole a tomar las estrías. Este sistema fue rápidamente adoptado en España, Francia y otros países, pero tenía un defecto de difícil solución: la suciedad acumulada alrededor de la espiga era muy difícil de eliminar, llegando un momento en que esta quedaba literalmente cegada por los residuos. En definitiva: a pesar de haber sido rápidamente adoptado por varios países tuvo menos vida operativa que un pavo en Navidad, y las unidades que se fabricaron fueron en muchos casos reconvertidas al poco tiempo, precisamente cuando apareció la que sería la solución al problema.

La cual, tras una serie de pruebas iniciadas en 1849, vino de la mano del capitán de infantería Claude-Étienne Minié, instructor de la Escuela de Tiro de Vincennes. Este sujeto fue el que acertó de pleno con su bala forzada a cuña, que era el nombre oficial con que designó a una bala que fue un poco como el crisol perfeccionado de los modelos que hemos ido estudiando. A la izquierda podemos verla. Se trataba de una bala tronco-cónica provista de unas acanaladuras o bandas de engrase como la de Tamisier; el ensanchamiento del culote para la toma de estrías no lo llevaba a cabo una espiga de forma previa al disparo, como la inventada por Thouvenin, sino que dicha dilatación tenía lugar precisamente cuando se disparaba. Para ello, en el hueco del culote tenía una cuña de madera que, al verse impulsada hacia adelante, obligaba a la bala a tomar las estrías, eliminando casi por completo el viento balístico- apenas medio milímetro- y obteniendo una precisión muy superior a las anteriores ya que la deformación de la bala no se producía mediante golpes que podían variar su centro de gravedad o el centrado respecto al ánima.

En el gráfico de la derecha podemos ver la secuencia de disparo para entenderlo mejor. En el dibujo superior vemos la bala firmemente asentada sobre la carga de pólvora. A lado vemos como dicha bala no ha tomado aún las estrías, dejando vacíos los fondos de las mismas. En el dibujo inferior tenemos el momento en que la deflagración de la pólvora impulsa la bala hacia adelante. El taco de madera ha avanzado, dilatando el culote y logrando una obturación perfecta y una eliminación del viento que le proporcionará una precisión nunca vista hasta entonces en un arma militar. Además, al tratarse de balas subcalibradas como las vistas anteriormente el proceso de carga era bastante rápido, similar al de un mosquete de ánima lisa. No obstante, el taco de madera fue prontamente sustituido por uno cerámico ya que las altas temperaturas causadas por la ignición de la pólvora quemaba el de madera, o bien se desprendía durante el proceso de carga quedando en el interior del ánima en una postura inapropiada.

Esa pega la solucionaron los ingleses, sustituyendo los tacos de madera o de cerámica por una cápsula de hierro semi-esférica que quedaba perfectamente fijada al culote, sistema este que fue adoptado por todo el mundo (véase lámina de la izquierda). Está de más decir que la bala de Minié alcanzó en un breve lapso de tiempo una enorme popularidad, comenzándose a fabricar fusiles y carabinas para la misma en toda Europa. Pero la bala Minié aportaba otra serie de ventajas, a saber: 
  1. Al aumentar la presión en el interior del cañón debido a una total obturación del mismo hubo que rebajar el peso de la bala. La consecuencia lógica era pues reducir los calibres que, hasta aquella época, oscilaban entre los 17 y los 22 mm. con el consiguiente ahorro de plomo. En el caso español se optó por un calibre de 14,1 mm., lo que supuso una reducción de peso de unos 2 gramos.
  2. Dicha reducción de peso supuso a su vez un aumento de la velocidad, la cual oscilaba entre los 350 y los 380 m/seg. de Vo. Eso se traducía igualmente en un aumento de la precisión y del alcance efectivo, pasando de los 100 metros escasos de un mosquete de ánima lisa a los 400 metros o más de un fusil con bala Minié. Para hacernos una idea de la caída que llegaba a tener una bala esférica del ejército inglés, para tirar a 600 yardas (unos 550 metros) apuntaban a unos 40 metros sobre el blanco. Sin embargo, un fusil con bala Minié era capaz de meter cinco tiros a esa misma distancia en una diana de 50x50 cm.
  3. Por otro lado, una bala más ligera unida a una obturación más efectiva requería una carga inferior de pólvora para alcanzar una buena velocidad. Por ejemplo, el cartucho para bala esférica reglamentario en España contenía un proyectil 17,3 mm. de calibre con un peso de 30,5 gramos y una carga de pólvora de 10,7 gramos. Esto se traducía en un retroceso unas tres veces mayor que el producido por un Mauser 93 español en calibre 7x57. La carga de una carabina modelo 1851 descendía hasta los 5,3 gramos, o sea, prácticamente la mitad de la carga usada para bala esférica.
  4. Todo esto se traducía en la práctica en lo siguiente:

  • Se obligaba a la artillería a emplazar sus cañones a más de 1.500 metros de la infantería enemiga mientras que en las guerras napoleónicas (Dios maldiga al enano corso) bastaban apenas 200 o 300 metros para que los servidores de las piezas se sintieran seguros y razonablemente alejados del peligro que suponían los fusiles de la infantería enemiga.
  • Las tácticas habituales de la infantería de avanzar hacia el enemigo soportando sus descargas a pecho descubierto para llegar a la bayoneta convirtieron los campos de batalla en verdaderas carnicerías ya que el fuego procedente de los fusiles enemigos podía abatir a decenas de combatientes en cada descarga. Curiosamente, este absurdo empleo táctico de la infantería perduró hasta la Gran Guerra, lo que indica claramente que a los mandamases le daban varias higas la vida del personal.
  • El aumento de la velocidad suponía, como es lógico, una mayor energía cinética. Esto, trasladado a niveles prácticos, se traducía en unos proyectiles muchísimo más mortíferos que las balas esféricas tradicionales. Las balas Minié fueron, sin quererlo, las precursoras de las conocidas Dum-Dum, y los testimonios que nos han llegado de los conflictos que protagonizaron antes de caer en la obsolescencia por la llegada de la munición metálica de retrocarga son escalofriantes. 



Cartucho de papel

En cuanto al proceso de carga, seguía siendo el habitual. El soldado portaba una dotación de cartuchos de papel el cual era encerado o engrasado para protegerlos de la humedad. En su interior contenía la carga de pólvora y la bala si bien en este caso, al haberse extinguido las armas con llaves de chispa, no era preciso reservar una parte de la pólvora para el cebado. Por lo tanto, se vertía el contenido íntegro del cartucho en el cañón. A continuación se embocaba la bala con el papel hacia abajo, eliminando el sobrante, y se empujaba con la baqueta. No era preciso golpear la bala, sino simplemente asentarla con firmeza sobre la carga.

A continuación, el soldado cogía un pistón de la cebetera, una pequeña bolsa que pendía del cinturón o de una bandolera y lo colocaba en la chimenea. Amartillaba el arma, que durante el proceso de carga había mantenido el martillo en posición de seguro y solo restaba abrir fuego. A la izquierda tenemos los accesorios precisos para tener el arma en orden de combate. Ojo, no están a escala.

  1. Cebetera. No cebemos confundirla con la cartuchera ya que estas, aparte de ser más grandes, solían ser de forma cuadrangular para alojar mejor los paquetes de cartuchos.
  2. Paquete de cartuchos, en este caso para el fusil Enfield 1853 usado en Inglaterra. En España, los cartuchos se embalaban también en paquetes de 10 unidades que, a su vez, eran empacados en cajas o barriles de 120 paquetes. Los cartuchos, cuyo precio fijado por la Dirección General de Artillería era de 6 maravedises la unidad, estaban confeccionados con trapecios papel color blanco mientras que los de prácticas se fabricaban con papel azul.
  3. Útil provisto de destornillador, sacabalas, escariador para chimeneas y llave para las mismas. Con esa pequeña herramienta podía desmontarse el fusil hasta la última pieza.
  4. Chimeneas de repuesto.
  5. Pistones de aletas. También llamados cebos, fulminantes o cápsulas, eran los encargados de iniciar la ignición de la pólvora. Se entregaban 13 unidades por cada 10 cartuchos, y se fabricaban en la Pirotecnia de Sevilla a un precio de 19 reales el millar. La mezcla detonante constaba de clorato potásico, salitre y sulfuro de antimonio o fulminato de mercurio, sustancia esta última bastante delicada ya que se tornaba muy inestable con el paso del tiempo y, además, era bastante corrosiva lo que obligaba a limpiar con especial atención las partes del arma que pudieran tener restos de la misma, como las chimeneas y las recámaras de las armas. El motivo de las aletas era facilitar su manipulación por manos ateridas de frío, muy curtidas, sucias o, en definitiva, con la sensibilidad de los dedos un tanto mermada por cualquier motivo.
En el momento en que este tipo de bala se popularizó en Europa y Estados Unidos, cada país llevó a cabo las modificaciones que estimó oportuno, como la eliminación de las bandas de engrase, el perfil de la bala o incluso la cuña que dilataba el culote ya que, según demostró el coronel belga Timmherans, la expansión del mismo se realizaba sin necesidad de añadidos, bastando solo la presión de la deflagración de la pólvora para ello. Otros, como el también belga Peeters, modificaron el hueco del culote añadiéndole un vástago de plomo que salía en la misma colada de la bala lo que, según él, mejoraba notablemente el vuelo de la misma. En los Estados Unidos por ejemplo se adoptó inicialmente una bala sin bandas de engrase de forma cónica la cual se mostró totalmente inapropiada. Si observamos el gráfico de la derecha podemos ver la marcada como A que, debido a ese perfil no se asentaba de forma concéntrica en el ánima, sino inclinada hacia un lado con la evidente merma en la precisión que ello implicaba. De ahí que fuera rápidamente sustituida por la B, la bala típicamente ojival que, como vemos, carecía de cuña al igual que la anterior.

No obstante y a pesar del enorme éxito logrado por la bala Minié, esta llegó bastante tarde a los campos de batalla. Su vida operativa apenas superó los 20 años ya que en la década de los 70 del siglo XIX las armas de avancarga pasaron a la historia. Sin embargo, durante esas dos décadas dejaron tras de sí un reguero de miembros destrozados, cráneos reventados y heridas de todo tipo que no tienen nada que envidiar a las producidas por las armas más letales de nuestros días, si bien eso lo veremos en la próxima entrada porque ya no tengo ganas de enrollarme más. Así pues, 

hale, he dicho.


Continuación de la entrada pinchando aquí

Soldado de la Confederación caído en combate en Virginia. Solo las muertes por infección superaron el número de muertos producidos por las balas Minié durante este cruento conflicto.